miércoles, 7 de septiembre de 2011

Hemos fracasado (reflexión)


Si, como suena: hemos fracasado. Por desgracia no se trata de una reflexión producto de un mal día que, como otro cualquiera, termina delante del televisor viendo como se acumulan las imágenes de nuestro mundo, de nuestra propia y decrépita sociedad. Imágenes que ya ni siquiera nos avergüenzan porque nos estamos familiarizando con ellas. Miramos de frente la pantalla mientras desfilan reportajes en los que seres humanos como nosotros, con la única diferencia de haber tendido la desgracia de nacer en un país equivocado, abandonan el pellejo inerte sus hijos en mitad de un camino que saben de antemano que sólo les lleva a la muerte. Seguimos mirando de frente cómo una familia tras otra, a veces en la misma manzana ya podrida en la que nosotros vivimos, se ve desterrada de las cuatro paredes en las que invirtieron la mayor parte de sus años productivos. Seguimos mirando  de frente los vergonzosos comportamientos de la gran mayoría de los gobernantes que nos representan, y bien que lo hacen , porque al fin y al cabo tenemos lo que nos merecemos. Y miramos de frente porque sabemos que la mirada de todos ellos, la de los que sufren y la de los que nos hacen sufrir, nunca se va a cruzar con la nuestra.
No, lo reconozco, no tengo un mal día, aunque esta mañana me haya cruzado con un par de mataos con el pavo, intentando darles el changui con unas dosis de alfalfa a unas cuantas párvulas de colegio bien. Tampoco me ha amargado la tarde, cuando, para solucionar el atasco que se ha montado en la Gran Vía, - pobre anciano que se ha caído en el paso de cebra, víctima de alguno de los muchos achaques que le han regalado los duros años de trabajo -, la grúa le ha sacado quince minutos de ventaja a la ambulancia.
Observo y participo. Esta hoguera la hemos levantado entre todos: nosotros, nuestros padres, los suyos, sus abuelos y la generación que los parió; y no se van a librar de las llamas ni los errores de Felipe II.

Esto no tiene arreglo; la crisis en la que estamos - y no quiero entrar en economía -, la sucesiva que ya se nos echa encima, la que vendrá después y la siguiente, nos demuestran que como grupo, los humanos, tenemos menos futuro que los cuñados del dinosaurio al que le cayó el gran meteorito mientras hacía la cola del pan.

No sé si esto empezó con el arquitecto técnico que diseñó el alicatado de la primera pirámide, o fue la mañana anterior, cuando los cro-magnon les embargaron sus cuevas a sus primos los neandertales -que por cierto tenían pinta de ser buena gente- por no cumplir con los requisitos de la prima de riesgo. Pero, con el esfuerzo de todos, hemos conseguido retrotraer nuestro mundo a los momentos previos al chupinazo de inicio de las fiestas del Big Bang.

Somos animales sociales, nos encanta crear grupos para darnos de hostias con los demás grupos. Somos animales gregarios, formamos jerarquías y elegimos líderes para dirigirlas; quienes después de hacer caja, se ocupan de que también nos demos de hostias entre los miembros del propio grupo. Realmente somos imbéciles porque después de tanta historia, que la mayoría de nosotros ignoramos, seguimos cometiendo los mismos errores que cometía nuestra familia cuando el abuelo todavía cazaba mamuts.

Algún día, quiero pensar que llegará, seremos capaces de derramar lágrimas por el hijo perdido de nuestra hermana de Somalia, cuyos ojos ya secos son incapaces de manifestarse. Algún día, quizás, llegarán a dolernos nuestros huesos por el frío, acumulado bajo los cartones, del mendigo que ahorca su pasado en vino barato mientras intenta camelar a la rubia del anuncio de colonia en la marquesina donde duerme.

Mientras tanto, y yo me apunto el primero, hemos fracasado.