jueves, 24 de mayo de 2012

LA SEGUNDA PUERTA


  Hay amaneceres que no se merecen el nombre, y el de ese día llegó con la traición encubierta. Detrás de la ventana el viento empujaba con fuerza las gotas de lluvia, pero yo no las vi. Con el primer café del día salí a la terraza para saludar a la mañana; era primavera en el calendario, invierno en el ambiente, y verano en mi percepción de la realidad. El sol aún no se había levantado y yo quise aspirar la aurora rojiza que lo precede, el resfriado lo disfrute después, momentos en los que la serenidad interior te complica la vida. Nosotros bien, los peludos cazando las primeras lagartijas de la jornada, y las lagartijas… bueno, ellas debían de ser las únicas conscientes de la realidad. En la radio sonaba Manolo García, no recuerdo la canción pero da igual porque todas las suyas me gustan. Una de esas mañanas en las que te felicitas por haber mantenido el tipo durante los naufragios, pero llovía. Cometí el error de ignorar el temporal que se estaba formando en mi conciencia.
  Pocos minutos transcurrieron desde que salí de casa, la carretera de todos los días se estrechó hasta formar una angosta senda por la  que apenas era capaz de mantener mi coche sin reventar la carrocería contra el tronco de los árboles que la cercaban. Finas ramas atestadas de grandes hojas cerraban más, a cada segundo, el ahogado túnel en cuyo ojo solo pude ver una nube negra escupiendo agua, no había espacio más que para la oscuridad. Empecé a sentir la falta de aire que me obligó a abrir las ventanillas, y las gruesas hojas que hasta ese momento golpeaban los cristales empezaron a abofetearme la cara. Su  contacto grasiento me envolvió junto con el caudal de agua que entraba, consiguiendo que mis esfuerzos por seguir respirando me obligaran a detenerme e intentar salir del coche; no fui capaz de abrir la puerta, no tuve fuerzas para vencer la tiniebla que me envolvía. Desesperadamente intenté aflojarme el nudo de la corbata que me estaba estrangulando, ese gesto no hizo más que aumentar mi angustia, el poco aire que me quedaba me ayudó a recordar que no uso corbata, desde que hace años decidí sustituirla por la sinceridad. Mi ritmo cardiaco se disparó, y noté como mis pies golpeteaban sin fuerza el suelo lleno ya de esas marrones hojas grasientas. El hedor del miedo bloqueó mi adrenalina y empecé a sentir el mareo que precede a la pérdida de la razón.
  Reparé en que no estaba sufriendo un ataque de ansiedad cuando las voces empezaron a sonar; al principio solo fue un murmullo, como el que precede al ejército enemigo antes de decidirse a lanzar el ataque final. Después vi sus caras, desfiguradas, sus bocas babeaban sangre al hablar, sus pupilas giraban a la misma velocidad con la que sus gritos empezaban a gobernar mis ideas, mis recuerdos, mis sueños, todo lo que compone mi auténtica identidad. Más tarde,  ya con la noción del tiempo totalmente perdida, me hicieron creer que sus voces formaban un orfeón perversamente uniforme; coreaban la fecha de mi muerte, la de mis seres más queridos; cantaban mi futuro, iban a robarme mi albedrío, mi cordura, la razón por la que todo ser humano se mantiene vivo. En ese momento, intentando aspirar un poco de aire en donde no quedaba hueco ni para el vacío, comprendí que peor que robarte la vida es vaciar el costal de lo que te queda por vivir.
  Tenía que defenderme, salir de ese dédalo letal. La falta de resuello dejó de preocuparme, incluso acepté morir antes que afrontar el resto de mi vida atrapado por la locura. Comencé a gritar para no oírles, lanzando puñetazos que no conseguían alcanzar esos rostros que maquiavélicamente se movían a la misma velocidad que las grasientas hojas. Todo giraba a mi alrededor con la velocidad de un tornado que además aspiraba el último oxigeno de mis pulmones.
  No sé cuanto tiempo pasó hasta que conseguí poner en marcha el motor del coche. Pateé el acelerador alternando la marcha atrás con la delantera según golpeaba los árboles que me tenían totalmente rodeado. El infernal coro seguía sonando mientras oía reventarse trozos de carrocería y cristales. Un estruendo final, similar al que produce una explosión dentro de un almacén vació, se llevó mi voluntad y perdí el conocimiento.
  Abrí los ojos, estaba completamente empapado pero, por el sabor salado que noté en la boca, supe que solo eran sudor y lágrimas. Las ventanas del coche estaban cerradas, ni una sola gota de lluvia en el interior. Estaba aparcado en una explanada de cemento perteneciente a una obra abandonada hacía ya unos años, distante tan solo cien metros de la carretera de todos los días. Me costó reunir las fuerzas necesarias para salir del coche, en ese momento mi cuerpo se comportaba como si acabara de superar los cien años; respiré sin dificultad, pero la buena noticia fue comprobar que había conseguido salvar mi juicio.
  Rodeé el coche apoyándome en cada centímetro para conseguir  mantenerme en pie, no había ningún golpe, ningún rasguño, incluso juraría que estaba mas limpio que al salir de casa. Miré mi reloj, era mediodía en punto. 
  Me senté en el suelo sin importarme la lluvia que continuaba cayendo, y me sobró aire hasta para encender un cigarro.
  A estas alturas no hace falta que os diga que había conseguido atravesar la segunda puerta del infierno, la que nos pierde en la locura, pero no podía considerarlo una victoria, sería una irresponsabilidad. Él, el oscuro, esta vez ni siquiera se había exhibido; comprendí que no me consideraba un enemigo lo suficientemente importante como para justificar su presencia, tan solo había enviado a su primera columna de peones, y estos me acababan de macerar en el peor momento de mi vida, hasta la fecha.
  Sentado bajo la lluvia fui consciente de su poder, ya no habría más pícaras rubias, ingeniosos diálogos, ni partidas con las cartas marcadas. Su verdadero juego no había hecho más que comenzar, y ese solo lo disfruta él.
  Ese día aprendí a temerle, empecé a convencerme de que, pese al dicho, más sabe el diablo por demonio que por viejo. Y por primera vez noté el desagradable sabor del miedo en mi boca. Afortunadamente no sabía aún lo que me esperaba, hubiese elegido dejar de respirar.

Oscar da Cunha

24 de Mayo de 2012