lunes, 18 de diciembre de 2017

Eso tan sencillo

No sé si empiezo a acercarme a esa pasión con la que debieron coquetear cuantos han escrito un libro desde la sinceridad, por lo menos la intuyo. Cuando tengo uno entre mis manos noto que son mucho más que papel y tinta, un soporte lleno de propósitos; algunos, fascinantes a modo de cofre del tesoro como el de Black Sam Bellamy; otros, sobrecogedoras cajas de Pandora sin aviso a navegantes. Pero en todos, dentro, están esas palabras con las que se construyeron ideas y quedaron impregnados del esfuerzo que se empleó para trasmitirlas. Escritos desde la tristeza, empujados por la emoción, creados gracias al convencimiento o envueltos en la duda; sentimientos que cobraron vida, decepciones que se dejaron como legado de lo que no pudo ser o cantos a la esperanza por lo que se vio empezar. Tampoco hay dos ejemplares iguales, porque todos los lectores somos distintos y ante un determinado párrafo cada uno ha sentido diferente. Tras pasar la última página se cierra el libro, pero nunca se encierran las ideas. Queda el lomo a la vista sobre la estantería y ya no son títulos con nombre de autor; uno es el que nos destapó esquinas desconocidas del amor, otro nos enseñó a llorar, con alguno aprendimos que la amistad era eso, simplemente eso, y con un tercero nos atormentamos al comprobar que el odio siempre llega mucho más lejos que eso.
            Frecuento alguna de las pocas librerías de segunda vida que hay en mi ciudad, me gusta esa nueva oportunidad para los libros que ya acumulan varias biografías, la que se escribió y cuantas se quedaron dentro al leerlas. A veces busco una obra en concreto, descatalogada; voy directo, pillo y salgo con el tesoro. Otras, no sé lo que busco y espero a que me encuentre. Saco un ejemplar del montón, cualquiera por el que no me intereso de quién ni cómo lo tituló. Abro sin mirar qué página y leo, entonces respiro. Si me entran ganas de quedarme dentro, ese era el que me esperaba; lo cierro y ya no lo suelto porque hay mucho buitre que se alimenta de las casualidades. Oportunistas de la opción ajena.
            Creí que el otro era un día más, me equivocaba porque si no hubiera llovido tal vez habría cruzado la calle. Por estas tierras estamos tan acostumbrados a la lluvia que nos hemos vuelto expertos en repudiarla mientras la esquivamos. Entré sin buscar nada pero en muchos libros hay sol y un rato no me vendría mal. Título y autor los miré después así que no los voy a citar, que fuera Los pasos perdidos de Carpentier no viene a cuento. Yo no lo elegí. Y la página por la que se abrió estaba amañada. Se puede encontrar cualquier cosa dentro de los libros; Emma Bovary la muerte, un amigo mío a la mujer de la que sigue enamorado, y Alicia el único mundo que quizás tenga sentido. Yo encontré un suspiro en el reverso de una fotografía. Con letra de hombre, como escriben muchas mujeres.

A mediodía, como siempre a mediodía, mi amor.
Entre las horas.
En ese hueco donde se nos perdió el tiempo.
A mediodía, te espero a mediodía, mi amor.

            Me lo llevé con el presentimiento de cometer una tontería. La foto no presentaba demasiado desgaste, pero aunque hubiera sido de ayer, supe que era una tontería. El tiempo no cura nada, a lo sumo termina matando al mensajero. Y yo sólo me agarraba a un viejo mensaje y a unas fechas en las que mi reloj se vuelve más tolerante.
            El lugar de la cita me pillaba a mano, y confié en que esa otra dimensión, tan incomprensible porque siquiera podemos aspirar a comprenderla cuando nos ha dejado una nota, pudiera estar de vacaciones.
            El paseo de La Concha atrae a turistas y vecinos, pero por distintos motivos. Los primeros quieren guardar el haber estado, y los de casa sabemos que en alguna puesta de sol nosotros no estaremos y en los folletos del futuro nunca hay garantías.
            Es durante el segundo mediodía, sentado en el banco y con el libro a la vista, cuando empiezo a tontear con los reincidentes. Fracaso con una elegante anciana, la cara con la que huye al tomarme por un pervertido arranca una sonrisa cómplice en el caballero que repite observando desde la barandilla. Pelo abundante y blanco, la mirada firme, decidida incluso si hubo errores, el porte digno, accesible por no temer más miedos, y unas facciones con las que sólo se llega hasta esa edad cuando se ha hecho el camino correcto. Las arrugas en su sitio.
            Intento convencerme de que es una tontería, no puede ser él porque yo imaginé a una mujer y sólo mis personajes de ficción me estafan, pero se acerca y me señala el libro. Se sienta a mi lado, sin saludo, y en sus ojos veo que no vamos a hablar de literatura. Por eso saco la fotografía, la giro y le muestro el suspiro. Él me lo pide mientras me cuenta que el libro, junto con el talante para aguantar más pacientes, se dejaron perder durante un traslado. Acepto como siempre lo hago, con clausula de rescisión, y él sonríe porque es de los que entiende de curiosidades.
            El tiempo del que me habla parece muy lejano, pero sólo porque se usaban las cabinas de teléfono y ellos estaban casados por lo aparente, sin que ninguna de sus parejas lo llegara a sospechar. Descubrieron que compartían inclinaciones sexuales, a ella también le gustaba la aventura.
            Pero de incógnito, como en las más imprudentes correrías, se presentó la fatalidad y se enamoraron a imposible. Fueron discretos, sólo confiaron en los más íntimos porque sabían que esos traicionan con mejor estilo, y lo suyo no era una infidelidad de quitarse las bragas sino el sombrero.
            Ahora soy yo quien señalo la foto y pregunto qué acabó mal. Intuyo la tragedia, y sólo se pude convivir con la tristeza chapuceando un mal arreglo, una cita diaria con el pasado. Él me observa, sorprendido, distingo una sombra en sus ojos con los que me dedica un gesto serio antes de confesar que no repararon en la conspiración de sus parejas, su venganza fue la tolerancia y en silencio permitieron que la rutina hiciera el trabajo sucio. Aquel fue el peor castigo para dos amantes de la aventura. No lo superaron.
            Se pone en pie mientras noto un nuevo brillo en su mirada y veo a una dama acercarse por el paseo. Le interrogo con un gesto y él sonríe al devolverme el suspiro con el libro que dejó de necesitar.
            Los veo alejarse despacio, cogidos por el brazo y algo más. Dos viejos cansados que ya han gastado el viaje hacia su Ítaca y se conforman con eso tan sencillo que llamamos amor pero desconocemos cómo funciona.

Oscar da Cunha
18 de diciembre de 2017