viernes, 24 de enero de 2020

Perdónalas porque no saben lo que paren

Tengo la costumbre de poner mis asuntos complicados en manos de profesionales. Y me la pimpla si cualquiera de ellos es de aquí o ni se sabe, rubia, moreno, con anverso y reverso por la noche o cualquier otra variante de nuestra especie. Sólo hago una excepción en las cosas de robar y delego en mi perro que para eso es un experto.
No hace mucho tiempo, alguien a quien quiero me señaló que todos esos chanchullos míos de los que yo procuro no entender me los llevan mujeres. Yo me defendí, por supuesto y porque el apunte era capcioso. Escojo a quienes trabajan para mí por su eficacia. No hago amigos y soy exigente porque a mí nadie me regala nada. Vamos, que voy de chulo por la vida, pero en quienes confío es porque lo hacen mejor que yo. Nos cuidamos mutuamente y ni tan mal.
Me veo el otro día entrando en mi banco —no recuerdo para qué porque ahora cualquier préstamo te lo deniegan por Internet— y en la silla de mi directora hay un tipo con barba y con pinta de quedarse. No sé, tiene el aspecto de ser uno de esos de los que después de darles la mano te cuentas los dedos por si acaso. Se presenta como el nuevo macho alfa de la barraca: traje de los de recibir perdonando, corbata con nudo inglés (lo que tuvo que sufrir su madre para enseñárselo) y yo en vaqueros.
Pregunto por ella. Sé que ha tenido prole, el permiso correspondiente y esas cosas que deberían ser normales.
Pero no lo son.
Ahora soy yo el que lleva tus asuntos, me dice.
Eso tendré que decidirlo yo, le digo, yo no me enamoré de este banco.
Enseguida me hace sentir que él está interesado por sí mismo y porque en la entidad piensen que puede llegar a ser alguien. Yo sólo soy una cuenta más a la que sacarle rendimiento. Ella hacía algo parecido pero con otra gracia, se lo curraba y echábamos unas risas.
            —¿Y M?
Escribo la conversación literalmente porque me la grabé en la memoria que para eso la tengo casi sin estrenar.
—Ahora tiene un hijo.
—Eso ya lo sé.
—Pues eso, el banco piensa que para puestos de responsabilidad… ya sabes, no es lo mismo.
—Ya. ¿Tú tienes hijos?
—Sí, claro.
—¿Y cómo se ha enterado el banco de que no son tuyos?
            Cuando algo me jode me pongo.
            —M está bien. —Carraspea e intenta ver si hay una salida razonable pero no la hay—. Está más tranquila, sin responsabilidades… Pero nuestra relación no tiene porque cambiar.
            —¿Tenemos una relación?
            —Me refiero al banco.
            —Ya, pero si el banco considera que por tener hijos ella no me conviene, ¿por qué tengo que utilizar yo otro criterio contigo?
Le saco por lo menos quince años más los que me escondo en el bolsillo y esa grasa que llevamos los que nunca lo hemos tenido fácil.
—Las cosas son así, yo… yo no tengo la culpa. —Se come el orgullo y se rinde, pero se equivoca. Aunque eso es lo que hemos hecho siempre, todos, rendirnos y vender a saldo nuestra conciencia.
Y lo terrible es que le miro y me veo a mí mismo, que no soy diferente de cualquiera que pueda conocer. Mentiría si no confesara que, en su situación, yo también habría aceptado la plaza, porque nos hemos acomodado a una condición demasiado barata y porque todos tenemos un sustituto dispuesto a aprovecharse de una injusticia.
Salgo de la oficina sin recordar para qué había entrado, pero de peor humor. Me cruzo con una mujer, joven y vieja como los ideales del mundo. Por el lío que lleva delante intuyo que ya debe de estar de todos los meses posibles. Seguramente alumbrará a otro igual que los demás, me digo, porque esto no tiene ninguna pinta de ir a mejor.
Menos mal que tenemos otra cosa de la que echarles la culpa a ellas. Y es que no saben lo que paren.

Oscar da Cunha
24 de enero de 2020


domingo, 5 de enero de 2020

Galdós, el centenario.


Menos mal que de vez en cuando me sucede algo raro, porque un escritor, visto desde fuera, es el tipo más aburrido del mundo. Y visto desde dentro también. Todo les pasa a los personajes. Son ellos los que viajan, se pierden y deciden no encontrarse, aman sin responsabilidades, matan con estilo… y el escritor sólo toma nota. Uno no es más que el secretario de turno de la imaginación.
            Todavía no sé por qué lo hago, supongo que escribir es la única manera que conozco de comunicarme con las diferentes posibilidades de mí mismo.
            Pero a veces los personajes sospechan que el asunto va de su vida y se lanzan a improvisar, ahí es cuando la cosa se pone complicada. Los míos no se molestan en discutir, se saltan el esquema previo y me dejan los apaños a mí.
            Suena el móvil. ¡Maldita sea!, a ver cómo arreglo ahora yo esto porque estoy en 1977. Vale, lo cambio por un fijo. —Ya estamos con la fastidiosa documentación—. Tengo que estudiar las posibilidades de que hubiera teléfono en la farola bajo la que él y ella  están decidiendo… El lío de los prefijos y todo eso.
            Insiste el móvil y me doy cuenta de que es la realidad la que llama. Salgo de la novela y miro la pantalla. No conozco el número y me preparo para ponerme en modo contestador automático: «Muy amable, gracias, no me interesa».
            —Diga.
            —¡No cuelgue, por favor! No me cuelgue, necesito ayuda.
            Se trata de una voz femenina, joven. Habla con angustia, casi desesperación, justo el susurro de quien necesita no ser escuchado en su entorno. Hasta dónde están llegando las empresas para vender, me digo.
            —He marcado un número al azar. —Dice la chica de la voz—. ¿Puede ayudarme?
            Me resigno a aprender posibles nuevas técnicas de marketing y le pregunto qué tengo que comprar.
            —No hable fuerte que pueden oírle.
            —¿Quién?
            —Ellos, los que nos han quitado el teléfono. Le llamo desde el reloj.
            Algo hago mal, seguro. Yo todavía estoy pagando los plazos del mío y sólo da la hora. Pero empiezo a tomarme en serio esa llamada.
            —¿Sigue ahí?
            —Sí —respondo mientras miro con desasosiego a mí alrededor y le pego una patada al perro para que se ponga alerta—. ¿Te encuentras bien? ¿En qué puedo ayudarte?
            Oigo pasos, lentos, y me llega la respiración de la chica. No ha colgado pero no contesta. Espero con ansiedad, ya me imagino el peor de los escenarios. Estoy por cortar, llamar a la policía para que localicen ese número y envíen a… lo que tengan que enviar en estos casos, ellos son los profesionales. Yo sólo me he enfrentado a este tipo de situaciones en la ficción y siempre tengo preparado un plan B antes de escribir.
            —Ya se aleja. Espere, por favor. —Ahora está desesperada, lo noto y se me contagia. Me tienta encender un pitillo pero lo dejo, el humo puede delatarla. No me fío de esos nuevos relojes que te acusan de todo.
            —Ya. ¿Me oye?
            —Por supuesto.
            No pretendo parecer un experto en este tipo de desgracias pero se supone que se me han amontonado los años para algo.
            —No hagas nada, no te enfrentes a ellos y no te preocupes. Dime dónde estás y yo llamo a la…
            —No, no. Eso sería peor para todos —me interrumpe—. No llame a nadie.
            —¿Todos? ¿Qué os está pasando? ¿Cuántos sois?
            —Esto es terrible. No se lo puede imaginar. Por lo menos siete mil para cinco plazas y una va a ser eventual.
            Un suspiro.
            »No me deje tirada, por favor, que me tumban la oposición. Pérez Galdós. ¿Dónde hizo la mili?
            —¿Oposición, para qué?
            —Para ordenanza de Belchite, el viejo, no se vaya a pensar que le hablo de cualquier cosa. Pero con esto del centenario, pues ya ve, siempre sale Galdós. Yo me presento por el sueldo y el uniforme que no me queda nada mal. Eso me ha dicho mi novio.
            Respiro profundo y espero hasta que los tacos atraviesen el duodeno.
            —Mira, bonita, de los cien mil hijos de san Luis él fue el cien mil uno. El turuta.
            »Tú pon eso y me mandas un wassap con una foto del uniforme y tú al lado en bragas.
            Cuelgo, le pido disculpas a Pepe por la patada y nos echamos al monte, que es la pieza más interesante de la casa donde vivo.
            —Nos ha jodido con los centenarios…

Oscar da Cunha
5 de enero de 2020

jueves, 19 de diciembre de 2019

Ahora que todavía quedan balas

Él se da cuenta una mañana en la que el calendario anda con ganas de anunciar que el invierno ha llegado; se detiene, observa la línea de horizonte donde mar y cielo juntan sus azules y entiende que ya no importa lo que insinúen los calendarios. Ellos no deciden. Hablan de números, que son fechas abstractas, y sólo sugieren. Ni caso. Y por fin él percibe que ya ha aceptado una forma distinta de mirar, cargada de experiencias, buenas, terribles y otras peores. Quizá para eso sirvan los viejos tiempos, piensa, pero no conviene volver, no se puede. Él mira las cicatrices que dejaron y le basta recordar que los hubo, que no es un hombre nuevo. Demasiados remiendos que esconder, con orgullo y para que la vida no insista porque no ha sido fácil conservar el pellejo completo.
            Ahora sabe dónde ir y cómo. Reflexiona y sonríe porque eso es una paradoja, qué más dan los lugares y las formas de llegar a ellos. Lo único sólido es el compromiso, y él ha decidido volver a caminar como lo hizo algún otro lejano día, sin garantías; y tal vez eso sea lo mejor, ni siquiera preguntarse si se va a completar cualquier viaje. Porque allí, en ese más adelante que él pretende, de nada sirven las espaldas con leyenda, sólo habrá nuevos momentos con sensaciones desconocidas de las que aprender. Y si hay suerte volver para contarlo.
            Él se gira una última vez y ve que ese cercano ayer no está, es imposible olvidarlo pero ha dejado de estar. Quizá se haya ido al mismo sitio que su infancia, su juventud, los amigos que vivieron con prisa, las hazañas que le perdonaron cada una de sus imprudencias porque le debían una a la suerte, y ese rinconcito donde aprendió que el amor era por encima de todo hacer muchos esfuerzos para saberse necesario. Se pone las gafas de sol porque esas lágrimas son egoístas. Ya está harto de los que vienen para hacerse querer y se marchan.
            Se mete las manos en los bolsillos y comprueba que todavía quedan balas. No muchas pero suficientes para lanzarse hacia adelante, convencido de que se han alterado casi todos los valores y lo que en otro tiempo tuvo importancia ya no es ni siquiera relativo. Le ha llegado el momento de admitir que ha quedado lo que no pudo llevarse la confusión y él ya ha aprendido que las certezas son menos estables que los sueños.
            Sabía que algún día iba a tener que recoger los destrozos, todo llega y tendrán que cuadrar como punto de inicio. Nada de lo que arrepentirse y mucho por hacer. Le silba a su compañero y juntos se marchan por un camino que antes no existía y él acaba de dibujar. No está nada mal para empezar, piensa mientras ya va dando los primeros pasos; un buen perro, una libreta con boli y esa sensación de libertad que se asoma junto a la certeza de que nadie tiene motivos para echarle de menos.

Oscar da Cunha

18+1 de diciembre de 2019

sábado, 12 de octubre de 2019

Lluvia negra


He visto llover de muchas maneras. Quizá no exista nada como la lluvia que cae sobre una piel desnuda. Es mi preferida. O tal vez puede que un cuerpo con gotas, cualquier cuerpo con gotas, sea mi ideal para calmar la sed. No conozco mejor forma de beber. Puedo imaginar cualquier cosa cuando saboreo el agua sobre una piel desnuda, y cualquier cosa es un sitio peligroso, de esos a los que uno llega dispuesto a no olvidar, después, cuando ya se ha marchado.
            El cuello mojado huele a sexo adolescente, todo aún por descubrir. Debería estar prohibido perfumarse el cuello. Esa parte es la entrada al infierno; se promete con lo que está sobre él mientras arde lo que domina debajo. Y si hay que quemarse en la hoguera que no sea sólo por el fuego, eso es banal. El resto es camino, justo donde vive el tiempo, el lugar en que detenerse para hacer experimentos y allí sólo cuentan la situación y el momento, a secas. Donde no se habla de futuro al que ninguno quiere ir para tampoco añorar un pasado. Tal vez mañana haya sequía y el agua de ayer ya se hizo hielo. Donde uno se convierte en acompañante de cualquiera de esas atrevidas lágrimas del cielo para descubrir hasta donde es capaz de llegar. Esa es la insólita realidad. Siempre más allá de lo permitido porque es en el cuerpo en donde hay que arriesgarse; no se encuentra lo que no se busca, hasta toparse con lo desconocido, lo que nadie supo alcanzar, donde no hubo caminante al que se le invitara a hacer ese camino clandestino. Y esa es la victoria del que invita. No cede, no consiente; ya se ha rendido con condiciones, sin duda, la única que admite el juego: esa puerta que es ahora o no. La piel ha dejado de ser suficiente y en la capitulación no basta con el placer porque se exige exceso. Todos los excesos. Uno por cada gota y la piel está empapada.
            Hay un punto de equilibrio, justo en el borde del abismo, allí donde cada uno exhibe sus demonios y, con fuerza,  se ciñe al otro para lanzarse. Allí donde no hay beso sin mordedura ni caricia sin llaga. Donde la frontera entre placer y dolor se confunden. El amante es el enemigo y todo es egoísmo, ganas de robar mientras poco a poco llega esa cuchillada que lo perfecto es que sea doble. Sólo en la mirada hay distancia entre los desconocidos que ahora sí, ahora se odian como dos que se derraman juntos saben hacerlo. El reino de la violencia abre sus puertas y la carne sufre porque se estremece y lo quiere todo, aunque todo es un lugar ficticio, un cruel punto de encuentro al que no se debe volver. Reincidir no se puede, ese es otro horizonte, el más peligroso.
            Entonces vuelve a caer la lluvia sobre los cuerpos desnudos y ya frágiles. Dos amantes y una lluvia que no moja. Es lluvia negra.

Oscar da Cunha
12 de octubre de 2019

viernes, 27 de septiembre de 2019

Mi perro

Menos mal que lo tengo, porque desde mi despacho, donde suelo estar enredado con mil chorradas, no soy capaz de oír el pitido de la lavadora. Es entonces cuando llega él, con esa manía que tienen los perros de romper la soledad, para avisarme de que la máquina ha decidido que es la hora de hacer cosas serias.
            Metemos los trapos en un balde (a mí se me descuidan por el suelo los bóxer y otras menudencias que él recoge y las añade al montón de lo limpio), y nos vamos a esa parte trasera de la casa que no se ve cuando alguna de las visitas la mira en plan bonito y que sirve para la intendencia. Es mi sitio preferido, con un par de cuerdas, trastos apilados que me da pena tirar porque tuvieron vida y sé que allí hacen noche algunos de esos gatos a los que siempre les faltó un domicilio, y de donde nace una colina salvaje que podría haber sido un jardín pero a la que no me da la gana de quitarle el misterio.
            Dejo la ropa de cualquier manera en las cuerdas que para eso inventaron la plancha, y le sigo. Nunca le falta una aventura en la que complicarme, aunque no exista, aunque no haya nada que perseguir; él ladra, finge que me necesita para poner orden en ese pequeño mundo nuestro, lleno de invasores con alas como las de Campanilla y piratas de los de verdad, tuertos y de los que presentan batalla, aunque recuerden que ya los hayamos perseguido tras cada lavado y cazarlos sería un fracaso. Mi perro se lo monta para implicarme en esa sustancia mágica que envuelve a esos seres que viven con nosotros y que les sirve para convencernos de que no hay momento en el que dejamos de ser niños que no tenga remedio.
            A menudo sonrío con envidia al mirarlo; en sus ojos ligeramente achinados, siempre dispuestos a proponerme alguna catástrofe, voy aprendiendo a leer el mundo. Él lo divide en dos partes, únicamente dos. Una pequeñita que la componen las cosas, y sólo son útiles aquellas que sirven para romperlas, todas las demás complican la vida. Y otra muy grande que está llena de sentimientos. Con los de su especie la naturaleza fue generosa no esclavizándolos con el don de la palabra porque las más sinceras emociones se transmiten con hechos.
            Yo nunca le digo cuándo me duele por dentro. Tiene un viejo peluche al que llamamos Tripas, lo saca de debajo de la librería donde vive y me llena el suelo de algodones. Entonces empieza un folclore en el que yo recojo y él huye con los restos, y terminamos buscando pedacitos de Tripas en esas esquinas donde él sabe que se quedaron arrinconadas algunas sonrisas. Nos olvidamos de los algodones cuando me tumbo en el suelo y cierro los ojos para sentir mejor la caricia de su cara peluda empeñada en secar mis lágrimas mientras me da la risa, y él levanta la cabeza para lanzar un aullido de esos que ha debido copiar de algún documental que vemos juntos y dejarles claro a los fantasmas quién manda.
            Algo ha oído de mi afición a escribir y él recoge alguna de las hojas que se le despeina a cualquiera de los árboles del jardín y entra en mi despacho con ella en la boca, la deja a mis pies y se tumba sin dejar de mirarme. Es su manera de aceptar el rollo raro en el que ando metido. Un símbolo, una metáfora con la que trabaja su cerebro. En su idioma me dice que lo necesito para entender esos capítulos de la vida que no se escriben, capítulos que quiere compartir conmigo porque sabe que nos hacen falta; los que están llenos de tímidos olores, sonidos dormidos y pequeños escondites de la naturaleza reservados a quienes, como él, conocen los pasos de bailes correctos y que a nosotros, los humanos, se nos empezaron a tropezar hace tiempo y ellos están configurados de serie para percibir tanto de lo que se nos quedó atrás que no hay persona completa sin su perro. Pero yo dependo de él aún más y no se lo cuento para que no se le acumule el trabajo y se me desgaste, porque muchas veces ando perdido igual que un ciego por caminos desconocidos y necesito a mi lazarillo. A ese pequeñajo que es como una chincheta con cuatro puntas y un poco de pelo que protege de la intemperie a un corazón que ladra para que yo siga su voz.
            A veces vemos películas juntos, y en las escenas románticas se me sube encima y sólo me dice yo también, porque es macho y en las cuestiones del amor los de nuestro sexo vamos escasos de expresión, aunque la especie sea distinta.
            Respeto sus momentos de intimidad, cuando ya de noche, subo a la habitación y él se queda abajo hasta que a mí se me alborotan las letras de la novela de turno y apago la luz. Sé que necesita ese espacio para llorar ausencias, y sé que no quiere que yo lo vea. Él no nació para trasmitir tristezas y es de los que entiende que lo que sangra dentro no se saca. Después oigo sus pisadas en la escalera y me dispongo a dormir tranquilo, me despertará el alba y una cara dispuesta a lo que sea que nos traiga el día mientras sea para los dos. Y al cerrar los ojos, abro la misteriosa puerta del mundo de los sueños sin miedo porque yo tengo perro. Mi perro.

Oscar da Cunha
27 de septiembre de 2019

domingo, 8 de septiembre de 2019

Saludar es de valientes

Hay tardes que se empeñan en volver, como aquella. Un par de copas después de cuatro décadas y ya ni me molesto en hacer memoria de cuántos kilómetros he puesto de por medio, y voy por la calle y me la encuentro. Me mira, aquella tarde, intenta saludarme porque sabe que yo era su amigo, y yo, como todas las veces que nos cruzamos, agacho la cabeza.
            Él siempre va como un pincel, no le afectan los calores del verano ni los temporales del invierno cantábrico. Traje y nudo inglés en la corbata, espalda recta y ese andar de comerse sólo la parte del mundo que sabe que le corresponde. Si lo viera Carlos estaría orgulloso de su hermano, de aquel niño que no tendría más de diez años cuando llegó aquella maldita tarde…

            Decían que iban a venir los ochenta para cambiarlo todo. Nosotros estábamos bien: motos con las que pringarnos las manos de grasa, buenas bandas dispuestas a hacer historia de la música, y chicas, ellas eran la gasolina de aquel tinglado.
            El «Onda» no tenía nada de especial; si le quitamos que la mujer de Jose, el amo de la barraca, era de esas de las perderse sin importar dónde. Que al mar le había dado por colocarse justo alrededor, dejando sitio para llegar y sin prometer que de allí hubiera salida, y también ese no-se-qué de que íbamos a ser los últimos de algo pero estábamos condenados a entenderlo cuando tuviéramos perspectiva. Esa cosa rara que llega junto al hacerse viejo. El «Onda» era de puta madre. No sé si ahora existe nada que se le parezca, y si lo hay espero que no me dejen entrar. Cada uno tiene su sitio.
            Pues eso, que va y al guaperas de Carlos le da por pedirme la moto. En aquella época lo compartíamos todo, no era cosa nuestra, cada uno se ponía de moda cuando ellas nos lo permitían, salvo Carlos que había nacido para ser un clásico. Él era así, tenía una novia que estaba como el Orient Express pero a él le gustaba subirse a todos los trenes. Y es que no había tren que no quisiera hacer parada en su estación.
            Es posible que sonara Against the wind de Bob Seger en la sinfonola. Sin lujos. Era K7, yo llegaba y echaba «el duro» en la ranura. Pulsaba las dos teclas y nunca tuve disgustos. Era mi marca de cantero. Vivíamos tiempos en los que el respeto contaba.
            La mía, la moto, era como la suya pero en pequeño. Menos agujero en el cilindro y las gomas que tocan suelo en plan lo mismo. De rodar. A huevo para la escapada que se le había puesto a tiro. La morena que lo había pescado, y Carlos era de los de escoger el cebo, llevaba una de esas prisas que o se resuelven o te han liado el prestigio. Y él con la moto jodida, en el taller. Debía de ser cosa del chiclé, que ni palante ni patrás, y por lo visto a la pieza que estaba por llegar le iba a crecer el pelo en el camino.
            No recuerdo en qué parte importante del mundo me estaban esperando para que la arreglara. Sólo que había llegado para saludar y largarme. Entonces vivíamos el momento con perfil bajo, faltabas un día y ya te habían olvidado. La situación era urgente; la morena ya se estaba planteando eso de pensárselo una segunda vez. Por eso no me quise marchar sin echarle una mano para convencer a Boris. Acababa de comprarse una de esas cabras que sólo saben agarrarse bien a cualquier cosa que no sea asfalto. Un motón para fardar, sin más, porque Boris era alérgico a todo espacio que no estuviera entre dos edificios.

            Por las mañanas nos reuníamos cerca de las ocho, era de asistencia obligatoria, siempre celebrábamos un cónclave para decidir quién había tenido la mejor idea con la que fumarnos las clases. No se trataba de faltar porque sí, nos gustaba ser consecuentes con nuestras maneras de darle por culo al tiempo.
            Carlos no volvería a estar. La moto había patinado justo delante del árbol en el que él se quedó para siempre. De la morena se sabía que iba a salir de esa.
            Boris llevó la moto a la chatarra y yo le acompañé para ver si allí encontraba una dignidad en mejor estado que la mía.

            Pero no agacho la cabeza, cuando me cruzo con él, por lo que ocurrió aquella tarde. Además es posible que tampoco lo sepa. La verdad es siempre peor: sé que si hubiera alguna manera de volver a aquel momento y ser los que éramos, ahora yo seguiría agachando la cabeza, contra el viento, que para eso es la banda sonora de ese fracaso.

Oscar da Cunha
8 de septiembre de 2010

sábado, 3 de agosto de 2019

Una cajita de bombones

Aún no ha amanecido y me despierta un olor amargo, triste, como cuando durante un paseo por el bosque huele a esa corrupción que deja la muerte después de apropiarse de la vida de algún animal. Me sobresalta. Debe de ser muy intenso para que atraviese mi nariz de fumador y llegue hasta mi cerebro. Ya sólo percibo los olores cuando llevan añadidas demasiadas emociones. Pepe duerme a mi lado y ronca, suave; supongo que ahora pasea por ese sueño que tienen los perros: un mundo posible, para ellos, carente de humanos que los maltraten y los abandonen, y siempre pendientes de algo a lo que ofrecer cariño. La gata se quedó anoche por fuera. Cumple. Le gusta ser la señora de la casa, la que revuelve con los malos rollos de la oscuridad mientras los demás dormimos. Y en este momento la escucho maullar contra cualquier cosa; aún no ha llegado la luz y ella sabe cómo hacer porque conoce mis demonios.
            No es ninguno de los míos, pienso y respiro tranquilo; y entonces me acuerdo de Berta, la araña que vive en mi despacho desde hace meses. ¡Por Dios! ¡Que no sea ella! Con lo que le ha costado manejar el Excel y a mí confiar en una secretaria.
            Bajo la escalera con prudencia. Desde arriba sólo ves hasta dónde puedes caer y también pudiera ser que el olor llegase desde un futuro en el que hace ya tiempo que yo pude tener un tropiezo desafortunado y fatal. Nunca se sabe con los olores, pero si habéis visitado un cementerio os habréis dado cuenta de que las lápidas no se inventaron para que los muertos descansen tranquilos. Es lo lógico, a nadie le gusta que le huelan su peor momento.
            Llego al despacho y la veo tranquila, Berta está sobre la novela de Javier Marías donde le gusta dormir. Justo levanta un ojo y no mueve ninguno de sus cuatro pares de patas como es nuestra costumbre. No son horas para saludos.
            Recorro la casa y me esfuerzo. Mi nariz es como una vieja aspiradora a la que sólo le funcionan las ruedas. Pero sé que llega desde el salón, lo intuyo porque algunos olores llevan añadida una carga dramática para asustar, como el Chanel nº 5 que tendrían que haberlo llamado "Quítamelo si te atreves".
            Es el espejo, el olor sale del espejo. Podría haber surgido de cualquier cuadro y eso facilitaría las cosas. Pocos se salvan de que les huela el aliento en un Renoir, pero no, yo tengo uno de esos complicados cristales que funcionan como la piel de un lago en un mediodía de invierno. Más vale no pensar en lo que puede haber debajo del reflejo.
            Asomarse a un espejo es un misterio, distorsionan la realidad con esa costumbre de mostrarte el futuro como si únicamente quisieran robarte el tiempo que falta para que lleguen las canas, las arrugas y las ojeras. Son malvados, se aburren cuando no estás delante y esperan, fríos y silenciosos, hasta que llega ese desliz que consigue que la cuchilla de afeitar se pintarrajee de sangre y entonces sonríen en rojo, los espejos sólo sonríen en rojo.
            Me acerco y compruebo que el olor, ese inquietante olor, no está sobre el cristal. Sale de dentro y no me va a quedar más remedio que cruzar al otro lado de mi propia imagen. Necesito encontrar una fisura para poder entrar pero tengo la sensación de que todo sucede al revés. Es él quien encuentra mis fisuras y ya estoy en la otra cara del reflejo.
            Lo que veo es extraño, no es el salón del que acabo de venir. Más bien parece que el espejo escoge. No son escenas que hayan pasado frente a su mirada. Ahora el espejo soy yo y lo que veo son momentos que no recordaba haber guardado. Momentos llenos de errores, decisiones mal tomadas y muchas otras que quedaron pendientes. Todo lo que se pospuso porque no parecía importante. Lo que se dejó de vivir para vivir lo que no era vida. Y muchos sinsentidos a los que el paso del tiempo les ha dado el sentido de que llegaron para haberlos aprovechado pero se dejó que las horas pasaran sobre ellos… como si pudieran volver.
            Pero esas son piezas del pasado que no huelen, me digo. Hasta que me fijo en la cajita de bombones que no quise comprar. La recuerdo, y no debería porque nunca la vi. Esa en concreto no. Lleva la etiqueta de Thierry Bamas, el maestro chocolatero de Biarritz donde ella siempre me pedía hacer una parada. Los que iban aderezados con pimentón d´Espelette eran sus preferidos. Los que la hacían salir de la chocolatería con una sonrisa triunfal tras diez inútiles minutos de pelotera para el maestro, porque el maestro se empeñaba en que había que comprar surtido y ella siempre volvía, como siempre, con una caja llena de lo le daba la gana.
            Pero aquel domingo, nuestro último domingo, no paré. No consigo recordar la excusa; pudo ser el tiempo, demasiado bueno o demasiado malo, el que sobraba o el que faltó. Quizá la prisa por nada o esa vieja costumbre que se nos había pegado: un día sin discutir era un día perdido en el que después no habría medianoche en la que reencontrarse, o tal vez por oírla amenazarme, con esa manera de amenazar que utilizaba y que parecía una promesa de las que se hacen a medialuz cuando los fantasmas pasan envidia: «El próximo me compro dos cajas».
            No quise parar.
            Y ahí está la cajita de bombones, ahora ya rancios y desaprovechados; y de mí, que ahora estoy dentro del espejo, es de donde sale el olor. Porque realmente es para eso para lo que sirven los espejos, para devolvernos lo que no podemos ver con la mirada, sino con la memoria cuando le da por doler con olor.

Oscar da Cunha
3 de agosto de 2019


domingo, 28 de julio de 2019

Búho

De todos los animales que trajinan la noche el búho me parece el más interesante, me lo pido. Aunque no sé si se puede elegir. Lo de la reencarnación me suena de oídas, y hasta el momento, ningún murciélago de los que andan por aquí, ha conseguido convencerme de que él, ahora, vuela libre después de haber agotado otra vida como un simple ratón prisionero de esta tierra que todo lo considera suyo y termina por apropiárselo.

            El asunto es más sencillo, vas y te lo crees. Sin razonar, porque ese vicio lo desaconsejan todos los médicos.
            Me gusta la noche porque en la oscuridad cualquier cosa es posible y porque donde yo vivo no hay nadie que me lleve la contraria. Y me gusta sobre todo en verano, cuando el día es más agresivo y se empeña en llenar el ambiente de realidad. Se va la luz y por fin todo se llena de fantasmas y hasta la más extravagante de las ideas tiene hueco.
            La gata que vive conmigo me cuenta que lo suyo es por la maldición. Le iba bien de puta, solitaria y sin ese chulo del gato de Cheshire que a todo humano nos acompaña. Yo la convertí en princesa y ahora los suyos la huyen, y no les culpo porque los gatos que se vuelven de casa están condenados a escucharnos.
            De noche piensas y te contestan. Quizá la reencarnación consista en eso, en convertirse en una de las voces que acuden en nuestro auxilio para negociar con las angustias que nos desordenan. Pero no tengo ninguna certeza, porque esas respuestas pueden llegar desde nuestro propio yo que ya sale reencarnado de talleres, como si una parte, oculta y misteriosa de nosotros, nos estuviera esperando, sabedora de que nuestro destino, que no es inmune a ese morboso complot que acompaña a la vida, es el destino con el que ya nacemos atormentados; de forma que otra parte, acaso menos oculta y menos misteriosa pero asociada en el mismo negocio con la anterior, a su vez, venga con el encargo de crear esas angustias y confundirnos, y entre las dos hacernos creer, cuando nos llegue ese momento en el que deja de amanecer, lo bonito que será convertirse en una voz que no envejece.
            Todo es posible aunque para elegir nunca nos ha faltado imaginación. Nosotros, que somos más listos que el resto de los animales y por eso inventamos las armas para matarnos con mucho más civismo y no a mordiscos como las bestias, también hemos inventado el rollo de las religiones, que da para mucho arte, un montón de guerras y además son un gran negocio. Pero yo me quedo con el búho porque no hace prisioneros, apenas sonríe y sólo es compañero del silencio.
            Y es que retomando lo de la reencarnación, siempre podemos encontrar mil excusas tentadoras para volver, porque para aprendices tal vez no sea suficiente con una vida y yo sólo espero que el búho no tenga memoria. De lo contrario todo sería menos divertido y a nadie le gusta girar en círculo. Aunque no sé, me siento raro, yo nunca había visto las cosas desde esta perspectiva por la noche. O al menos, no recuerdo otro tiempo en el que podía volar.

Oscar da Cunha
28 de julio de 2019

lunes, 22 de julio de 2019

El peor de los miedos


Son las seis y el primer cuarto de una mañana de julio, y en esta región del Atlántico a la que se asoma Biarritz hace fresco para llevar puesto sólo un traje de baño. Pero hoy necesito sentir.
            He venido a buscar una playa dormida y aún vacía. He venido a buscar en el océano ese momento en que él se levanta de la cama y se despide de la noche con un beso y a su amorío le llaman alba. He venido a buscarme a mí.
            Pido permiso y las gaviotas que abarrotan la orilla me hacen hueco para integrarme al mar. Está cálido, y lo percibo como entrar en el cuerpo de una mujer en una madrugada de invierno. Tal vez para mí el mar sea eso, volver a donde nace la vida.
            Apenas distingo el rompiente, pronto llegará la luz que ya se anuncia, pero sé de sonidos que traen las mareas y el que se acerca es suave. Remo tumbado sobre mi tabla con poco más que un pequeño balanceo al ritmo de la habanera que interpreta la brisa, y me deslizo como por encima de una sábana que los amantes acaban de dejar un poquito desordenada.
            Remonto una primera ola que justo me moja el pelo y en mis ojos las lágrimas tienen compañía. El mar hace que no se note cuando uno llora. Sólo otra pleamar en la mirada y esperanza, porque la esperanza es esa línea de fondo a la que las intenciones se dirigen sin que importe que no haya marea para volver.
            La luz del faro acaricia la superficie y yo supongo que por última vez, porque los faros entienden de colores y porque saben que no fueron hechos para competir con el azul que al cielo y agua les trae el día.
            Entonces, me siento sobre la tabla, que es como sentarse sobre el propio mar o como en el suelo de esa olvidada ermita, casi derruida y desacralizada, y que tal vez sea el único territorio en el que Dios existe. Y no puedo evitar sentir envidia de los que se fueron porque yo tengo miedo. El peor de los miedos. Estoy cansado de querer y que se me vayan. De llorar ausencias y recordar no consuela. Y tengo muchas dudas porque no sé qué es peor, no quiero convertirme en la ausencia de nadie, de los que quiero aunque yo no sea como me parieron y tal vez por eso últimamente sólo reparto desplantes. Y es que todo termina doliendo. Menos el mar.
            Miro el horizonte y es una posibilidad. Allí está el destierro pero con abismo, sin garantías. Para ese siempre hay tiempo. Y ahora llega una ola, pequeña pero suficiente. Y la bailo porque quizá ese sea mi destino, hasta que la música se pare, hasta que el mar se duerma y a mí me admita en su sueño.

Oscar da Cunha
22 de julio de 2019

sábado, 20 de julio de 2019

Ruidos en el desván

Es noche de viernes pero yo no le doy mucha importancia, al fin y al cabo todas las semanas hay una. Por lo visto alguien tiene algo que celebrar porque desde la lejanía llega ese ruido con eco en el que se convierte la música cuando viaja. No sé qué hora es, aquí en el jardín no tengo nada a mano para consultarla, pero cuando levanto la vista del libro y miro las estrellas intuyo que la medianoche hace ya tiempo que ha quedado atrás. Antes era capaz de calcular el momento y la orientación con sólo mirar su posición en el firmamento. Ahora me he vuelto más práctico, cuantos más puntitos brillantes veo supongo que es más tarde, por fin empieza a aflojar el calor y yo sigo en el mismo sitio.
            Quedaría muy chulo decir que me alumbro con un viejo quinqué de petróleo, pero el alargador del cable no se gasta y tengo bombillas de repuesto. Son de las viejas, de las incandescentes. Cuando las iban a retirar compré tantas que algún día podré montar una verbena en el infierno.
            De pronto me sorprende el silencio. No creo que la música haya parado, simplemente no llega. Pero lo pienso un momento y no me parece tan simple, la noche siempre tiene sus ruidos. Hay ruidos de invierno, de verano; ruidos de tempestad o ese cotarro que organizan los animales cuando el mundo está en calma. Ahora no se oye nada. Perturba, es un silencio extraño y yo reacciono mal ante lo desconocido. Debe de ser por haber llegado a esa edad en la que uno se cree que ya lo ha visto todo y el problema real es que va cansado de mirar.
            Decido indagar. El silencio sólo puede llegar por el camino que termina en mi casa. Nada viene por otro sitio, salvo la primavera, que hace que todo se vuelva bonito, pero de ella ya me avisan los árboles cuando se ponen cachondos.
            Me voy hacia la oscuridad, con chulería, que para eso tengo perro y estos cabrones lo perciben todo en alta definición. Esos avances que conseguimos con la   tecnología me hacen darme cuenta de lo chapucera que ha sido la naturaleza con nosotros. O igual fue un despiste, como cuando hay que precipitar una boda antes de que se note y por ese mismo precipicio después se caen todos.
            A la derecha, sobre la hierba, dos ojillos brillan. Todo bien, me digo. Mientras sean dos ni es Polifemo ni nada de esas cosas raras. Y ahora me alegro de no vivir en el mismo barrio que Stephen King. Llevo la escopeta cogida por los cañones. Desde que estoy solo me salen mal todas las compras y los vendedores van a lo suyo, no aconsejan. Yo me dejé llevar por los ojos y ahora resulta que los cartuchos más gordos no encajan con el calibre del arma. Creo que me voy a apuntar al campeonato de culatazos.
            Pepe, mi perro, pasa del bicho y eso me acojona. Éste sólo corre detrás de lo que sabe que se puede escapar. Es inglés pero él no tiene la culpa; salvo los de Bilbao, cada uno nace donde puede y después uno se apaña con las consecuencias.
            Me acerco y lo que sea no se mueve. Mal asunto, oigo en mi cabeza. Hoy en día no hay nada que no huya del hombre. Tenemos mala prensa. Por fin me doy cuenta de que es un gato. Sigue inmóvil cuando lo toco suavemente con el pie. Debe de estar muerto, pienso, pero sus ojos siguen mirándome y eso no encaja. Aunque lo que me preocupa es que no encaje lo que acabo de imaginar. Me agacho, lo compruebo y en efecto, no encaja. Un gato de peluche no anda solo a estas horas de la noche y por eso miro a Pepe con desdén. Lo de la escopeta lo acepto, pero que tampoco me funcione el perro… Va a ser cosa de ajustarle mejor la dosis de ginebra en el agua que bebe.
            Alguien ha tenido que dejar ese peluche, y no está a tanta distancia de la casa como para que a él le haya pasado desapercibido. Mi perro es uno de esos hooligans para los que cualquier excusa es buena con tal de armar jaleo.
            Vuelvo hacia mi libro pero ya no puedo leer. Nunca me había fijado, el silencio total es molesto. Se nota que algo falta, o falla, o funciona mal, o yo que sé. Quizá el problema del silencio total sea que no puedes ir a quejarte contra nadie. Tengo que solucionarlo, le voy a montar a ese peluche una bronca que se le van a quitar las ganas de volver a joderme el ruido.
            Voy lanzado, como si supiera lo que hago. El puñetero perro otra vez pasa de largo y esta vez los ojillos de cristal del falso gato brillan desde la izquierda del camino, algunos metros más cerca de mi casa. Tranquilo, me insisto, la respuesta está en el frigorífico. Hoy has hecho la compra muy deprisa y las cervezas 0,0 a veces se confunden con las de verdad. Todo es cuestión de retroceder y dormir la mona. Mañana, con un par de aspirinas, volverá el ruido. Respiro profundo porque jamás he visto a la poli hacer el control de alcoholemia en la escalera que sube a mi habitación. Además, tampoco subo nunca en coche. No me parece cómodo despertarme abrazado a él mientras ocupa el lado vacío de mi cama.
            En mi casa no se sale a la terraza, más bien es al revés. Se trata de una terraza a la que se llega y que tiene una casa en la esquina, molestando. Se nota que uno ha llegado a un sitio civilizado porque tengo las zarzas controladas. Hemos llegado a un acuerdo razonable. Ellas se encargan de decorar todo lo que no tenga cemento debajo y ahí es donde pongo algunas sillas. He aprendido a amar el plástico; si la intemperie lo ensucia mucho lo mandas a reciclarse en tapones de botella y renuevas el mobiliario. Eso sí, todo tiene que ser blanco. Ahora están más de moda otros colores, indefinidos, con nombres exóticos para que te lo tengas que currar hasta encontrar la porquería: gris Pompeya, nogal del Himalaya… Yo prefiero el blanco inodoro porque me lo pone más fácil. Y al volver, sobre el blanco de una de las sillas me vuelvo a encontrar a ese maldito gato que acabo de dejar tirado en el borde del camino.
            Sé que es imposible y todo es cosa de mi imaginación, pero es la primera vez que muevo gatos y necesito ponerme a prueba. Uno necesita saber dónde están las costuras del mundo real.
            No me cuesta encontrar una cuerda. La anudo alrededor de su cuello, apretando sólo lo suficiente para que no escape. Y con el brazo de la silla no tengo ninguna piedad.
           
            Todavía no ha amanecido pero me despierta el ruido. Ha vuelto. Discreto, como acostumbra a esta hora. No tardará en salir del sueño el alboroto, me gusta esperarlo. Siempre he pensado que eso de que te pille la mañana por sorpresa no tiene ninguna gracia. Es como empezar a leer un libro por su segundo capítulo. El alba es cuando el día se expresa en verso, lo demás sólo es enredar con las palabras.
            Salgo fuera y huele a nuevo; me recuerda a cuando, de niño, estrenaba sueños de los que no se sueñan porque la esperanza tiene esa magia que sólo se presenta entremedio de la incertidumbre y el deseo.
            Nadie se ha llevado al gato que me mira desde la silla donde lo he dejado horas antes. Sus ojos de cristal ahora sonríen con ironía porque lo que falta es la cuerda con la que me afané en atarlo. Esa no está. Y entonces, al mirar hacia el oriente que se empieza a poner en ese azul que borra las estrellas, comprendo que lo que nos hizo humanos no quiere entender de nudos.

Oscar da Cunha
20 de julio de 2019