martes, 13 de diciembre de 2011

MAX


MAX

  Jamás podré olvidarlo, es el mejor tipo que he conocido y dudo que la vida vuelva a regalarme un compañero como Él.
  Raro es el día que por un motivo u otro no veo su sonrisa. Una pareja besándose: es Él, un niño feliz con su pelota: Max en mi memoria, dos ancianos regalándose una tierna mirada: siempre el recuerdo de su ternura. Pero en estas fechas que se acercan, su presencia en mi memoria es perpetua.
  Apareció un veinticuatro de diciembre, yo no le vi quitarse las alas, pero bajó con ellas. Tan sólo era una bolita de pelo con dos almendras por ojos de color miel, y unas grandes patas que ya presagiaban que con su futuro gran tamaño no se iba a conformar con un pequeño trozo de mi corazón, siempre me faltó alma para estar a su altura.
  Acarreó con dificultad su adolescencia, sus neuronas no seguían el mismo ritmo de crecimiento que su cuerpo necesitaba para albergar su enorme bondad. Pese a que con sus desgarbadas patas no paraba de corretear en cualquier dirección del jardín, nunca pisó una flor, ante ellas se detenía acercando su enorme nariz para disfrutar del perfume y fijar su cálida mirada en la belleza de sus colores. Perseguía las mariposas evocando el vuelo que una vez lo trajo hasta mí.
  Nunca paró de crecer hasta convertirse en un corazón de cincuenta y seis kilos. Por las noches fue el colchón de mis gatos, con quienes compartía durante el día apasionadas batallas que siempre fingió perder.
  Campesino de origen y pastor de profesión fue un apasionado de la mar. Mil veces le vi seguir la estela de mi tabla, maniobrando a la perfección bajo las olas al remontar, y retomando la orilla como el más grácil de los delfines. Me enseñó el placer de rebozarnos juntos en la arena, y juntos, más de una vez, meamos en el palo de alguna sombrilla vecina dándonos a la fuga, como dos delincuentes, hasta perdernos nuevamente en el agua compartiendo sonrisas.
  Por las noches le hablaba de las estrellas, y en invierno su mirada se iluminaba contemplando Aldebarán, su preferida.
  Nunca le vi pelearse con nadie, aunque iba sobrado de musculatura y dientes, su cerebro jamás quiso admitir la violencia. Fue mi catedrático en la tolerancia y el respeto, sobre todo con los más débiles por quienes sentía predilección.
  Me enseñó a amar la vida sencilla: compartir, acompañar, esperar, mirar y sentir sin aditivos. Gracias a Él aprendí a ser fiel a quienes quiero y me quieren, a reír con sus alegrías y llorar por sus desgracias. Si algo bueno hay en mí, Él me lo enseñó, fue mi maestro.
  La ineludible ley de la naturaleza lo llamó. Con casi catorce años su enjuto cuerpo llegó a no poder sostener su enorme corazón.
  Quiso compartir conmigo sus últimos momentos. Respiré junto a su boca su aliento final, mis manos cerraron sus ojos en los que aún seguía reflejada mi sonrisa de despedida mientras mi mano derecha no quería resignarse a dejar de sentir sus últimos latidos, y así, su espíritu infinitamente bondadoso penetró en mí para ayudarme a soportar mi condición humana.
  La inteligencia no lo adornó en exceso, pero mantengo mi escopeta cargada para quién se atreva a sugerirme que algún día tendré un perro mejor.
  Nos veremos en tu paraíso, Max, que seguro que es mejor que el mío.