viernes, 17 de febrero de 2012

EL DRAGÓN DE LAS ESTRELLAS


EL DRAGÓN DE LAS ESTRELLAS

  Una de las ventajas de mi trabajo es que me permite relacionarme con mucha gente. Bueno, realmente esa es la única ventaja de mi trabajo y yo la disfruto, debe ser por eso por lo que me pagan muy poco. Digamos que mantengo un equilibrio razonable: de mi trabajo, la empresa se lleva el beneficio económico, y yo… llego a fin de mes compartiendo inquietudes y en ocasiones también alegrías con mis clientes. 

  Indudablemente, a veces, a lo largo del día me las tengo que ver cara a cara con Mefistófeles, disfrazado de empresario o de sugerente veinteañera, pero ya conozco sus múltiples caras, nos hemos enfrentado en muchas batallas; y yo, a estas alturas, durante esas entrevistas coloco el piloto automático y dedico la escasa parte útil de mi cerebro a quehaceres más placenteros. ¡Eso si! En el momento del “hasta la vista” siempre vuelvo a ocupar el control de mi barco para ser yo mismo quién se despida con un respetuoso ¡Que te den!
 
  Pero, algún privilegio tenía que tener mi labor y, de vez en cuando, coloca mi silla frente a la de seres “diferentes”.

  Enseguida, tras darnos la mano y traspasar rápidamente las rituales presentaciones, percibí la sensación. Gabriel (prefiero el nombre de otro arcángel), no era un tipo ordinario, en estas ocasiones guardo un respetuoso silencio, conozco esa sensación, siempre me aconseja escuchar.

- Yo soy disminuido mental -. Me lo arrojó mirándome a los ojos, con su casi metro noventa, pelo ya cano y bigote amarilleado por el tabaco.

- Soy esquizofrénico y ex-alcohólico. He dedicado más de cincuenta años de mi vida a destruirme, soy un profesional, pero ahora he decidido cambiar de empleo.

  Estábamos en una pequeña taberna de pueblo pequeño, sillas y mesas de madera de verdad, de las que todavía pueden brotan ramas y flores. Poca luz, y menos clientes. Nos sonreímos.

- ¿Me entiendes, verdad?   

- Soy un alumno aventajado-. Le contesté. No me atrevo a decir que éramos almas gemelas, entre otras cosas porque yo, a veces, dudo de tener la mía.

  Nos pasamos hablando dos horas más de las que dedico a cualquier cliente habitual. Él tenía que marcharse, yo aún seguiría allí, escuchándole, siempre me identifico con los seres que esta estúpida sociedad considera marginales.

  Solo hablamos de él, era el más interesante de aquella reunión. Compartimos recuerdos de la puerta del infierno, y su experiencia me hizo entender que solo quienes han ardido en la hoguera son capaces de contar todas las estrellas del cielo.

  Intentó contarme su vida en tan solo tres folios, pero Gabriel es uno de esos personajes cuyas inquietudes no cabrían en la enciclopedia británica.

  Aún así, él mismo me abrió la primera de las siete puertas de su oscuridad, me regaló ese poema que recoge la visión de un nuevo mundo y que tan solo los que son como él empiezan a comprender: “El Dragón de las Estrellas”.

  Soy tenaz cuando alguien lo merece, y conseguí arrancarle la promesa de futuras conversaciones. Solo me pidió valor para afrontar el ritual de iniciación necesario para cada una de sus seis puertas restantes. Espero dar la talla.

  Me guardo para mí su auténtica identidad, no por preservar su anonimato, él ya tiene superados todos los prejuicios, sino por  puro egoísmo; lo quiero solo para mí, además esta sociedad, marginándolo, ha demostrado que no le interesan los dragones de estrellas.

  Su poema tampoco lo comparto, los que tengáis inquietud no tenéis más que mirar al cielo en una noche despejada, allí están todas sus letras, sabréis ordenarlas, a los que no la tengáis ¡Que os den!



Oscar da Cunha
17 de Febrero de 2012