lunes, 9 de abril de 2012

UN POCO DE SAL


  Hoy ha sido uno de esos días en los que el cuerpo me estaba pidiendo una buena dosis de sal, es el elemento alquímico con el que estabilizo mi cabeza, el catalizador para eliminar incertidumbres y nubarrones.

  La decisión ha sido inmediata: mi vieja tabla, mi más antigua compañera de hazañas marinas. Esa con la que a finales de los noventa desafiaba olas de generoso tamaño bailándolas al ritmo de los U2.   
  Incontables parches, viejas heridas y señales de fracturas decoran su piel - bailar con el mar tiene su precio y a veces éste se lo cobra a mitad de una canción -, aún seguimos haciendo buena pareja aunque los dos hemos vivido tiempos mejores. Mi vieja pareja de baile.

  He escogido una playa tranquila: poca ola y menos gente, hoy solo buscaba sal. Bajo el primer chaparrón hemos remontado la barrera de olas y para entonces ya éramos uno solo. Ella, pese a la edad, sigue navegando como una auténtica sirena; y mis brazos, sorprendentemente, aún conservan los caballos necesarios. He seguido poniendo agua de por medio hasta llegar a ese punto donde las olas todavía no han sido bautizadas y no son más que ligeras ondulaciones, insinuantes damas preparando su carné de baile dispuestas a triunfar en la pista.

  Solo, sentado en mitad del mar, por fin he notado como la sal iba penetrando en mis poros, devolviéndome la serenidad de esa comunión con la naturaleza. Seguramente en mi encarnación anterior fui un besugo y por eso ahora me confunde tanto transitar entre este mundo de tiburones.

  Con los brazos extendidos, las palmas hacia arriba y la mirada perdida en ese horizonte curvo, me he dejado llevar por la marea. Un pequeño grupo de gaviotas, con sus risas, han decidido cortejarme bajo la lluvia y gracias a su compañía he vuelto a ver el mundo completo, como lo entendieron en su momento los Magallanes, Elcano, o Malaspina. Un mundo sin barreras en los que todavía se puede conseguir la libertad. Navegar desnudo por esta pequeña parcela del universo, sin otra maleta que el tiempo, sin otra búsqueda que la de uno mismo. Disfrutando, caminando sobre las aguas, del ordenado caos de los elementos, de la perspectiva incierta de nuestra auténtica naturaleza. Sin miedo.

  Otra ráfaga de viento salado, una de mis gaviotas que pierde su presa recién pescada y remonta el vuelo entre las carcajadas de sus compañeras, otro balanceo de la marea bajo mi tabla, la fuerte lluvia que me impide ver la costa, cielo y mar unidos, y yo en medio formando parte de ese infinito líquido, otro momento sin precio para mi sombra.

  Mis sentidos alcanzando ya ese punto en el que se pierde la conexión con la realidad diaria, concentrados en ese gran azul, poderoso, que me acepta consciente de su capacidad para devorarme y así formar parte de otros muchos que osaron desafiarle o que no supieron apreciar la magnanimidad de su compañía. Ese gran azul que en ocasiones ha sabido perdonar mis orgullos y me ha devuelto maltrecho al lugar donde vivo pero al que ya no me siento pertenecer.

  Otra dama que se me insinúa, a esta no me atrevo a negarle el baile, me dejo llevar, ella marca el paso de este último vals. Juntos tocamos tierra.

  Lleno de sal, satisfecho, recorro la arena alejándome de la orilla; mi sombra continúa en el mar, luego volverá; a veces le permito esas ausencias, ella sabe relacionarse mejor que yo con el patriarca, el maestro constructor que colocó las primeras piedras de todo lo que hoy vive en nuestro mundo. Lleno de sal abandono ya la playa echando la penúltima mirada. Tras la cortina de agua que sigue cayendo, él sigue ahí, estaba ya cuando la naturaleza sobre la tierra sólo era un proyecto y continuará estando cuando ya no quede ni siquiera la memoria de un mundo que existió.

Oscar da Cunha

08 de Abril de 2012