domingo, 18 de marzo de 2012

UNA LLAMADA DESDE EL PASADO

     Pese a la distancia hablamos muy a menudo, pero la de hoy no ha sido una llamada  corriente. Su madre está tirando la toalla, aún le podría quedar vida pero le faltan ya ganas de usarla. Este mundo se está quedando sin admiradores y visto como bajan las aguas ninguno de los dos somos tan hipócritas como para reprochárselo. La nostalgia se ha apoderado de la conversación y sin saber porqué mi inalámbrico se ha convertido en un auricular de bakelita, de aquellos negros con la ruleta con números blancos.
 
  De nuevo han empezado a caer copos en aquél Berlín de enero del 85 mientras recorremos los jardines de Charlottenburg, y la memoria con esa traidora costumbre de convencerte de que cualquier tiempo pasado debió ser mejor.

- Déjame unas monedas, anteayer quedé en llamar hoy a las once y estoy viendo la cabina libre -. No podías fallar esa llamada, sabías que al otro lado del cable te estaban esperando a la hora fijada.

- ¿Todavía no habéis recibido mi carta? ¡La mandé hace cinco días, la eché en correos! - Que despacio corría la vida, una carta más en la que explicaba las razones por las que necesitaba una nueva infusión de dinero.

  Recuerdos de un tiempo en el que nos comunicábamos menos, pero comunicábamos mejor. Tiempo en el que los amigos y familiares nos conocíamos las vísceras. Nuestro avatar era la mala letra en los folios escritos, o la ronquera en la voz por las largas noches construyendo ese mundo en el que íbamos a vibrar juntos.

  Noches de vinilos y cerveza arrancándonos las inquietudes hasta provocar esa lágrima participada, la sonrisa generosa del alma desnuda.

  Mañanas de calcetines intercambiados y colas en la ducha del apartamento compartiendo el perfume del primer café. Y siempre el sol en la ventana del nuevo día, aunque nevase. Mañanas de sonrisas cómplices por las verdades descorchadas pocas horas antes, cincelando lentamente la base de una amistad con la que ya íbamos intuyendo que envejeceríamos.

  Días en los que teníamos mucho menos pero nos regalábamos enormemente más, días de música y tabletas de chocolate. Conciertos robados en los ensayos de la filarmónica que aún hoy siguen sonando dentro de nuestra cabeza. Días de agradecimientos sencillos por esas golosinas inaccesibles al otro lado del muro.


  Y largas conversaciones, mantenidas después a más de dos mil kilómetros y seis meses de distancia. Conversaciones cargadas de ideales y futuros con los que todavía hoy seguimos soñando. Diálogos con personajes, algunos nunca nos abandonarán porque supimos fabricar una memoria inmortal, otros están ahora pagando ese peaje que nos exige la vida, con ganas ya de abandonar esta autopista por la que sólo corremos, y comenzar caminos más serenos en los que poder disfrutar del paisaje.

  Recuerdos de una época que tuvimos la suerte de disfrutar y que sigue viva gracias al pacto de una memoria siempre compartida. Recuerdos que ya peinan canas y en los que se pueden apreciar las arrugas que va dejando el camino. Ese camino que juramos, juntando nuestra sangre, recorrer eternamente jóvenes. 

  Ideales que hoy en día sabemos son sólo utopías en un mundo que ahora se ha empeñado en mostrarnos su auténtica cara, y nosotros, aún fieles a aquellos principios, todavía más que nunca conservamos aquella vieja ilusión que hace tiempo decidimos no dejarnos robar.

  Cuelgo el pesado auricular con su negro cordón enredado en mi memoria y a través de la ventana me quedo contemplando un cielo que no parece haber cambiado con el tiempo, un horizonte al que todas las generaciones hemos confiado nuestra juventud. No tengo aún edad para ir por el mundo de abuelo cebolleta, pero nadie me va a convencer de que en aquellos tiempos fuimos menos felices.



Oscar da Cunha
18 de Marzo de 2012