martes, 31 de octubre de 2017

La del cantero manco

Pudiera ser otro de esos extraños caprichos que se permitió la geografía cuando todavía ninguno de los nuestros andaba por aquí para molestarla. Uno de esos descuidos que interpretamos como casualidades precisamente cuando no nos molestamos en interpretarlos. Pero no lo es. Se trata de otro intento del caos por dejar claro que lo inventamos nosotros. Porque aquellos caballeros que se decidieron por ese perdido lugar del mapa para erigir un temperado taller dedicado a la abstracción, aquellos guerreros iniciados que también escogieron flamear el Beaussant con los dos colores que sólo tienen un sencillo nombre pero tantos significados como intenciones los mortales, descubrieron, que desde allí, tuviera sentido que la galopada de sus monturas acercara por igual al cabo Creus que al Finisterre.
            En torno a esa simbólica logia que sorprende en el interior del cañón del río Lobos, allá donde la montaña se convierte en anfiteatro del mundo y la cueva es un ojo de la tierra que curiosea, se atropan los perfumes; como el del inquebrantable enebro, los del espliego, el memorioso tomillo y la aliaga, el romance entre enea y menta salvajes, y la apasionada salvia. Situado tierra adentro, pero al pasear, con la mirada cerrada y la piel abierta, la memoria se impregna de sal, con equilibrada contigüidad Atlántica y Mediterránea. Porque Ucero también es puerto de mar para quien navega con los entresijos del interior atareados.
            Lo recuerdo en mi ya lejana primera visita, por estas fechas en las que los más estimulantes momentos de la tarde, con la hora recién cambiada, apaciguan el cielo, y su azul deja paso al velo naranja de la nostalgia, a la soledad y al olvido que se ha de recuperar, a todos los olvidos.
            Y de ellos recuerdo que Beatriz y Alonso nunca pudieron ser sus nombres.
            La dama mantiene la belleza de la tierra donde ha madurado el fruto y el arbusto se ha hecho flor, todas las flores. Un rostro por donde el tiempo supo pasar con respeto, y si hubo heridas fueron las propias del camino al que se ha querido volver, sin mirar atrás, y reincidir, porque el único viaje al que se perdona sincero es al que dolió, tal vez con todos los dolores con los que cuesta amar, y todos sus desafíos en el horizonte.
            De él, la mirada, completa de encrucijadas rubricadas por errores y aciertos. Sus ojos aún dispuestos, como ayer, a navegar mares siempre encontrando puerto en su compañera. Atractivo, como la roca cincelada por el maestro del vivir y los vientos, que entre huecos permite el sueño que se persigue para coger fuerza, con ese empeño por arreciar en contra y a favor hasta desgastar unas facciones resignadas con que sólo haya sido el uso.
            Cae la luz entre las sabinas y recuerdo cómo él la abraza y ella lo peina donde hubo cabello, porque juntos consiguieron llegar y de ayer a hoy han sido tres suspiros y un bolero. Y se miran en el reflejo de las lágrimas gastadas, todas las lágrimas con las que aprendieron a nadar, sin miedo y Bécquer se equivocaba. A por la banda azul deciden subir de a dos, como han hecho su vida, todas las vidas. Otro beso con la penúltima promesa y la rama del quejigo señala la umbría junto al riachuelo de los deseos, ahora cuando brilla de hazañas pequeñas, íntimas y silenciosas, que fueron las más difíciles.
            De Poniente llegan risas que son gaviotas, es la edad en la que ellos también volaron. Uno quiso probar nuevos mares, y al otro le dieron igual porque no importó qué orilla si la arena confundía dos andares y un te quiero, todos los te quiero. Levante trae tramontana y el tañido del campanario que llama a puerto cuando se hizo hogar, lumbre de carrasco y alcornoque. Rascasa en el plato y un principio de perfil, todos los principios, como aquel cuadro donde las espinas parecieron más chiquitas.
            Entre la jara, una secreta senda y no ilumina la luna, distraída; es por el faro de las ánimas que llama desde su monte, y Gustavo Adolfo despierta del sueño para mirarlos, se le hicieron ancianos, y donde él puso leyenda ellos consiguieron romance, todos los romances. Y nada vale el papel ante el amor cuando se escribe sobre piel, de sudor y llanto que se evapora pero quedó, y ahí estuvo el aliento, todos los alientos.
            Los recuerdo marchar hacia la oscuridad en esa ya casi noche que no devuelve las visitas. Se confunden dos brisas y en el desfiladero aúlla el lobo enamorado de la muerte. Espero y acumulo momentos de esos que no importa cuántos. Con ellos han huido los mejores y los que dejaron sólo servirán para hacer prácticas. Espero hasta que el faro ya no alumbra y de sus pisadas quedaron huellas, entre Creus y Finisterre, en ese punto medio donde fueron para buscar eternidad. Y que se encargue la tierra si ha de merecer, todas las tierras.
            Por el monte de las ánimas ahora bajan dos melodías, una con el flabiol y otra con gaita, y en la cañada se retira el silencio entre muñeira y sardana. La lechuza no tiene noche para ruidos, pero el autillo, más retozón, la convence y ya somos cuatro con la sombra del poeta. Sé que tengo que elegir, no me lo han puesto difícil, llevo rato sentado y esta opción ya está gastada. Me levanto y los acompaño en el baile que se ha de celebrar, en todos los bailes.
            Y que el manco talle la piedra con maza y cincel, todas las piedras. Allá él cómo se las apañe.

Oscar da Cunha
31 de octubre de 2017

domingo, 15 de octubre de 2017

Gracias, Malinowski

Recuerdo sus últimos días. Ninguno imaginábamos que pudieran serlo mientras él lo sabía. No era uno de esos hombres vulgares a los que la muerte viene a buscar. Y ahora estoy convencido de que fue él quien la llamó para imponerle fecha y hora. Sin discutir.
            Después de noventa y un años conocía demasiado mundo y estaba aburrido de sus repeticiones. Y tampoco esperaba mejores versiones de sí mismo.
            Austero, con las palabras medidas y en su sitio. Gestos sólo los necesarios, más los que se le solicitasen, porque él nunca hizo caso de esa voz que bautiza jueces, y prefería entregarse a las intenciones.
            Durante esas fechas sólo me encomendó dos cosas —ya me había perdonado por haberme llevado a su hija—, y adopté su vieja radio. Ella, desde entonces, me cuenta cómo viene el día cuando la exclusiva ya la comparto con los pájaros más tempraneros, y por el oriente del que todos estamos llega el aroma de los primeros cafés. Y el cielo todavía lleno de esa luz discreta que conserva el sueño reciente, el que nos prometemos cuando la mirada se acaba de reiniciar.
            Esta mañana tampoco se enciende al girar el dial. Y en la memoria la indicación de su viejo compañero: «Dos golpecitos suaves, aquí, junto al ojo mágico. Tiene ya las maneras gastadas y hay que despertarla».
            Nada.
            Silencio, e insisto. No me interesa lo que cuenta pero necesito que lo haga ella, desde ese altavoz de otro tiempo con el que consigue que nada me parezca nuevo y yo empiece el día despreocupado. A la versión moderna de los errores antiguos le falta ese punto de responsabilidad de las noticias sin opinadores.
            Prefiero descartar opciones. Reviso la instalación eléctrica de toda la casa y compruebo el alumbrado público, lejano, por el de mi entorno ya me ocupé de que no estuviera. Me resigno, la miro con tristeza y le pido permiso. Es una vieja dama, y con respeto desabrocho por su espalda el acartonado corsé en busca de la válvula fundida. No recuerdo si me queda recambio, tendré que buscarlo en unos de esos cementerios donde las exponen para ser contempladas mientras nos miran tristes, culpables de pertenecer a un borroso pasado que ahora se llama ficción porque parece que nadie vivió en él.
            Pero esa tapa de cartón sale con la compañía de una confidencia. Despego y despliego el papel de estraza. «Viento» de Malinowski asoma con apenas cuarenta pétalos y hoy descubro que me confió mucho más que su radio.
            Ahora entiendo que se había hecho amigo de una resistencia plena, y esa otra de rebajas por final de temporada no le interesaba. Poco le importaron que sus largos paseos se convirtieran en de a pocos, y soportó esa prisión dentro de un cuerpo con demasiado uso encajando los intermedios. Pero a su cabeza no iba a concederle esos desfiles por el paraíso de los lelos.
            Hoy me sorprende con que no sólo se preocupara por la evidencia, su discreto mundo estaba completo de esas inquietudes que encuentran respuesta en ese jeroglífico que se nos va quedando en el pasado. A veces nos miraba con firmeza y sonreía, sin motivo para los de fuera, decía que era la edad, nunca confesó que tenía el interior lleno de conclusiones. Y se mantenía sincero al afirmar que cuidaba de sus gafas para no dejar de manejarse con las herramientas, las de su caja, las que casi no usaba. Porque eran otras de las que hablaba, y las amaba en ese secreto que esconde el papel. Como si él mismo se las hubiera prohibido para disfrutarlas con el dulce sabor del pecado. Y preguntándose cuántas manzanas son herederas de la primera.
            No sé cuándo las descubrió, quizá se lo contara a Malinowski y por eso le dedicó su libro. Ya me inquieta dónde estarán los otros, de los que citaba fragmentos de memoria y añadía por descuido alguna reflexión.
            Los buscaré, Nano, me lo tomaré como un nuevo camino que me has abierto. Tal vez me dejaste la primera pista en el último párrafo que subrayaste. 
Muchas lunas han pasado
desde que dejé tierra firme.
Preferí los peligros de la mar
a la monotonía ciudadana.
… ¿Hasta cuándo resistirá mi precaria balsa
el avanzar y avanzar contra la corriente?
E. J. Malinowski
            Te contaré.

Oscar da Cunha
15 de octubre de 2017

lunes, 9 de octubre de 2017

El Rincón de los Poetas

«Es tan fácil hacer sufrir a un ser que nos ama, tan fácil que ni siquiera puede ser divertido.»

Maurice Rostand (hijo de Edmond Rostand y Rosemonde Gérard).
El rincón de los poetas. "Villa Arnaga" – Cambo-les-Bains

Cuántas puertas abre una sonrisa


Cuántas puertas abre una sonrisa.
(Tal vez pudo decirlo Josephine Baker)

domingo, 17 de septiembre de 2017

SOY DE MAR

Llega sin empujar, entre esos primeros cafés con los que de nuevo uno se anticipa al amanecer. La terraza aún te acoge descalzo, taza en mano, serenidad y el gato que ha pasado la noche sobre la hamaca bosteza sin prisa. Los momentos se han vuelto perezosos y ahora dejan hueco. En el calendario que ya no se mira terminó ese largo domingo que dura tanto como el calor. Y te recibe una playa con los rulos puestos y bata de casa que nos saluda de a uno a los de siempre. La alfombra de entrada ha recuperado ese color que nunca pasa de moda, y al mar, que estaba de vacaciones, se le pone el talante de aventura. Comienza la temporada de cielos imprevisibles en los que el azul se vuelve un lujo, al arcoíris se le pretenden horas extras y los vientos andan despistados porque todavía quedan puertas abiertas.
            Es el ahora de los lugares secretos, escondites que no tienen nombre para que los de fuera no aprendan. Se comparten sardinas con olor a viejo barco sin intermediarios, sabor a apretón de manos y esa brasa que fue madera en la pata del pirata. Los de la mesa de atrás cantan amores perdidos en otras orillas donde nunca atracaron, y todo se contagia. Premeditadas tabernas mal asentadas sobre la arena, como nos gustan a los que lucimos cada vez más pelo color de sal, con los pies desnudos, la mirada remando hacia el horizonte y cara de ver ballenas que no nos importa a dónde vayan con tal de que lleguen. «Mira, una acaba de soltar un chorro». Y le birlas chipirón y medio al colega de la derecha.
            Se estiran las tardes de terraza hasta que al sol le da por aparecer en escena sólo para recoger los aplausos. Cuentan que en esas sillas se negociaba el placer por minutos, colores de ojos y maquillaje de puerto, porque han sobrevivido naufragios delante de todo y justo donde nadie se fija. Quizá las gaviotas guardan el secreto y por eso ríen, pero a lo que hubo no le incomoda. Y aunque ninguno lo conocimos la imaginación aprieta. Es la nostalgia, que cuando no anda a codazos por el paisaje se hace panorama en versión marinera con escabeche de exagerar.
            Siempre esperamos a ese entonces que no broncea pero mantiene. Y curte el alma de no renuncia a guarida de pulpo, perfume de anchoa y piel de bonanza mientras aguante. Para que, cuando con paso de cangrejo y marejada en las entrañas nos alejemos y nos pregunten, se nos escape el orgullo: Soy de Mar.

Oscar da Cunha
17 de septiembre de 2017

domingo, 27 de agosto de 2017

ENTRE LAS RAYAS DE UNA SOMBRILLA

Charlan. Siempre están en ello. Los tres. Cuando se sientan, ella mantiene una cierta distancia con esa anciana pareja pero la conversación nunca cesa. No parecen veraneantes. Quizá sea porque me he acostumbrado a verlos cada vez que voy, y sin ese trío en torno a las rayas de esa sombrilla, a la playa le faltaría el mar. No recuerdo cuál fue la primera vez que los vi, creo que no la hubo. Bronceados hasta el límite que permite nuestra raza, y sin embargo, ella es la única que, a ratos, se tumba como si necesitase más, y el movimiento su cabeza y manos me convence de que la conversación debe de ser el mejor protector solar.
            No quiero hacerlo, me parece más obsceno mirar el reloj que su desnudez, pero estoy seguro. Hay un ritmo. Como en una función pautada con estudiados actos de idéntico tiempo, apuran cada intermedio para visitar ese ambigú que está en la orilla. Un breve baño. Los tres. Y no sé si vuelven a sus butacas o a escena. Entonces, todo se reinicia: La misma nube que regresa tras esos minutos que tampoco he medido. La señora del perro, que aprovecha la sombra para sacudir su toalla y recoger el sesgado repaso del solitario mirón al que le han encuadernado el periódico con la portada al revés. Lo del niño no cuenta, sólo es un niño y se repite porque le da la gana, y porque ya va intuyendo que por lo suyo sólo se pasa una vez.
            Percibo algo extraño que no me inquieta, y me pregunto por qué me resulta razonable que no lo sea. Fijo la mirada en ellos. La entrometo. No sé si ella la ha descubierto pero se levanta. Sola, en esta ocasión. Camina hasta el borde y se detiene. El agua no le interesa porque desde allí se vuelve para mirarme. Seria. Sorprendida. Como si fuera la primera vez de una sensación que comparte. Es inútil hacerme el discreto. Ya es tarde para eso. Me levanto y voy. Yo tampoco sonrío, sin  esfuerzo. Y alargo la mirada hasta la anciana pareja antes de enfrentarme a la suya que ya tengo a la distancia de un susurro. Ella asiente mientras los señala y me dice que son los suyos, pero no habla de sus nombres. Me cuenta lo mucho que se amaron y no les reprocha que siempre fueron esposos antes que padres. Porque por delante de ella llegó una fascinante historia y este verano han decidido contársela. No quieren que se olvide, como el accidente, que algunos, no tan íntimos aunque pusieron flores en el cementerio, ya están olvidando.
            Hago un gesto estéril con la mano para quitarme unas gafas de sol que no llevo pero protegen mis ojos. La miro fijamente y con intención porque yo también vi esa película. Y la desigual, donde eran los muertos quienes veían vivos sin entenderlo.
            Entonces sonríe cuando niega. Sólo una vez. Y me habla de personas, de lugares y de sentimientos. Me habla de quienes al detenernos encontramos palabras escritas. O tal vez sea al revés.
            Se despide con la promesa de enviarme el manuscrito. Será por otoño. Aún queda verano, aún quedan palabras que poner. Palabras que toman el sol y se bañan. Palabras que son una vida, un amor y una tragedia. Palabras que vemos, cuando sabemos mirar. Sensaciones que vivimos, cuando las palabras enredan con nuestra cabeza. Cuando empujan.

Oscar da Cunha

27 de agosto de 2017

miércoles, 16 de agosto de 2017

VERANO DEL 76

Si en aquella época me hubieran advertido de que alguien como yo podría llegar a tener recuerdos que traspasaran la absurda barrera de los cuarenta años, tal vez habría invertido algunas lluviosas mañanas dominicales de invierno en ir a misa. Con lo que me estaba costando alcanzar los dieciocho, llegar más allá podía considerarlo una tortura de la que sólo conseguiría librarme teniendo éxito en esa subasta de acciones del paraíso
            En el instituto me iba bien, ya me estaba empezando a familiarizar con las más elementales nociones de Eisntein. Yo lo imaginaba como un señor que había vivido en un país donde siempre era verano, porque sólo desde el verano te das cuenta de que el tiempo es relativo. Lo importante sucede de julio a septiembre, durante ese periodo vives a la velocidad de la luz, y el resto del año se ralentiza mientras te pesan los pies acarreando con el cuadrado de la masa. Y claro, te da por pensar. Esa estrafalaria actividad con la que rellenas tu vida cuando no tienes cosas urgentes que hacer.
            Tenía que librarme de aquellas malditas clases.
            Supuse que debía de haber cometido el octavo pecado capital para estar condenado a esos satánicos cursos de acordeón. ¿Qué podía haber dentro de aquel siniestro instrumento para sonar tan horrible cuando mis orejas se situaban detrás de él? Cuando delicadamente lo colocaba como a un niño sobre mis piernas y empezaba a berrear. Sí, fui rotundo. Decidí que después de él no volvería a apretar contra mi pecho nada que sonase a quiero caca. Y aquí estoy, sin hijos.
            Dada mi lozana candidez, el pacto —en casa se empeñaban en enseñarme que a esta vida no hemos venido para abonar los campos sino facturas— me pareció razonable cuando encontré el trabajo que se adaptaba a mis profundos dogmas: Pasta y Playa. Estaba dispuesto a pasarme aquel verano cobrando el alquiler de toldos y sombrillas a cambio de que mi acordeón viajase, como donativo irretornable y merced a la devoción familiar por Fray Tomás de Berlanga, para formar parte de la coral polifónica de las islas Galápagos. Hoy entiendo que alguien me estaba vendiendo los agujeros del queso cuando mi padre, con los ojos empañados y sin dejar de acariciar ese perverso instrumento que él mismo compró con entusiasmo y la ignorancia de que me estaba empujando al desengaño —la única música que ya para siempre interpretarían mis manos saldría de una aguja y un vinilo—, insistió en que necesitaba soledad para despedirse y acomodarlo en la caja que poco después vendría a recoger el transporte. El acordeón siguió en casa y a mi padre no volví a verlo.
            Si exceptuamos la mili y por otros motivos, creo que mi piel nunca ha llegado a estar tan oscura como durante aquel verano del que recuerdo muchas cosas.
            Había que solucionar el problema de los perros y los niños. Atraían las miradas y se llevaban un montón de sonrisas. Por fin, los perros —criaturas de la naturaleza, ellas— terminaron por ser expulsados de un espacio natural. Y los que eran niños por aquel año, incapaces de mantener el nivel, se fueron especializando en fabricar orcos en miniatura para evitar la competencia.
            El ruido sí era un poco molesto. Y aquellos vendedores de patatas fritas y botellines de cristal, aunque simpáticos, resultaban algo agresivos. Ahora todo es más civilizado, el tipo se acerca en silencio, discreto. Si te guiña el ojo derecho es para costo, lo del izquierdo todavía no lo he probado.
            Bueno, este otro detalle no tiene mucha importancia, pero como hoy me ha dado por hacer memoria… Las cosas se pedían por favor y después se daban las gracias. Lo juro. Y yo, que soy un nostálgico —por eso no dejo de fumar—, vuelvo sentirme como un chiquillo cada vez que meto las moneditas, pulso el botón de lo que queda, y la máquina, con esa voz tan de máquina de los setenta me suelta eso de: «Su tabaco. Gracias». Entonces, salgo del chiringuito con la sonrisa de como si por fin le acabara de convencer de que ella sí es esa a la propia Mari Trini. También es verdad que antes aquella palabrería era más necesaria, sobraba tiempo y se hablaba. Han pasado cuatro décadas y se nota el nivel. El que no es ejecutivo de algo, dirige lo otro. Absortos en el móvil, consagrados a seguir abrillantando un poco este nuevo mundo —«tofu no queda, se lo cambié al gato por una lata de lo suyo»—, les sobra la otra mano para señalar lo que quieren, y largarse.
            Entre toldo y sombrilla, me daba un baño. Aunque luego tuviera que pasar por la ducha para quitarme el apestoso olor a agua de mar. Ahora lo han solucionado y me han dicho que van a mejorarlo poniendo letreros. Yo soy de la opinión de que no hacen falta, ya se distinguen sobre la superficie esos cercos untuosos de —sírvase-usted-mismo— los bronceadores, y el perfume de a lo que toque, que es verano y mola la aventura: banana, coco, floral o queso Idiazábal.
            Recuerdo mucho más de aquel verano del 76, pero sobre todo la recuerdo a ella.
            Ella se convirtió en mi tercer amor definitivo de aquel verano. No, espera, fue el cuarto. El tercero me rompió el corazón por la parte del embrague cuando la Vespa amarilla me dejó por aquel pretencioso. Por suerte a él sólo lo veo cada cuatro años, en esos carteles de la calle, durante esos días en los que ellos nos llaman compañeros a quienes sí vamos a la cárcel cuando nos pillan robando. Pero la vida te las devuelve todas, actualmente él ya tiene asumido que su peine le resulta tan prescindible como a mí votar, y la Vespa la fundieron para hacer chapas reivindicativas contra los motores de combustión.
            Al momento supe que era ella, esa chica de la que hasta el más furtivo de sus detalles iba a quedar grabado en mi memoria, de por vida. ¡Cómo la añoro! Aunque ahora no recuerdo bien si era rubia o morena. Ni sus ojos. El único color que me viene a la cabeza es el rojo intenso de su bikini, como una señal de prohibido pegada a las partes más interesantes de su cuerpo y sin una maldita raya que distrajese mi atención. Alta, muy alta, con un basamento de sillares y mampostería… (¡Vaya, perdón! Me tengo que quitar esta manía de escribir mientras ojeo folletos turísticos). Bueno, era de su tamaño, y yo estaba convencido de que la naturaleza había hecho horas extras para proporcionar el resto. Nunca me dijo su nombre, y desde luego que enseguida capte esos «¡Lárgate!» que continuamente me dedicaba como una inequívoca señal de que yo había superado todas las verificaciones preliminares y ya estaba ante la prueba final.
            Me fui.
            Aquello era ligar. Te pasabas el verano cruzando miradas, y cuando ya te ibas a lanzar, llegaban las lluvias, los libros del nuevo curso y esa imaginación con la que sobrevivías durante el invierno. Hasta el repetir el mismo verano, el del 76, en el que ella reaparecía, también ahora uno de esos maromos que le aplicaba el bronceador como si fuera su dueño.
            Pero fue un verano mágico y el bikini rojo cambiaba de cuerpo.

            El otro día, y después de toda una vida de inviernos, sus fantasías y veranos que hicieron mejor en quedarse donde estaban, me tropecé con ella. Me reconoció y yo no conseguí convencerla de que se equivocaba.
            —¡Cuánto tiempo! ¿Ya no recoges toldos?
            —Lo dejé.
            —¡Sigues igual!
            —No creo —Esforzándome en abarcarla con la mirada—. No podíamos estar tan mal hace poco más de cuarenta años.
            —Ha sido un placer volver a verte —Y pude ver una enorme espalda que se marchaba.
            —Yo lo siento como no te imaginas.
            Ella se giró con una extraña sonrisa.
            Yo dispuesto a escupir el sabor amargo entre los dientes.
            —Acabas de arruinarme aquel verano del 76.

Oscar da Cunha
16 de Agosto del 76

domingo, 6 de agosto de 2017

OTRA MUESCA QUE ME SANGRA EN LA MEMORIA

Hoy es un mal día, uno de esos en los que observo el verano con desprecio. Hoy lo imagino tal que si de una chapucera pausa de esa línea por la que transita el calendario se tratara. Una parada obligatoria que nos impone el tiempo para recordarnos que hubo un antaño en el que todo debió ser infierno, ese que antes de marcharse, nos dejó, a modo de intencionado olvido, una bazofia a sabiendas de que sería bien recibida —más o menos despistada hacia la mitad del año— como una estación añorada por cierta gente que va tan ligera de ropa para ventilar esa configuración de gentuza que chulean llevar instalada de serie.
            Sé que no soy objetivo porque el verano ya existía antes de nuestra especie, pero hoy el día no está para andarse con objetividades —aunque el verano no tenga la culpa de haberse infectado por esa enfermedad llamada vacaciones, ese virus con aspiraciones de epidemia que lo justifica todo con tal de transformar lo racional en grotesco— porque el verano tampoco pone de su parte, con ese revoltijo de calor, música chabacana, incendios para conmemorar lo divino que nos fue durante la inquisición, y una hora de adelanto para que no nos llamen paletos desde el Reichstag. Esos y otros muchos complementos son los que, no distorsionan precisamente al individuo sino que animan a aquellos que ya están distorsionados a ejercer como hijos de una distraída madre y progenitor de pago.
            Y ha sido cualquiera de esos miserables —uno más de los que equivocan la vida de los demás con la suya, esa que no vale ni la tinta que se malgastó para inscribirlo porque aquel día en el registro no había mierda a mano— el que lo ha abandonado.
            Reconozco esa manera de caminar, desorientada ya que siempre se renuncia a ellos en un territorio hostil donde no consiguen orientarse, y porque sus ojos intuyen que la supervivencia también tiene los últimos minutos gastados. Precipitada por no recordar qué artículo de su manual de instrucciones se ha saltado y ese castigo es nuevo, desconocido, y sólo puede ser un error que él no entiende. Porque se le ve joven, apenas ha tenido tiempo de conocer a los humanos y no sabe que en nosotros se inspiraron los demonios aunque nunca hayan conseguido igualarnos. Y porque fuimos tan perversos al domesticar su especie que les desactivamos la crueldad para no tener competencia.
            La carretera apenas tiene arcén, un coche le despeina el negro flequillo rizado soplándole un bocinazo de regalo al rebasarlo; ese conductor ha tenido mala puntería y se jura el desquite. Si el día se da como debe tal vez más adelante tenga ya la oportunidad de encontrarse con otro desamparado y ese no se le escapará. Intento detenerme en el carril contrario de la estrecha calzada, pero tampoco tiene apenas arcén y es insuficiente para la paciencia del energúmeno que me sigue, empujando, sin querer reducir. Una pareja que no me perdona que les robe un par de minutos de playa. Me repugnan más los dos niños que llevan detrás, los gestos que me dedican me confirman que las nuevas generaciones vienen dispuestas a superar lo que ven en casa.
            Sólo son cincuenta metros y hay un camino a la derecha. Dejo el coche y todo sucede muy rápido, sólo son cincuenta metros pero oigo el golpe. No llega fuerte pero desde esa distancia compruebo que ha sido riguroso y ya no es más que un bulto en la cuneta. Queda un vidrioso ojillo abierto que ya se está saludando con la muerte cuando me agacho para acariciar un pelaje que continúa siendo suave. Él ya no llora y a mí se me inunda la mirada. Le quito un collar sin nombre, rojo, de nylon y con un dibujo de flores blancas que no han tenido tiempo de marchitarse. Él ya no lo necesita, lo guardaré junto con los de los nobles compañeros que han acompañado cada tramo de mi vida, convencido de que hay un cielo para esos inocentes al que ninguno de nosotros llegará, un cielo donde el premio eterno que se han ganado sea no recordarnos. Es todo lo que lo que puedo hacer por él.
            Los coches siguen pasando, aminoran al verme y me advierten a tiempo de su presencia con un bocinazo. En ese punto hay buena visibilidad y sé que no me van atropellar, sé que no están dispuestos a convertirme en el incómodo tropiezo que les arruine un domingo de playa. Son la ventajas de ser un humano, no sé a cuantos puntos de su carnet equivalgo pero los que sean me hacen sentirme protegido, soy un lujo que muchos no se pueden permitir.
            Pasan minutos que no cuento y miro al sol que ahora está más alto, lejano, inalcanzable. Se cree grandioso, magnífico, el muy arrogante no sabe que en nuestra cultura no pasa de ser otra cosa que la estrella del rock que vuelve cada verano, uno más de nuestros nuevos dioses, como las rebajas de invierno, el wifi gratis o los anormales escogidos por la mayoría porque son los que mejor nos representan.
            Percibo que mis lágrimas y yo estamos de sobra, y me alargo con un despido lleno de respeto cuando un estático silencio sobre los hierbajos de la cuneta, mezquino e inapelable, me confirma que el pobre animal ya ha dejado de agitar irreversiblemente sus patas. Él no hubiese hecho menos por mí.

Oscar da Cunha
6 de agosto de 2017


domingo, 23 de julio de 2017

FANTASMAS


     Siempre paso frente a ella, frente a esa casa. Dicen que la habitan fantasmas pero yo, que la he visitado, puedo afirmar que es mentira, no los hay. A diario me detengo y la miro, no quiero volver a entrar, ya lo he hecho otras veces. No me asustan los fantasmas que sé que no están, lo que me asusta es pensar que ellos no sean capaces de verme a mí. 
      La esencia del miedo vive en lo que uno no ve.

Oscar da Cunha
23 de julio de 2017

Gymnopédie Nº 1 (Erik Satie)
* Se sugiere escuchar completo. Y salir.

domingo, 16 de julio de 2017

ENTRE EL ALBOROTO

A ella todavía se la ve muy joven, a él un poco menos pero se le oye más. Discuten. Hay gente por el paseo, con poca ropa, y el bullicio prefiere la sombra. Aun así se les escucha y no lo parece porque nadie mira. Tal vez sea por mar o montaña, pero intuyo que de eso ya hubo antes y quizá ahora sea por menú o carta.
            Me distraigo corriendo tras la mujer a la que he visto salir del cajero al que he llegado a tiempo para encontrar una tarjeta olvidada. Acabo de ganar una sonrisa de agradecimiento y qué fácil ha sido. Le preocupa más su cabeza porque los despistes aumentan, y yo me encojo de hombros mientras me río recordando que los míos dejaron de empujar cuando descubrieron que ya no quedaba sitio. Siguen discutiendo, más alto y él ha dejado de apoyar las manos en la cintura. Los señala y me pregunta con su mirada tan apretada como un pase de Manolete. Y tiene razón cuando me corrige por buscarles una excusa, en cuanto se descorcha esa botella hasta el mejor caldo termina en vinagre. La tolerancia amaña su propia alquimia.
            En la esquina hay un perrillo con los ojos despistados. Intenta convencerse de que se ha perdido mientras busca explicaciones que nunca encontrará porque por su imaginación no pasa un tren con destino Abandono. Recuerda que se hizo pis cuando era chiquito, y ahora que ha aprendido, el miedo está a punto de reventarle la vejiga pero no se atreve a echar ni gota. Sabe comportarse en un mundo de humanos donde son los humanos a los que les falta vergüenza. Y va entendiendo, sin conocer a Darwin y saber que se equivocaba, que no mandamos nosotros por adaptarnos mejor a los cambios sino por ser los más despiadados para esquivarlos. Ellos han elevado el tono y cuando dos gritan ya no es discusión, es un desafío para ver quién impone sus razones aunque se vaya alejando de tenerlas. Noto un estremecimiento en el animal y me acerco para consolarlo, pero no son mi mano ni mi voz las que su soledad está esperando. Ya nunca le llegarán las desagradecidas que lo han despreciado, porque los perros no son incómodos para el verano y tal vez el calor sea la excusa que utiliza la dignidad para marcharse de vacaciones, y no volver a donde no es bien recibida.
            Ahora hay alboroto delante del puesto de los helados, y esos enanos cabrones parecen venir configurados de fábrica para desenvolverse en estos nuevos tiempos de codazos y empujones. Tienen suerte de nacer más espabilados y sin pretensiones de cambiar el mundo, les basta con el que ven y saben que se va a tratar de pillar hueco para sobrevivir. Ellos no tienen la culpa, es incluso peor, pienso al verlos, todos han sido víctimas de un parto sin piedad. Desterrados en esta pesadilla de sociedad que hemos ido fabricando nosotros, los de la generación anterior, los que sí soñábamos con cambiar el mundo y sólo somos capaces de generar más ejemplares para que en el reparto nos toque un trozo más pequeño de mierda. No les importa la discusión que ahora se ha convertido en bronca y manos que van muy deprisa, tal vez les parezca una más de las que padecen cada día. Y me preocupa que con los años les resulte indiferente, y esos enanos se conviertan en protagonistas de lo que ya han asumido como un acto cotidiano. La forma de malvivir a la que se la pimpla el relevo generacional.
            Gente que pasa, pero no pasa porque se dan la vuelta para mirarla de espaldas. La chica luce un playero vestido transparente que no se anda con insinuaciones, tampoco es cuestión de agradecerle que su tanga negro no lleve parte de arriba, pero de una sonrisa y un vistazo de frente no me apeo, y esos ojos rubios me confirman que ella lo prefiere. Algo me dice que entiende de miradas y esquinas tan oscuras como las intenciones de muchos; que el cielo la juzgue porque yo no llevo suelto, y aunque ahora todos lo hagan gratis no es mi estilo, y tampoco las tengo conmigo en salir ileso de los tribunales.
            Un grupo con sus tablas de surf. El viejo que lee el periódico a pelo y sentado en el banco bajo la sombra, y me jode, porque yo sin gafas no puedo ni en el tendido de sol. Suena un móvil con la canción del verano, debe de ser un modelo vintage porque aquel verano de la canción a mí todavía me planchaban los pantalones cortos. Cruza una pareja en bicicleta, seguro que son polis, salvo ellos nadie pedalea despacio y por el carril donde no haya peña que avasallar. Una lata de Pepsi rodando por el suelo, no es la única pero a las otras no les distingo la marca. Dos que se saludan con alegría, todavía queda no perdamos la esperanza. Tres que van de la mano, eso es vicio. El del chiringuito está asando sardinas pero huelen a plástico, será por el flotador, cosas de la normativa. Y entre el jaleo dejo de oír sus gritos porque ya los ha sustituido la hostia que nunca es sustituto de nada. Ella se tapa la cara y de él veo una espalda cobarde que huye. Yo también tuve primos en las cavernas y no me faltan las ganas de ejercer, pero hay que escoger y ella todavía tiene arreglo. Me detiene una mano que agarra mi brazo, sin fuerza, aunque al girarme entiendo que aprieta. No sé entre cuáles de sus arrugas están esos ojos tristes que me miran, que me piden que no vaya y la deje sola, que ella tuvo la desgracia de ser consolada muchas veces, y que ese consuelo es traidor porque le acompaña, después, el impulso de reincidir. Asiente con una cara erosionada por demasiada vida en la que una lágrima tiene un complicado recorrido y comprendo su gesto.
            Miro hacia la joven que continúa solitaria y le pido al mundo que por una vez no sea cabrón, que se pare y que la aísle, que la deje ganar la partida.

            Para Carmen.

Oscar da Cunha
16 de julio de 2017

miércoles, 21 de junio de 2017

LA LEYENDA DE LA CHAMBRE D´AMOUR

Sabina y Lander no se conocen. No lo saben, pero ellos van a ser los protagonistas de una leyenda que ha conseguido y seguirá arrancando muchos besos en las parejas que se pasean por ese rincón donde la Côte Basque y la Côte d´Argent también se cortejan. Si entre Biarritz y Anglet se te escapa un suspiro, tienes la suerte de haber comprendido los misterios del querer.
            A ninguno, todavía, su vida le ha contado que han nacido para encontrar en los ojos del otro el cristal que refleja eso a lo que se le da muchos nombres, cuando es tan sencillo decir sólo por ti. Ambos son jóvenes y creen que no hay dos mañanas iguales. Ambos, aún, ignoran que lo que importa no es la luz del amanecer sino que esta consiga que, aun cuando haya dos sombras, aquel que entienda de mirar sólo vea una. Sabina y Lander no saben que han nacido escogidos para perpetuar una historia para que los demás, por si alguna vez hemos dudado, ratifiquemos que aunque el amor tal vez no sea lo que mueva el mundo… Algo falla en mi frase anterior para que sí le pertenezca la exclusiva de hacerlo.
            Como cada nuevo día cuando se sacude la sábana de la noche, Lander cumple con su ritual: competir con el alba. Es su reto amable pero determinante, y aparezca aquel como decida, nunca lo hará con esa fuerza que la naturaleza no ha conseguido para doblegar su esperanza. Ya ha vencido a dieciocho inviernos, en soledad y sin vender su sonrisa. Imagina que es huérfano porque se lo han contado pero él no lo siente, en sus recuerdos no hay presencias que le permitan entristecer ausencias. Quienes siempre lo han llamado pobre no saben de ilusiones; quienes sólo han visto hogueras no entienden de fuego, y no importa que en su humildad él no lo luzca, su corazón conserva la materia prima que encendió la llama inicial ante la que, quizá, pese a no haber nacido aún la palabra, el primer humano acertó a expresar que necesitaba de otro. Enfunda en los bolsillos de su fiel pantalón vaquero unas manos curtidas por el duro trabajo en la mar, estira los hombros y lo dejamos contemplando cómo el horizonte y él se disfrutan.
            Sabina es estudiante, acude a la escuela donde descubre ese ballet por las ideas que otros se empeñan en llamar Filosofía. Su acomodada familia persevera en mantenerla bajo asedio para que asuma la condición que le corresponde, pero por más que algunos discriminen rangos ella acumula semejantes, Sabina no ejerce de pija. Es de lágrima justa, desde que agotó las que aún le sigue debiendo a ese inseparable vagabundo que decidió escoltarla a través de su infancia; quien le enseñó que no hacía falta marca ni certificado de origen, sólo una mirada y cuatro patas para ser por siempre confidente de su alma. Desde que continúa poniendole flores y añorando que él no pueda verla hecha mujer cuando ella aún le espera, mientras el tramo de cada día se hace más breve, animándole con un entristecido ¡allez mon vieux! Y una cariñosa sonrisa que sabe de despedidas.
            Todavía es una madrugada de chaqueta y Sabina ha olvidado la suya —la memoria es algo que se nos va añadiendo con la nostalgia—. Hoy no ha podido resistir la tentación de ver la danza sobre el océano, como un tango (ese pensamiento triste que se baila) en el que el faro con su último destello se abraza al primero de la aurora. Y vuelven a retrasar el paso final para mañana.
            Lander se pierde esa amanecida, y las que vendrán. Tal vez sea que la de Sabina consigue apagar el día, o acaso ya no necesita buscar más la luz que cada noche trazaba caminos en sus sueños y durante el trabajo le esperaba entre sus viejas mantas. Ella descubre cómo en su voz habla el mar cuando es sincero, y en su mano el roce de toma la mía y hasta donde me lleves. Y deciden ir juntos a ese territorio en el que lo de fuera no importa, donde besa la mirada mientras los labios están ocupados en explicar cosas pequeñas, cuando la piel se enamora incluso del poco aire aunque ya no quede entre ambos y la imaginación se ha marchado sin que ninguno la eche en falta.
            El acantilado, que está aburrido de malos hablares, les ha preparado una bahía despintada de los mapas que amaña para uso de los desprecios cuando persiguen dónde dejar caer el ancla. Allí sus encuentros son diarios y furtivos, encuentros para no perder su alma, para no perderse como la sociedad de fuera que en cada generación sólo aspira a repetirse, envejecida, adocenada y sometida a los caprichos de la envidia por quien pretende la fruta del cesto que no le corresponde. ¡Como si en los cestos enraizara sus parras la uva!
            Pero el océano, que no se lleva bien con los amores imposibles y es salado porque acumula demasiados prometeres convertidos en lágrimas, los contempla con un profundo suspiro cuando ya ha tomado su decisión. Y se los lleva para dejarnos… algo más que el dulce recuerdo de un profundo te amo. ¡Cuánto enseñan de sentimientos la roca y el mar!
Hoy se conserva esa gruta que nunca está vacía para el que sabe mirar. Y una placa habla de su leyenda que tal vez sólo lo sea pero eso no importa. Un homenaje para todos los que se han arriesgado a querer y también encuentran su nombre en la Chambre d´Amour.

Oscar da Cunha
21 de junio de 2017 (Solsticio de verano)

miércoles, 7 de junio de 2017

UN LIMPIABOTAS Y UN LAGARTO DE COLORINES

Es una mañana de julio y Barcelona se viste de calor, o a mí me lo parece, porque esas minifaldas tan cortas procuran que camine por una ciudad llena de monumentos aunque yo sólo me fije en el andamiaje.
            No recuerdo qué edad tengo, conservo la suficiente para que consiga disfrutar de un paseo junto a mi padre, y demasiada para aceptar ir de su mano. Seguramente me encuentre por encima o por debajo, no obstante, vistos desde hoy, los nueve y medio me vienen cómodos. Es lo que me gusta del pasado, puedes hacer retoques y quedarte con la versión adaptada.
            Observo que a él le sonríen, muchas, acaso se trate de una moda de la época; pero cuando empiezan a pasar los años y cambiar las modas, llego a la conclusión de que a las mujeres les gusta ver piel en la cabeza. Y una gran nariz. Después he conseguido entender que tan sólo fueron épocas preocupadas por mantener de moda las buenas costumbres, conversar en las comidas, y los buzones de Correos.
            Hemos pactado visitar el Parque Güell pese a que yo sigo prefiriendo el Zoo, pero los cocodrilos a la tercera ya te saludan y ese lagarto de colorines aún no me conoce.
            Callejeamos. Según mi padre, la naturaleza no comete errores, y no es cuestión de afearle que nos concediera un par de suspiros más de inteligencia que a las ratas para ahora imitarlas recorriendo alcantarillas. El metro descartado. No me convence el argumento aunque como sombra yo también prefiera la de los árboles. En el colegio me vendieron que nos encontramos en la cima de la pirámide evolutiva, pero yo me sigo preguntando para qué. A las aves se les otorgó alas y vuelan, aletas a los peces y envejeceré envidiando su habilidad en el mar; luego me lo pienso mejor al saber que somos los únicos capaces de construir máquinas que nos sustituyan, tal vez encontremos una razonable utilidad para nuestra inteligencia cuando ya no nos necesiten.
            Sobre el adoquinado de uno de los chaflanes vive un limpiabotas. Él insiste y yo no estoy convencido de que me haga falta, me conformo con sentirme seguro de que no me lo merezco. Mi padre ve una oportunidad y presiona. Es verano, de momento son escasos los años y para esa revolución que ya me imagina todavía me queda grande el traje. Sólo descanso un par de jardines ya jubilados más tarde, cuando mis zapatos vuelven a recuperar el polvo que considero apropiado.

Ahora se me entromete la nostalgia siquiera después de tantas cosechas, hay dos cosas que no he vuelto a tener: ni la misma edad ni otro par de zapatos blancos. Pero la que realmente añoro es la compañía.
            Hoy, no la he olvidado y puedo ver su sonrisa, horas después, cuando la cena. Cuando me pregunta y yo me disperso entre el banco ondulante, el pórtico de la Lavandera o el viaducto del Algarrobo. Y él niega con la cabeza sin que sus labios pierdan esa curva que acerca los bordes a sus orejas. Cuando me habla de que la lección del día no va de arquitectura, trata de los propósitos y del sudor para que la vida no te condene a terminar agachado en una esquina limpiando zapatos. Yo me abstengo pero no otorgo. Y ahora que toca recordar sonrisas, lástima que él no vea la mía porque no supo mentirme.
            Me he concedido muchas vueltas por ese parque, y aunque sin su compañía tampoco he podido esquivar la de la del limpiabotas. Con nueve y medio lo empezaba a intuir, el resto del camino me lo ha confirmado. No importa el cómo sino el para qué.
            He visto a muchos hombres ganarse la vida honradamente agachados, sin humillarse, sin esconderse. Y he sabido de los cada vez más que se agachan con reincidencia a escondidas. No, no son cosas de la vida, cada uno elije cómo talla su piedra. Tal vez algún día me toque escoger esquina, y no me preocupa porque el betún sólo mancha las manos pero no las ensucia. Y, como otros muchos, sé que he perdido oportunidades, pero salí aprendido de lo que contenía aquella sonrisa de mi padre: "Cuando sea necesario, hasta para comerte ese lagarto de colorines, pero nunca te agaches para chupar culos".

Oscar da Cunha
7 de junio de 2017

miércoles, 17 de mayo de 2017

UN VASO DE AGUA

            De esto hace ya… Vaya, no lo recuerdo. Supongo que paseaba por esa estúpida edad predestinada a convencerte de que ya no te queda nada por aprender y miras con cierto desdén a los que lucen canas; te preguntas por esa sonrisa condescendiente que te dedican, y por qué atractivo pudieron verle a las hebras blancas para ser tan ambiciosos con su propios errores. El tiempo no lo cura todo, es un tramposo que simplemente te permite que vayas apostando por las más arriesgadas elecciones personales; de vez en cuando hace una pausa para que abras el cajón de tus momentos oxidados y compruebes que todos aquellos cretinos que se equivocaron llevaban tu cara. Si vas entendiendo este juguete al que se le llama vida, empiezas a admitir que ninguno de ellos ha sido prescindible; somos otra más de esas especies animales que no aprende con consejos sino con sopapos. No se pueden hacer retoques en el pasado pero, salvo que en lugar de a través de parto natural seas uno de los escogidos de entre el catalogo de los reincidentes, todavía te quedan opciones para continuar hacia el fin de curso sin haber causado más daños que los de a ti mismo, y eso ya es un éxito.
            No, como decía no recuerdo cuándo pero sí cómo. Y con los años entendí para qué. Creo que fue por aquella época en la que empezábamos a descubrir las ventajas de la telefonía móvil; cuando te llevabas el aparato del salón a tu almacén de futuros testigos de yo también fui joven, y cama, porque ya te habían instalado clavija para enchufarlo. Se acercaba una de esas borrascas del Cantábrico que tanto presumimos de disfrutarlas los del Norte mientras soñamos con el Sur. Carecíamos de los modernos teléfonos inteligentes que la anunciasen y echábamos mano de nuestra propia inteligencia; al fin y al cabo, la misma que utilizaban nuestros compadres de las cavernas para decidir quedarse dentro, haciendo monigotes en las paredes mientras esperaban a la invención del paraguas: Observar el mar. Se había encendido en modo entra si los tienes bien puestos, y yo me encontraba en esa edad en la que lo mejor que tienes puesto es el a mí con esas.
            Preparé mi vieja tabla; por aquí y entonces sólo las había de importación y viejas, y la experiencia que ellas traían de otros mares era la única parte del precio que no podías negociar. Se hacían de querer, les dedicabas tanto tiempo dentro del agua como fuera. Ahora no. Ahora cualquier remiendo te lo apaña uno de esos vagos que se piensan que saben vivir por dedicarse a lo que les gusta con tiempo libre para los que quieren. Te atienden desaliñados de cualquier manera porque para buenas maneras les basta con las que llevan en la mirada; y tú te sacudes el polvo de la americana, no al salir, sino aún dentro de su chamizo con tal de no llevarte nada de esa mierda que sólo sirve para envidiar lo que te falta por haberte dedicado a todo lo que te sobra.
            Lo reconozco, me decidí a entrar sin la suficiente decisión y empecé a remar despacio. Dentro del mar a veces hay que confiar en la suerte, y darle tiempo hasta que se presente con una sólida excusa que te convenza de que sólo te has dado la vuelta para que no se te moje el tabaco. Y entonces apareció aquel tipo. Me alcanzó con la insolencia que conceden los restos de donde antes no faltó tanto pelo y demasiadas arrugas para una vida sin riesgos, que para eso tenemos sólo una y la libertad de por qué merece la pena jugársela. No le costó entender mi cara, me señaló ese horizonte, a menos de trescientos metros, donde las olas alcanzaban suficiente altura como para quitarle la roña a las puntas del tridente de Poseidón. Y me soltó con una sonrisa mientras se encogía de hombros:
            —Sólo es agua.
            —Sí, pero un par de mareas más de la que se necesita para ahogarse —le contesté.
            —Eso lo sabe una parte de ti, la misma que también se puede ahogar en un simple vaso de agua; ahora utiliza la otra.
            Remamos juntos, y dado que sigo por aquí, supongo que todo salió bien y al resto de la aventura no le tengo que añadir bajas. No lo recuerdo. Los chicos de tu cabeza que se encargan del mantenimiento de tu memoria hacen cosas muy raras; desprecian las circunstancias que alguna vez te pusieron al límite, pero no olvidan las palabras que te convencieron de que nunca debes ser tú quien se ponga límites.
            Han pasado los años y sigo bailando olas, aunque mucho menos y peor. Y la vida me sigue trayendo mareas en las que tengo que tomar decisiones. Entonces, me siento en mi esquina favorita —la mesa necesita una mano de pintura, pero mi mujer sabe que yo necesito que le falte y lo respeta—, coloco un vaso de agua y me dispongo a decidir qué parte de mí voy a utilizar. Sé que una sólo sirve para sobrevivir y es únicamente la otra la que me hace sentirme vivo. Tal vez los otros chicos de mi cabeza, los que se entretienen jugando con mi sensatez, anden un poco averiados, pero siempre termino haciéndoles caso porque saben que a mí nunca me ha interesado sobrevivir.

Oscar da Cunha
16 de mayo de 2016

lunes, 1 de mayo de 2017

ROSALEDA



             Conduzco y es por una vieja carretera; de esas, de las buenas. Uno de los muchos olvidados surcos de asfalto que el paisaje ya no recuerda cuándo lo admitió como suyo. Con insinuantes curvas, como las montañas que rodea y que para eso son hembras entre las que también merece perderse. No sé qué día es ni me importa porque trabajar no toca y voy despacio. Sólo utilizo las autopistas cuando los números del calendario están en negro y yo necesito jugar sucio por intentar ganarle la partida al tiempo, o porque tengo que sacrificar el recorrer por el llegar. El fin nunca justifica los medios, pero lo utilizamos como consuelo ante nuestra escasa imaginación para encontrar una buena excusa, aunque lo que nos falte sea valor para no necesitar excusas.
            Las ventanillas van abiertas y el aire entra con ese aroma a no tengo prisa. La compañía no es la mejor porque sea la de siempre, sino que es la de siempre porque aún recuerdo que tuve suerte y encontré a la mejor. La radio suena suave para que no haga falta perturbar la apacibilidad por un: ¡Mira ya han llegado los primeros vencejos! Y el sol tiene que hacer virguerías para esquivar las nubes atrapadas en la cuenca de ese río…, ¿cómo se llamaba? No me he sentido atraído por el letrero al pasar, seguramente algún cronista lo bautizó en honor a cualquier personaje histórico sin advertir la belleza natural que contenía; mejor, porque nosotros, que lo recorremos con los ojos abiertos, le pondremos uno de esos nombres que ya llevamos guardados en la memoria esperando a que el rincón aparezca.
            La radio emite esa canción y ella sube el volumen, un poco; siempre lo sube un poco después de que yo ya lo haya hecho, como ese pequeño toque de azúcar que la naturaleza delegó en nuestras manos para que la fresa del bosque consiga saber perfecta. Me pregunta si la recuerdo y yo le sonrío porque sonaba durante nuestra primera cita, no en el momento que nos conocimos sino al día siguiente, cuando empezamos a repetir, y llovía. No tengo edad para desperdiciar las ocasiones, paro el coche y le pido baile.
            Se me ha hecho tan corto mientras ya se despide la guitarra y yo intento cambiarle  un beso por… Un beso no se puede cambiar por nada, que para ensuciarlo ya tuvimos a un Judas.
            Y es entonces cuando veo que no estamos solos. Ese pequeño hueco en la ladera se ha llenado de coches aunque no sean más de cinco, y son otros tantos pares de abrazos los que ahora nos sonríen. Parejas con tinte en el pelo y canas. Me cae bien la escotada sonrisa del calvo, a mí nunca me salen así y sin pelo acabaremos todos. Intercambiamos miradas que no necesitan palabras, y huele a rosas pese a que no estén pero las cicatrices nos delatan. Nadie dijo que fuera fácil pero qué bonito es haber llegado con la intención de reincidir.
            Nos montamos en el coche y creo que ya le hemos puesto nombre al paraje, le llamaremos Rosaleda que es sinónimo de eso tan bello precisamente porque a veces también duela: Enamorarse.

Oscar da Cunha
1 de mayo de 2017



martes, 24 de enero de 2017

Cuenta la leyenda…

            El anciano se reclinó en los almohadones, cerró sus ojos concentrado, imaginando contarle a ese canto que lo acariciaba y su voz empezó, sosegada y cálida, como esa brisa que a nadie le importa de dónde viene sino que se quede.

            —Cuenta la leyenda que el mundo empezó cuando nació una niña. A continuación, todo se fue creando en torno a ella y según despertaban sus sentidos. Quizá las corcheas y semifusas se adelantaron para que aprendiese a utilizar su oído, y de entre todos los sonidos que surgían empezó a conocer la música, ese fue su primer amor. Les envidiaron la madera y el limón, celosos, y como no podía oírlos descubrieron la alquimia de juntarse con el agua para desprender vapores, y comenzó a oler. Pero percibió otros aromas, dulces y refinados que provocaron su más temprana embriaguez, y se le ocurrió la manera de llegar hasta ellos. Por eso abrió los ojos y se le fueron revelando los colores y las formas; lirios blancos y azules, rosas y amarillos, todos hacían bailar sus pétalos atrevidos o serenos, y también floreció su primera sonrisa. Y en el brillo de esa sonrisa y de sus ojos se inspiró el infinito para modelar el alma.
            »Sus primeros pasos fueron tempranos, inseguros pero valientes. Tantas sensaciones encendieron su imaginación, previamente como la luz de un lejano faro que le alcanzaba a ráfagas; después, como un amanecer contándole sobre un horizonte que nunca se apagaba porque contenía todas las luces y ella podría verlas si aprendía con el corazón. Y conoció las palabras y practicó con ellas hasta entender que era posible abrazarlas en una  armonía y esa armonía eran las ideas. Viajó con ellas y se enteró del mundo, y se enteró de que era un regalo. Le hablaron los mares, sabios, porque escondían los misterios de las profundidades, la caricia de muchas orillas y un amor en cada puerto. Compartió secretos con las montañas, mientras sus bosques le enseñaban que perderse era la manera de dibujar nuevos destinos. ¡Ay esos ríos! Rápidos y descarados, ingenuos como ella y siempre con prisa. De ellos aprendió que corriendo es imposible no olvidarse de algo, pero no conviene volver porque lo importante nunca se queda en el camino.
            »Practicó idiomas. Ese con tantas consonantes del león y del tigre. Los insolentes monos le enseñaron muchas maneras de reírse y el lenguaje de los signos. Con el águila descubrió que se puede hablar con la mirada, y en ella quedó fijada la promesa de prepararse para volar. ¿Cómo sino conseguiría aterrizar después de cada sueño? Y del perro entendió el verbo amistad, que no es un verbo pero enseña cómo se conjuga querer en el modo incondicional; conoció a uno vagabundo, un poco golfo pero son los que mejor educan porque ya han estado donde quieres ir, y se dejó adoptar por él.
            »Un día volvió de lo leído y entonces empezó a escribir su vida, ya estaba preparada para caminar junto a los de su especie, los más complicados. Intentaron confundirla, involucrarla en sus accidentados tiempos llenos de problemas creados por no saber apreciar que en lo más sencillo vive lo valioso. Pero no lo consiguieron porque ella había orientado ya la dirección de sus sentidos hacia todo lo que necesitaba. Le hablaron de pasados oscuros y futuros inciertos, pero no les creyó porque ella llegaba enseñada de que antes de cada presente hubo otro presente y ya se vivió sin pensar en cómo llegar a este; y después vendrían otros presentes en los que tampoco merecía pensar, porque cada siguiente de esos otros presentes siempre es la continuación de lo que se aprende en el único que nos pertenece, y no de cómo se pretende vivirlo sin haber vivido por preocuparse pensando en él.
            »Cuenta la leyenda que no la creyeron, pero también cuenta que todos podemos ser esa niña si aprendemos a creer.

            El anciano abrió los ojos y se enfrentó a la embriagada mirada de ese pajarillo del que tanto amaba su canto. Le abrió la puerta y sonrió feliz al verlo volar.

Oscar da Cunha
24 de Enero de 2017 

sábado, 22 de octubre de 2016

Salvaje es el viento

Los primeros años de la vida son perezosos. A escondidas se le da la vuelta al reloj del pasillo para revisar que la pila sigue funcionando. Las hojas del calendario de la cocina acumulan una hipnótica grasa que las mantiene aburridamente estáticas hasta la desesperación. Se mira hacia adelante con ansia para comprobar con desánimo que, por culpa de esa maldita inercia, adelante aún sigue siendo demasiado atrás. Y a cada noche le sigue un nuevo amanecer, pero le sigue siempre con desgana y un bostezo de para qué me despiertas hoy que tengo fiebre. Durante esa temprana edad el tiempo también es un niño que se entretiene sentado jugando con un palito en vez de realizar la tarea que se espera de él, avanzar. Es un indolente que no pedalea hacia el futuro para encontrarse con lo que vendrá más tarde, no le interesa.
            Después, y bien pensado, es un estado de confort que se abandona y todo adulto termina recordando con nostalgia.
            Pero eso les ocurre a los demás. A todos los usuarios de la vida que no la comenzaron como nosotros, por ese lado donde apagaron las bombillas. ¿Pero quiénes eran los tipos como nosotros? ¿Quiénes éramos para los demás? Por suerte nadie se hizo esas preguntas.
            Recuerdo una fría mañana en la que nos dirigíamos a la escuela bajo un sol tan lejano como el calor en un beso no deseado de despedida. Amigo Imaginario caminaba más silencioso que la muerte y con la mirada por debajo de la tierra que pisábamos.
            —¿Sabes qué me preguntó ayer? —masculló—. Me refiero a ese, a Padrastro.
            —¿Qué?
            —¿Por qué no me llamáis Padre?
            Nos detuvimos. Yo contemplé cómo Amigo trazaba un circulo en el suelo con uno de sus zapatos y después levantaba la cabeza. Esperé su respuesta con una mirada.
            —Porque ya somos hijos del que tiene muchos nombres…
            Sentí un viento helado pero no me estremecí. No nací para temerle al frío.
            —…Y ninguno coincide con el de usted.
            También recuerdo que Madre empezó a ser cada día menos Madre y más esposa. Demasiado señora de Padrastro para nosotros. Sus besos más cortos, sus despedidas menos afligidas y sus bienvenidas fueron perdiendo brillo. Para Padrastro y ella empezamos a convertirnos en esa sobrecarga del tendido eléctrico que causaba una bajada en la intensidad de la luz dentro de aquella casa.
            Pero nadie que lleve el fuego dentro necesita luz que lo ilumine. Y el de Amigo Imaginario siempre fue más intenso. No descarto que fuera su primer amaño con las cartas, yo pensé que el As ganaba pero él insistió en que dos espadas eran más que una y gracias a eso consiguió el primer turno para salir del vientre de Madre. Y se llevó la parte que mejor ardía.
            Con la primera bofetada, Amigo Imaginario me dejó sorprendido, y cuando sus dedos se quedaron marcados en mi cara tras la segunda empecé a llorar. Luego vi cómo golpeaba su frente contra uno de los chopos del camino. Una vez, dos… hasta quedar medio aturdido. Sacudió la cabeza, se giró y pude ver, bajo su frente enrojecida y a punto de empezar a sangrar, esa sonrisa. Me pareció nueva en él pero llevaba la inmoralidad de lo que empezó antes que el hombre. Ese fue el primero de los días con el que se inició el ritual que precedería nuestra llegada a la escuela cada mañana. No tardaron los comentarios en empezar a recorrer las bocas del pueblo.
            Y entonces lo entendí.
            Mentir dejó de convertirse en un necesario calvario para convertirse incluso en un placer.

            Quien haya leído un poco de historia habrá podido comprobar que el mal es tan ligero en cambiar de bando como el peso de la pluma con la que ha sido escrita. Hay veces que no existe y todo se reduce a verdades opuestas que se enfrentan sin crueldad, pero eso sólo sucede en los cuentos para que los niños dejen de joder y se duerman. La realidad es diferente, porque fabrica verdades y mentiras con el fin de que no renunciemos a hacernos preguntas sobre cuál es la verdadera realidad. Hay quien opina que la verdad fue el comienzo y en él la encontraremos. Pero no nos engañemos, la actualidad llega a más público, y aunque hubo un tiempo en el que quién pegaba primero pegaba dos veces, todo cambió; ahora el mal se conforma con reír el último para hacerlo mejor. Porque la condición del individuo se ha vuelto tan trivial como una calculadora adquirida en un chino, y la primera vez que falla el botón de la memoria corre a comprarse otra.
            A veces pienso que en nuestro cerebro vive la versión defectuosa de un perro lazarillo, sólo sabe llevarnos al mismo destino aunque nuestras voluntades emprendan caminos opuestos. El de Amigo Imaginario a cada paso le producía más alegrías. Él miraba hacia afuera y los comentarios de los vecinos le fueron confirmando que falsificar los medios no implicaba que el fin también se convirtiera una estafa. Yo no conseguí dejar de mirar hacia adentro. Y los sopapos de Amigo dejaron de dolerme para comenzar a ser dolorosos cuando en la mirada de Madre entendí que había caducado su disposición para ver las marcas en mi rostro, cuando empecé a ser invisible para ella, tan sólo una falsificación del pasado que tampoco impedía que el futuro se convirtiera en una estafa.

            Compartíamos habitación y aquella noche también insomnio. La envergadura de Amigo Imaginario, excesiva para sus todavía mediados seis años, consiguió que su cama protestara al levantarse violentamente. Se tumbó a mi lado y en la oscuridad me giré hacia él.
            —Lo haremos mañana —me dijo con un susurro. Su tono denotaba alegría pero no le vi la cara, lo preferí. A veces los amigos imaginarios ocultan cosas horribles tras su sonrisa. Y aunque sabía de qué se trataba, ya lo he dicho, preferí no verla.
            —¿Por qué mañana? —Los muros eran gruesos, la puerta estaba cerrada, pero aun en la soledad de un monte perdido las conspiraciones no se comparten a gritos.
            —Porque hoy ya es tarde —repuso Amigo.
            —Puede ser otro día —intenté disuadirle aunque en el fondo no pretendía más que esconderme de mi propio destino.
            —Cualquier otro día ya será demasiado tarde —insistió—. Ahora te ha temblado la voz. Mañana veré como te tiembla el pulso. Y en adelante no podré confiar en que mantengas firme tu decisión.
            —Tengo miedo —prorrumpí.
            Amigo me tiró del pelo.
            —Mantenlo —me dijo al oído—. El valor persigue victorias, recuerda que nosotros buscamos una derrota.
            Nos despertaron las tinieblas, siempre son las más oscuras las que preceden al alba. Esperamos y esa fue la última vez que vimos un amanecer juntos. Pero no creo que ninguno de los dos lo hayamos añorado.
           
            Podría contar que aquel fue un día sin sol mediada una primavera que empezaba a colorear los campos. Que Madre nos despidió al marchar con una sonrisa que no tardó en borrar al darse la vuelta. Que los más cercanos compañeros de la escuela repitieron sus miradas compresivas al verificar que los moretones llegaban renovados como cada mañana. Que la maestra siguió pensando con qué fechoría nos los habríamos vuelto a ganar, pero quizás algún día dejaría de encontrar la excusa para continuar aplazando la visita a nuestra casa. Podría contar que aquel fue un día normal e incluso afirmar que lo llegué a confundir con cualquiera de los anteriores. Hasta que llegó su noche y me di cuenta de que jamás lo confundiría con los que vendrían después.
            Madre trajinaba con los platos de la cena. En la radio de la cocina sonaba "Wild Is The Wind", pero mi memoria no se conforma con la versión original de aquella época compuesta por Dimitri Tiomkin. Para mí todavía sigue sonando esa inigualable adaptación que con la voz de Nina Simone tardaría en aparecer casi diez años después de cuando se la esperaba. Lo siento pero no es un error y por supuesto que no intento justificarme por ello, nadie debería hacerlo. Si algo nos pertenece son nuestros recuerdos y todos tenemos derecho a introducir en ellos ciertos retoques.
            Padrastro leía sentado en una butaca de la sala. Nunca llegué a saber qué libro era, me consolé pensando que ya habría llegado al último capítulo y los agradecimientos que vienen a continuación suelen ser un coñazo.
            Con los años me he aficionado a la lectura. Hubo una época durante la que sentí especial atracción por aquellas novelas en las que se cometían crímenes, quizás buscando el nuestro, o tal vez procurado identificarme con alguno de los asesinos, pero me aburrí. La ficción es una chapuza comparada con la realidad. Incluso grotesca, tanto como un ridículo árbol navideño saturado de lucecitas y bolas de colorines en contraste con la sobriedad de un auténtico pino en la soledad de un monte. El escritor prepara la escena, la decora, incluso la estira, le añade tensión y se lo pone difícil al criminal. ¡Bah! No son más que recursos literarios porque el paseo entre la vida y la muerte es mucho más sencillo. Sólo es ese pino solitario.
            Llegamos por detrás, sin verle la cara, como deben cometerse lo más infames asesinatos. Él era un hombre alto y su cabeza sobresalía por el respaldo del sillón.
            Amigo Imaginario agarró con fuerza su pelo y tiró de él. Su navaja de afeitar que habíamos cogido del baño se deslizó con suavidad seccionándole el cuello de izquierda a derecha.
            Sólo un ligero detalle, el pequeño complemento de dos disparos.
            Frío, y el silencio del libro deslizándose por su regazo.
            Después ese molesto, ese impertinente restallido de platos rotos que llegaba desde la cocina.
            Y la apasionada versión de Nina Simone.

For we're creatures
Of the wind
And wild is the wind
So wild is the wind

Wild is the wind
Wild is the wind
Wild is the wind

Oscar da Cunha
22 de octubre de 2016