viernes, 4 de mayo de 2012

PORTADA 2.0



 Escribir una novela es una aventura fascinante; hay muchos tipos de novelas, en mi caso ha resultado un viaje  a través de la imaginación, de los sueños, y de los recuerdos. Yo soy un simple novato, quienes han leído mi primera obra “La Sonrisa de la Magdalena” han podido comprobar que me queda mucho camino por recorrer; pero en mi diminuta experiencia estoy teniendo la satisfacción de identificarme con los “grandes”: saberme leído, comentado, incluso las críticas generan el placer que produce esa sensación de que al otro lado de la red alguien, con parecidas inquietudes, ha dedicado unas horas de su tiempo acompañándome en alguna etapa de esta singladura a la que no seré yo quién ponga fin.

  El recorrido de una novela pasa por muchas etapas, supongo que cada autor tendrá sus propios mecanismos, yo solo puedo contaros mi experiencia. Primero surgió la idea, una noche, en concreto la de fin de año del 99, sentado con Lou en la playa de Isla Cristina, compartiendo una bandeja del exquisito jamón de la región, una docena de pasteles, y una botella de cava - fue nuestra manera de escapar de la euforia que venía acompañando al fin del milenio, y disfrutar del momento en nuestra cómplice soledad -. La percepción del tiempo la puso el sonido de las lejanas doce campanadas que la brisa nos trajo desde la iglesia del pueblo. La belleza la iluminaron las dos lunas que describo en un pasaje de la obra, la que desde el cielo encendía el inmenso salón de baile en el que nos habíamos refugiado, y la que reflejada en el mar nos invitaba a soñar con que algún día, siempre juntos, disfrutaremos, ya despojados de la cápsula con la que transitamos por esta vida, admirando en la distancia nuestro planeta azul.

  En aquél viaje nació el proyecto y los primeros apuntes en papeles sueltos y servilletas de papel. Necesité siete años para decidirme a empezar a construir el relato que nunca había abandonado mi cabeza. Fotos antiguas, facturas, folletos de restaurantes y hoteles, y sobre todo recuerdos de lugares y personajes que han compartido momentos de mi vida fueron ocupando sus puestos en el barco que ya empezaba lentamente a navegar. Sucedió lo que siempre ocurre: puertos que no estaban anotados en la carta de navegación, tripulantes que no figuraban en la nómina, y hasta polizontes se colaron entre las líneas de mi cuaderno de bitácora. Fue necesario re-visitar algunos lugares, y mantener largas charlas con desconocidos, hoy amigos, de quienes tuve que abusar para obtener esa información que solo quien ya ha apreciado el desgaste que produce el tiempo sobre la piedra es capaz de ofrecerte.

  Durante cinco años “La Sonrisa de la Magdalena” se convirtió en mi refugio privado. Sobre todo los tres últimos fueron los más convulsos de mi vida, y en ellos perdí a dos de los seres que mayor huella han dejado en mi corazón. Quizá algunos opinéis que debí optar por el alcohol, pero a día de hoy no cambiaría los guantazos que me cayeron encima gracias a las horas de ilusión que obtuve inmerso con esos personajes imaginarios, y que fueron tornándose reales y fieles compañeros en mi cabeza. Confió también en que la experiencia me haya servido de aprendizaje y seguramente nunca escribiré nada peor, pero os garantizo que ningún proyecto futuro me dejará el dulce sabor de aquellos momentos.

  En enero de 2011 tecleé la última letra, ignorante de mí, creyendo que el barco ya había lanzado el cabo de amarre al puerto de destino. La aventura no había hecho más que comenzar. Desde que decidí colgar la novela en la red ha sido, y sigue siendo, vuestra compañía la que me ha permitido seguir navegando en estos mares de ilusión. He tenido que releer muchos de los pasajes que escribí para contestar a vuestros correos, preguntar su opinión a los personajes de la novela, y volver a revivir escenas desde puntos de vista diferentes. Vuestras aportaciones, vuestras opiniones, han motivado que hoy vea “La Sonrisa” con los mismos ojos pero con otra mirada; por eso he decidido cambiar el diseño de la portada original.

  Indudablemente el motivo principal sigue siendo un camino; pero “el nuevo” ya no está asfaltado, sino labrado en la propia tierra por todos los que lo habéis pisado conmigo hasta ahora, y una nueva luz se asoma en el horizonte dando color a un paisaje de recuerdos en sepia. Buscaros entre los árboles, estáis todos sin excepción.

  Espero que os guste, la aventura continúa…