viernes, 8 de diciembre de 2017

Rocamadour

Camino y hace frío, lo sé porque llevo un buen rato sin fumar, y al respirar, por mi nariz salen dos pequeñas imitaciones de nube. Hoy las calles están vacías. Esta maravilla medieval colgada en un acantilado se convierte en un auténtico desafío para las piernas. La mirada aún quiere más mientras el pensamiento va pidiendo treguas. Es difícil, Rocamadour es difícil de entender. La obra del hombre y la naturaleza se entrometen, enredadas, como si cada una pretendiera confundir quién talló primero y para qué; quién ostenta más poder, la roca eterna o la intención humana. Acaso sea una demostración de que siempre han caminado juntas, y uno se pregunta dónde descansan los dioses cuando le ceden el paso al mortal. También lo contrario.
            Aquí no es festivo, atardece un día más de principios de este mes en el que la sociedad sólo piensa en celebrar y comprar porque ha oído que toca. Aunque no se pueda. Tú lo mereces es el lema que se impone a la razón. Pero aquí la razón parece muy sólida. Parece. El desafío es interpretarla cuando también hay negocio en torno a ella. Tal vez se crearan las razones porque el negocio las inventó mientras esperaba. Yo prefiero suponer que llegaron antes, cuando en vez de las consecuencias se consideraron los antecedentes. Aunque es un consuelo que tampoco consuela y en ocasiones dudo, y no puedo dejar de sospechar que el jardín del Edén lo creara una empresa de mantenimiento para que con ella se estrenara el mundo.
            Él es quien me aborda, tal vez aburrido de que le roben su soledad para hacerle preguntas y esta vez busque venganza porque yo sólo saludo. Se mantiene dos peldaños por encima mío y a mí me parece bien porque la escalera se las trae y yo iba de subida, y porque ya llevo un par de horas con el cuello estirado y la vista alzada, me va a costar recuperar la postura y prefiero hacerlo sin compañía.
            —Usted me preocupa, no hace fotos.
            Lo miro con curiosidad, sin contraatacar. Se trata un hombre viejo pero no anciano, y aparenta haber gastado más vida que años. En lo de tocar las narices sí parece francés, aunque le faltan la gorra y la baguette. El tipo a lo suyo.
            —Los demás, la mayoría, enganchan el teléfono a esos palitos y luego se marchan mirando la pantalla.
            —Yo no. —Y me encojo de hombros. Cuando me propongo hacer amigos lo bordo—. Yo he venido para estar, ¿y por qué debería importarme lo que a usted le preocupa?
            —A los otros, o a casi todos, no les interesa estar, sólo guardar el certificado de haber estado.
            Saco las manos de los bolsillos, cojo mi paquete de tabaco y me llevo un cigarrillo a la boca. Antes de encenderlo estiro la mano y ofrezco.
            —¿Y eso le parece mejor?
            —Así se marchan antes. Y cuando ya lo han visto no necesitan volver. Usted es de los reincidentes.
            —Lo prefiero a ser estúpido. —No sé por qué, estoy convencido pero se lo suelto con un murmullo.
            —Rocamadour ha sido desde hace siglos un lugar de peregrinación —se arranca el viejo—, y lo más absurdo de peregrinar es esa pretensión por encontrar en el destino lo que no se supo hallar durante el camino. Aquí no hay respuestas, en ningún sitio las hay. —Me apunta con el dedo—. Los estúpidos son los que vuelven. Les deslumbra lo extraordinario y ya no son capaces de orientar su mirada.
            Empieza a alejarse por las escaleras del santuario, sin despedidas. No ve cómo levanto las manos para señalar lo que me rodea pero le llega mi voz.
            —¿Qué sentido tiene todo esto?
            Se detiene, gira la cabeza y me responde antes de continuar.
            —Ninguno.
            Acaba de apagarse el día y lo sustituye la luz del hombre. Tal vez crearla fue el primer error, o quizás alguien menos estúpido descubrió que podía suplantar a los dioses. Al fin y al cabo, desde que dejamos las cavernas, ¿a quién le interesa sólo una roca?
            Salgo del poblado y me detengo. Rocamadour iluminado parece más humano. Parece. Yo sólo sé que tengo que volver.

Oscar da Cunha
8 de diciembre de 2017