domingo, 22 de abril de 2012

LA PRIMERA PUERTA


  Ella estaba sentada junto a mí, en el mismo sillón. Mejor dicho, yo estaba arrinconado entre ella y el apoyabrazos del sofá; en el resto del “dos plazas” habrían podido caber tres personas más. Se lo había afanado bien para que nosotros dos, juntos, utilizáramos el escaso espacio capaz de contener tan solo una mirada. La pieza era pequeña,  en las espesas cortinas ya estaban florecidos los ramos en cantidad necesaria como para cubrir la ventana secuestrando la luz del exterior, y el resto de la casa olía al perfume del silencio.  

  Joven pero lo suficientemente madura; su pelo rubio, ondulado, terminaba más allá de lo que el ojo humano es capaz de alcanzar. En su cara me resultó imposible encontrar un elemento que no fuese perfecto: su sonrisa, sus ojos, su boca, todo parecía estar específicamente diseñado para componer la más hermosa sinfonía de la naturaleza. Y todavía me sigo preguntando si el photoshop ha evolucionado lo suficiente como para retocar sobre realidades carnales. También era hábil en su discurso, solo necesitó dos breves frases para dejar claro que estaba dispuesta a seducirme. Reconozco que me lo pensé dos veces, ¡bueno fueron tres, para que voy a mentir!

  Podéis pensar que son fantasías mías, la omnipresente vanidad masculina, el síndrome de Peter Pan… ¡No! uno sabe bien cuando se lo quieren llevar al huerto; no soy nuevo en esto y sé de lo que hablo,  recientemente hubo quien lo consiguió y ya hemos superado los veintisiete años juntos.

  Fue ese leve gesto, con su mano izquierda intentando esconder el defecto de su dedo corazón, el que le delató. Nos conocemos desde hace muchos años y le he visto hacerlo siempre. En todas sus personificaciones, y esta era de las mejores, nunca consigue resucitar ese apéndice calcinado en sus comienzos, cuando era un simple autónomo y era él mismo, en el abismo, quien se encargaba de remover, justo con ese dedo, los carbones del fuego eterno. 

- ¡Tú otra vez!
 
  En ese momento me sentí como cuando te sale el cuarto as y estás de mano en la partida. No le tengo miedo, nos hemos visto las caras muchas veces. Fue como cambiar de canal de televisión, pasar del porno a las noticias, decepcionante; la rubia escultural desapareció, y él adoptó su auténtica imagen.
  No os penséis que en persona es algo especial, la iconografía que asociamos al demonio es pura fantasía: nada de grandes cuernos, enormes torsos desnudos y rojizos. Su aspecto es el de un  tipo corriente, más bien tirando a poco; podríamos cruzarnos con él en la calle, o en la escalera de casa, y nos pasaría desapercibido. Tampoco su voz es el trueno que hace temblar los cimientos de la tierra, suena casi ridícula, como la de… ¡Bueno, ya os lo imagináis, hoy no quiero hablar de política!
  Pero todo eso es precisamente lo que lo que lo convierte en el más peligroso de los seres que emponzoñan nuestra razón.

- ¿Vienes a por lo de siempre? - Se lo salté utilizando mi sonrisa más barata.

- Es lo único que me interesa - respondió -. Todo lo demás lo he conseguido: poder, riqueza;  ya soy el dueño del mundo, los poderosos han firmado en mi nómina con vuestra sangre.

- Aún te faltan muchas almas, millones, las de los inocentes. Las de los que no están dispuestos a vendértela.

  No necesitó contestarme, la ironía con que me sonrió consiguió estremecerme, sabe perfectamente que yo no pertenezco a ese grupo; aún no me he tropezado con mi alma, soy tan sólo un buscador que sigue en el camino.   

- Algún día quizás la encuentre - le solté -, reconozco que vivo por ello, pero ese día tú ya no estarás en mi cabeza.

  No me contestó, alzó el puño estirando su putrefacto dedo corazón con todos los demás replegados, es el santo y seña que abre cada una de las siete puertas del infierno; he atravesado gran parte de ellas y ya no me ofende.

  Se abrieron las cortinas dejando entrar la luz. Desde el  exterior pude contemplar la escena a través del cristal de la ventana: el salón me pareció más grande; ella y yo sentados en sillones separados por una mesa llena de papeles, y su mirada fija en la frase que yo acababa de subrayar con mi bolígrafo. Por la puerta que comunicaba con el distribuidor vi deslizarse una sombra oscura. Una canción de Sabina sonaba como música de fondo, pero yo no la recuerdo.

  Y así fue como atravesé la primera de las siete puertas del infierno, admito que me resultó la más fácil, jugaba con ventaja, Gabriel ya me había puesto en antecedentes días antes. Las tres siguientes de momento prefiero no recordarlas, me han enseñado ha temerle al siniestro; y de la quinta no habría sido capaz de salir sin la ayuda de mi “Dragón de las Estrellas”.
  Por si acaso, prometo contaros la experiencia antes de enfrentarme a los dos  retos más tenebrosos que aún me esperan. Al salir de la quinta puerta pude oír los gritos desesperados de cuantos se han quedado atrapados tras ellas, y os aseguro que son multitud.

Oscar da Cunha
22 de abril de 2012 

lunes, 9 de abril de 2012

UN POCO DE SAL


  Hoy ha sido uno de esos días en los que el cuerpo me estaba pidiendo una buena dosis de sal, es el elemento alquímico con el que estabilizo mi cabeza, el catalizador para eliminar incertidumbres y nubarrones.

  La decisión ha sido inmediata: mi vieja tabla, mi más antigua compañera de hazañas marinas. Esa con la que a finales de los noventa desafiaba olas de generoso tamaño bailándolas al ritmo de los U2.   
  Incontables parches, viejas heridas y señales de fracturas decoran su piel - bailar con el mar tiene su precio y a veces éste se lo cobra a mitad de una canción -, aún seguimos haciendo buena pareja aunque los dos hemos vivido tiempos mejores. Mi vieja pareja de baile.

  He escogido una playa tranquila: poca ola y menos gente, hoy solo buscaba sal. Bajo el primer chaparrón hemos remontado la barrera de olas y para entonces ya éramos uno solo. Ella, pese a la edad, sigue navegando como una auténtica sirena; y mis brazos, sorprendentemente, aún conservan los caballos necesarios. He seguido poniendo agua de por medio hasta llegar a ese punto donde las olas todavía no han sido bautizadas y no son más que ligeras ondulaciones, insinuantes damas preparando su carné de baile dispuestas a triunfar en la pista.

  Solo, sentado en mitad del mar, por fin he notado como la sal iba penetrando en mis poros, devolviéndome la serenidad de esa comunión con la naturaleza. Seguramente en mi encarnación anterior fui un besugo y por eso ahora me confunde tanto transitar entre este mundo de tiburones.

  Con los brazos extendidos, las palmas hacia arriba y la mirada perdida en ese horizonte curvo, me he dejado llevar por la marea. Un pequeño grupo de gaviotas, con sus risas, han decidido cortejarme bajo la lluvia y gracias a su compañía he vuelto a ver el mundo completo, como lo entendieron en su momento los Magallanes, Elcano, o Malaspina. Un mundo sin barreras en los que todavía se puede conseguir la libertad. Navegar desnudo por esta pequeña parcela del universo, sin otra maleta que el tiempo, sin otra búsqueda que la de uno mismo. Disfrutando, caminando sobre las aguas, del ordenado caos de los elementos, de la perspectiva incierta de nuestra auténtica naturaleza. Sin miedo.

  Otra ráfaga de viento salado, una de mis gaviotas que pierde su presa recién pescada y remonta el vuelo entre las carcajadas de sus compañeras, otro balanceo de la marea bajo mi tabla, la fuerte lluvia que me impide ver la costa, cielo y mar unidos, y yo en medio formando parte de ese infinito líquido, otro momento sin precio para mi sombra.

  Mis sentidos alcanzando ya ese punto en el que se pierde la conexión con la realidad diaria, concentrados en ese gran azul, poderoso, que me acepta consciente de su capacidad para devorarme y así formar parte de otros muchos que osaron desafiarle o que no supieron apreciar la magnanimidad de su compañía. Ese gran azul que en ocasiones ha sabido perdonar mis orgullos y me ha devuelto maltrecho al lugar donde vivo pero al que ya no me siento pertenecer.

  Otra dama que se me insinúa, a esta no me atrevo a negarle el baile, me dejo llevar, ella marca el paso de este último vals. Juntos tocamos tierra.

  Lleno de sal, satisfecho, recorro la arena alejándome de la orilla; mi sombra continúa en el mar, luego volverá; a veces le permito esas ausencias, ella sabe relacionarse mejor que yo con el patriarca, el maestro constructor que colocó las primeras piedras de todo lo que hoy vive en nuestro mundo. Lleno de sal abandono ya la playa echando la penúltima mirada. Tras la cortina de agua que sigue cayendo, él sigue ahí, estaba ya cuando la naturaleza sobre la tierra sólo era un proyecto y continuará estando cuando ya no quede ni siquiera la memoria de un mundo que existió.

Oscar da Cunha

08 de Abril de 2012 

jueves, 22 de marzo de 2012

EL HAZ DE LUZ

  No soy capaz de irme a la cama “a pelo” y enterrar cada día como si me fuera ajeno, necesito hacer todas las noches una última reflexión, quince o veinte minutos despidiendo la jornada, procurando archivar en su correspondiente carpeta los diferentes momentos que me han deparado las últimas veinticuatro horas. Siempre en la terraza, aprovecho para charlar un rato con la luna, contar las estrellas, o imaginar sus juegos secretos cuando la noche nublada preserva su intimidad. Sin ninguna duda es mi momento preferido del día, unos minutos que los reservo exclusivamente para mi; en los que, en soledad, desenvaino mi sombra y discuto con ella. Quienes viajan conmigo, y me conocen bien, respetan ese viejo ritual, ese momento sagrado en el que me recojo en mi templo.

  Por experiencia conozco los ruidos de esos momentos de la noche, y como estos van variando según pasamos las hojas del calendario. A menudo me ronda alguna lechuza y, en cuanto desaparecen los fríos, murciélagos y erizos se añaden a mi velada. Pero de todas, mis preferidas son las noches de grullas, sobre todo en otoño, cuando estamos a punto de entrar en ese túnel que llamamos invierno. Ellas, con sus trompeteos, vuelan buscando la eterna primavera del Sur; siempre las envidio y lamento no atreverme a acompañarles en ese último tramo de su viaje hacia la luz.    

  Pero estas últimas noches algo ha estado turbando la magia de ese momento. Una sensación parecida a cuando intuimos la mirada de alguien clavada en nuestra espalda, nunca debemos despreciar las intuiciones. Desde hace más de una semana, esa percepción me obliga a mirar hacia la curva del camino que llega a mi casa, y entonces veo esa luz. Se trata de un halo semitransparente, con forma ahusada y de color azulado, no tiene mucha intensidad, la suficiente para destacar entre la oscuridad del camino en el que no hay ningún alumbrado.

  Las primeras noches, seguramente por el cansancio de la hora, lo atribuí a algún reflejo que cualquier iluminación lejana pudiera crear entre la niebla, realmente me negué a verlo, nunca debemos negar lo que vemos. Hace ya unos días que la niebla despareció, y ese halo ha seguido asomando allí, en la curva del camino, inmóvil, silencioso. Nunca he sido capaz de distinguirlo llegar ni marcharse, solo lo veo estar. Aparenta esperarme, y no se porqué me siento atraído por él.

  Durante dos noches consecutivas, y envalentonado por la compañía de uno de mis gatos, decidí recorrer los cien metros que me separan de la curva donde aparece la extraña luz. A mitad de camino, mi gato se paró observando fijamente la aparición, sacudió la cabeza y dio media vuelta, nunca debemos ignorar la perspicacia de un gato, y menos de uno ya anciano y experimentado. Le imité y juntos desandamos el camino, su prudencia estimuló mi miedo.

  Pero la otra noche la luminosidad del halo cobró intensidad y quizás la energía que parecía contener me cautivó. Admito que mientras caminaba por la oscuridad me temblaron las piernas, sólo los valientes sabemos lo difícil que resulta superar el miedo. Cuando llegué a su altura pude verlo bien: tan solo era un trozo de luz que no provenía de ningún sitio, comenzaba a escasos centímetros del suelo alcanzando el metro y medio de altura. No percibí ninguna sensación, ni frió, ni calor, ningún movimiento, ninguna vibración, nada, simplemente era un haz de luz. Quienes hayáis visto algo parecido sabéis a lo que me refiero, para los demás, lo siento, no puedo explicarlo mejor.   

- ¿Quién eres? - Todavía no sé porqué hice esa pregunta.

- Ya sabes quién soy. Lo importante es ¿por qué estoy aquí?

  La respuesta no salió del haz de luz, sonó dentro de mi cabeza. Era una voz infantil, dulce y serena.

- ¿Por qué estás aquí? - Volví a preguntar.

  No sé si alguna vez habéis hablado con un haz de luz, pero si se os presenta la ocasión procurad que no haya ningún testigo. La estúpida mueca con la que se te descompone la cara es mejor no compartirla.

- Soy tú mismo, hace cuarenta años -.

  Esta vez sonreí, la voz me resultó familiar, un recuerdo lejano ya perdido en la memoria.

- Has olvidado tus sueños infantiles, has abandonado los propósitos que juraste perseguir. Has dejado de soñar.

  Permanecí varios minutos junto a luz, inmóvil, hasta que conseguí recordarlo todo. Durante unos instantes volví a tener once años, fue suficiente para volver a abrir los ojos, para volver a ver la realidad completa.

   Entonando una vieja canción regresé hacia mi casa, los árboles volvieron a tener rostro, pude ver el movimiento del aire de la noche, y una lechuza se detuvo sobre el muro del borde del camino para llamarme por mi nombre.  A mitad de recorrido cogí una piedra del suelo y me la guardé en el bolsillo, me pareció una bonita piedra. Me giré mirando hacia la curva, el halo había desaparecido.

- Gracias -. Murmuré con una amplia sonrisa.

Oscar da Cunha
22 de Marzo de 2012

domingo, 18 de marzo de 2012

UNA LLAMADA DESDE EL PASADO

     Pese a la distancia hablamos muy a menudo, pero la de hoy no ha sido una llamada  corriente. Su madre está tirando la toalla, aún le podría quedar vida pero le faltan ya ganas de usarla. Este mundo se está quedando sin admiradores y visto como bajan las aguas ninguno de los dos somos tan hipócritas como para reprochárselo. La nostalgia se ha apoderado de la conversación y sin saber porqué mi inalámbrico se ha convertido en un auricular de bakelita, de aquellos negros con la ruleta con números blancos.
 
  De nuevo han empezado a caer copos en aquél Berlín de enero del 85 mientras recorremos los jardines de Charlottenburg, y la memoria con esa traidora costumbre de convencerte de que cualquier tiempo pasado debió ser mejor.

- Déjame unas monedas, anteayer quedé en llamar hoy a las once y estoy viendo la cabina libre -. No podías fallar esa llamada, sabías que al otro lado del cable te estaban esperando a la hora fijada.

- ¿Todavía no habéis recibido mi carta? ¡La mandé hace cinco días, la eché en correos! - Que despacio corría la vida, una carta más en la que explicaba las razones por las que necesitaba una nueva infusión de dinero.

  Recuerdos de un tiempo en el que nos comunicábamos menos, pero comunicábamos mejor. Tiempo en el que los amigos y familiares nos conocíamos las vísceras. Nuestro avatar era la mala letra en los folios escritos, o la ronquera en la voz por las largas noches construyendo ese mundo en el que íbamos a vibrar juntos.

  Noches de vinilos y cerveza arrancándonos las inquietudes hasta provocar esa lágrima participada, la sonrisa generosa del alma desnuda.

  Mañanas de calcetines intercambiados y colas en la ducha del apartamento compartiendo el perfume del primer café. Y siempre el sol en la ventana del nuevo día, aunque nevase. Mañanas de sonrisas cómplices por las verdades descorchadas pocas horas antes, cincelando lentamente la base de una amistad con la que ya íbamos intuyendo que envejeceríamos.

  Días en los que teníamos mucho menos pero nos regalábamos enormemente más, días de música y tabletas de chocolate. Conciertos robados en los ensayos de la filarmónica que aún hoy siguen sonando dentro de nuestra cabeza. Días de agradecimientos sencillos por esas golosinas inaccesibles al otro lado del muro.


  Y largas conversaciones, mantenidas después a más de dos mil kilómetros y seis meses de distancia. Conversaciones cargadas de ideales y futuros con los que todavía hoy seguimos soñando. Diálogos con personajes, algunos nunca nos abandonarán porque supimos fabricar una memoria inmortal, otros están ahora pagando ese peaje que nos exige la vida, con ganas ya de abandonar esta autopista por la que sólo corremos, y comenzar caminos más serenos en los que poder disfrutar del paisaje.

  Recuerdos de una época que tuvimos la suerte de disfrutar y que sigue viva gracias al pacto de una memoria siempre compartida. Recuerdos que ya peinan canas y en los que se pueden apreciar las arrugas que va dejando el camino. Ese camino que juramos, juntando nuestra sangre, recorrer eternamente jóvenes. 

  Ideales que hoy en día sabemos son sólo utopías en un mundo que ahora se ha empeñado en mostrarnos su auténtica cara, y nosotros, aún fieles a aquellos principios, todavía más que nunca conservamos aquella vieja ilusión que hace tiempo decidimos no dejarnos robar.

  Cuelgo el pesado auricular con su negro cordón enredado en mi memoria y a través de la ventana me quedo contemplando un cielo que no parece haber cambiado con el tiempo, un horizonte al que todas las generaciones hemos confiado nuestra juventud. No tengo aún edad para ir por el mundo de abuelo cebolleta, pero nadie me va a convencer de que en aquellos tiempos fuimos menos felices.



Oscar da Cunha
18 de Marzo de 2012

jueves, 8 de marzo de 2012

IMAGINE


IMAGINE


  No sé su nombre, incluso tengo dudas de que exista en el mundo real y no sea más que uno de los personajes que mi cabeza produce para hacer más llevadera esa sensación que siempre me ha acompañado desde que asumí que el mundo es demasiado complejo para entenderlo en una sola vida.
  Por eso yo la llamo “Imagine”, aunque ella todavía no lo sabe, o quizá sepa más que yo y por ello ha decidido presentarse en mis ilusiones, porque la necesito, tomando como suyo ese anhelo que Lennon nos legó con su canción.

  Desde hace unos meses tengo la estrella de cruzarme con ella casi todos los días. Con su ensortijado pelo rojizo, sus orejas siempre alerta; no enseña sus dientes de forma amenazadora, con el tiempo me he dado cuenta de que es una sonrisa y no se la regala a cualquiera.

  La conocí esperando al verde de un semáforo, el que está justo delante de la playa, su determinación me animó a observarla. Delgada pero no famélica, aristocrática, firme sobre sus patas, ágil y segura de si misma. Todavía no ha encontrado a un dueño que la merezca y por eso no luce collar.

  La vi bajar a la playa y recorrer la orilla, una y otra vez, con una carrera elegante alzando su morrillo aún joven para atrapar la brisa cargada de sal; por fin se detuvo, y durante unos minutos ladró a todas las olas que terminaban su viaje en esa parte exacta de la arena que ella había escogido. Acabada su oración dio media vuelta y abandonó serenamente la playa con el paso orgulloso que acompaña al deber cumplido.
  Al volver, el mismo semáforo, siempre esperando al verde, no quiere conflictos con las autoridades de nuestro mundo. Atraviesa el barrio con dignidad, sin prisa y sin miedo, y de repente desaparece.

  Todos los días repite el mismo ritual, a la misma hora, la misma carrera por la playa, el mismo punto donde lanzarle al mar su saludo, su canto de libertad. Ahora cuando nos cruzamos ya me mira, me conoce, yo creo que sonríe un poco más con el orgullo se sentirse admirada, pero nunca se detiene.

  He preguntado por todo el barrio: los bares, la mercería, la farmacia, incluso al chino de la esquina, a mis amigos Ismael incluido, pero nadie la conoce, nadie parece haberla visto jamás. Solo yo sé que es real.

  Sueño con el día en que me dedique el primer saludo, una mínima conversación que me admita a compartir su dignidad, a saborear su felicidad, y sobre todo que me permita acompañarla en su ritual.
  Sueño con poder ladrarle, algún día, al mar en su compañía, pero mayormente sueño con que me ayude a entender por que lo hace.   

Oscar da Cunha
8 de Marzo de 2012 

lunes, 27 de febrero de 2012

QUI SEDES AD DEXTERAM PATRIS, MISERERE NOBIS


QUI SEDES AD DEXTERAM PATRIS, MISERERE NOBIS.

  Como cada mañana, la ciudad me recibe con el cielo dormido. A la aurora invernal se le han pegado las mantas, no se lo reprocho. En estos tiempos que corren la noche y el sueño son el refugio de muchos. El alba no trae más que la pérdida de la inconsciencia, el duro golpe con una realidad que en otros tiempos fue mejor, incluso buena.
  La luz de las farolas es incapaz de mitigar la oscuridad que nos envuelve, el amanecer  no lo hace mejor. Una oscuridad moral que solo nos permite ser victimas

  Por fin veo la primera luz del día, Ismael, es el faro de la mañana. En su esquina habitual, junto al bar, cubierto de bruma marina nos regala la primera sonrisa del amanecer. Hoy tiembla más que de costumbre, últimamente esa alianza entre humedad y frío está exagerando las estrías de su rostro. Sus sienes lucen más plateadas, será por la helada.
- ¡Pasa y tómate un café!
- Más que nada por el pequeño -. Me contesta intentando mantener su dignidad.
  Veo asomar entre su variada cobertura de trapos un par de ojillos azulados y un morrillo negro.
- Sólo tiene tres meses y con estos fríos me da miedo dejarlo solo en la chabola. Ya sabes.
  No necesito más explicaciones, en el refugio no admiten animales y él no está dispuesto a abandonarlo. Conversaciones de otros días.
- ¿Y tu mujer?
- Se ha ido a Amara, allí, a partir de las ocho le dejan entrar en un portal, estas noches estamos pasando mucho frío en la chabola. No sé, igual al final la tengo que obligar a dormir en el refugio.
  Se le humedecen los ojos.
- Nunca nos hemos separado. ¿Qué más me van a quitar?

- ¿Quieres una copa para entrar en calor?
- ¡Yo no bebo! ¡Nunca lo he hecho! Yo no estoy en la calle por borracho ni por vago.
  Conocía la respuesta, solo quería evitar una lagrima, lo prefiero con los ojos dignos. Ismael es un honrado trabajador, su empresa fue de las primeras en caer llevándose por delante el pasado, el presente, y el futuro de muchos que, como él, agonizan por nuestras esquinas.

  Al salir le doy la moneda de todos los días.
- ¡Eh! ¡Que esta es de dos! -. Me suelta.
- ¡Mañana pagas tú los cafés! -. Le grito alejándome. Yo también tengo mi orgullo y no voy a permitir que él vea mi lágrima.

  Otro día que brota, otra oscuridad que apaga la luz de las ilusiones nocturnas. Tengo que dejar de soñar con un mundo mejor, simplemente digno, quizás haya pastillas para ello.

  Una última mirada al azul que comienza y esa invocación que ya ni recordaba golpea mi cabeza:

“Tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestras súplicas”

Oscar da Cunha
27 de Febrero de 2012

sábado, 25 de febrero de 2012

ESTUDIO ANTROPOLÓGICO


ESTUDIO ANTROPOLOGICO


Un prestigioso equipo de antropólogos, financiados por el departamento de estudios sociológicos de la universidad de “La Rue”, se está encargando de recopilar las diferentes especies de homínidos resultantes de la evolución del ya desfasado homo sapiens sapiens debido a las alteraciones galácticas por las que nuestra bolita llamada Tierra está en trance de atravesar. Ya no cabe duda alguna - según dichas fuentes autorizadas - de que nuevas especies han comenzado una dura lucha por su supervivencia en el planeta.
Para ello solicitan la desinteresada colaboración ciudadana en un meritorio intento por identificarlas. Yo, con la intención de que nadie me acuse de sustraerme de la realidad, os dejo mi pequeña aportación que estoy seguro sabréis enriquecer.
Empezaré por los que considero de mayor actualidad y repercusión mediática:

. El “Homo Urdargarinensis”, equivalente al poder depredador  de un T-Rex. Pero a diferencia de su antepasado este no ataca de frente, siempre circula por lo corredores ocultos de las cuevas y termina robando la caza de los demás. Es muy peligroso, está bien relacionado con las cabezas laureadas de la pirámide ecológica.

. El “Homo Pulpusingarajis”, es el producto de una rapidísima mutación del “Homo Españavabienis”. Su peligro radica en su nulo peso específico en esta terrorífica lucha por la supervivencia; o sea, no sabe por donde le da el aire. Alejaros de él, se ha especializado en arrear mandobles a los más débiles, con la ignorante convicción de que solo así él terminará salvándose.  No le auguro futuro.

Y para terminar, el más extendido, por desgracia en la actualidad, en nuestro país:

.  El “Homo Mehandejadoentangax”, seguro que todos conocéis a alguno. Es el que está recibiendo todas las ostias provenientes del cambio climático. Es un inadaptado, sigue pensando que se puede andar por este mundo manteniendo los principios morales. Empiezan a ser mayoría errando por las calles. No es peligroso, no está demostrando saber aliarse con su congéneres. Tiene futuro como esclavo para las tareas más duras a cambio de un chusco de pan.

Bueno, ya sabéis, la universidad espera vuestras contribuciones. Con una cada uno es suficiente, yo he dejado tres porque me han pagado un café y así hoy me ahorro la comida. 

viernes, 17 de febrero de 2012

EL DRAGÓN DE LAS ESTRELLAS


EL DRAGÓN DE LAS ESTRELLAS

  Una de las ventajas de mi trabajo es que me permite relacionarme con mucha gente. Bueno, realmente esa es la única ventaja de mi trabajo y yo la disfruto, debe ser por eso por lo que me pagan muy poco. Digamos que mantengo un equilibrio razonable: de mi trabajo, la empresa se lleva el beneficio económico, y yo… llego a fin de mes compartiendo inquietudes y en ocasiones también alegrías con mis clientes. 

  Indudablemente, a veces, a lo largo del día me las tengo que ver cara a cara con Mefistófeles, disfrazado de empresario o de sugerente veinteañera, pero ya conozco sus múltiples caras, nos hemos enfrentado en muchas batallas; y yo, a estas alturas, durante esas entrevistas coloco el piloto automático y dedico la escasa parte útil de mi cerebro a quehaceres más placenteros. ¡Eso si! En el momento del “hasta la vista” siempre vuelvo a ocupar el control de mi barco para ser yo mismo quién se despida con un respetuoso ¡Que te den!
 
  Pero, algún privilegio tenía que tener mi labor y, de vez en cuando, coloca mi silla frente a la de seres “diferentes”.

  Enseguida, tras darnos la mano y traspasar rápidamente las rituales presentaciones, percibí la sensación. Gabriel (prefiero el nombre de otro arcángel), no era un tipo ordinario, en estas ocasiones guardo un respetuoso silencio, conozco esa sensación, siempre me aconseja escuchar.

- Yo soy disminuido mental -. Me lo arrojó mirándome a los ojos, con su casi metro noventa, pelo ya cano y bigote amarilleado por el tabaco.

- Soy esquizofrénico y ex-alcohólico. He dedicado más de cincuenta años de mi vida a destruirme, soy un profesional, pero ahora he decidido cambiar de empleo.

  Estábamos en una pequeña taberna de pueblo pequeño, sillas y mesas de madera de verdad, de las que todavía pueden brotan ramas y flores. Poca luz, y menos clientes. Nos sonreímos.

- ¿Me entiendes, verdad?   

- Soy un alumno aventajado-. Le contesté. No me atrevo a decir que éramos almas gemelas, entre otras cosas porque yo, a veces, dudo de tener la mía.

  Nos pasamos hablando dos horas más de las que dedico a cualquier cliente habitual. Él tenía que marcharse, yo aún seguiría allí, escuchándole, siempre me identifico con los seres que esta estúpida sociedad considera marginales.

  Solo hablamos de él, era el más interesante de aquella reunión. Compartimos recuerdos de la puerta del infierno, y su experiencia me hizo entender que solo quienes han ardido en la hoguera son capaces de contar todas las estrellas del cielo.

  Intentó contarme su vida en tan solo tres folios, pero Gabriel es uno de esos personajes cuyas inquietudes no cabrían en la enciclopedia británica.

  Aún así, él mismo me abrió la primera de las siete puertas de su oscuridad, me regaló ese poema que recoge la visión de un nuevo mundo y que tan solo los que son como él empiezan a comprender: “El Dragón de las Estrellas”.

  Soy tenaz cuando alguien lo merece, y conseguí arrancarle la promesa de futuras conversaciones. Solo me pidió valor para afrontar el ritual de iniciación necesario para cada una de sus seis puertas restantes. Espero dar la talla.

  Me guardo para mí su auténtica identidad, no por preservar su anonimato, él ya tiene superados todos los prejuicios, sino por  puro egoísmo; lo quiero solo para mí, además esta sociedad, marginándolo, ha demostrado que no le interesan los dragones de estrellas.

  Su poema tampoco lo comparto, los que tengáis inquietud no tenéis más que mirar al cielo en una noche despejada, allí están todas sus letras, sabréis ordenarlas, a los que no la tengáis ¡Que os den!



Oscar da Cunha
17 de Febrero de 2012

martes, 7 de febrero de 2012

AIRBAG


AIRBAG


  Unos minutos de espera dentro del coche delante de la puerta de un cliente, algo habitual, y una de mis manías: o llego puntual, o tarde, pero nunca antes de la hora fijada. Siempre me ha parecido una grosería invadir la intimidad de quién aún no te espera, no darle tiempo a echar los últimos flis-flis de ambientador, quitar de su mesa de trabajo la revista de crucigramas, o sorprenderlo echando el último vistazo a una página porno.  Todo el mundo se merece un respeto, incluso los clientes, y a mi gusta concederles tiempo para que se active su protector de pantalla, el de los pececitos de colores.

  Una mañana especial, a primera hora tenía cita en la notaría. El ritual de todos los seis de febrero. El escribano, con una sonrisa, ha repetido la formula habitual: “No habiendo manifestado ninguna de las partes la intención de cancelar este contrato, queda prorrogada por un año más la relación entre los firmantes: D. Oscar da Cunha, y la Vida”. 

  Ahora, mientras espero, será por la fecha, pero cada palabra agita los árboles de mi bosque. Se producen asociaciones extrañas: robles en cuyas ramas florecen margaritas, rosas sin pétalos y gaviotas en flor. Hoy me pesan las palabras como a las ramas las manzanas a punto de madurar. Cada una de ellas es portadora de múltiples néctares.

  Sentado, como decía al principio, en mi coche, evito mirar el exterior. Llueve y no quiero contagiarme de la romántica melancolía de la lluvia. Hoy no, hoy estoy más afectivo - será la fecha - y el cliente que me espera es un tipo duro, de esos que siempre te salen al encuentro con la pistola cargada y no se han molestado en quitar la página sado-maso de su pc. En el volante de mi coche, como en el de casi todos ahora, leo “airbag”. Todavía me quedan unos minutos para soñar.

  Ese anglicismo, otro intruso más en nuestra lengua - quizás lo prefiramos porque tenemos tendencia a relacionar bolsa de aire con flatulencia -, nos infunde cierta seguridad al conducir. Pero, ¿y caminando por la vida? ¿Cuál es nuestra “bolsa de aire”? Yo que ya he tenido más de un accidente en mi recorrido sé de lo que hablo.

  Mientras luce el sol, nos sentimos autosuficientes, es primavera en nuestro interior, y tenemos una nociva tendencia a rodearnos de compañías  pasajeras, dispuestas solo a compartir las flores del camino.
 
  Pero en todo camino, es infalible la tormenta, los meses de invierno; y a veces nos toca el papel de indigente, caminante desprovisto. No es más que la vida: unas veces nos hace reír y otras nos descojona.  

  Hoy me acuerdo de  quienes han sido mi bolsa de aire, mi airbag de caminante, ellos que no estaban ahí solo para recoger las flores de primavera. Y el toro que en unos minutos me toca lidiar va por ellos, intentaré salir por la puerta grande, me lo desean y se merecen ver una buena faena.

  Este invierno ha llegado duro y largo, ya va para cuatro años, y a mi aún me quedan unas pocas flores escondidas de la pasada primavera. Cuenta con ellas amiga, y no pienses que soy de naturaleza generosa, solo he aprendido de otros, de los buenos. Quiero creer que soy un aspirante a bolsa de aire. Cambiarán los vientos.

Oscar da Cunha

6 de Febrero de 2012

domingo, 5 de febrero de 2012

LA SONRISA DE LA MAGDALENA Audiovisual


Hola a todos os dejo un montaje audiovisual con los escenarios de “La Sonrisa de la Magdalena”
Espero que lo disfrutéis.


Un saludo para todos.
Oscar da Cunha

viernes, 27 de enero de 2012

UN TROZO DE PAPEL


UN TROZO DE PAPEL

  Anuncian frío para este fin de semana, no es nada anómalo estamos en Invierno y algunos inviernos pasan estas cosas.
  Me pongo a revisar el fondo abisal de mi armario, eso sí es anómalo.
  Habitualmente echo mano de las cuatro prendas que están más cercanas; no es por pereza, que también. Son horas inadecuadas de la madrugada y, todavía con una mano ocupada en sujetar el trozo de papel que nunca termina de cicatrizar el último tajo que me ha regalado la maquinilla de afeitar con la que cada mañana intento disimular los rasgos neanderthales de mi cara, me coloco encima más o menos lo de siempre.
  Tampoco es una decisión importante, en mi agenda del día no figura ningún pase de modelos; y para ser sincero, toda mi ropa se parece demasiado. Algunas veces me pregunto si la visión de Gattaca me afectó más de lo que razonablemente soy capaz de aceptar.  
  Además, por alguna razón que aún está pendiente de aclarar, hoy mis gatos tenían prisa en que bajara a abrirles la puerta para salir a la calle, creedme que cuando se  lo proponen tienen una técnica muy elaborada para hacerme renegar de mis últimos minutos de sueño.
  Acostumbrado a las prisas mañaneras me he encontrado frente al armario con quince minutos de adelanto sobre el horario habitual, es decir, con tan solo cinco de retraso, y  eso me ha permitido explorar el fondo del guardarropa.
  El viejo abrigo de paño negro, hacía por lo menos veinte años que no me lo ponía. La sorpresa ha venido con duplicado: aún se encuentra en perfecto estado, y yo sigo entrando en él.
  La mañana era fría, mientras me dirigía hacía el café habitual, la cámara de reflexión de mi oficina, con las manos en los bolsillos mi derecha ha tocado un  papel. Antes de tirarlo a la papelera, ya sabéis, la que está frente al bar donde desayuno, se me ha ocurrido leerlo. Hay notas que te cambian la vida.

  Fue hace aproximadamente veinte años, cuando también de forma parecida, lo descubrí. Acababa de bajarme del tren, serían las siete de la mañana y ese día Paris me recibía con uno de sus más fríos amaneceres. Al leerlo, en mi soledad entre la aglomeración cruzando la estación de Austerlitz, adiviné que Ella me lo habría deslizado la noche anterior, en la estación de Hendaya, al despedirme, justo en el momento del penúltimo beso. Su manera, una más, de no permitir que al día siguiente me sintiera tan vacío.

Mi corazón si no te
ve no tiene sosiego
Y mi pena es
Como un mar sin
Playas.
Vuelve pronto
Te quiero
Lou

  ¿Te acuerdas?
  Le he sonreído al enseñárselo. Hace tiempo que hemos pactado que ningún trabajo nos volverá a privar de amanecer juntos.
  Me ha regalado un beso, de los de siempre, iguales al primero que me dio hace ya veintisiete años.
Oscar da Cunha
27 de Enero de 2012

viernes, 30 de diciembre de 2011

UN BUEN AÑO (DESDE EL RÍO)


  Estos días toca, la televisión huele a perfume, lucecitas en los árboles, y los escaparates de las lencerías teñidos de rojo: se acaba el año y resulta inevitable hacer balance. A pesar del frío de estas últimas noches, fumo el último cigarrillo del día en la terraza y noto la sonrisa en las arrugas de mis ojos ¡Buena señal! La visita inesperada de unos cuantos viejos amigos, de los que no disfrutaba hace tiempo, han completado el arqueo positivo de este dos mil once.

  No me he molestado en mirar las cifras de mi cuenta bancaria, seguirán en rojo como al principio del año; tampoco he hecho inventario de mi cochambroso patrimonio, ya no puede reducirse demasiado.
  La emoción viene de dentro, donde toman cuerpo los auténticos balances, donde se va acumulando un activo que nada ni nadie te puede robar. Hace ya algún tiempo que descarté la idea de convertirme en el rico del cementerio, y desde entonces solo atesoro sentimientos y sensaciones. Con ellos navego por el río y, si este tiene salida al lago, será con lo único que lo atraviese.

  Lourdes ha firmado por un año más y ya van para veintiséis - ese mérito no es mío-.
  En mi compleja familia: humanos y peludos con los que tengo billete de ida y vuelta, no ha habido bajas ni enfermedades. Al contrario, Kina - a la que algún desalmado abandonó en el arcén de cualquier carretera cercana -  decidió dejar de vagabundear solitaria y, en febrero, fue aceptada por el consejo de ancianos felinos de nuestro clan. No llegó sola, para una hembra de cualquier especie subsistir en la calle siempre tiene el mismo precio. Y ahora, simplemente somos más. Las travesuras de los pequeños están poniendo a prueba la estabilidad de la casa, pero nos han llenado de sonrisas.

  De los buenos amigos, los de verdad, los que son como el mar, con sus pleamares y bajamares, igual que yo mismo, durante este año, y como siempre, he seguido escuchando sus olas, sé que nunca dejaré de sentirlas. 
  De los otros, no tengo nada que decir, este momento es solo para los buenos recuerdos y ellos no están.
  Y en este psiquiátrico, en el que desahogo de cuando en cuando mis inquietudes a golpe de tecla, llevo parte del año acumulando buenos compañeros. De muchos no conozco ni su cara, ni me hace falta; compartimos entrañas, reímos, bailamos, comentamos, o sencillamente saludamos. De todos he aprendido algo, y a cada uno, el día que faltáis, os echo de menos.

 ¿Qué más se le puede pedir a un año?

  Os deseo, para el que viene, que todos encontréis lo que realmente merece la pena.

  Desde el río.

  Oscar da Cunha

jueves, 22 de diciembre de 2011

FELIZ NAVIDAD, CON SUERTE


FELIZ NAVIDAD, CON SUERTE.

  No voy mucho por la pescadería, entre otras cosas porque últimamente no voy mucho por ningún sitio que no tenga relación con mi trabajo, pero hoy me ha tocado “lo puesto” en un décimo de lotería. Visto que este ha sido mi año de la suerte y que los grandes destinos se forjan gracias a las pequeñas decisiones: dos doradas, de vivero, para cenar.
  Toca esperar, por esto de la crisis la pescadería decidió reducir personal y estos días los clientes parecen tener tarifa plana.
  Era su turno, bajita, regordeta, pero con esa dulce voz que solo tienen muchas mujeres que saben lo que es querer y sufrir. A través del espejo del establecimiento vi reflejada su cara: unos labios que no hace tantos años seguro que fueron deseados por muchos tipos del barrio, y unos almendrados ojos verdes que terminaron sonriendo al que menos le convenía.
  “Ponme una merluza para rellenar, ¡pero por favor, dámela buena! A ver si este año todo sale bien”.
  Su tono, suplicante, revelaba que la noche del sábado se tendría que enfrentar, una vez más, al tribunal de la inquisición. Al oírla, el animado parloteo de los que esperábamos turno se amordazó. Más de una mirada cómplice entre la pescatera y alguna clienta habitual.
  Minutos después salió. El espejo no me había engañado, esa verde mirada, hoy melancólica, intentaba sonreír evocando mejores tiempos, cuando el tipo elegido, el que menos le convenía, supo pronunciar las palabras adecuadas para conseguir sus labios. En su bolsa de cuadros, su crucifijo de tres kilos, el que le iba a librar de la ira de su propio Domingo de Guzmán. Ojalá que el precio pagado mereciera la pena, se tendría que conformar con el rimel y la barra de labios del chino de la esquina
  “Esperemos que este año no se tropiece con ninguna puerta”. Más miradas cómplices tras el comentario de una clienta.
  Es lo que tiene hacer de nigromante a través del espejo de una pescadería; su ausencia, la de ella, me dejó la imagen de un cabrón, el que menos le convenía. El retrato de un tipo que solo se pone las pelotas al llegar a casa porque sabe que sus súbditos conocen el precio que comporta no satisfacer hasta sus más infames caprichos. Un desgraciado que, incapaz de afrontar las duras pruebas a las que a todos, a veces, nos somete la vida, descarga su minusvalía mental destrozando la vida de quienes no merece.
  Feliz Navidad, señora de los ojos verdes, deseo de todo corazón que esa merluza que, pese a todo, seguro que prepararás con cariño, te ayude  a sortear las puertas de tu casa. Y para el año que viene, si el hijoputa que te engañó cuando aún creías en el amor no te ha destrozado a golpes, te buscaré por la calle, ya sacaremos de alguna mercado negro el ak47 que le vas a poner en la próxima cena de nochebuena.
  Feliz Navidad a todas las que, como mi señora de los labios deseados, respirareis aliviadas cuando ya en el amanecer navideño seáis las únicas que seguís en pie recogiendo los trastos, mientras el cabrón de turno, el que tampoco os convenía, ronca su borrachera en una cama que no se merece.  

martes, 13 de diciembre de 2011

MAX


MAX

  Jamás podré olvidarlo, es el mejor tipo que he conocido y dudo que la vida vuelva a regalarme un compañero como Él.
  Raro es el día que por un motivo u otro no veo su sonrisa. Una pareja besándose: es Él, un niño feliz con su pelota: Max en mi memoria, dos ancianos regalándose una tierna mirada: siempre el recuerdo de su ternura. Pero en estas fechas que se acercan, su presencia en mi memoria es perpetua.
  Apareció un veinticuatro de diciembre, yo no le vi quitarse las alas, pero bajó con ellas. Tan sólo era una bolita de pelo con dos almendras por ojos de color miel, y unas grandes patas que ya presagiaban que con su futuro gran tamaño no se iba a conformar con un pequeño trozo de mi corazón, siempre me faltó alma para estar a su altura.
  Acarreó con dificultad su adolescencia, sus neuronas no seguían el mismo ritmo de crecimiento que su cuerpo necesitaba para albergar su enorme bondad. Pese a que con sus desgarbadas patas no paraba de corretear en cualquier dirección del jardín, nunca pisó una flor, ante ellas se detenía acercando su enorme nariz para disfrutar del perfume y fijar su cálida mirada en la belleza de sus colores. Perseguía las mariposas evocando el vuelo que una vez lo trajo hasta mí.
  Nunca paró de crecer hasta convertirse en un corazón de cincuenta y seis kilos. Por las noches fue el colchón de mis gatos, con quienes compartía durante el día apasionadas batallas que siempre fingió perder.
  Campesino de origen y pastor de profesión fue un apasionado de la mar. Mil veces le vi seguir la estela de mi tabla, maniobrando a la perfección bajo las olas al remontar, y retomando la orilla como el más grácil de los delfines. Me enseñó el placer de rebozarnos juntos en la arena, y juntos, más de una vez, meamos en el palo de alguna sombrilla vecina dándonos a la fuga, como dos delincuentes, hasta perdernos nuevamente en el agua compartiendo sonrisas.
  Por las noches le hablaba de las estrellas, y en invierno su mirada se iluminaba contemplando Aldebarán, su preferida.
  Nunca le vi pelearse con nadie, aunque iba sobrado de musculatura y dientes, su cerebro jamás quiso admitir la violencia. Fue mi catedrático en la tolerancia y el respeto, sobre todo con los más débiles por quienes sentía predilección.
  Me enseñó a amar la vida sencilla: compartir, acompañar, esperar, mirar y sentir sin aditivos. Gracias a Él aprendí a ser fiel a quienes quiero y me quieren, a reír con sus alegrías y llorar por sus desgracias. Si algo bueno hay en mí, Él me lo enseñó, fue mi maestro.
  La ineludible ley de la naturaleza lo llamó. Con casi catorce años su enjuto cuerpo llegó a no poder sostener su enorme corazón.
  Quiso compartir conmigo sus últimos momentos. Respiré junto a su boca su aliento final, mis manos cerraron sus ojos en los que aún seguía reflejada mi sonrisa de despedida mientras mi mano derecha no quería resignarse a dejar de sentir sus últimos latidos, y así, su espíritu infinitamente bondadoso penetró en mí para ayudarme a soportar mi condición humana.
  La inteligencia no lo adornó en exceso, pero mantengo mi escopeta cargada para quién se atreva a sugerirme que algún día tendré un perro mejor.
  Nos veremos en tu paraíso, Max, que seguro que es mejor que el mío.

lunes, 5 de diciembre de 2011

SE VEÍA VENIR


Es para lo que sirven los libros de historia y los documentales de “la dos”. Siempre, al terminar de revisar un pasaje de nuestro pasado, escapamos el mismo pensamiento: “se veía venir”, si el libro o documental de turno son de calidad, por supuesto, y analiza no solo los hechos que han marcado nuestra historia sino las circunstancias que llevaron a ellos.

La revolución francesa no fue, a secas, producto de una charla de bistrot entre cuatro amiguetes a los que Louis XVI les parecía un calzonazos manejado por la archiduquesa y su camarilla de cortesanos. Una economía arruinada, un tercer estado - la burguesía - harto de pagar todos los impuestos y carecer de derechos, y un pueblo empachado de manzanas podridas y pan robado a las ratas en las alcantarillas de Paris, terminaron generando el cambio político-social más importante de la historia de Europa. Se veía venir.

Posteriormente, Gavrilo Princip, el 28 de junio de 1914 en Sarajevo, tan solo prendió la mecha de una bomba de nombre Europa, sumida en los conflictos derivados de la rivalidad económica y política, infestada por los muy diversos e intensos espíritus nacionalistas, y cuyo máximo objetivo era dar salida a la vertiginosa carrera armamentística en donde los prohombres de la época obtenían exuberantes beneficios. Hoy todos conocemos las consecuencias: 12 millones de muertos y un tratado, el de Versailles, que no satisfizo a nadie, y que termino poniendo a los pies del “cabo iluminado” la alfombra roja para justificar una de las mayores atrocidades conocidas en los últimos siglos. Se veía venir.

Está claro lo que dirán los ciudadanos del siglo XXII, los supervivientes al calendario de la abeja Maya, cuando en su pantalla de televisión, generada holográficamente en un espacio tridimensional, vean un retrodocumental en 6D, uno de los buenos, de los que sacarán viejas imágenes de los Berlusconi, Merkel, Sarkozy, Zapatero, o Rajoy. Se darán cuenta de como sus antepasados asistimos impertérritos a la supresión lenta de todas nuestras libertades y derechos sociales con la excusa de cumplir con los requisitos que nos marcan las agencias de calificación. Seguramente se llevarán las manos a la cabeza viendo, o leyendo - si es que para entonces se sigue leyendo -, como los bancos y sus camaradas del capital  nos fueron estrangulando con una estrategia maquiavélica hasta que, ya casi sin aire para respirar, conseguimos levantar el puño. Y entonces dirán: Se veía venir.

Pero realmente siempre las hemos visto venir. Nuestros antepasados, los que dejaron la camisa ensangrentada de Louis XVI, aquellos que se echaron a las armas en  el catorce, y sin duda alguna nosotros mismos. Y como ha ocurrido en toda la historia nos decidiremos a quitarles lo bailao, e intentar poner las cosas en su sitio, hasta la siguiente.

viernes, 7 de octubre de 2011

Intercambio Libre y gratuito. ¡Que esto no pare!



   Desde hace unos meses en  que me interné en este mundo informático he podido comprobar que somos muchos: mujeres, hombres, jóvenes, menos jóvenes, viejos, y menos viejos, los que tenemos inquietudes literarias. Escribimos, leemos, intercambiamos opiniones, en pocas palabras: disfrutamos y mejoramos. He descubierto discretos blogs, creados por anónimos personajes - que por desgracia, o quizás por suerte, nunca pasaremos a la historia de la literatura “oficial” - en los que he podido encontrar auténticas joyas de la palabra escrita. Opiniones, cartas, poemas, ensayos, fragmentos literarios expresados con frescura y libertad, no condicionadas por la conveniencia comercial.

   Cuando terminé de escribir “La Sonrisa de la Magdalena” - mi primera intromisión en el mundo literario - surgió la lógica necesidad de “ser escuchado”. La típica copistería fue mi primera editorial, y empecé a repartir ejemplares entre amistades y conocidos con ganas de tragarse mis trescientas sesenta páginas; ese fue mi primer contacto con el placer. Me leían, me comentaban, me criticaban. Yo estaba cumpliendo el objetivo pero vaciando mis agujereados bolsillos. ¿Cómo seguir? Envié unos cuantos manuscritos a algunas editoriales que por supuesto ni siquiera se molestaron en contestarme, y mi ansiedad por seguir siendo leído me introdujo en la red. Inmediatamente, tras poner en marcha mi humilde blog, he empezado a recibir mensajes de apoyo, agradecimientos, críticas que modestamente acepto y que me ayudan a corregir mis errores, elogios empujados por la amistad, etc… Todo ello, está resultando una experiencia mucho más gratificante de lo que en el inicio pude imaginar.
   No he inventado nada nuevo, al contrario, he descubierto y me he asomado a una actividad que muchos llevan practicando desde hace tiempo. El cariño con el que he sido recibido en esos círculos abiertos a todo quién quiera compartir, ofrecer, y recibir gratuitamente, me ha llevado a la convicción de haber conseguido ya mi objetivo, aunque mi “carrera” no ha hecho más que comenzar. Ahora, durante mi actividad profesional diaria, los obstáculos se han minimizado; sé que al final del día abriré mi ordenador y volveré a encontrarme con esa comunidad que tantos buenos momentos me está haciendo pasar. Ahora tengo claro que esto es lo que buscaba cuando empecé a desahogarme golpeando teclas.

   En estos períodos especialmente delicados, económicamente, la red nos permite disfrutar de la literatura sin tener que pasar por “caja”, sin seguir el juego de los grandes monopolios editoriales. Merece la pena cuando todos tenemos algo que dar y recoger. Es un placer para mí unirme a los muchos que, hace ya un tiempo, iniciaron esta aventura humana; y un gran honor, ahora, formar parte de ella.

   Quiero sumar mi voz a todos los que ya lleváis tiempo regalando, disfrutando e invitando a que cada día seamos más. ¡Que esto no pare!

Oscar da Cunha

lunes, 3 de octubre de 2011

TENÍA QUE SER HOY


Todavía me quedan muchas cajas por abrir, sé lo que contienen algunas y nunca volveré a abrirlas. Es lo que tiene un traslado. Objetos de un pasado que no siempre aparece cuando tienes puesto el disfraz de Superman. Pero ese cartón llevaba días llamando al timbre.
Noche de lunes, recién estrenado el martes hace unos minutos. La semana laboral ya ha comenzado y queda atrás la flojera del finde. ¿Por qué no ha ahora? No ha sido un mal día. Admito que noté un ligero temblor en mi mano al soltar el precinto. El pequeño estuche de madera estaba lleno de viejos recortes de periódico, lo recordaba. Noticias de un pasado durante el que quisimos descubrir un  mundo lejano y mejor: con tres soles, cuatro lunas, y vecinos con los ojos plateados. El carné de socio de un club al que pertenecíamos tan sólo dos de este planeta, y millones de amigos de otros, que por algún motivo, no tenían nuestro teléfono.
La foto apareció boca abajo, no necesité darle la vuelta para verlo vestido con su chaqueta azul de capitán de nave y su pantalón blanco. Creo que yo también estoy en el retrato, pero no me fijé. Al fin y al cabo era el día de su comunión; además, como en todas las fotos en las que estamos juntos, yo sólo le veo a él. La vida te va enseñando a fijarte únicamente en las cosas que merecen la pena.
Nos presentaron una tarde gris de hace ya más de cuatro décadas. Mi pistola mata-marcianos era igual que la suya, y eso selló nuestra amistad. Ambos, supimos en ese momento, que estábamos destinados a hacer el mismo viaje aunque no siempre compartiésemos nave. Hoy me toca darle gracias a la vida por habérmelo dado, a él.
Necesité sentarme encima de algo, no recuerdo qué, contemplando la foto. Con su traje ya apuntaba maneras, quedaba claro que él iba a convertirse en el Capitán Fantástico del disco que su primo Elton le dedicó años después.
¡Y qué bien lo ha hecho! Nadie de los que, hasta la fecha hemos tenido la suerte de compartir su viaje, lo dudamos. Yo mismo he vaciado el combustible de mi nave en varias ocasiones, y nunca me ha dado tiempo a enviarle un s.o.s.; me conoce bien y siempre lleva un bidón de repuesto.
No ha tardado en abrirse el archivo: días, noches, momentos, palabras, imágenes, sentimientos - sobre todo sentimientos - . El disco duro de mis recuerdos está lleno de él. Siempre que he reído, su sonrisa me ha acompañado. Cuando he llorado, nunca me ha faltado su consuelo. Cuando no ha podido estar a mi lado, también lo he sentido junto a mí. A veces, por estas cosas que tiene la vida, mi hoja de ruta me ha llevado por caminos alejados del suyo. Nunca he tenido miedo de perderlo, ventajas de ser el hermano pequeño, él siempre ha previsto llevar un catalejo y sudar contemplando mis devaneos.  

Seguramente hoy no vaya a felicitarte en persona, incluso ni te llame por teléfono, tampoco sería la primera vez, me conoces y estás acostumbrado a mis desvaríos; pero serán pocos los momentos del día en los que no me acuerde de ti.
Has estado presente en los instantes más importantes de mi vida, los buenos y los amargos. Sólo te eché en falta, en la estación, el día en que me secuestraron para vestirme de caqui. Te lo paso porque tenías una buena coartada, no podías dejar escarpar esa joya que te había escogido para casarse. Esa bruja, al final, ha sido la que más tiempo lleva disfrutándote. 

Hay muchas razones por las que, a veces, me hubiera gustado que mi pasado perteneciera a otra persona, pero el precio a pagar sería muy alto. Él, con su consuelo, su alegría, y en momentos su tristeza, fue mi eterno compañero durante la niñez. Me regaló las primeras lecciones para caminar, no en la vida sino hacia la vida. Junto a él aprendí a no perder el sueño por un juguete roto, y me enseño a recrear muchos sueños que se construyen sin juguetes. Compartió mis momentos más amargos y me permitió  participar en los suyos.
Lentamente, la vida nos fue enseñando sus múltiples caras. Yo siempre lo tuve más fácil, él era el primero en comprobar la solidez del terreno. Y este no es un momento peor que otro para confesar que yo también he llevado discretamente escondido un catalejo. A pesar de la distancia que en momentos nos ha separado, continuamente he procurado seguir el polvo que levantan sus botas   
Han pasado muchos años y todo sigue igual; él camina dejando caer discretamente las migas de pan que me permiten convencerme de que soy yo quien aparta las ramas con mi machete. A veces me paro a contemplar el horizonte que me queda por recorrer y consigo verlo, parándose un instante, con una sonrisa resignada para echar una mirada atrás, seguro de que una vez más tendrá que interrumpir su expedición para recomponer mi hoja de ruta.
Hace ya un buen momento que es cuatro de octubre. Año-nuevo en nuestro mundo privado, un planeta en el que aterrizamos dos y que ahora se ha llenado de muchos que le siguen a él. Cierro el estuche de madera, con su imagen tan viva como la tarde en que la suerte me lo concedió.
Sabía que conservaba esa foto, pero tenía que ser hoy…

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Hemos fracasado (reflexión)


Si, como suena: hemos fracasado. Por desgracia no se trata de una reflexión producto de un mal día que, como otro cualquiera, termina delante del televisor viendo como se acumulan las imágenes de nuestro mundo, de nuestra propia y decrépita sociedad. Imágenes que ya ni siquiera nos avergüenzan porque nos estamos familiarizando con ellas. Miramos de frente la pantalla mientras desfilan reportajes en los que seres humanos como nosotros, con la única diferencia de haber tendido la desgracia de nacer en un país equivocado, abandonan el pellejo inerte sus hijos en mitad de un camino que saben de antemano que sólo les lleva a la muerte. Seguimos mirando de frente cómo una familia tras otra, a veces en la misma manzana ya podrida en la que nosotros vivimos, se ve desterrada de las cuatro paredes en las que invirtieron la mayor parte de sus años productivos. Seguimos mirando  de frente los vergonzosos comportamientos de la gran mayoría de los gobernantes que nos representan, y bien que lo hacen , porque al fin y al cabo tenemos lo que nos merecemos. Y miramos de frente porque sabemos que la mirada de todos ellos, la de los que sufren y la de los que nos hacen sufrir, nunca se va a cruzar con la nuestra.
No, lo reconozco, no tengo un mal día, aunque esta mañana me haya cruzado con un par de mataos con el pavo, intentando darles el changui con unas dosis de alfalfa a unas cuantas párvulas de colegio bien. Tampoco me ha amargado la tarde, cuando, para solucionar el atasco que se ha montado en la Gran Vía, - pobre anciano que se ha caído en el paso de cebra, víctima de alguno de los muchos achaques que le han regalado los duros años de trabajo -, la grúa le ha sacado quince minutos de ventaja a la ambulancia.
Observo y participo. Esta hoguera la hemos levantado entre todos: nosotros, nuestros padres, los suyos, sus abuelos y la generación que los parió; y no se van a librar de las llamas ni los errores de Felipe II.

Esto no tiene arreglo; la crisis en la que estamos - y no quiero entrar en economía -, la sucesiva que ya se nos echa encima, la que vendrá después y la siguiente, nos demuestran que como grupo, los humanos, tenemos menos futuro que los cuñados del dinosaurio al que le cayó el gran meteorito mientras hacía la cola del pan.

No sé si esto empezó con el arquitecto técnico que diseñó el alicatado de la primera pirámide, o fue la mañana anterior, cuando los cro-magnon les embargaron sus cuevas a sus primos los neandertales -que por cierto tenían pinta de ser buena gente- por no cumplir con los requisitos de la prima de riesgo. Pero, con el esfuerzo de todos, hemos conseguido retrotraer nuestro mundo a los momentos previos al chupinazo de inicio de las fiestas del Big Bang.

Somos animales sociales, nos encanta crear grupos para darnos de hostias con los demás grupos. Somos animales gregarios, formamos jerarquías y elegimos líderes para dirigirlas; quienes después de hacer caja, se ocupan de que también nos demos de hostias entre los miembros del propio grupo. Realmente somos imbéciles porque después de tanta historia, que la mayoría de nosotros ignoramos, seguimos cometiendo los mismos errores que cometía nuestra familia cuando el abuelo todavía cazaba mamuts.

Algún día, quiero pensar que llegará, seremos capaces de derramar lágrimas por el hijo perdido de nuestra hermana de Somalia, cuyos ojos ya secos son incapaces de manifestarse. Algún día, quizás, llegarán a dolernos nuestros huesos por el frío, acumulado bajo los cartones, del mendigo que ahorca su pasado en vino barato mientras intenta camelar a la rubia del anuncio de colonia en la marquesina donde duerme.

Mientras tanto, y yo me apunto el primero, hemos fracasado.




sábado, 3 de septiembre de 2011

Sinopsis de la Novela


Palas, apodo con el que todo el mundo conoce al protagonista de la novela: Paulino Yanguas, recibe inesperadamente la noticia del fallecimiento de su padre. Se trata de lo que podríamos considerar un hombre de vida fácil: 41 años, buena posición económica, solterón?
Víctor, su padre, un hombre hecho a sí mismo, propietario de un próspero establecimiento comercial en San Sebastián; hace ya años que ha delegado en su hijo todas las responsabilidades de un negocio que se mantiene gracias a la buena gestión de sus empleados. No obstante, la relación padre-hijo siempre ha estado marcada desde el fallecimiento de la madre en el parto, creando una barrera que ninguno de los dos ha sido nunca capaz de franquear.
Tras la muerte de Víctor, Palas encuentra unos cuadernos de memorias en los que su padre le relata diferentes épocas de su vida y su relación con personajes que fueron determinantes para él: antiguos amores, amistades, relaciones pasionales?
Leyendo las memorias y viajando a diferentes puntos del país donde aún viven estas personas que rodearon y compartieron la vida de su padre, Palas va descubriendo la auténtica personalidad de un hombre totalmente desconocido para él.
Es un viaje que, a modo de camino inciático, transformará completamente no solo la opinión que siempre había tenido de su padre, sino que irá alterando sus prioridades y su forma de entender la vida.
En las diferentes etapas que transcurren por: Andalucía, Cataluña, Santander, Levante, Soria, etc. conocerá a: Mira, un antiguo amor de juventud de Víctor, con quien mantuvo una relación sentimental; visitará a Antonio, amigo de la infancia de su padre y posterior socio en el negocio; Marta, la mujer del sobrino de Victor, que se convierte en la obsesión carnal de su padre a lo largo de años...
Palas, a su vez, ira cargando su maleta de relaciones personales que van a ser determinantes en su vida: Alba, una medico cooperante con la que inicia un apasionado romance; Telesio, un perro que se cruza en su camino, cuyas "opiniones" solo escucha él, y que suenan en su cabeza a modo de "voz de la conciencia"; Juan Carlos, compañero de juergas; Nieves...
A su vez, en su recorrido, una sombra permanece constante: su madre; presuntamente fallecida al nacer él; quizás solo sea real en la versión que Víctor le contó de los hechos...
La sonrisa de la Magdalena pretende ser una novela actual, que refleja las inquietudes y preocupaciones que a todos nos acosan en estos momentos en los que estamos asistiendo a una profunda transformación de nuestra sociedad. Salpicada con pinceladas de un reciente pasado, en las que cualquier lector puede encontrar un reflejo de su propia memoria.