sábado, 21 de julio de 2012

¡BUENA SUERTE CAMARADA!


  Desde la loma en que se encuentra mi casa levanté mi brazo en señal de despedida. Las dos últimas horas en su compañía, lo confieso, lo pasé mal aunque hice todo lo posible por disimularlo. Siempre he mantenido mi imagen de tipo duro, y a ciertas edades ya no se está por cambiar de armadura. A pesar del sol de julio se me humedecieron los ojos, hemos pasado una semana juntos, y al final me ha terminado cayendo bien el chaval.
  Él llegó con el propósito de aprender un poco de las viejas tretas que utilizo diariamente para sobrevivir en mis cacerías en la tierra media. Le he hablado, largo, de mis batallas con los uruk-hai, juntos hemos vuelto al refugio con la cabeza de más de un orco colgada de nuestro cinturón, y le he desvelado el secreto del espejo, donde se encuentra nuestro peor enemigo.
  Todavía va a necesitar acumular muchas cicatrices hasta convertirse en cazador, algunas le dejarán huella para toda la vida, pero ha demostrado no tener miedo.
  Llegó lleno de inquietudes, y ahora le veo marchar con la mochila cargada de ilusión, la va a necesitar, y mucha; en este horizonte que nos están preparando no se ven más que nubes, y solo la utopía de vivir con dignidad nos puede ayudar a que nuestro mundo no sucumba en la tiniebla.
  Ya se va, y en una semana creo que he conseguido el objetivo de esta primera instrucción: prepararle para soñar. Pero también necesito agradecerle las horas compartidas, en él he vuelto a encontrar mis propios pasos de aprendiz, mis primeras anotaciones en esa hoja de ruta que una y mil veces tendrá que cambiar. Y quizás ahora, gracias a él, soy consciente de que mi camino recorrido hasta la fecha ha merecido la pena; he comprendido que ya soy capaz de enseñar, puedo conseguir transformar un espejismo en la ruta hacia el oasis. Por fin me he convertido en la serpiente que siempre ambicioné ser, competente para inocular el veneno que endurece la sangre de todo navegante.
  Se lleva la carpeta cargada de proyectos, y mi esperanza de vérselos cumplir. Él se siente capaz de afrontar la travesía, y yo sé que una vez que su barco zarpe no podrá dejar de navegar, espero encontrármelo en muchos puertos y compartir las típicas hazañas de taberna que, como buenos marineros, siempre serán exageradas.
  ¡Buena suerte camarada! Recuerda la historias que te he contado y hazlas tuyas algún día, como suyas las hicieron los que a mi me las contaron. Y nunca olvides que ninguno nacimos aprendido, a todos nos tuvieron que dar el primer empujón, y por tu actitud sé que tú no romperás la cadena.

Oscar da Cunha

21 de julio de 2012 

viernes, 13 de julio de 2012

EL 600


  Le acompañé hasta el fondo profundo del pabellón, allá donde todo está más oscuro por lejano del portón de entrada, y porque es el trozo de tramo donde no se encienden las fluorescentes, donde se almacenan las cosas que menos merecen ser vistas.
  —Ahora te bajo los documentos, igual tardo… Con el lío que tengo sobre la mesa…
  —¡Tranquilo! No hay prisa —le contesté mientras él subía las escaleras hacia la oficina—. ¡Total sólo me has jodido media hora esperándote en la puerta!  —esto último no se lo dije, no hubiera sido oportuno.
  En pleno mes de julio, sin una sombra en las trescientas hectáreas inmediatas, aproveché el descanso tomando el sol plácidamente en el sofá de cuero de mi Ferrari descapotable, el que me acabo de comprar con el reembolso de mi última declaración de renta.
  Enseguida adapté a la escasa luz ambiental mis felinos ojos de topo, y lo vi. Acurrucado en una esquina, asustadizo, avergonzado por la opulencia de sus congéneres actuales. Un Seiscientos rojo. Me acerqué despacio para no espantarlo y se dejó acariciar. Por la capa de polvo que lo cubría deduje que hacía mucho tiempo que nadie le había dedicado la menor atención.
 Lo Miré de frente y esos ojillos redondos y  pequeñitos, bordeados por sus pestañas cromadas, me  arrancaron la sonrisa que siempre viene de la mano de los buenos recuerdos. No pude resistirme a abrir la puerta derecha, la mía, la que siempre traspasaba cuando aún creía que los Seiscientos para llegar a la luna serían como el nuestro, pero más alargados y de otro color.
   Miré a mi izquierda y allí estaba mi padre, agarrando el volante con aquellos guantes de piloto, con los dedos recortados, imprescindibles para dominar aquella máquina devoradora de kilómetros, ese dragón de distancias, ese bólido capaz de trasladarnos rápidamente a otros mundos, desconocidos para nosotros.
  Y me veo, en julio del 68, descubriendo, desde mi asiento, por primera vez, el Mediterráneo. Ese, para mí, misterioso por sereno mar, en  el que no se producían los continuos cambios de paisaje a los que el Cantábrico, con sus pleamares y  bajamares, me tenía acostumbrado.
  Aquella pequeña aldea de pescadores que era l´Estartit, con las jarcias de los pocos barcos de recreo que empezaban a aparecer en su puerto sonando con la brisa de levante. Las inexploradas islas Medas, donde seguramente podríamos encontrar los restos del Polifemo de Ulises. Mi padre me había advertido que sería una aventura peligrosa: “Son multitud los tiburones que las protegen pero yo conozco una ruta secreta, y no tendremos dificultad en llegar”. Como siempre quise creerle, echando, una vez más, una ojeada a la balsa hinchable que llevábamos en el asiento trasero. 
  Recuerdo atravesar los Monegros con cuarenta grados de temperatura, el pecho descubierto, sin miedo a ese simún que entraba por las ventanillas mientras la aguja de nuestro bólido lanzado a la carrera intentaba alcanzar los cien kilómetros de velocidad. Las múltiples paradas para repostar el agua que aquella magnífica máquina digería con más avidez que la gasolina.
  Y juraría que los Seiscientos del 68 eran enormemente más grandes que como los veo hoy en día. Domingos de río, cuatro adultos y tres críos. Mesas, sillas, paellera… y aún sobraba espacio para la alegría que nos empujaba a realizar el camino cantando las típicas viejas canciones que solo se deben cantar cuando uno es feliz.
  Todoterreno sin igual, conseguíamos atravesar la nevada del port d´Envalira, en la madrugada de invierno, meando bajo las ruedas para fundir la placa de hielo. Y compañero de pocos problemas, alicate y destornillador bastaban para afrontar hasta la más grave de las averías.
  —¿Qué tiempos, eh? —El cliente había bajado ya las escaleras y me despertó del sueño.
  —¿Está en venta? —Lo que yo pretendía era comprar recuerdos.
  —No, es un capricho. Lo quiero restaurar.
  —¡Cuídalo! Es una joya. ¡A saber lo que habrá vivido!
  Cruzamos nuestra mirada, en ese momento, ambos, estábamos de vacaciones escolares, era julio…

Oscar da Cunha

13 de Julio de 2012

lunes, 9 de julio de 2012

LA CUARTA PUERTA


  Otra jornada agotadora. Sólo a mí se me ocurre estrenar calzado con treinta y dos grados anunciados ya desde primera hora de la mañana.
  ¿Dónde quedaron aquellos tiempos en los que los zapatos y la ropa nueva se reservaban para los domingos? El breve paseo de mediodía, por la ciudad antes de las dos “Mirindas” en la cafetería del centro, y las patadas al balón de Angelito en la plaza del quiosco de la música se encargaban de ir ahormando los “Gorila”, preparándolos para la temporada de lluvias, en la que se convertirían en compañeros inseparables de los cuadernos y los libros. Incluso las primeras apreturas se arrinconaban con la ilusión de la pelotita verde que venía de regalo en la caja.
  Otra jornada agotadora, problemas con clientes, clientes con problemas, e incluso problemas que venían sin compañía. ¿Para que quejarse? No había sido distinto del día anterior y no lo sería del siguiente.
  Me dejé caer en la tumbona de la terraza tras pincharme en vena un vinilo de Oscar Peterson. El sol empezaba a despedirse por el ocaso dorando las aguas del río, y la refrescante humedad que anuncia la noche se abría camino desde el Cantábrico.
  ¡Tampoco había sido tan mal día! A ese empresario de la cita de las cuatro también la gustaba la pintura de Antonio López, y la discusión sobre las ficciones de Borges resultó un bálsamo. Además, seguramente íbamos a poder sacar a esa chica del paro. Habría que invertir tiempo en formarla, pero ella apuntaba buenas maneras; un hijo y un divorcio resultan ser la fascinación necesaria para salir del laberinto.

  La quemazón en los dedos me sacudió del sopor; no os aconsejo relajaros con un cigarro encendido, de hecho no os aconsejo encender un cigarro. Con suerte, si todo el mundo dejará de fumar yo podría comprar el tabaco más barato, esa batalla la perdí hace mucho tiempo.
  Me sorprendió el intenso color rojizo que envolvía el crepúsculo. Conozco bien las diferentes tonalidades de los atardeceres, las luces del amanecer, las de la medianoche, y todo cuanto acontece en esos momentos en los que los gatos comenzamos a ser pardos. Esa coloración, anómala por estos valles, me inquietó. Peterson había terminado su concierto, y el silencio había ahuyentado la refrescante brisa. Algo no iba bien, todo aparentaba estar interrumpido. Observé ese cielo rojo, ya sombrío, durante unos instantes, sólo dos o tres nubes aún más oscuras, inmóviles como brasas extintas en un limbo estático.
  Al ponerme en pie me di cuenta de que mis movimientos eran lentos, como el último parpadeo antes de conciliar el sueño final. La atmósfera era espesa, cálida, más densa que el aceite, y percibí que mi interior, justo bajo la piel, estaba vacío.
  Sentado en el murete de piedra el anciano me miraba con sus ojos blancos cristalinos, escondidos entre la profundidad de sus incontables arrugas. Su pelo, también blanco, llegaba hasta sus hombros cubiertos por una túnica cuyo color me resultó imposible definir.
  —¿Eres tú, verdad? —me costó que el sonido saliese pesadamente de mi garganta, de hecho pese a que sólo nos separaban dos metros mi voz tardó varios segundos en llegar hasta él.
  —¿Quién sino? —su voz sonaba cansada, lejana. Me llegó densa mientras se generaba un eco profundo con sus palabras. —Soy el único que te queda, ¡y ya ves!, yo también me hecho viejo.
  —¿A qué te refieres? —pregunté mientras la sensación de angustia empezaba a dominarme.
  —A lo que estás empezando a percibir. ¡Mira a tu alrededor! ¿Ves a alguien?
  Me giré, la que era mi casa presentaba un estado ruinoso. La pintura desconchada, apenas quedaban un par de contraventanas de madera podrida. Cristales rotos. Pero lo que en verdad me zozobró fue ver los restos de varias macetas rotas, abandonadas entre montones de ramas secas, trozos de cemento informe y tierra negra. Ni una flor, nada vivo. Los geranios, los claveles, las azaleas, las hortensias, las calas… Todo el color, la vida y los olores que con tanto cariño Lou mantenía constantemente envolviendo nuestra pequeña parcela de mundo habían desaparecido.
  —¿Dónde están los míos? —mi pregunta sonó suplicantemente ridícula, pero ya no pude retirarla.
  —¡Ya no están! Hace mucho, mucho tiempo que dejaron de estar.
  —¿Qué has hecho esta vez? ¿Qué me has quitado?
  —¡Nada! —Sus ojos blancos me miraron serenos antes de girar su cabeza trescientos sesenta grados y volver a clavarse en mí, esta vez con violencia. —El tiempo ha hecho su trabajo.
  —¿Murieron?
  —Todos.
  —¿Mi mujer, mi familia, mis amigos, mis animales…?
  —¡Todos! —gritó molesto por mi insistencia.
  —¿Cómo fue? ¿Sufrieron?
  —¡Bah, detalles, detalles! ¡Qué más da! Cada uno fue cruzando la puerta con las circunstancias que le correspondieron…
  —¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has querido dejarme solo? —le interrumpí. Comenzaba a sentir el dolor de la soledad, un pozo profundo bajo la piel, dentro de mí; un viento poderoso que aspiraba mis recuerdos, que anulaba mis sueños. Tan sólo era un pellejo sin vida, nadie con quien reír, con quien sufrir, nadie a quien recordar; era mucho peor que estar muerto.
  —¿De qué me sirve continuar viviendo sin ellos, de qué ha servido todo el camino recorrido si ahora ya no me queda ni el recuerdo de haberlo compartido?
  —Es el desierto de tu alma –me contestó con mirada cansina, vieja.
  —¿Ahora entiendes lo que siempre buscabas? Lo tenías a tu alrededor, dentro de ti;  y tú constantemente intentando encontrar un tesoro escondido más allá de lo trascendente.
  —No he podido llorar a quienes tendrían que haberse marchado antes que yo, ni despedirme de los que me debieron haber sobrevivido; compartir el último adiós, justificar cada paso de nuestras vidas. No sólo quiero morirme, quisiera jamás haber estado. Ni siquiera recuerdo ya sus caras, sus voces, sus olores. Me has convertido en un muñeco de trapo que nunca tuvo vida, el muñeco al que jamás sacaron de su caja y nadie jugó con él.
  El anciano exhaló un suspiro. —Has abierto la cuarta puerta, la de la verdad, ahora ya sabes donde moraba tu alma, y ya sólo yo puedo ayudarte.
  —Necesito dejar de respirar, incluso olvidar que alguna vez tuve vida. Sin ellos, sin su recuerdo… Duele más el olvido que la ausencia, la soledad que la pérdida. ¿Puedes ayudarme a dejar de estar? ¿Puedes lograr que nunca haya existido? —le supliqué.      
  Sin levantarse del murete el anciano extendió su brazo, los blancos ojos cobraron la vida de un millón de muertos.
  —¡Dame la mano! Será muy cálido.
  Me rendí, todos tenemos una voluntad incapaz de superar ciertas pruebas. Se puede renunciar a una batalla, pero hay que saber entregar las armas cuando se ha perdido la guerra.
  Sobre mí, el cielo había sustituido la oscura tonalidad rojiza a cambio de una tenebrosidad invisible.

  Le comencé a tender la mía cuando noté sobre mi hombro una cálida mano, suave, conocida. Me acarició de nuevo la húmeda brisa marina, y me sobresalté al escuchar las risas de las últimas gaviotas que sobrevolaban el río.
  —¡Te has quedado dormido! ¡Entra ya! Se está haciendo tarde para cenar.
  Al reconocer su voz, levanté la mirada envuelto en sudor, el cielo, aún con tintes azules, estaba lleno de estrellas. La terraza volvía a lucir llena de colores y olor, y mis gatos, tumbados, encontraban el calor de la tarde que aún conservaba el asfalto. La abracé, mis ojos se hundieron en su cara.     
  Con la última corriente de aire sonó un golpe de madera sobre metal.
  —¿Qué ha sido eso? —me preguntó.
  —No lo sé, pero se ha cerrado.

Oscar da Cunha

9 de Julio de 2012

miércoles, 20 de junio de 2012

EL RÍO, EL BANCO, Y LOS PATOS


  Me lo encontré en uno de mis paseos por el camino que acompaña a las aguas en su tramo final. Él, estaba sentado en un banco, con la mirada fija en la familia de patos que nadaban sobre la corriente que la bajamar reclamaba desde la desembocadura del río. Yo, divertido con los apuros que estaba pasando el sol esquivando las nubes para poder saludarme, tropecé contra el banco.
  —¿Te has hecho daño?
  Su interés me sorprendió. Antes de que pudiera contestarle me volvió a sorprender.
  —¡Siéntate un momento! Por lo menos hasta que se te pase la mala cara por el golpe.  
  Acepté su invitación con una mezcla de curiosidad e indignación. El crío no aparentaba tener más de diez años; pero, me trató y me miró con la condescendencia propia del joven guerrero hacia el viejo peregrino.
  —¡No ha sido nada! —confieso que impuse mi voz más áspera, no estaba dispuesto a vender mi orgullo por una roncha.
  —¡Ya! —mantuvo su vista en los patos mientras desairaba mi respuesta.
  El grupo de patos oscilaba de una a otra orilla buscando el efecto del sol sobre el agua. Los machos, siempre más engreídos, alzaban el cuello para presumir de sus colores reflejados en el espejo. Las hembras, aburridas de tanta vanidad, no perdían de vista a sus polluelos que, todavía inconscientes del juego de la vida, se distraían siguiendo la estela de algún palo.

  —¿Cómo te llamas? —le pregunté intentando iniciar una conversación.  
     Admito que tengo muy poca experiencia con los niños pero su actitud me sorprendió hasta el punto de estimular mi curiosidad. 
  —Me llamo David, tengo doce años, y no estoy perdido; te has tenido que cruzar con mis padres en el banco anterior, un calvo con una rubia teñida. Están arreglando su última discusión, que tampoco ha sido por nada importante, y yo estoy disfrutando viendo nadar a los patos. No tengo hermanos; ando en bicicleta y nado muy bien. Sí, me gustan los animales aunque no tenemos ninguno en casa. Estoy a punto de terminar el curso, y voy a sacar buenas notas.
  —Yo tampoco —contesté intentando esconder una sonrisa mordaz.
  —En mi generación es más habitual —me devolvió el gesto—, no están las cosas para familia numerosa.
  —Me refería a que yo tampoco estoy perdido.
  —Tienes suerte entonces —esta vez me miró fijamente; sus ojos azules reflejaban los matices de las aguas del río, el primero era más claro que el izquierdo—. La mayoría de los hombres, a tu edad, lo están. Tienen una mujer y van siempre detrás de las de los demás. Tienen coche y se pasan la vida deseando el que les acaba de adelantar. Sueñan con un premio de la lotería mientras se preguntan como llenarían su tiempo sin trabajar. Y casi todos están amargados porque su vida no es como la soñaron de niños, pero ya no persiguen esos sueños porque los han olvidado.
  —¿Y tú, con que sueñas? —le pregunté mientras asimilaba su disertación.
  —Yo sólo quiero seguir siendo siempre un niño. ¿Te has fijado en los patos?
  —Si.
  —¿Y qué ves?
  —Un grupo de patos —contesté.
  —¡Mira mejor! ¡Míralos como cuando tenías mi edad!
  Durante un rato ambos permanecimos en silencio, yo con la mirada fija en el río, él sin apartarla de mí.
  —Me gustaría nadar con ellos —El tono de mi voz recuperó la adolescencia—, dejarme llevar por la corriente y volver a remontarla buscando el sol.
  —Has mirado con nostalgia, así no mira un niño de doce años.
  Observé sus ojos y me sumergí en la profundidad de sus diferentes azules.
  —¿Y tú que ves? ¿Cómo miras tú?
  —Veo a un hombre que se conforma sólo con seguir soñando. Añoras tus sueños, pero ya los das por perdidos. Yo imagino a  esos patos saliendo del agua, sentándose a mi alrededor mientras les cuento historias de cielos con dos soles y ríos con aguas del dolor del oro. Y a partir de ese instante, ellos y las generaciones que les precedan, nadarán siempre buscándome en la orilla. Yo ya soy parte de la naturaleza y estoy enamorado de ella, sólo pretendo que me corresponda.
  —Es una bonita fantasía —le contesté— pero, a lo largo de la vida, la realidad va tocando el tambor y tienes que ir remando a su ritmo, se llama sobrevivir.
  —¿Sobrevivir? —Me miró fijamente—. Ellos sobreviven —terminó señalando al río—, pero no renuncian a lo que son; no pretenden ser cisnes, ni delfines; se conforman con ser patos, se conforman con vivir felices siendo consecuentes con ello. A cada uno la naturaleza nos asigna un papel, los adultos os empeñáis en disfrazaros para intentar un destino que no os ha sido concedido…
  —¿Si? —le interrumpí—. No olvides que la inquietud humana  ha hecho evolucionar al mundo.
  —Pero… ¿Y las personas? ¿Hemos evolucionado? ¿Somos más felices que nuestros antepasados de hace cien o mil años?
  »A mí no me concierne si el mundo evoluciona o retrocede, yo sólo quiero seguir viviendo con mirada de doce años. ¡Ya lo sabes! Los niños somos egoístas.

  Supo la hora al observar el reflejo del sol sobre las aguas del río, y dando la conversación por terminada, se levantó.
  No quise concederle el tiempo necesario para alejarse un segundo paso y le grité:
  —¡Me has engañado! ¡Tú no tienes doce años!
  —¡Si, te he mentido! —me contestó con otra sonrisa. Sus ojos brillaban como la ilusión de la flor de iris al brotar por primera vez.
—¡Todavía tengo once! Siempre estoy a punto de cumplir los doce mañana. Además, compruébalo al volver, este el único banco del paseo.

  Le observé mientras se marchaba con paso tranquilo pero decidido. Se agachó para oler una flor blanca, no la cortó, sólo se llevó su perfume. Por la orilla, la familia de patos siguió tras él.

Oscar da Cunha

20 de Junio de 2012   

sábado, 9 de junio de 2012

LA TERCERA PUERTA


  Para quienes tengáis sensibilidad. Para quienes améis la vida. Para quienes cada mañana sea una nueva oportunidad de reencontraros con la alegría, aceptad mi consejo y no leáis este relato. La tinta negra con la que aparece es un engaño, realmente es un episodio en dos colores, el primero rojo por la sangre, y el amargo por mis lágrimas el segundo.
  Creedme cuando os digo que, aún hoy, me resulta asombroso haberla rescatado del rincón más agotado de mi corazón para ser capaz de compartirla con vosotros.

  ¿Quién no se ha sentido dominado por los sentidos en cualquiera de esos magníficos amaneceres que nos regala el principio del otoño? El sol se levanta a una hora más refinada, permitiéndonos disfrutar la alborada con el efecto del primer café ya en la sangre; admiro esa luz que acaba de perder la pasión del verano y nos cede el deleite del verdadero color de la naturaleza. La cálida brisa que se disfruta en esta época, por estas latitudes, desprovista de la humedad habitual; y sobre todo el sosiego de recuperar el ritmo de nuestra vida, pasadas ya las ansias veraniegas de bebernos de un solo trago todos los deseos que vamos acumulando conforme pasamos las hojas del resto del  calendario.

  Su gimoteo llegó despacio aquél trece de octubre, confundido entre la jerga de los adolescentes nacidos la pasada primavera que iniciaban, un día más, sus juegos aleteando entre las ramas del jardín. La encontramos arrastrándose sin rumbo entre las plantas, todavía no sabía andar, y aún tenía los ojos cegados por ese velo protector que caracteriza a los peludos recién nacidos. Nos faltó tiempo para conseguir un biberón y leche. Con la panza llena, la dejamos dormir donde acabábamos de localizarla; en ningún momento perdimos la esperanza de que su madre fuese incapaz de encontrarla. A media tarde la naturaleza dictó sentencia salomónica, nos convertimos en padres; tan pequeña, tan indefensa, acababa de devolvernos la sonrisa.
  La primera noche ya me bautizó como madre. Guiada quizás por la necesidad de contacto animal trepó hasta la cama, y solo encontró consuelo junto a mi cara. Mi respiración calmó la ansiedad de sus ojillos aún borrosos, y compartimos el mismo sueño. Solo fue la primera de todas las noches.
  Su hambre era mi despertador, mi primer café y cigarrillo se conformaron con pasar a segundo plano; solo conseguía sacarles placer cuando ella, saciada de biberón, ronroneaba sobre mis piernas. Enseguida empezamos a compartir las noticias de la radio. Siempre el mismo ritual, tras cada crónica, mi carcajada y su patita en mi barbilla, era su manera de pinchar “me gusta”. Me aficioné a manchar mi café con unas gotas de nata líquida, el platillo que ella vaciaba necesitaba justificante en la lista del supermercado, y aún hoy mantengo esa rutina, aunque siga sin gustarme la nata. Nunca me acostumbraré a volver a desayunar solo.

  A mis viejos peludos les tocó del papel de padres. La enseñaron a trepar a los árboles, a jugar con las pelotas de papel de aluminio, a robarle la comida a Naty, a buscar el sol en invierno y la sombra en verano. Recuerdo cuando, triunfante, vino a enseñarme su primera lagartija. Ignoré la cómplice mirada  que tras ella cruzaron los viejos, y acepté aquella lagartija como el final de su infancia.

  La sorpresa por su primera nevada, su alegría por la primera flor de la primavera, y el sopor en las tardes de agosto tumbados bajo los manzanos mientras le leía a Stendhal. Las noches de invierno, tumbada junto a mi ordenador, mientras yo tecleaba y ella miraba con aprobación la pantalla, fingiendo ignorar esa coma desplazada, o ese acento olvidado. Esperaba pacientemente el “hasta mañana” de la inspiración para acompañarme a terminar el paso al nuevo día. Durante las frías noches de invierno agradecía el calor de su respiración sobre mi vientre, y en las calurosas de verano también.
  Aprendió a bailar muchas canciones, pero su voz preferida siempre fue la del sensual barítono Barry White. Sobre mis rodillas se hipnotizó con la trilogía de “El Señor de los Anillos”, y enseguida se identificó con Arwen, la escogió para sus sueños de pubertad.
  Adquirió la costumbre de despedir la puesta de sol desde su altar secreto, del que no salía hasta acompañarnos en el último paseo con Naty. Como cada noche, nos esperaba bajo el cerezo de la esquina del camino, y enseguida noté que esa vez su maullido no era el habitual. Al cogerla en brazos, pese a la oscuridad, vi el borbotón de sangre en que se había convertido su boca. Ella se aferró a mí piel con un grito de despedida. Han pasado dos años y ni siquiera las cicatrices por la uñas de su desesperado abrazo han dejado de sangrar.

  No consigo recordar con claridad los momentos que siguieron; su cuerpo convulsionándose y el maldito coche, derrochando goma en las curvas, que no terminaba de llegar hasta el veterinario de guardia. Con las manos llenas de su sangre, posé suavemente mi corazón sobre la camilla de la consulta mientras exhalaba el sollozo final. Al mismo tiempo que sus latidos, el mundo se paró.

  Salí con ella en brazos apretándola contra mi pecho y me senté en el suelo. Quise llorar pero no tuve lágrimas, intenté respirar pero no hubo aire, ansié verla ver pero tampoco hubo luz, ni siquiera la oscuridad se atrevió a presentarse. Intenté gritar pero no salió ningún sonido de mi garganta. Solo el vacío, la soledad, el silencio, hasta el tiempo hizo una respetuosa pausa. Y entonces llamé. ¡Supliqué! ¡Se lo ofrecí todo! ¡Todavía tenía que haber posibilidades y le brindé un cheque en blanco! Hasta lo más sagrado me pareció barato a cambio de su vida.

  En aquel instante se presentó. Por primera vez le vi lucir su traje de gala; estaba esperando, anhelando ese momento, lo tenía reservado con antelación. Se plantó ante mí con sus casi tres metros de altura, el descomunal torso rojo y los ojos de fuego; dos grandes colmillos ornamentaban su sonrisa, y tres pares de cuernos se confundían con sus negras alas extendidas.

- ¿La has encontrado? - Tembló el suelo con el trueno de su voz.

- ¡Quizás sí! No lo sé seguro. ¡Ayúdame y algún día mi alma será tuya! ¡Te lo juro! ¡Te lo prometo! ¡Pero, devuélvele la vida a mi pequeña!

- ¿Me-lo-juras? - Con su carcajada, el fuego de sus ojos estalló.

- ¿Quién te has pensado que soy? ¿El que ayuda a las viejecitas a cruzar la calle?

- ¡No, Imbécil! Yo soy el que distrae al conductor para que se salte el semáforo en rojo. Yo soy el último vaso de alcohol que empuja al desgraciado a destrozar la cara de su mujer. Yo soy el que le priva de alimento a la madre para que abandone a su hijo muerto en el borde del camino que nunca terminará de recorrer.

- ¿Me-lo-prometes? - Insistió. - ¿Tengo yo pinta de aceptar promesas? ¿Acaso has pensado que yo concedo perdones?  Si tienes problemas para encontrar algo que merezca la pena dentro de ti, tendrás que llamar al timbre de arriba. Yo soy el vecino del sótano, mi puerta solo se golpea desde dentro, con el dolor.

- ¡Tú la has matado! ¡Tú me la has quitado cabrón! -
  Sólo conseguí una mirada aún más insolente. La baba del triunfo empezaba a deslizarse por las comisuras de su asquerosa boca. 
- El veterinario ha dicho que ha sido un coche, pero desde hace horas no ha pasado ninguno -.

- Siempre tuviste miedo de perderla. Cada día volvías a casa ansioso por encontrarla ilesa, por volverla a abrazar y contar cada una de las rayas de su pelo. Ya no temerás más por ella. ¡Agradécemelo!

  Noté que se mordía una de sus lenguas, la más negra. Advertí su irritación por dejarse llevar por la miel de la victoria. Se descerrajó víctima de su propia vanidad.

- ¡Ahí es donde te escondes, miserable! ¡En el miedo! Nuestra angustia es el carburante de tu poder.

- Hoy es 7 de julio. ¡Tengo mucho trabajo!

  No se dio la vuelta, no se marchó; supongo que dejó de estar porque yo dejé de verle. Y ahora, con el tiempo como maestro, reconozco que tuve suerte. Todo mi dolor, en su presencia, se acababa de transformar en violencia. Hubiese sido capaz de romperme contra él, de vender el dolor  por mi pequeña a cambio de esa mercancía que abre una más de sus puertas, la venganza.

  La segunda oscuridad me reventó los ojos mientras besaba su pelo ahora salado por mis lágrimas. Me abracé a su cuerpo ya eternamente  quieto.

- ¡Perdóname pequeña! ¡Yo te he matado! ¡Mi miedo ha sido la rueda que ha acabado con tu vida! ¡Perdóname!

  Su cuerpo descansa en un lugar secreto. Gracias a su infatigable alegría ya han comenzado a nacer las primeras flores, rayadas como ella, huelen a felicidad y bailan con nuestros recuerdos.

  Yo, nunca más he vuelto a temer por quien amo.

Oscar da Cunha

9 de Junio de 2012 

viernes, 1 de junio de 2012

AMANECIENDO, QUE ES GERUNDIO


  Lo siento por Steve Jobs, es un tipo que siempre me entró bien, una lástima que nos dejara; se me sobrevienen, al instante y sin necesidad de recurrir a un informativo, más de cien candidatos que deberían haberle sustituido y de cuyos nombres ni se me ocurriría acordarme al día siguiente. Pero este Monopoly al que llamamos vida es así. El caso es que últimamente no hago más que toparme por todas partes con la jodida y famosa frase: “Si hoy fuese el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer hoy? …”, y ya empieza a cansarme.

  De aperitivo porque cuando me caigo de la cama cada mañana sé que están suspirando por mí el primer café y el primer cigarrillo del día, y tengo claro que voy a seguir disfrutando de ese orgasmo aunque me lo prohíba la mismísima Vara de Asclepio. Ese momento sagrado, esa comunión con el vicio, consiguen que me importe un chiflo saber si ese es el último día de mi vida, o si me está esperando en la ducha la propia Jennifer Aniston en pelotas para enjabonarme las mías.  Por otra, si a la mayoría de desgraciados y despreciados supervivientes de este naufragio nos diera por pensar - mala práctica que afortunadamente ya está tan en desuso como el papel pa la nalga del elefante - que las próximas veinticuatro horas son las últimas que nos quedan; a ciencia cierta que lo convertiríamos en el día más feliz de nuestra existencia. Saltaríamos a la calle, desnudos de nuestros aipozes, aipazes, aifones y demás aichismes que usted inventó, con las manos vacías preparadas para abrazar a esos amigos, los que nos regaló la suerte, con los que hace tiempo no nos vemos cara a cara ni oímos su voz. Más de muchos, nos percataríamos de que esa persona con la que compartimos nuestra vida, y con la que desde hace tiempo no tratamos de otra cosa que las facturas de los ais, es el auténtico amor de nuestra vida, e intercambiaríamos la primera caricia realmente sincera en los últimos años. Hablaríamos con nuestros hijos, primero pidiéndoles perdón por la mierda de sociedad que entre todos hemos permitido que se prostituya y, mientras contemplábamos nuestra última puesta de sol, les convenceríamos de que la dignidad y la libertad son valores que no se pueden poner en las manos de los cuatro charlatanes que a nosotros nos las han robado. A todo lo demás deberían darle por el culo, en ese día final, porque no merece la pena.
  Pero por desgracia, los únicos que de verdad saben cual va ser el último día de su vida no suelen estar en situación, ni siquiera, de decidir en que brazo quieren que les enchufen la morfina con la que evitar los dolores del parto final. A la mayoría, ese último día nos pillará a la vuelta de cualquier esquina, sin saber que desde el primer día debimos cambiarlo todo. O sea Mister Jobs, nosotros ya nunca cambiaremos nada, todos llevamos demasiado tiempo resignados al no por respuesta

  Pero yo, como ya nací gilipollas y llevo cincuenta y un años en prácticas - de ahí que, una vez más, haya vuelto a pringar como intrépido ciudadano cumpliendo mis obligaciones con “la bankia semos todos” -, prefiero pensar que, cada nuevo, es el primer día de mi vida, y fascinarme con mirada infantil de cuanto me rodea, comprobando  lo abundante que hay de hermoso en este mundo. Cada día disfruto mientras descubro que me quedan muchas flores llenas de colores con los que sustituir la oscuridad. Observo la luna, convencido de que desde su cara oculta pueden oírse las estrellas coreando el Casta Diva que Norma interpreta cada madrugada. Y muchas noches vuelvo a casa con la alegría de haber compartido unos instantes con algún desconocido cuya conversación merecía la pena.
  Asumiendo que cada día es el primero de los que me quedan de vida, procuro salir cada mañana con los mismos ojos con los que estrené mi primer triciclo, y recuerdo que mientras yo era feliz porque conseguía que los perros hablasen mi mismo idioma, el mundo también era una mierda. Observo las gaviotas y compruebo que siguen sin plantearse si quieren seguir haciendo lo mismo que llevan siglos practicando, y sin embargo continúo escuchando sus risas. Alguna vez hablo con ellas, de un día para el siguiente no me recuerdan, porque cada amanecer es su primero. Yo también ya he dejado de hacerme preguntas necias, no quiero vivir con los oídos sordos.
 
Oscar da Cunha

1 de Junio de 2012

jueves, 24 de mayo de 2012

LA SEGUNDA PUERTA


  Hay amaneceres que no se merecen el nombre, y el de ese día llegó con la traición encubierta. Detrás de la ventana el viento empujaba con fuerza las gotas de lluvia, pero yo no las vi. Con el primer café del día salí a la terraza para saludar a la mañana; era primavera en el calendario, invierno en el ambiente, y verano en mi percepción de la realidad. El sol aún no se había levantado y yo quise aspirar la aurora rojiza que lo precede, el resfriado lo disfrute después, momentos en los que la serenidad interior te complica la vida. Nosotros bien, los peludos cazando las primeras lagartijas de la jornada, y las lagartijas… bueno, ellas debían de ser las únicas conscientes de la realidad. En la radio sonaba Manolo García, no recuerdo la canción pero da igual porque todas las suyas me gustan. Una de esas mañanas en las que te felicitas por haber mantenido el tipo durante los naufragios, pero llovía. Cometí el error de ignorar el temporal que se estaba formando en mi conciencia.
  Pocos minutos transcurrieron desde que salí de casa, la carretera de todos los días se estrechó hasta formar una angosta senda por la  que apenas era capaz de mantener mi coche sin reventar la carrocería contra el tronco de los árboles que la cercaban. Finas ramas atestadas de grandes hojas cerraban más, a cada segundo, el ahogado túnel en cuyo ojo solo pude ver una nube negra escupiendo agua, no había espacio más que para la oscuridad. Empecé a sentir la falta de aire que me obligó a abrir las ventanillas, y las gruesas hojas que hasta ese momento golpeaban los cristales empezaron a abofetearme la cara. Su  contacto grasiento me envolvió junto con el caudal de agua que entraba, consiguiendo que mis esfuerzos por seguir respirando me obligaran a detenerme e intentar salir del coche; no fui capaz de abrir la puerta, no tuve fuerzas para vencer la tiniebla que me envolvía. Desesperadamente intenté aflojarme el nudo de la corbata que me estaba estrangulando, ese gesto no hizo más que aumentar mi angustia, el poco aire que me quedaba me ayudó a recordar que no uso corbata, desde que hace años decidí sustituirla por la sinceridad. Mi ritmo cardiaco se disparó, y noté como mis pies golpeteaban sin fuerza el suelo lleno ya de esas marrones hojas grasientas. El hedor del miedo bloqueó mi adrenalina y empecé a sentir el mareo que precede a la pérdida de la razón.
  Reparé en que no estaba sufriendo un ataque de ansiedad cuando las voces empezaron a sonar; al principio solo fue un murmullo, como el que precede al ejército enemigo antes de decidirse a lanzar el ataque final. Después vi sus caras, desfiguradas, sus bocas babeaban sangre al hablar, sus pupilas giraban a la misma velocidad con la que sus gritos empezaban a gobernar mis ideas, mis recuerdos, mis sueños, todo lo que compone mi auténtica identidad. Más tarde,  ya con la noción del tiempo totalmente perdida, me hicieron creer que sus voces formaban un orfeón perversamente uniforme; coreaban la fecha de mi muerte, la de mis seres más queridos; cantaban mi futuro, iban a robarme mi albedrío, mi cordura, la razón por la que todo ser humano se mantiene vivo. En ese momento, intentando aspirar un poco de aire en donde no quedaba hueco ni para el vacío, comprendí que peor que robarte la vida es vaciar el costal de lo que te queda por vivir.
  Tenía que defenderme, salir de ese dédalo letal. La falta de resuello dejó de preocuparme, incluso acepté morir antes que afrontar el resto de mi vida atrapado por la locura. Comencé a gritar para no oírles, lanzando puñetazos que no conseguían alcanzar esos rostros que maquiavélicamente se movían a la misma velocidad que las grasientas hojas. Todo giraba a mi alrededor con la velocidad de un tornado que además aspiraba el último oxigeno de mis pulmones.
  No sé cuanto tiempo pasó hasta que conseguí poner en marcha el motor del coche. Pateé el acelerador alternando la marcha atrás con la delantera según golpeaba los árboles que me tenían totalmente rodeado. El infernal coro seguía sonando mientras oía reventarse trozos de carrocería y cristales. Un estruendo final, similar al que produce una explosión dentro de un almacén vació, se llevó mi voluntad y perdí el conocimiento.
  Abrí los ojos, estaba completamente empapado pero, por el sabor salado que noté en la boca, supe que solo eran sudor y lágrimas. Las ventanas del coche estaban cerradas, ni una sola gota de lluvia en el interior. Estaba aparcado en una explanada de cemento perteneciente a una obra abandonada hacía ya unos años, distante tan solo cien metros de la carretera de todos los días. Me costó reunir las fuerzas necesarias para salir del coche, en ese momento mi cuerpo se comportaba como si acabara de superar los cien años; respiré sin dificultad, pero la buena noticia fue comprobar que había conseguido salvar mi juicio.
  Rodeé el coche apoyándome en cada centímetro para conseguir  mantenerme en pie, no había ningún golpe, ningún rasguño, incluso juraría que estaba mas limpio que al salir de casa. Miré mi reloj, era mediodía en punto. 
  Me senté en el suelo sin importarme la lluvia que continuaba cayendo, y me sobró aire hasta para encender un cigarro.
  A estas alturas no hace falta que os diga que había conseguido atravesar la segunda puerta del infierno, la que nos pierde en la locura, pero no podía considerarlo una victoria, sería una irresponsabilidad. Él, el oscuro, esta vez ni siquiera se había exhibido; comprendí que no me consideraba un enemigo lo suficientemente importante como para justificar su presencia, tan solo había enviado a su primera columna de peones, y estos me acababan de macerar en el peor momento de mi vida, hasta la fecha.
  Sentado bajo la lluvia fui consciente de su poder, ya no habría más pícaras rubias, ingeniosos diálogos, ni partidas con las cartas marcadas. Su verdadero juego no había hecho más que comenzar, y ese solo lo disfruta él.
  Ese día aprendí a temerle, empecé a convencerme de que, pese al dicho, más sabe el diablo por demonio que por viejo. Y por primera vez noté el desagradable sabor del miedo en mi boca. Afortunadamente no sabía aún lo que me esperaba, hubiese elegido dejar de respirar.

Oscar da Cunha

24 de Mayo de 2012   
           

viernes, 4 de mayo de 2012

PORTADA 2.0



 Escribir una novela es una aventura fascinante; hay muchos tipos de novelas, en mi caso ha resultado un viaje  a través de la imaginación, de los sueños, y de los recuerdos. Yo soy un simple novato, quienes han leído mi primera obra “La Sonrisa de la Magdalena” han podido comprobar que me queda mucho camino por recorrer; pero en mi diminuta experiencia estoy teniendo la satisfacción de identificarme con los “grandes”: saberme leído, comentado, incluso las críticas generan el placer que produce esa sensación de que al otro lado de la red alguien, con parecidas inquietudes, ha dedicado unas horas de su tiempo acompañándome en alguna etapa de esta singladura a la que no seré yo quién ponga fin.

  El recorrido de una novela pasa por muchas etapas, supongo que cada autor tendrá sus propios mecanismos, yo solo puedo contaros mi experiencia. Primero surgió la idea, una noche, en concreto la de fin de año del 99, sentado con Lou en la playa de Isla Cristina, compartiendo una bandeja del exquisito jamón de la región, una docena de pasteles, y una botella de cava - fue nuestra manera de escapar de la euforia que venía acompañando al fin del milenio, y disfrutar del momento en nuestra cómplice soledad -. La percepción del tiempo la puso el sonido de las lejanas doce campanadas que la brisa nos trajo desde la iglesia del pueblo. La belleza la iluminaron las dos lunas que describo en un pasaje de la obra, la que desde el cielo encendía el inmenso salón de baile en el que nos habíamos refugiado, y la que reflejada en el mar nos invitaba a soñar con que algún día, siempre juntos, disfrutaremos, ya despojados de la cápsula con la que transitamos por esta vida, admirando en la distancia nuestro planeta azul.

  En aquél viaje nació el proyecto y los primeros apuntes en papeles sueltos y servilletas de papel. Necesité siete años para decidirme a empezar a construir el relato que nunca había abandonado mi cabeza. Fotos antiguas, facturas, folletos de restaurantes y hoteles, y sobre todo recuerdos de lugares y personajes que han compartido momentos de mi vida fueron ocupando sus puestos en el barco que ya empezaba lentamente a navegar. Sucedió lo que siempre ocurre: puertos que no estaban anotados en la carta de navegación, tripulantes que no figuraban en la nómina, y hasta polizontes se colaron entre las líneas de mi cuaderno de bitácora. Fue necesario re-visitar algunos lugares, y mantener largas charlas con desconocidos, hoy amigos, de quienes tuve que abusar para obtener esa información que solo quien ya ha apreciado el desgaste que produce el tiempo sobre la piedra es capaz de ofrecerte.

  Durante cinco años “La Sonrisa de la Magdalena” se convirtió en mi refugio privado. Sobre todo los tres últimos fueron los más convulsos de mi vida, y en ellos perdí a dos de los seres que mayor huella han dejado en mi corazón. Quizá algunos opinéis que debí optar por el alcohol, pero a día de hoy no cambiaría los guantazos que me cayeron encima gracias a las horas de ilusión que obtuve inmerso con esos personajes imaginarios, y que fueron tornándose reales y fieles compañeros en mi cabeza. Confió también en que la experiencia me haya servido de aprendizaje y seguramente nunca escribiré nada peor, pero os garantizo que ningún proyecto futuro me dejará el dulce sabor de aquellos momentos.

  En enero de 2011 tecleé la última letra, ignorante de mí, creyendo que el barco ya había lanzado el cabo de amarre al puerto de destino. La aventura no había hecho más que comenzar. Desde que decidí colgar la novela en la red ha sido, y sigue siendo, vuestra compañía la que me ha permitido seguir navegando en estos mares de ilusión. He tenido que releer muchos de los pasajes que escribí para contestar a vuestros correos, preguntar su opinión a los personajes de la novela, y volver a revivir escenas desde puntos de vista diferentes. Vuestras aportaciones, vuestras opiniones, han motivado que hoy vea “La Sonrisa” con los mismos ojos pero con otra mirada; por eso he decidido cambiar el diseño de la portada original.

  Indudablemente el motivo principal sigue siendo un camino; pero “el nuevo” ya no está asfaltado, sino labrado en la propia tierra por todos los que lo habéis pisado conmigo hasta ahora, y una nueva luz se asoma en el horizonte dando color a un paisaje de recuerdos en sepia. Buscaros entre los árboles, estáis todos sin excepción.

  Espero que os guste, la aventura continúa…


domingo, 22 de abril de 2012

LA PRIMERA PUERTA


  Ella estaba sentada junto a mí, en el mismo sillón. Mejor dicho, yo estaba arrinconado entre ella y el apoyabrazos del sofá; en el resto del “dos plazas” habrían podido caber tres personas más. Se lo había afanado bien para que nosotros dos, juntos, utilizáramos el escaso espacio capaz de contener tan solo una mirada. La pieza era pequeña,  en las espesas cortinas ya estaban florecidos los ramos en cantidad necesaria como para cubrir la ventana secuestrando la luz del exterior, y el resto de la casa olía al perfume del silencio.  

  Joven pero lo suficientemente madura; su pelo rubio, ondulado, terminaba más allá de lo que el ojo humano es capaz de alcanzar. En su cara me resultó imposible encontrar un elemento que no fuese perfecto: su sonrisa, sus ojos, su boca, todo parecía estar específicamente diseñado para componer la más hermosa sinfonía de la naturaleza. Y todavía me sigo preguntando si el photoshop ha evolucionado lo suficiente como para retocar sobre realidades carnales. También era hábil en su discurso, solo necesitó dos breves frases para dejar claro que estaba dispuesta a seducirme. Reconozco que me lo pensé dos veces, ¡bueno fueron tres, para que voy a mentir!

  Podéis pensar que son fantasías mías, la omnipresente vanidad masculina, el síndrome de Peter Pan… ¡No! uno sabe bien cuando se lo quieren llevar al huerto; no soy nuevo en esto y sé de lo que hablo,  recientemente hubo quien lo consiguió y ya hemos superado los veintisiete años juntos.

  Fue ese leve gesto, con su mano izquierda intentando esconder el defecto de su dedo corazón, el que le delató. Nos conocemos desde hace muchos años y le he visto hacerlo siempre. En todas sus personificaciones, y esta era de las mejores, nunca consigue resucitar ese apéndice calcinado en sus comienzos, cuando era un simple autónomo y era él mismo, en el abismo, quien se encargaba de remover, justo con ese dedo, los carbones del fuego eterno. 

- ¡Tú otra vez!
 
  En ese momento me sentí como cuando te sale el cuarto as y estás de mano en la partida. No le tengo miedo, nos hemos visto las caras muchas veces. Fue como cambiar de canal de televisión, pasar del porno a las noticias, decepcionante; la rubia escultural desapareció, y él adoptó su auténtica imagen.
  No os penséis que en persona es algo especial, la iconografía que asociamos al demonio es pura fantasía: nada de grandes cuernos, enormes torsos desnudos y rojizos. Su aspecto es el de un  tipo corriente, más bien tirando a poco; podríamos cruzarnos con él en la calle, o en la escalera de casa, y nos pasaría desapercibido. Tampoco su voz es el trueno que hace temblar los cimientos de la tierra, suena casi ridícula, como la de… ¡Bueno, ya os lo imagináis, hoy no quiero hablar de política!
  Pero todo eso es precisamente lo que lo que lo convierte en el más peligroso de los seres que emponzoñan nuestra razón.

- ¿Vienes a por lo de siempre? - Se lo salté utilizando mi sonrisa más barata.

- Es lo único que me interesa - respondió -. Todo lo demás lo he conseguido: poder, riqueza;  ya soy el dueño del mundo, los poderosos han firmado en mi nómina con vuestra sangre.

- Aún te faltan muchas almas, millones, las de los inocentes. Las de los que no están dispuestos a vendértela.

  No necesitó contestarme, la ironía con que me sonrió consiguió estremecerme, sabe perfectamente que yo no pertenezco a ese grupo; aún no me he tropezado con mi alma, soy tan sólo un buscador que sigue en el camino.   

- Algún día quizás la encuentre - le solté -, reconozco que vivo por ello, pero ese día tú ya no estarás en mi cabeza.

  No me contestó, alzó el puño estirando su putrefacto dedo corazón con todos los demás replegados, es el santo y seña que abre cada una de las siete puertas del infierno; he atravesado gran parte de ellas y ya no me ofende.

  Se abrieron las cortinas dejando entrar la luz. Desde el  exterior pude contemplar la escena a través del cristal de la ventana: el salón me pareció más grande; ella y yo sentados en sillones separados por una mesa llena de papeles, y su mirada fija en la frase que yo acababa de subrayar con mi bolígrafo. Por la puerta que comunicaba con el distribuidor vi deslizarse una sombra oscura. Una canción de Sabina sonaba como música de fondo, pero yo no la recuerdo.

  Y así fue como atravesé la primera de las siete puertas del infierno, admito que me resultó la más fácil, jugaba con ventaja, Gabriel ya me había puesto en antecedentes días antes. Las tres siguientes de momento prefiero no recordarlas, me han enseñado ha temerle al siniestro; y de la quinta no habría sido capaz de salir sin la ayuda de mi “Dragón de las Estrellas”.
  Por si acaso, prometo contaros la experiencia antes de enfrentarme a los dos  retos más tenebrosos que aún me esperan. Al salir de la quinta puerta pude oír los gritos desesperados de cuantos se han quedado atrapados tras ellas, y os aseguro que son multitud.

Oscar da Cunha
22 de abril de 2012 

lunes, 9 de abril de 2012

UN POCO DE SAL


  Hoy ha sido uno de esos días en los que el cuerpo me estaba pidiendo una buena dosis de sal, es el elemento alquímico con el que estabilizo mi cabeza, el catalizador para eliminar incertidumbres y nubarrones.

  La decisión ha sido inmediata: mi vieja tabla, mi más antigua compañera de hazañas marinas. Esa con la que a finales de los noventa desafiaba olas de generoso tamaño bailándolas al ritmo de los U2.   
  Incontables parches, viejas heridas y señales de fracturas decoran su piel - bailar con el mar tiene su precio y a veces éste se lo cobra a mitad de una canción -, aún seguimos haciendo buena pareja aunque los dos hemos vivido tiempos mejores. Mi vieja pareja de baile.

  He escogido una playa tranquila: poca ola y menos gente, hoy solo buscaba sal. Bajo el primer chaparrón hemos remontado la barrera de olas y para entonces ya éramos uno solo. Ella, pese a la edad, sigue navegando como una auténtica sirena; y mis brazos, sorprendentemente, aún conservan los caballos necesarios. He seguido poniendo agua de por medio hasta llegar a ese punto donde las olas todavía no han sido bautizadas y no son más que ligeras ondulaciones, insinuantes damas preparando su carné de baile dispuestas a triunfar en la pista.

  Solo, sentado en mitad del mar, por fin he notado como la sal iba penetrando en mis poros, devolviéndome la serenidad de esa comunión con la naturaleza. Seguramente en mi encarnación anterior fui un besugo y por eso ahora me confunde tanto transitar entre este mundo de tiburones.

  Con los brazos extendidos, las palmas hacia arriba y la mirada perdida en ese horizonte curvo, me he dejado llevar por la marea. Un pequeño grupo de gaviotas, con sus risas, han decidido cortejarme bajo la lluvia y gracias a su compañía he vuelto a ver el mundo completo, como lo entendieron en su momento los Magallanes, Elcano, o Malaspina. Un mundo sin barreras en los que todavía se puede conseguir la libertad. Navegar desnudo por esta pequeña parcela del universo, sin otra maleta que el tiempo, sin otra búsqueda que la de uno mismo. Disfrutando, caminando sobre las aguas, del ordenado caos de los elementos, de la perspectiva incierta de nuestra auténtica naturaleza. Sin miedo.

  Otra ráfaga de viento salado, una de mis gaviotas que pierde su presa recién pescada y remonta el vuelo entre las carcajadas de sus compañeras, otro balanceo de la marea bajo mi tabla, la fuerte lluvia que me impide ver la costa, cielo y mar unidos, y yo en medio formando parte de ese infinito líquido, otro momento sin precio para mi sombra.

  Mis sentidos alcanzando ya ese punto en el que se pierde la conexión con la realidad diaria, concentrados en ese gran azul, poderoso, que me acepta consciente de su capacidad para devorarme y así formar parte de otros muchos que osaron desafiarle o que no supieron apreciar la magnanimidad de su compañía. Ese gran azul que en ocasiones ha sabido perdonar mis orgullos y me ha devuelto maltrecho al lugar donde vivo pero al que ya no me siento pertenecer.

  Otra dama que se me insinúa, a esta no me atrevo a negarle el baile, me dejo llevar, ella marca el paso de este último vals. Juntos tocamos tierra.

  Lleno de sal, satisfecho, recorro la arena alejándome de la orilla; mi sombra continúa en el mar, luego volverá; a veces le permito esas ausencias, ella sabe relacionarse mejor que yo con el patriarca, el maestro constructor que colocó las primeras piedras de todo lo que hoy vive en nuestro mundo. Lleno de sal abandono ya la playa echando la penúltima mirada. Tras la cortina de agua que sigue cayendo, él sigue ahí, estaba ya cuando la naturaleza sobre la tierra sólo era un proyecto y continuará estando cuando ya no quede ni siquiera la memoria de un mundo que existió.

Oscar da Cunha

08 de Abril de 2012 

jueves, 22 de marzo de 2012

EL HAZ DE LUZ

  No soy capaz de irme a la cama “a pelo” y enterrar cada día como si me fuera ajeno, necesito hacer todas las noches una última reflexión, quince o veinte minutos despidiendo la jornada, procurando archivar en su correspondiente carpeta los diferentes momentos que me han deparado las últimas veinticuatro horas. Siempre en la terraza, aprovecho para charlar un rato con la luna, contar las estrellas, o imaginar sus juegos secretos cuando la noche nublada preserva su intimidad. Sin ninguna duda es mi momento preferido del día, unos minutos que los reservo exclusivamente para mi; en los que, en soledad, desenvaino mi sombra y discuto con ella. Quienes viajan conmigo, y me conocen bien, respetan ese viejo ritual, ese momento sagrado en el que me recojo en mi templo.

  Por experiencia conozco los ruidos de esos momentos de la noche, y como estos van variando según pasamos las hojas del calendario. A menudo me ronda alguna lechuza y, en cuanto desaparecen los fríos, murciélagos y erizos se añaden a mi velada. Pero de todas, mis preferidas son las noches de grullas, sobre todo en otoño, cuando estamos a punto de entrar en ese túnel que llamamos invierno. Ellas, con sus trompeteos, vuelan buscando la eterna primavera del Sur; siempre las envidio y lamento no atreverme a acompañarles en ese último tramo de su viaje hacia la luz.    

  Pero estas últimas noches algo ha estado turbando la magia de ese momento. Una sensación parecida a cuando intuimos la mirada de alguien clavada en nuestra espalda, nunca debemos despreciar las intuiciones. Desde hace más de una semana, esa percepción me obliga a mirar hacia la curva del camino que llega a mi casa, y entonces veo esa luz. Se trata de un halo semitransparente, con forma ahusada y de color azulado, no tiene mucha intensidad, la suficiente para destacar entre la oscuridad del camino en el que no hay ningún alumbrado.

  Las primeras noches, seguramente por el cansancio de la hora, lo atribuí a algún reflejo que cualquier iluminación lejana pudiera crear entre la niebla, realmente me negué a verlo, nunca debemos negar lo que vemos. Hace ya unos días que la niebla despareció, y ese halo ha seguido asomando allí, en la curva del camino, inmóvil, silencioso. Nunca he sido capaz de distinguirlo llegar ni marcharse, solo lo veo estar. Aparenta esperarme, y no se porqué me siento atraído por él.

  Durante dos noches consecutivas, y envalentonado por la compañía de uno de mis gatos, decidí recorrer los cien metros que me separan de la curva donde aparece la extraña luz. A mitad de camino, mi gato se paró observando fijamente la aparición, sacudió la cabeza y dio media vuelta, nunca debemos ignorar la perspicacia de un gato, y menos de uno ya anciano y experimentado. Le imité y juntos desandamos el camino, su prudencia estimuló mi miedo.

  Pero la otra noche la luminosidad del halo cobró intensidad y quizás la energía que parecía contener me cautivó. Admito que mientras caminaba por la oscuridad me temblaron las piernas, sólo los valientes sabemos lo difícil que resulta superar el miedo. Cuando llegué a su altura pude verlo bien: tan solo era un trozo de luz que no provenía de ningún sitio, comenzaba a escasos centímetros del suelo alcanzando el metro y medio de altura. No percibí ninguna sensación, ni frió, ni calor, ningún movimiento, ninguna vibración, nada, simplemente era un haz de luz. Quienes hayáis visto algo parecido sabéis a lo que me refiero, para los demás, lo siento, no puedo explicarlo mejor.   

- ¿Quién eres? - Todavía no sé porqué hice esa pregunta.

- Ya sabes quién soy. Lo importante es ¿por qué estoy aquí?

  La respuesta no salió del haz de luz, sonó dentro de mi cabeza. Era una voz infantil, dulce y serena.

- ¿Por qué estás aquí? - Volví a preguntar.

  No sé si alguna vez habéis hablado con un haz de luz, pero si se os presenta la ocasión procurad que no haya ningún testigo. La estúpida mueca con la que se te descompone la cara es mejor no compartirla.

- Soy tú mismo, hace cuarenta años -.

  Esta vez sonreí, la voz me resultó familiar, un recuerdo lejano ya perdido en la memoria.

- Has olvidado tus sueños infantiles, has abandonado los propósitos que juraste perseguir. Has dejado de soñar.

  Permanecí varios minutos junto a luz, inmóvil, hasta que conseguí recordarlo todo. Durante unos instantes volví a tener once años, fue suficiente para volver a abrir los ojos, para volver a ver la realidad completa.

   Entonando una vieja canción regresé hacia mi casa, los árboles volvieron a tener rostro, pude ver el movimiento del aire de la noche, y una lechuza se detuvo sobre el muro del borde del camino para llamarme por mi nombre.  A mitad de recorrido cogí una piedra del suelo y me la guardé en el bolsillo, me pareció una bonita piedra. Me giré mirando hacia la curva, el halo había desaparecido.

- Gracias -. Murmuré con una amplia sonrisa.

Oscar da Cunha
22 de Marzo de 2012

domingo, 18 de marzo de 2012

UNA LLAMADA DESDE EL PASADO

     Pese a la distancia hablamos muy a menudo, pero la de hoy no ha sido una llamada  corriente. Su madre está tirando la toalla, aún le podría quedar vida pero le faltan ya ganas de usarla. Este mundo se está quedando sin admiradores y visto como bajan las aguas ninguno de los dos somos tan hipócritas como para reprochárselo. La nostalgia se ha apoderado de la conversación y sin saber porqué mi inalámbrico se ha convertido en un auricular de bakelita, de aquellos negros con la ruleta con números blancos.
 
  De nuevo han empezado a caer copos en aquél Berlín de enero del 85 mientras recorremos los jardines de Charlottenburg, y la memoria con esa traidora costumbre de convencerte de que cualquier tiempo pasado debió ser mejor.

- Déjame unas monedas, anteayer quedé en llamar hoy a las once y estoy viendo la cabina libre -. No podías fallar esa llamada, sabías que al otro lado del cable te estaban esperando a la hora fijada.

- ¿Todavía no habéis recibido mi carta? ¡La mandé hace cinco días, la eché en correos! - Que despacio corría la vida, una carta más en la que explicaba las razones por las que necesitaba una nueva infusión de dinero.

  Recuerdos de un tiempo en el que nos comunicábamos menos, pero comunicábamos mejor. Tiempo en el que los amigos y familiares nos conocíamos las vísceras. Nuestro avatar era la mala letra en los folios escritos, o la ronquera en la voz por las largas noches construyendo ese mundo en el que íbamos a vibrar juntos.

  Noches de vinilos y cerveza arrancándonos las inquietudes hasta provocar esa lágrima participada, la sonrisa generosa del alma desnuda.

  Mañanas de calcetines intercambiados y colas en la ducha del apartamento compartiendo el perfume del primer café. Y siempre el sol en la ventana del nuevo día, aunque nevase. Mañanas de sonrisas cómplices por las verdades descorchadas pocas horas antes, cincelando lentamente la base de una amistad con la que ya íbamos intuyendo que envejeceríamos.

  Días en los que teníamos mucho menos pero nos regalábamos enormemente más, días de música y tabletas de chocolate. Conciertos robados en los ensayos de la filarmónica que aún hoy siguen sonando dentro de nuestra cabeza. Días de agradecimientos sencillos por esas golosinas inaccesibles al otro lado del muro.


  Y largas conversaciones, mantenidas después a más de dos mil kilómetros y seis meses de distancia. Conversaciones cargadas de ideales y futuros con los que todavía hoy seguimos soñando. Diálogos con personajes, algunos nunca nos abandonarán porque supimos fabricar una memoria inmortal, otros están ahora pagando ese peaje que nos exige la vida, con ganas ya de abandonar esta autopista por la que sólo corremos, y comenzar caminos más serenos en los que poder disfrutar del paisaje.

  Recuerdos de una época que tuvimos la suerte de disfrutar y que sigue viva gracias al pacto de una memoria siempre compartida. Recuerdos que ya peinan canas y en los que se pueden apreciar las arrugas que va dejando el camino. Ese camino que juramos, juntando nuestra sangre, recorrer eternamente jóvenes. 

  Ideales que hoy en día sabemos son sólo utopías en un mundo que ahora se ha empeñado en mostrarnos su auténtica cara, y nosotros, aún fieles a aquellos principios, todavía más que nunca conservamos aquella vieja ilusión que hace tiempo decidimos no dejarnos robar.

  Cuelgo el pesado auricular con su negro cordón enredado en mi memoria y a través de la ventana me quedo contemplando un cielo que no parece haber cambiado con el tiempo, un horizonte al que todas las generaciones hemos confiado nuestra juventud. No tengo aún edad para ir por el mundo de abuelo cebolleta, pero nadie me va a convencer de que en aquellos tiempos fuimos menos felices.



Oscar da Cunha
18 de Marzo de 2012