domingo, 16 de septiembre de 2018

Lo pintaré de rosa


Ahora percibo que el peligro no es estar sumido en la oscuridad. La más traidora maldición vive en esa despistada, casi escondida bajo las agujas, recortadura del tiempo a partir de la que, y sin darte cuenta, ya has aceptado la oscuridad como tu estado natural. Es una especie de rendición ante aquel que fuiste y se marchó; final de partida. Entonces el pasado se desdibuja como una fantasía que una noche tuviste la suerte de soñar. Y te preguntas quién te ha gastado la broma de dejar pruebas concretas de que ese sueño no lo fue; fotos, el frasco de perfume, las cajitas de pastillas de menta y un zapato del 36 que el gato conspirador ha sacado de debajo de algún armario. Sólo son las novatadas del recién llegado, te dices, porque tú tampoco estuviste antes aquí aunque desde hace años ya te sepas todas las esquinas. En ese estado el futuro es como el mecánico de los vientos, un señor que tal vez exista pero como no lo ves deja de tener importancia. También los propios vientos que siempre llegan para enredar, después pasan de largo y olvidan llevarte con ellos. Y te sientes igual que la vieja camioneta que ya se bebió toda la gasolina y se le ha pasado la borrachera de seguir rodando. Pero ruedas.
            Y no es porque haya transcurrido nada más que uno de esos escurridizos vacíos de los que se compone la vida y que son lo que acostumbra dejar conforme pasa, y que tampoco cicatrizan nada; sólo coges práctica en cambiarte las vendas y enjuagar cada mañana la máscara con la que vas a salir a la calle. Y sales.
            Y en este momento quedaría como muy currado decir algo parecido a que por fin he visto lucecitas entre las brumas que siempre acompañan a cada soledad, sobretodo en la mirada; y que durante mi camino —si es que a esto de andar por la vida se le puede llamar camino, porque a veces a uno le da por pensar que debe de existir un dios y no es otro más que el celador del psiquiátrico que de vez en cuando nos saca al patio y sólo damos vueltas— me las he visto con un tipo intentando apartar las piedras a patadas aunque quien ha terminado con el pie jodido haya sido yo, que eso debe de ser algo aproximado a lo de encontrarse a sí mismo. Y te encuentras, igual pero cojeando.
            La verdad es que no; ni lucecitas ni… Lo siento, Don Antonio, pero tampoco estelas en la mar. Lo que hay que procurar es tener de continuo mujeres a mano, esas compañeras de especie a las que nos parecemos pero que por instinto y porque pueden siempre van un par de pueblos y varios peajes por delante. Cuando el horizonte está lleno de dragones porque se ha parado el tren, sólo ellas saben que hay que bajarse a empujar; eso de que el tiempo lo cura todo mientras caen unas cervezas es la parte «yo-no-doy-la-talla», el extra para situaciones complicadas que a todos los hombres nos gusta exigir que se añada al equipamiento de fábrica.
            Y gracias a que os veo empujando yo también me he puesto. Y no es que esto ande muy bien pero a los caracoles ya les cuesta más esfuerzo pillar rueda.
            Aunque lo complicado no haya sido dar el primer paso; a lo difícil, como siempre, se le antojó empezar antes, cuando te planteabas que algún día habría que darlo y sólo encontrabas excusas. Pero llegaron ellas con el espantador de excusas porque saben que detrás está la cobardía y hace ya tiempo que rompieron las negociaciones con esa señora. Por eso y porque igual los de la reencarnación andan acertados y se nos permite echar otra vuelta por estos valles, para la próxima ya he reservado billete de mujer.
            Os lo debo, amigas, y esto va por vosotras. Si algún día este tren coge velocidad y sale del túnel… lo pintaré de rosa.

Oscar da Cunha
16 de Septiembre de 2018

sábado, 7 de julio de 2018

Como el viento que se lleva las cenizas


A veces uno viaja para huir de sí mismo. Y cree que lo consigue. Porque la maldita cabeza también tiene puertas de salida y conviene cambiarle los aires para encontrar una por la que escapar. Y convertirse en una versión diferente (aunque sea tan chapucera como un tinto de verano) de lo que ahora llaman zona de confort por más que uno sepa que es su infierno; y sólo más allá de ese infierno, tan personal como lo sabe ser un exilio, pueda haber un territorio en el que uno no tema encontrar dragones. Y es que tal vez sólo se deserte para demostrarse que se va a ser capaz de volver.
            Y uno se echa a la carretera, y aprieta el acelerador con la suficiente furia para alcanzar las más posibles revoluciones en una máquina del tiempo y llegar tan adelante que todo parezca que ha quedado atrás, muy atrás. Porque olvidar nunca se olvida, pero se busca ese momento en el que los recuerdos no habían empezado a acordonar esa zona donde vive la memoria y todavía no se veía el mármol tallado: «Aquí yace tu pasado y el hueco que espera es para ti».
            Pero uno no debería viajar para conquistar distancias ni edades. Todo es más sencillo porque hay un pequeño descubrimiento en lo desconocido, o mejor en los que te desconocen. Ante ellos eres un tipo con la libreta de la vida en blanco, a ninguno le importa si tuviste pasado o tendrás futuro. Y te encuentras charlando en una terraza con la mirada distraída entre un cielo entusiasmado por el azul y un suelo lleno de chancletas y pies con las uñas de colorines. Y sabes que te has ido para conseguir ese presente, tan breve como falso, en el que a la conversación nada más que le interesa un recorrido de cercanías. Y te va bien, porque allá, a lo lejos, sólo acechan tus abismos. Y entonces percibes que el problema es de los horizontes, que ya no son recuperables. Que la lucha por seguir siendo el que durante la otra vida se quiso ser, la que ya pasó, está perdida. Y de nada sirve plantearse correr y perseguir al viento para recoger cenizas porque los más sinceros caminos no se hicieron mirando hacia atrás.
            Y frente a esa cobardía con la que uno decide huir de sí mismo es cuando se cuestiona en quién se ha convertido. Y que algún día habrá que volver pero ya no se sabe a dónde ni cómo. Y tampoco conviene porque ha llegado el momento de salir por la puerta trasera de los sueños. Sin despedidas, que lo que se busca es el olvido; y si alguien pregunta poder negar que se estuvo. Sin tristeza, porque las lágrimas del abandono mojan igual que las del entusiasmo. Y retomar un paisaje nuevo, o mejor tal vez vacío, donde tapar los agujeros del alma, si se puede. Partir sin maleta, porque el peso del pasado se lleva en la memoria y ya es bastante, y no ir en su búsqueda para que sea el destino quien te encuentre, aunque no te reconozca y sean necesarias nuevas presentaciones.
            Pero este nuevo viaje es distinto, como una determinante marea que se retira para dejar cada vez más lejos la costa. Sólo un hombre y su perro, lo que ha quedado tras la catástrofe, dos solitarios que se miran con esperanza y espíritu inquieto. Y quién sabe, de momento ambos hemos decidido caminar sin tinta ni papel y sólo sentir. Tal vez al tomar algún nuevo cruce de esos inesperados que a veces se presentan encontremos la sonrisa, pero esa será otra vida, y quizás esa sí, quizás esa ya merezca la pena escribirla.

Oscar da Cunha
7 de julio de 2018

domingo, 24 de junio de 2018

Como el humo


Esta esquina no termina de acostumbrarse a que yo sea el único ocupante y la noche ha llegado con un cielo decidido a presumir de estrellas. Sólo me sorprende lo segundo. A la soledad nunca le he tenido miedo aunque la de ahora sea perturbadora, como una emoción sin coordenadas. No estaba en ninguno de los mapas que se dibujaron. Llegó sin avisar escondida entre la calma, y lo pone todo perdido de agujeros a los que no sirve de nada asomarse. Sé  lo que hay en cada uno de ellos pero no puedo quedarme dentro. Es lo que tienen algunos recuerdos, se presentan como esas bolas de nieve, rodeados por una esfera de cristal que no te permite el paso, y es otro chanchullo que te hace la vida, convertirte en un vulgar espectador de aquello que fuiste protagonista. La vejez debe de ser un patio de butacas con gente cansada de mirar su pasado. Y lo siento por Newton pero ya es hora de decir que con nosotros se equivocaba. La gravedad no es suficiente fuerza porque sólo afecta al cuerpo —del pensamiento para abajo— y en lo que no se puede medir es donde descubrimos lo que somos. ¿Cuánto pesan los sentimientos? Y aunque pueda parecer absurdo y tal vez estemos condenados a que lo sea, cuando se rompen descubrimos lo liviana que ha sido la armonía. Y entonces hay que plantearse de nuevo flotar, el problema es dónde. No es cuestión de cómo ni con quién, porque ya se hizo sitio en el tiempo de querer y desear un destino. Y maldita sea la amenaza del exilio, porque sólo sueñas con volver aunque el único hueco libre pueda ser una fantasía con plaza de oyente. Y con el despertar morder el polvo, que a menudo toca, pero eso es volver, porque en la intención siempre hay una geometría que no perdona; nadie es superior a la energía de sus deseos. Aunque a veces no empujen y uno piense que han tirado la toalla.
            Amanece ya en esta esquina y las estrellas de la noche más corta se van apagando. Del fuego sólo quedan brasas, quizá las mías y ahora yo sea el humo que se va, ligero, esa parte que no pesa y busca nuevos vientos como guía para descodificar las emociones. Y aunque para esto no existan reglas adecuadas, tal vez la paradoja del destino radique en que seamos incapaces de entenderlo y nos resignemos a improvisar mientras él hace planes. Tal vez no haya acierto o error ni verdades o mentiras. Tal vez todo sea un juego y nuestra única opción movernos por el tablero a la búsqueda del escaque más propicio —porque no lo hay perfecto— pero sin que se nos conceda tirar los dados.
            O sí.
            Acaso el destino no sea tan poderoso o yo un temerario pero esta noche me ha decidido. Le acepto el reto. Sólo puedo perder tener que darle la razón a Newton; aunque, quien sabe, creo que le llevo ventaja porque a él le inspiró una manzana pero a mí la mujer que quiso compartirla conmigo.

Oscar da Cunha
24 de junio de 2018

domingo, 10 de junio de 2018

Las averías del tiempo

Es posible que la peor alegoría del tiempo sea un reloj. Con sus agujas siempre dando las mismas vueltas hasta que se le acaba la pila. Porque eso me lleva a preguntarme quién puede ser el encargado de cambiarle la pila al tiempo. Y la cosa se complica. Aparte de necesitar ese chute recurrente de energía, el tiempo también podría sufrir averías. ¿Dónde está el responsable de mantenimiento? ¿Y qué pasa con nosotros durante las reparaciones? Aunque quizá lo segundo sea lo menos importante. Al fin y al cabo no somos más que el resultado de un experimento fallido de la evolución. No creo que ningún mono quisiera convertirse en un menos mono preocupado por pagar hipotecas o alquileres, mientras que las mejores construcciones que confirman que ya nos apañábamos antes de inventar el alicatado, las pirámides, no tienen permiso de habitabilidad.
            Nos acomodamos al pensar que el tiempo es caprichoso; algunas veces le da una patada al acelerador y no siempre coincide con nuestros mejores momentos, también hay minutos de los que depende una vida y se nos evaporan entre los acontecimientos. Después, esos minutos son eternos, son los mismos pero ya con la decisión de no marcharse. Y con desesperación nos vemos  atascados dentro de ellos y nos invade la sensación de que nuestro cerebro está en manos de un maníaco. Quién sabe si son las mismas manos que le dieron cuerda al caos para todo se pusiera en movimiento.
            Nadie duda de que todas las horas están ahí y duran lo mismo. ¿Seguro? Yo tengo horas que no consigo localizar y la sospecha no es la de haberlas olvidado, porque mi memoria hace un esfuerzo y sé que dentro de ellas no hubo nada. O estuvieron cerradas para mejorar el servicio, disculpen las molestias.
            Y me da por pensar que tal vez en algún lugar haya un almacén de horas averiadas, olvidadas, desechadas por el fallo de alguna de sus piezas y por consecuencia robadas a nuestra vida. Aunque eso no me preocupa, o no demasiado, me adapto a las que puedan llegar de recambio, con el tiempo es inútil negociar. Pero donde hay un almacén suele haber un almacenero, quizás un tipo desencantado y aburrido de amontonar tanto tiempo inútil que nadie pudo utilizar cuando seguramente hizo falta. Horas antiguas que se podrían aprovechar para hacer algunos retoques en el pasado y mejorar esta chapuza de presente que nos ha salido. Y me imagino la decepción del viejo almacenero que conoce la verdad; porque él ya sabe, después de una eternidad esperando sentado en una silla, que nunca hubo quien tuviera intención de repararlas, y tampoco habrá ninguno que llegue para hacerlo. Y que el problema no es que el tiempo pase, ni ese tiempo que no pasó, ese enorme desperdicio de oportunidades cautivas, tal vez, en horas que decidieron morirse de indiferencia. El problema es la propia indiferencia de un universo que va a su bola seguramente sin haberse enterado de nuestra existencia.
            Tardo, pero dejo de pensar en chorradas y es entonces cuando intuyo que quizás todos seamos desiguales versiones de ese almacenero con una dosis de resignación ajustada a nuestra estupidez. Y en las noches despejadas levanto la mirada y sólo veo estrellas, y me conformo con esos puntitos brillantes a los que nuestros antiguos pusieron nombres divinos. Porque ellos, tan clásicos, también se aburrieron de esperar al que tendría que haber llegado para hacer las reparaciones, y no se equivocaron. Sólo son las bombillas que se olvidaron apagar esos bastardos de los dioses cuando huyeron del tiempo sin importarles abandonarnos a nuestra suerte. Y es que al final el tiempo lo mata todo.

Oscar da Cunha

10 de Junio de 2018

sábado, 2 de junio de 2018

Las dos orillas


El mar no siempre devuelve a sus víctimas. Se sabe de una tierra incógnita, más abajo de cuando las aguas convierten las profundidades en interminables; es un territorio sereno, sagrado, que espera a todo navegante de la vida con su parcela reservada. Si quiere.
            Nadie merece morir, y quizá para eso la única alternativa sea no venir a este mundo, pero esa es una opción que se nos concede fuera de plazo, y aunque el viaje de vuelta sea cosa de cada uno, o de las circunstancias, a ninguno le debería ser negado cómo quisiera formar parte de la eternidad, o de lo que haya, porque, y hasta incluso para un paseo por la nada tal vez exista un catálogo.
            El campesino, que para su noche más larga deseará formar parte de esos campos en los que ya se dejó todo el sudor a cambio de grano. El aviador, que no aceptará otro destino que ser aire en cuya libertad continuar escogiendo dirección, aunque los vientos se empeñen en lo contrario. Y aquel que iluminó las umbrías del camino sólo con su presencia; y avivó, si no encendió, la tímida llama de en quienes encontró lealtad cuando las tormentas del ánimo amenazaban dejarlos a oscuras, perseguirá seguir siendo fuego.
            Porque sucede que al igual que el mar, tampoco la tierra ni el aire ni el fuego devuelven siempre a sus víctimas. Son esos cuatro elementos de la naturaleza que giran en torno a un ojo —el ojo de Dios, esa entelequia que siempre está ocupada en alguna parte donde no es necesaria— los que hacen el trabajo. Y nos arrebatan a quienes no han de volver. A los elegidos.
            Pero hay un infierno para los otros, para los olvidados, y su castigo es seguir entre nosotros. No lo hay peor. Asustados. Condenados sólo a compartir los instantes más oscuros, cuando creemos que a nuestro miedo le ha salido un póker de ases y el frío nos acaricia la nuca. Pero son ellos. Se dejan abiertas puertas por las que no pueden huir y nosotros recordamos haber cerrado con tres vueltas. Buscan soluciones en libros que se les escapan entre lo que ya dejaron de ser manos, libros que tras sobresaltarnos con un trueno encontramos por el suelo. No se reconocen en las fotos, y el invierno de su mirada estalla el cristal cuyos trocitos recogemos tras la medianoche sin fijarnos en que nos están mirando con envidia, porque nos hemos cortado un dedo y a ellos dejó de llorarles la carne. A menudo el espejo los ve, pero lo del espejo no sirve porque a nosotros no nos importa el reflejo de la realidad, ni siquiera el nuestro, por eso escogemos las horas de enfrentarnos a él. Cuando sabemos que le incomoda mentirnos.
            Las leyendas hablan mientras algunos viejos, merodeadores ya de las tinieblas, sonríen con pasadizos entre su dentadura. Las aldeas niegan mientras sus ocupantes encienden velas y entreabren las ventanas para que la culpa sea del viento. Se colocan talismanes en el exterior de las puertas que por dentro tienen trancas. Cuando el día apaga la luz, se estiran las noches para invocar a la lluvia que no pare y así el amanecer no tenga huellas. Y se destierra a los gatos por las calles para que hagan su ronda a partir ese momento en que la claridad de las farolas deja de ser suficiente.
            Pero nada funciona. Nada las detiene. Son las ánimas de nuestros terrores, las que mientras dormimos y el perro se esconde bajo la cama, nos susurran al oído que hasta el último viaje puede salir mal. Porque algunos, los sin suerte, sólo mueren a medias. Son mártires de una chapuza, desgraciados que nos asustan porque se aparecen sin garantía de que no nos convirtamos en cualquiera de ellos.
            Aunque, quién sabe, de los elegidos no hay noticias.

Oscar da Cunha
2 de junio de 2018

martes, 15 de mayo de 2018

Una cuerda rota


Me encuentro dentro de valle Baztán. El pueblo no viene al caso, podría ser cualquiera. Aunque cualquiera nunca haya sido el calificativo apropiado para ninguna de estas parroquias elegidas por las leyendas. Y llueve. Suave como en mayo. Cuando por aquí las nubes tienen la costumbre de venir a curiosear entre el silencio y las voces del pasado. Y jamás se marchan sin dejar un recuerdo que las empuje a volver para no olvidar que estas fueron tierras de apagar hogueras. O eso cuentan los del valle, estas gentes que siempre utilizan metáforas para guardarse una realidad que esconde muchos más misterios.
            La taberna es la de costumbre. A la que recurro cuando hay alguien que me cita a las siete y media pero sé que no aparecerá hasta las ocho. Ambos sabemos que no madrugo por él, que esa media hora es un regalo que acepto porque huele a café de gente de bien, de esa que almuerza cuando yo desayuno, y sobre la madera de la barra se derraman gotas de licor de hierbas secretas. Extractos de esa planta llamada nopreguntes que se recoge bajo un perdido árbol que se convirtió en amparo para esconderse del cielo, y que a nadie le interesa dónde está, ni tampoco el árbol.
            Esta vez es un palo porque algo han oído y ya ha pasado demasiado tiempo como para no preguntar, y hoy insisten y yo me vengo abajo que por eso he tardado en volver. La vida es un bolero, me dicen, y a veces toca bailar con la fea. Y el Andrés, que ya se conoce el barrio por el que anda la ausencia, me confirma que hay putadas de las que no se aprende, de esas no. Que al final sacas la cabeza pero no sabes para qué. Y tiras p´alante que es la mejor manera de huir, porque al pasado nadie le ganó una batalla.
            Al rato, sólo queda una mesa ocupada, los otros llevan prisa pero él ya se hizo viejo. Que es como haber muerto pero sin derecho a que hablen bien de ti. Me hace uno de esos gestos que no se le escapan a ninguna atención y voy y me siento sin pedir permiso. Llevo suficientes viejos en la memoria como para haber aprendido a cumplir en silencio. El líquido que aún queda en su vaso tiene un color verde amarillento, como la lejía, y seguramente sirva para lo mismo. No se llega hasta ciertas edades limpiando los recuerdos con agua.
            Al viejo le lagrimea un ojo, y a mí me da por suponer que es el que utiliza para despreciar los amaneceres que llegarán sin él; mientras, menea su cabeza y me suelta que soy un blando, igual que el Andrés. No tiene pinta de ir a lo fácil, como los demás, esos deferentes que comparten la puñalada, la que a ellos les roza pero sin dejar marca, con algún sucedáneo de una palmadita en la espalda.
            Sucede como con una guitarra, me dice. Una cuerda que se rompe se puede sustituir, pero las canciones por las que vibró aquella cuerda no se vuelven a bailar. Y uno tiene que elegir si se queda con la guitarra o con la cuerda rota.
            De un trago vacía su vaso y aprovecha el viaje para que suene la parada sobre la mesa. Y María, que es la jefa del chiringo y nunca hace barra, hoy está al quite. Y se nos echa encima con una botella que nunca necesitó etiqueta, el par de vasos que faltaban, y ya somos tres los que brindan por una cuerda solitaria que aún saca canciones cuando sueña. Y vaya que es la mía. Rota, pero tan llena de bailes…
            Al rato, voy y salgo de la taberna y me siento en el coche y escribo esto. Quién sabe.

Oscar da Cunha
15 de mayo de 2018

domingo, 6 de mayo de 2018

Desayuno con dementes (y por qué Chloé Lagardère anda por ahí).


Cuentan que la cara es el espejo del alma, pero yo prefiero las manos. Son la parte más traidora de ese instrumental con el que negocia cada persona, y descubro si han sido educadas para acariciar una navaja o para sobrevivir entre las espinas de una rosa. Y observo la elegante manera de utilizar las suyas. Ella parece conseguir que el vaso levite mientras acerca la botella que terminará por suavizar su Perrier Spritz, pero sin molestarlo, ni a la botella.
            Chloé Lagardère no es una belleza. Tampoco la gran pirámide de Guiza nunca lo ha sido; pero quién no se queda fascinado ante ella, y ante el deseo de perderse entre sus secretos interiores. Tal vez con Chloé se haya implicado ese brillo que les pertenece a ciertas mujeres de las que no puedes apartar la mirada, y cuestionarte el porqué te hace sentirte temerario. Interesante es un adjetivo peligroso del que siempre he procurado huir, termina por complicarte la única parte de la memoria que no se puede arreglar con un recambio.
            —¿Por qué no tengo recuerdos? ¿Algo habré hecho antes? ¿Dónde está mi juventud o mi primera revolución contra el mundo?
            —No se preocupe por el pasado, Chloé, a menudo sólo sirve para huir de él.
            Una ráfaga de esas que improvisa el Atlántico me echa una mano mientras yo miro su escote y ella intenta abrocharse el tercer botón de su Ralph Lauren de georgette celeste. La interrumpo con un meneo de mi cabeza y un chasquido de la lengua.
            —He trabajado meses en preparar esta primera cita. Para ver trapo habría quedado con un barco.
            —Esa observación no es propia de un caballero.
            —Lamento decepcionarla, no lo soy, quizá por eso escribo.
            Me mira, sólo un breve momento, directamente a los ojos. Los suyos levemente rasgados y con ese color que nunca nos entusiasma definir, y mientras nos centramos en algo con más calidad decimos que la naturaleza derrochó coordinándolo con el de su cabello, cortado a lo Bob y con las capas despuntadas. Observa con despreocupación a la gente que pasea por delante de la playa. A veces cruza una confidente mirada con alguien, pero no hay saludo. Y en el filtro blanco del cigarrillo que acaba de apoyar sobre el cenicero que compartimos no aprecio ningún evasivo rastro de un pintalabios diseñado para besar y no dejar testigos.
            —¿Cree usted en el amor, Chloé?
            —Por supuesto. El amor existe, igual que la guerra. Pero ninguno es para mí. Nada ha conseguido desorientarme lo suficiente como para formar parte de un bando.
            Sé que esa es la respuesta en la que tengo que empezar a creer, y por fin me vengo arriba y consigo encadenar una buena colección de preguntas. Chloé aguanta el bombardeo y sonríe, a ella tampoco le importa despeinarse tras cada explosión ni aunque haya daños colaterales. Ya somos dos los implicados en si estamos toquiteando los interruptores correctos.
            —No sé si esto tiene algún sentido.
            —Créame, Chloé, yo tampoco. Pero lo apasionante es que no lo necesita, ni siquiera la vida. Sólo importa el momento, cada momento; porque en cualquiera de ellos podemos decidir quedarnos más tiempo, o no salir.
            »Y olvide los miedos, si esto sale bien la recordarán y hablarán de usted. El exiliado seré yo. Nadie ha conseguido olvidar a Rebeca, pero son minoría los que se han interesado por la vida de Daphne du Maurier.
            —¿Me está diciendo que soy un personaje de su imaginación?
            —No, lo siento. Usted todavía sólo es un esbozo con quien no me atrevo ni a tutearme. Pero va por buen camino. Si continúa haciendo trampas en mi cabeza nos veremos más a menudo.
            De repente algo falla y creo que hoy se ha enfadado, por eso he dejado de verla y los de la mesa de al lado se divierten contemplando al chiflado que habla solo. No son más un par de presuntuosos, figurantes sin papel en este circo, y aún no se han enterado de que cada uno abandona su cordura donde quiere.

Oscar da Cunha
6 de mayo de 2018

domingo, 22 de abril de 2018

Café teatro

Nunca te has sentado en la terraza del Café de la Grande Plage por su café, y hoy toca después varios años sin echaros de menos. Visto el precio cualquiera diría que ha sido filtrado con un calcetín de Armani. Pero su sabor delata que el calcetín debió de agotar otra vida aguantando zapatos en un tiempo de sudar demasiadas pasarelas.
            La miras y decides ignorar la pasta glaseada de cortesía que lo acompaña; seguramente Napoleón III hizo lo mismo, y seguramente con la misma pasta. Se la das al perro y mientras escribes esto sigue vivo.
            El océano aquí no es diferente al de cualquier otra costa, aunque, sobre la arena de Biarritz, cada ola besa tierra con una tan poderosa sonrisa como la de Ava Gardner, y con idéntico peligro.
             Poca gente. La justa y con espacios. Porque aún es temprano para ser domingo y porque esa es la mejor publicidad que tiene contratada el mes de abril.
            Llevas ya un rato y todavía no ha sonado ningún teléfono. A tu lado, una mesa ocupada por tres que charlan entre ellos.  Y ese viejo placer de escucharle a cada alegato una réplica con diferente voz.
            De fondo algo suave que parece bossa nova. Es posible que no sea tan nova, pero aquí nada envejece, se hace vintage y adquiere esa pátina de navegante que dejó esperanza en cada puerto.
            Una pareja de polis de playa echando la mañana con empaque. De esos agentes que incitan a delinquir, porque vas y te pides que el día que te detengan lo haga ella, y para siempre.
            En la mesa del fondo, la que mejor vista tiene, continúa Chloé Lagardère tal cual la imaginaste para protagonizar la siguiente novela. Y te arriesgas a observarla con insolencia, sin garantías. Sus piernas cruzadas, interminables como para aburrir una mirada libre de intenciones, y azules por el ajustado tejano con los dobladillos recogidos por encima de los tobillos, delgados, de esos que desconocen la paciencia. Unas sandalias de escaso tacón, blancas, resaltan el esmalte coral en las uñas de sus pies. Las mujeres que extienden su decoración hasta esa última extremidad te empujan a imaginar qué amenaza no habrán preparado por el camino.
            Se acerca una dama, distinguida, quizá sea la elegancia lo único que no se ha dejado en un camino que intuyes largo y de paso firme. Intenta mantener una pisada que ya no deja huella, porque quienes le entregaron la firmeza decidieron trasladarse a un barrio donde de a poco el olvido marchita todas las flores. Trastea en su bolso y saca uno de esos cigarrillos tan extra largos como para fumarse un desengaño, y te mira. Interpretas la intención y te levantas para ofrecerle tu mechero que ella desecha con un gesto. Y asegura que encender con la brasa de otro pitillo es lo más parecido que consigue a un beso.
            Y a continuación sucede lo que venías buscando. Nada. Porque simplemente llega más gente que va ocupando el resto de la terraza. Faltan sillas, pero la de tu mesa, la que está frente a la que ocupas nadie la pide. Y antes de levantarte te juras volver, porque tal vez eso sólo suceda en Biarritz, aparentar que nada haya cambiado.

Oscar da Cunha
22 de abril de 2018


martes, 3 de abril de 2018

Ulises

Sin ningún motivo me dedico a revolver entre viejas cajas de recuerdos, despacio y sin buscar nada en concreto. Pero creo que así es como se debe navegar entre los objetos del pasado, con respeto y el ánimo de no establecer preferencias. Ellas deciden y se acercan.
            Sobre ninguno de esos cartones se marcó nunca su contenido, y una nostálgica memoria ha conseguido recuperar el momento en que tanto se recogió sin olvidar nada importante: «Si necesitas poner una etiqueta en cada caja para recordar lo que estás guardando, eso que vas a embalar no merece la pena que lo guardes».
            Reconozco ese estuche que aparece intacto por un destino que no era el suyo y al que sin embargo se resignó. Tubos de óleos y pinceles que jamás se estrenaron. Que llegaron cuando ella decidió dar por concluido el tiempo de soñar sobre lienzos y empezó a pintar su mundo de otra manera. Pero lo conservó. Quizá por pensar en ese futuro en el que la artrosis de la memoria urgiría con dejar huella de los caminos en lo que ya sólo serían arrugas compartidas en cada rostro. Encajo a perpetuidad los cierres de esa triste cajita de madera porque tampoco recuperará una tercera edad.
            Una pequeña libreta de espiral, sólo las tapas, y esa ausencia de hojas que me hace añorar aquel tiempo dedicado a hacer demasiadas cuentas sin que llegar a fin de mes estuviese en el objetivo. Un tiempo durante el que siempre fue fin de mes por atravesar muchos Sures y un sinfín de Levantes. Por pisar viejas ruinas, acariciar vientos nuevos y amanecer sobre arenas antes de que se vistieran de playas; y después volver, con alegría, volver para reírnos de la lluvia, y de las cuentas.
            Fragmentos de un jarrón, ya sin posibilidades. De aquel primer ramo de flores no queda rastro pero el momento lo conserva. Y yo. Y hay reflejos en cada trocito de cristal, retratos de una aventura que comenzaba con su hoja de ruta en blanco. Y sin escoger astilla de pasado, pruebo a deslizar el dedo por uno de sus afilados bordes pero en vez de un corte recojo un estremecimiento, y esbozo una sonrisa que el vidrio no me devuelve.
            No necesito desdoblar la raída manta de cuadros para adivinar que allí dentro, arrebujado entre sus miedos, Ulises seguirá esperando. Pero sí necesito volver a ver su cara para cerciorarme de cuánto, ahora, nos parecemos. Y me asomo a él…
            Ulises fue el primer peluche de nuestra primogénita de cuatro patas, aunque ella nunca lo supo querer. Tal vez por el imponente tamaño, acaso porque la inexperiencia le impedía apreciar sus preciosos ojos de botón de nácar, esos a través de los que él sólo veía extraños a los que nadie le enseñó volver. Nos descorazonaban aquellos inestables pasos de cachorro por la casa sin arrastrar a su compañero, hasta que entendimos que la verdadera víctima de la soledad era Ulises. Y adoptamos al náufrago.
            A él le costó superar su timidez, y sólo pudimos convencerlo para acompañarnos en la cama con el compromiso de que cada mañana nos contara nuestros sueños. Y se fue soltando. Se convirtió en el sonámbulo de las malas noches tras las que nos empezó a regalar espectáculos de nuestra fantasía con los que amanecer estrenando sonrisa. No tardamos en descubrir que se los inventaba, aunque también descubrimos que ya no íbamos a consentir dejar de ser niños.
            Pero incluso con el cariño hay que ser precavido para no cometer errores, y por culpa del nuestro lo convertimos en un osito real. Ulises nos despertó una mañana llorando. No era feliz. Los osos no viven dentro de las casas ni holgazanean sobre una cama, nos contó. Los osos no están despiertos durante esa larga noche que dura lo que los fríos. Y aunque la clase de vida por la que él derramaba sus lágrimas pudiera ser tan cruel como sólo la naturaleza consigue en sus mejores versiones, Ulises se había transformado en uno más de su especie. Pero en cuestiones de vivir, los osos sólo viven en libertad.
            Le dijimos que la libertad no es más que un velo tras el que se esconden las emociones, las decisiones y la confusión. Que aun así es el veneno que todos deseamos pese al desengaño por ir comprobando cómo nuestras ilusiones mueren, y nosotros tras ellas. Que la libertad no es un regalo, es el derecho a resistir mientras padecemos ante un mundo que se configuró cuando no tuvimos capacidad de decisión. Pero la ficción, querido Ulises, la ficción es la única brisa que se cuela entre los cristales rotos de la realidad, y podemos respirarla y dejarnos embriagar por ella. Sólo entonces, enajenados y agarrados al aire, olvidamos el sonido de las cadenas que nos atan. No somos libres, pero ese es el mejor sucedáneo que nos ha sido concedido.
            Lo dejamos marchar. Amortajamos en la manta de cuadros lo que ya se había convertido en un renegado peluche con dos botones de nácar donde ya no quedaba mirada. Y esa ausencia, que dolía, decidimos ocultarla entre cartones. Entendimos que sólo se había ido de nuestro presente, y como el futuro es una antojadiza quimera, Ulises quedó guardado en nuestro pasado.
            … Y ahora compruebo que ha vuelto, aunque ya no reconozco esa voz gastada por la decepción de manejarse con tanta vida. Ya no hay niño, en ninguno. Le hablo de una lejana primavera y me responde que con demasiado otoño la llegó olvidar. Yo no. Yo aún puedo vivir en nuestro pasado. No nos parecemos tanto, le desengaño. Ulises sólo es un peluche, y si se conforma tal vez tenga futuro. Yo también, es posible, pero tampoco soy un oso. Él ha comprendido quién es y ese lugar en el mundo al que volver. Para mí han pasado tantas cosas desde la última vez que necesito encontrar un territorio del que partir. De nada sirve emprender un viaje sin la añoranza como compañera.
            Miro a Ulises con tristeza, quién sabe, quizá para ambos lo único que haya pasado sea la vida, y a mí me sirva como referencia.

Oscar da Cunha
3 de abril de 2018

sábado, 3 de febrero de 2018

Caminarás

            Serás el peregrino que persigue la bruma entre la que ella se dibuja sin oportunidad de abrazo. Siempre tras ese velo embustero que es el humo de los sueños imposibles. Tu hogar.
            Serás el pasajero de las promesas por cumplir, las que no pudiste y se las llevó el tiempo que tenía su nombre bordado y el tuyo oculto. Y te acompañará su ausencia, que es como la soledad pero cuando rompe lo más profundo, y sólo rompe.
            Temerás la noche porque intentarás que las estrellas te cuenten. Y en ninguna ni en la siguiente encontrarás la lamparita dentro de la que ella te iba dejando, uno a uno, ese pedacito de plata grabada con su inimitable pasión, la que adornaba hasta el más pequeño de sus pasos. Ya no habrá faros que te llamen a puerto sino los que buscarás en la nostalgia.
            Y temerás el alba porque ya no traerá sus grandes aventuras: la caricia, el beso y un nuevo compromiso, el de siempre, el que tú contestabas «yo también» pero amanecías donde vive el querer, cuando se trasparentaba el día y guardabas el momento. Buscarás esos pliegues de la mañana en los que ella escondía los minutos para hacer con ellos un lazo y perfume de nomeolvides. No volverán y culparás al viento porque siempre llega nuevo y no sabe de recuerdos. Maldecirás la lluvia por desear imitarte y al sol por intentar parecerse a ella. Despreciarás la tierra por haberte robado una de tus sombras y ya no pisarás otra que no sea destierro.
            Recorrerás la playa y sólo verás piedras donde ella descubría mapas, corazones y pequeños tesoros, figuritas que la naturaleza esculpe en exclusiva para quien mira con ojos entregados al amor, mensajes de la eternidad que ella convertía en iconos con los que adornar cada uno de tus rincones. Marcapáginas de una niña que nunca quiso ser mayor y construía un mundo a su medida con asiento para dos. Llenarás de arena tus bolsillos para mirar al cielo y no querer subir, porque ella no entendía de cielos si implicaban distancia.
            Callejearás por la ciudad. Tras el escaparate de las gemas seguirán el collar y la pulsera de cristales color amapola, esa flor que no tiene fragancia y ella estaba comprometida a prestarle la suya. No volverás a entrar porque ya no tendrás cuello que besar ni mano que te guíe. Cruzarás calles por donde está indicado y es absurdo, porque para caminos entre los escondrijos con duende y memoria ella pintaba su propia vereda. Hablarás con los necesitados para te cuenten de su generosidad, y con los afligidos del consuelo que tenía para cada tristeza. También con el anciano del puente, y que su saxo siga prolongando hasta el infinito esa versión de Flor de Luna que ella siempre le pedía que mantuviese mientras terminaba de cruzar de orilla y se despedía con una sonrisa.
            Serás el sonámbulo de la casa. Pasarás junto a la mesa donde esperará su tacita de té, la mellada, la que necesitaba más aprecio y ella le regalaba sus labios en cada merienda, aunque la hora se hubiese ido. Junto al viejo gato, senil y sordo, al que acariciaba y le contaba el día, porque sólo ella, con su voz de atravesar sorderas y recuperar edades, conseguía devolverle las ganas de permanecer. Verás sobre el tocador sus herramientas de mujer, las de día y las otras, las que utilizaba para conseguir que en tus noches oscuras sobre la marea de abajo hubiera un intenso reflejo. Acariciarás su frasco de perfume pero no lo abrirás, ya nunca alcanzará ese toque perfecto y embriagador que conquistaba al confundirse con el aroma de su piel.
            Verás languidecer, porque añoran la sinceridad de sus cuidados, a las flores de la terraza y a las que esperan en el jardín. Geranios, azaleas, alegrías y pensamientos, hortensias y calas, ciclámenes y los demás. Y olerá a tristeza el jazmín, desconsolado por recordarla cuando a cada una le dedicaba un poquito de su armonía exuberante, y a veces a todas al mismo tiempo.
            Te escucharás decir que tus certezas ya no son más que un viejo muro lleno de grietas, insostenible sin su presencia, incomprensible sin su inteligencia. Y explorarás caminos como si hubiera algún mundo perdido en el que poder librarte del tiempo y de sus estragos. No lo encontrarás, no tienes su talento. Es fácil jugar con la ficción, pero en lo de retarse de a frente con las realidades ella siempre estaba en campaña. Nunca, nada contuvo su caudal de valor y sinceridad ante el que a las adversidades se les caía la máscara para convertirse en anécdotas. Y te conmoverás cuando alguna vez la recuerdes dudar, porque sólo fueron ciertos pasos atrás para, con el orgullo guardado bajo llave, tender su mano y no perderte.
            Decía Pessoa que los campos son más verdes en el decirlos que en su verdor, pero tú tuviste más suerte por palpitar en un campo que Pessoa nunca llegó a suponer. No servirán semblanzas, nada consolarán los adjetivos, y el recuerdo y la palabra dolerán siempre por incompletos. Pasarás a ser el caminante silencioso, el solitario afortunado cuya alma ya descansa en el paraíso que supuso ser vida en una compañera inigualable.
            Pero todo eso ocurrirá cuando pierdas tu nombre, y junto con tu nombre desaparezcan las claves del secreto. Ella te demostró que las promesas son el canto de la lealtad cuando está determinada a trascender.
           
            Te espero esta noche, mi amor.


Oscar

domingo, 31 de diciembre de 2017

Feliz Año Nuevo, amigos. Y un propósito

Por delante van ellos. No entiendo lo que dicen pero sé que son ellos, conozco sus voces. No fueron las primeras que aprendí, hubo alguna anterior pero ahora no está. De palabras sé poco, unas cuantas, sólo las que me hacen reír, aunque de las voces estoy seguro. Debe de ser normal, como lo es que todavía tenga dificultades para seguir su paso, me cuesta andar a esa velocidad porque empecé hace poco, y a veces… ¡Vaya, otra caída! Y ellos a lo suyo, contándose… No, eso todavía no me lo han enseñado. Pero yo no debería estar tan lejos. El de la derecha, mi padre, sigue atento a cualquier gesto de mi tío, y ninguno mira hacia atrás. Por lo visto es la hora para ejercer de hermano. Tampoco sé de horas, pero ya he aprendido que cuando se encienden las farolas me mandan a dormir, y hoy se han olvidado porque veo cómo se balancea el reflejo de las bombillas en el agua. Sólo unos pequeños halos de luz sobre ese mar que es negro como el suelo del puerto. Todavía no entiendo de puertos, ignoro por qué pero sé que estoy en uno y hay algunos barcos, creo que son los primeros que veo, lejos, también iluminados por alguna farola.
           Igual me tropiezo, pero voy a intentar alcanzarlos. No quiero seguir solo y no me oyen cuando les grito, eso es porque aún apenas sé pocas palabras. Sí, empiezo a correr, ya lo he hecho otras veces, creo que dos, y las heridas de la rodilla sólo han sido rasponazos porque no están lejos del suelo, a mi edad todavía no tengo nada lejos del suelo, y en este momento es mejor olvidarlo, ahí abajo todo es negro. Tengo que mirar hacia adelante antes de que ellos desaparezcan después de la última farola. Es fácil, primero un pie y luego el otro, pero más deprisa; creo que la maniobra consiste en no perder contacto, y el equilibrio con los brazos, esos sí pueden volar.
           ¡Vaya, algo ha ocurrido! ¡Otra caída! Esta ha sido diferente porque ahora los pies también vuelan, más despacio, y la luz de las farolas parece alejarse. No, ella sigue ahí, flotando encima mío, soy yo quien se aleja. ¿Por qué me hundo? Estiró una mano y a lo que podría agarrarme se desliza, me atraviesa y se queda mientras yo bajo hacia lo negro. A ellos ya no los veo. Quiero gritar pero no suena y se me llena la boca de esa oscuridad mojada. La claridad se ha convertido en un punto borroso, arriba. Y se va mientras yo sigo, caigo hacia el miedo.
           No debería asustarme porque esto también ha pasado antes, ya dejé de respirar mientras ellos no se enteraban. Nunca se enteran. Sé cómo solucionarlo, igual que las otras veces, creo que han sido seis o siete pero tengo que pensar rápido, no puedo ahogarme. ¡Eso es! Sólo el miedo es real y se trata de decirle que quizá no consiga vencerlo pero voy enfrentarme a él. Abro los ojos, también la boca con ansiedad, todo sigue oscuro pero el aire por fin entra, a bocanadas que necesito, y me incorporo. Estiro la mano, tiene que estar ahí el maldito interruptor. Tengo que comprobar que otra vez ha sido el mismo sueño…

           Nunca lo he olvidado, aunque no sé cuántas noches seguidas lo soñé, tal vez fuera en torno a una semana. Tampoco recuerdo con qué edad, en la pesadilla me veo muy niño y no me dejaron serlo mucho tiempo. Debió ser poco después, cuando tuve que empezar a enfrentarme yo solo a los miedos y empezaron a formar parte de mi mundo. Y ese reto me empujó a sentir un intenso amor por la vida, a quemarropa. Entendí que el amor, el verdadero amor, ya sólo podría dedicarlo a todo cuanto me llegara acompañado por el temor a no ser reemplazado. Me condené a convivir con el miedo, por amor; siempre ante ese desafío, esa determinación de ser yo quien ganase.
           Tal vez por eso empecé muy joven mi relación con el mar. Y aún continúo…
       Sólo mi tabla y el horizonte salvaje, despiadado con los intrépidos, obstinado en demostrar su amenaza con cada estruendo que acompaña a cada ola, la siguiente mayor que la anterior mientras remo directo al rompiente, sin saber si volveré, sin gastar una mirada hacia la playa donde quedaron las garantías. Con el temor, en cada ocasión, de que sea esa mi noche en el puerto. A veces me detengo un momento, breve, eterno porque empezó de niño, y aprieto los dientes o lanzo un juramento mientras mis brazos vuelven a hundirse en el agua para impulsar la tabla con furia, y de nuevo avanzo decidido. Sé que podrá vencerme el mar que nunca es compañero de nadie, pero jamás me convertiré en víctima del miedo que me acompaña. Entonces sonrío, el mar cree que es por él pero se equivoca.

           Hoy pasaré la última página del calendario de este año. La siguiente abrirá la puerta del novato que ya se asoma, despistado y lleno de contingencias, muchas las aprovechará el miedo. Y ya conozco a ese viejo compadre; ese fullero que se ríe de los temerarios, ingenuos que le dan la espalda para ignorar su presencia y convencerse de que no viaja con ellos; ese farsante que somete a quien sólo le cree las consecuencias. Suspiro y se me pone cara de guasa. Yo aprendí a estar atento, nos vemos a menudo y sabe que a mí siempre me encontrará dispuesto a enfrentarlo, nunca se lo voy a poner fácil. Hace tiempo que colecciono otros propósitos y adornan mi despacho, cada uno dentro de su tarro de cristal.
           
           Feliz Año Nuevo, amigos.

Oscar da Cunha
31 de diciembre de 2017

lunes, 18 de diciembre de 2017

Eso tan sencillo

No sé si empiezo a acercarme a esa pasión con la que debieron coquetear cuantos han escrito un libro desde la sinceridad, por lo menos la intuyo. Cuando tengo uno entre mis manos noto que son mucho más que papel y tinta, un soporte lleno de propósitos; algunos, fascinantes a modo de cofre del tesoro como el de Black Sam Bellamy; otros, sobrecogedoras cajas de Pandora sin aviso a navegantes. Pero en todos, dentro, están esas palabras con las que se construyeron ideas y quedaron impregnados del esfuerzo que se empleó para trasmitirlas. Escritos desde la tristeza, empujados por la emoción, creados gracias al convencimiento o envueltos en la duda; sentimientos que cobraron vida, decepciones que se dejaron como legado de lo que no pudo ser o cantos a la esperanza por lo que se vio empezar. Tampoco hay dos ejemplares iguales, porque todos los lectores somos distintos y ante un determinado párrafo cada uno ha sentido diferente. Tras pasar la última página se cierra el libro, pero nunca se encierran las ideas. Queda el lomo a la vista sobre la estantería y ya no son títulos con nombre de autor; uno es el que nos destapó esquinas desconocidas del amor, otro nos enseñó a llorar, con alguno aprendimos que la amistad era eso, simplemente eso, y con un tercero nos atormentamos al comprobar que el odio siempre llega mucho más lejos que eso.
            Frecuento alguna de las pocas librerías de segunda vida que hay en mi ciudad, me gusta esa nueva oportunidad para los libros que ya acumulan varias biografías, la que se escribió y cuantas se quedaron dentro al leerlas. A veces busco una obra en concreto, descatalogada; voy directo, pillo y salgo con el tesoro. Otras, no sé lo que busco y espero a que me encuentre. Saco un ejemplar del montón, cualquiera por el que no me intereso de quién ni cómo lo tituló. Abro sin mirar qué página y leo, entonces respiro. Si me entran ganas de quedarme dentro, ese era el que me esperaba; lo cierro y ya no lo suelto porque hay mucho buitre que se alimenta de las casualidades. Oportunistas de la opción ajena.
            Creí que el otro era un día más, me equivocaba porque si no hubiera llovido tal vez habría cruzado la calle. Por estas tierras estamos tan acostumbrados a la lluvia que nos hemos vuelto expertos en repudiarla mientras la esquivamos. Entré sin buscar nada pero en muchos libros hay sol y un rato no me vendría mal. Título y autor los miré después así que no los voy a citar, que fuera Los pasos perdidos de Carpentier no viene a cuento. Yo no lo elegí. Y la página por la que se abrió estaba amañada. Se puede encontrar cualquier cosa dentro de los libros; Emma Bovary la muerte, un amigo mío a la mujer de la que sigue enamorado, y Alicia el único mundo que quizás tenga sentido. Yo encontré un suspiro en el reverso de una fotografía. Con letra de hombre, como escriben muchas mujeres.

A mediodía, como siempre a mediodía, mi amor.
Entre las horas.
En ese hueco donde se nos perdió el tiempo.
A mediodía, te espero a mediodía, mi amor.

            Me lo llevé con el presentimiento de cometer una tontería. La foto no presentaba demasiado desgaste, pero aunque hubiera sido de ayer, supe que era una tontería. El tiempo no cura nada, a lo sumo termina matando al mensajero. Y yo sólo me agarraba a un viejo mensaje y a unas fechas en las que mi reloj se vuelve más tolerante.
            El lugar de la cita me pillaba a mano, y confié en que esa otra dimensión, tan incomprensible porque siquiera podemos aspirar a comprenderla cuando nos ha dejado una nota, pudiera estar de vacaciones.
            El paseo de La Concha atrae a turistas y vecinos, pero por distintos motivos. Los primeros quieren guardar el haber estado, y los de casa sabemos que en alguna puesta de sol nosotros no estaremos y en los folletos del futuro nunca hay garantías.
            Es durante el segundo mediodía, sentado en el banco y con el libro a la vista, cuando empiezo a tontear con los reincidentes. Fracaso con una elegante anciana, la cara con la que huye al tomarme por un pervertido arranca una sonrisa cómplice en el caballero que repite observando desde la barandilla. Pelo abundante y blanco, la mirada firme, decidida incluso si hubo errores, el porte digno, accesible por no temer más miedos, y unas facciones con las que sólo se llega hasta esa edad cuando se ha hecho el camino correcto. Las arrugas en su sitio.
            Intento convencerme de que es una tontería, no puede ser él porque yo imaginé a una mujer y sólo mis personajes de ficción me estafan, pero se acerca y me señala el libro. Se sienta a mi lado, sin saludo, y en sus ojos veo que no vamos a hablar de literatura. Por eso saco la fotografía, la giro y le muestro el suspiro. Él me lo pide mientras me cuenta que el libro, junto con el talante para aguantar más pacientes, se dejaron perder durante un traslado. Acepto como siempre lo hago, con clausula de rescisión, y él sonríe porque es de los que entiende de curiosidades.
            El tiempo del que me habla parece muy lejano, pero sólo porque se usaban las cabinas de teléfono y ellos estaban casados por lo aparente, sin que ninguna de sus parejas lo llegara a sospechar. Descubrieron que compartían inclinaciones sexuales, a ella también le gustaba la aventura.
            Pero de incógnito, como en las más imprudentes correrías, se presentó la fatalidad y se enamoraron a imposible. Fueron discretos, sólo confiaron en los más íntimos porque sabían que esos traicionan con mejor estilo, y lo suyo no era una infidelidad de quitarse las bragas sino el sombrero.
            Ahora soy yo quien señalo la foto y pregunto qué acabó mal. Intuyo la tragedia, y sólo se pude convivir con la tristeza chapuceando un mal arreglo, una cita diaria con el pasado. Él me observa, sorprendido, distingo una sombra en sus ojos con los que me dedica un gesto serio antes de confesar que no repararon en la conspiración de sus parejas, su venganza fue la tolerancia y en silencio permitieron que la rutina hiciera el trabajo sucio. Aquel fue el peor castigo para dos amantes de la aventura. No lo superaron.
            Se pone en pie mientras noto un nuevo brillo en su mirada y veo a una dama acercarse por el paseo. Le interrogo con un gesto y él sonríe al devolverme el suspiro con el libro que dejó de necesitar.
            Los veo alejarse despacio, cogidos por el brazo y algo más. Dos viejos cansados que ya han gastado el viaje hacia su Ítaca y se conforman con eso tan sencillo que llamamos amor pero desconocemos cómo funciona.

Oscar da Cunha
18 de diciembre de 2017

viernes, 8 de diciembre de 2017

Rocamadour

Camino y hace frío, lo sé porque llevo un buen rato sin fumar, y al respirar, por mi nariz salen dos pequeñas imitaciones de nube. Hoy las calles están vacías. Esta maravilla medieval colgada en un acantilado se convierte en un auténtico desafío para las piernas. La mirada aún quiere más mientras el pensamiento va pidiendo treguas. Es difícil, Rocamadour es difícil de entender. La obra del hombre y la naturaleza se entrometen, enredadas, como si cada una pretendiera confundir quién talló primero y para qué; quién ostenta más poder, la roca eterna o la intención humana. Acaso sea una demostración de que siempre han caminado juntas, y uno se pregunta dónde descansan los dioses cuando le ceden el paso al mortal. También lo contrario.
            Aquí no es festivo, atardece un día más de principios de este mes en el que la sociedad sólo piensa en celebrar y comprar porque ha oído que toca. Aunque no se pueda. Tú lo mereces es el lema que se impone a la razón. Pero aquí la razón parece muy sólida. Parece. El desafío es interpretarla cuando también hay negocio en torno a ella. Tal vez se crearan las razones porque el negocio las inventó mientras esperaba. Yo prefiero suponer que llegaron antes, cuando en vez de las consecuencias se consideraron los antecedentes. Aunque es un consuelo que tampoco consuela y en ocasiones dudo, y no puedo dejar de sospechar que el jardín del Edén lo creara una empresa de mantenimiento para que con ella se estrenara el mundo.
            Él es quien me aborda, tal vez aburrido de que le roben su soledad para hacerle preguntas y esta vez busque venganza porque yo sólo saludo. Se mantiene dos peldaños por encima mío y a mí me parece bien porque la escalera se las trae y yo iba de subida, y porque ya llevo un par de horas con el cuello estirado y la vista alzada, me va a costar recuperar la postura y prefiero hacerlo sin compañía.
            —Usted me preocupa, no hace fotos.
            Lo miro con curiosidad, sin contraatacar. Se trata un hombre viejo pero no anciano, y aparenta haber gastado más vida que años. En lo de tocar las narices sí parece francés, aunque le faltan la gorra y la baguette. El tipo a lo suyo.
            —Los demás, la mayoría, enganchan el teléfono a esos palitos y luego se marchan mirando la pantalla.
            —Yo no. —Y me encojo de hombros. Cuando me propongo hacer amigos lo bordo—. Yo he venido para estar, ¿y por qué debería importarme lo que a usted le preocupa?
            —A los otros, o a casi todos, no les interesa estar, sólo guardar el certificado de haber estado.
            Saco las manos de los bolsillos, cojo mi paquete de tabaco y me llevo un cigarrillo a la boca. Antes de encenderlo estiro la mano y ofrezco.
            —¿Y eso le parece mejor?
            —Así se marchan antes. Y cuando ya lo han visto no necesitan volver. Usted es de los reincidentes.
            —Lo prefiero a ser estúpido. —No sé por qué, estoy convencido pero se lo suelto con un murmullo.
            —Rocamadour ha sido desde hace siglos un lugar de peregrinación —se arranca el viejo—, y lo más absurdo de peregrinar es esa pretensión por encontrar en el destino lo que no se supo hallar durante el camino. Aquí no hay respuestas, en ningún sitio las hay. —Me apunta con el dedo—. Los estúpidos son los que vuelven. Les deslumbra lo extraordinario y ya no son capaces de orientar su mirada.
            Empieza a alejarse por las escaleras del santuario, sin despedidas. No ve cómo levanto las manos para señalar lo que me rodea pero le llega mi voz.
            —¿Qué sentido tiene todo esto?
            Se detiene, gira la cabeza y me responde antes de continuar.
            —Ninguno.
            Acaba de apagarse el día y lo sustituye la luz del hombre. Tal vez crearla fue el primer error, o quizás alguien menos estúpido descubrió que podía suplantar a los dioses. Al fin y al cabo, desde que dejamos las cavernas, ¿a quién le interesa sólo una roca?
            Salgo del poblado y me detengo. Rocamadour iluminado parece más humano. Parece. Yo sólo sé que tengo que volver.

Oscar da Cunha
8 de diciembre de 2017

domingo, 3 de diciembre de 2017

Por un puñado de palabras

Quien cuenta someramente lo que ve, se arriesga a no igualar el artificio de una buena imagen. Hay virtuosos que se esfuerzan por penetrar en una escena, minuciosos hasta el límite con cada detalle de un entorno estático, y como mucho no superan más que lo mismo, una buena imagen. Pero si la sola imagen fuera tan poderosa merecería el esfuerzo, y bastaría con repartir fotografías de solomillos para acabar con el hambre o retratos con sonrisa para confortar tantas soledades. Acomodados en esta postura de la imagen, de lo aparente e instantáneo, le ofrecemos un folleto en colorines sobre Maldivas al mendigo que intenta aguantar el frío entre cartones. Tras un par de amaneceres, cuando se ha rendido ante el invierno, lo culpamos por no haber sabido utilizar las escenas, por no haberse reinventado dentro de los nuevos cánones de la mendicidad. Y los más simples nos conformamos, pero empieza a abundar esa anómala pluralidad que se indigna con un mezquino malversador de imágenes.
            A veces reviso viejas fotos. No se ve ningún cazo en ellas pero yo huelo el chocolate mientras por la espalda me llega el repiqueteo de la máquina de coser; y mi abuela, sin apartar su mirada de la ventana tras la que no cesa la lluvia, con ese acento francés al que jamás querrá renunciar, me cuenta de aquella juventud en la que otra lluvia se llevó, sin billete de vuelta, a su padre hasta las trincheras para defender sus tierras de los alemanes. En la radio, un señor dice que el hombre acaba de pisar la luna y abuela agita su cabeza lamentando que todavía no hayamos aprendido a caminar sobre la tierra. Es cuando cierra la capilla limosnera porque de esa esperanza ya dejó de esperar nada bueno. Y tose, siempre tose por culpa de la cocina económica mientras comprueba ese bolsillo donde esconde el paquete de Chester. Enrolla su metro y medio de cinta para entallar sisas y sonríe con gafas y yo la acompaño, quizá en esta nueva anécdota su padre haya vuelto para dirigir la vendimia. Y habrá calma, los vientos dejarán de alborotar porque en casa no hay quien le replique al Calendario Zaragozano.
            Huellas que nunca se desenfocan.
            Entonces, abro los ojos y veo que he estado mirando las fotos por su reverso. Que fueron las palabras las que, en cada instante, formaron las estampas del álbum que llevo dentro. Voces con mirada y manos que guiaron la mía. Objetos que siguen hablando desde cada escena que nunca es pasado, porque el pajarito del reloj sigue vivo y da las horas, que no importan, cada una sólo cuenta las sensaciones que quedaron dentro, con murmullo, olor y reto por superar. Y a esas imágenes sólo llego con la memoria, porque no sumó ni el plano ni el momento, sólo valen por cuanto se rellenó con sentimientos.
            Paseo, y más allá de la curva sobre el camino hay luz, es donde se abre la arboleda y la luna se cuela, me acerco y veo sombras que no salen en la escena porque son antepasados, incluso yo también estoy en antepasado. Sospecho que la imagen tampoco cuenta hasta que me añado, los escucho y hablo con ellos. Y la intuición no me traiciona porque no hay retrato que valga si las emociones quedan fuera, porque en el interior hay más y eso sólo se construye con palabras.
            Apago la mirada y veo.
            Y algunos se empeñan en hablarme de imágenes.

Oscar da Cunha

3 de diciembre de 2017

sábado, 25 de noviembre de 2017

Años perros


Todos acumulamos momentos importantes en nuestra memoria. Fechas, lugares, aquella dimisión cuando la cosa estaba al dente, el primer sopapo de esa chica que años después nos sigue sacudiendo otros pero por el motivo contrario. Situaciones que cambiaron nuestro camino o marcaron un principio y un lo que llegó. Son esas lonchas de pasado que de vez en cuando sacamos de la cabeza, supervivientes del tiempo, y cada una nos recuerda que recorrimos diferentes andurriales en los que fuimos retocando piezas para llegar hasta donde hoy todavía intentamos llegar.
            Nostálgicos hay de todo tipo. Los materialistas: «Empezamos a viajar en tren cuando nos robaron el coche…». Inquietos: «Empecé a viajar en tren cuando me quitaron el carné por conducir borracho…». Incómodos: « Fue a partir de que yo ganara mi tercer campeonato de golf y a ti te mandaran al paro…». Más incómodos: «Aquellos años con ella, ¡qué bomba, chico! Luego se casó contigo y perdió mucho». Es incalculable el catálogo de subespecies, tal vez tan variado como individuos, pero hasta con los estúpidos tenemos lo mismo en común: Nos gusta hacer departamentos con lo que dejamos atrás, etapas archivadas con una etiqueta en la que figura un elemento que sobresalió.
            Cuando yo me giro están todos, esos cabrones peludos a los que no necesité explicarles mis lágrimas para que las compartieran, que me contagiaron sus sonrisas cuando yo no pregunté; quizá porque sólo fuera el amor del compañero, y en ese que ellos están licenciados nosotros aún somos aprendices.
            Se me ha borrado el camino que hago para ir al colegio, pero conservo la mirada de Tony mientras me acompaña, mientras me agarra del pantalón porque soy un crío y para que aprenda que me espera mucho camino con semáforos en rojo. Y el último timbre no me alegra porque se hayan acabado las clases del día, sino porque hay una puerta tras la que él llevará rato esperando.
            Tengo colegas que me desempolvan los años de grandes olas; me hablan de temporales, de granizo golpeando la tabla y galernas de este Cantábrico cuando se empeña en demostrar que el escritor del Apocalipsis se curtió de reportero por aquí. Yo veo lo mismo pero con sol, sombrillas en bikini, y unos ojos que nacieron para no destapar más que esa parte que también tiene de buena la vida. Porque ahí siempre está Gran Max.
            Y sé de una época durante la que viajé mucho. Diría que fueron mañanas de reuniones y pesadas tardes aguantando discordias, pero mentiría, porque sólo hubo mediodías en los que Loiti y yo compartimos bocadillo y paseo, y por eso podría hablaros mucho sobre los parques de nuestra geografía. La lluvia y el sol. Y sobre distinguir en su especie a los chicos de la chicas por su cara.
            Me sé de otra con dos puertas. Atravesé la primera en la que me fue bien y se llenó de compañías. Después me fue mejor, mientras me echaban por la segunda fui aprendiendo cómo los malos momentos son el mejor detergente para la mayoría de compañías. Las he olvidado todas y sólo queda un momento, largo y sereno, una  época sin precio porque Vieja Nati le puso su nombre a todo lo que tuve y a lo que me salvó de lo que me faltaba.
            Y desde hace un tiempo suceden muchas cosas. Se irán, dejarán huella como las anteriores, y cuando llegue el momento de mirar hacia atrás, cuando me pregunten qué pasó, y si recuerdo, lo haré como siempre con orgullo, que sólo pasó una verdad que fue Enano Pepe.
            Mis perros van marcando cada una de mis épocas; esa parte noble de mi familia, esos grandes tipos me van salvando de la vida. Y tal vez también me salven de la muerte, haciéndome un pequeño hueco, aunque sólo sea de observador, en ese auténtico paraíso suyo que es mejor que la chapuza, esa mala copia que nosotros tuvimos que inventar para consolarnos.

Oscar da Cunha
25 de Noviembre de 2017