viernes, 1 de junio de 2012

AMANECIENDO, QUE ES GERUNDIO


  Lo siento por Steve Jobs, es un tipo que siempre me entró bien, una lástima que nos dejara; se me sobrevienen, al instante y sin necesidad de recurrir a un informativo, más de cien candidatos que deberían haberle sustituido y de cuyos nombres ni se me ocurriría acordarme al día siguiente. Pero este Monopoly al que llamamos vida es así. El caso es que últimamente no hago más que toparme por todas partes con la jodida y famosa frase: “Si hoy fuese el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer hoy? …”, y ya empieza a cansarme.

  De aperitivo porque cuando me caigo de la cama cada mañana sé que están suspirando por mí el primer café y el primer cigarrillo del día, y tengo claro que voy a seguir disfrutando de ese orgasmo aunque me lo prohíba la mismísima Vara de Asclepio. Ese momento sagrado, esa comunión con el vicio, consiguen que me importe un chiflo saber si ese es el último día de mi vida, o si me está esperando en la ducha la propia Jennifer Aniston en pelotas para enjabonarme las mías.  Por otra, si a la mayoría de desgraciados y despreciados supervivientes de este naufragio nos diera por pensar - mala práctica que afortunadamente ya está tan en desuso como el papel pa la nalga del elefante - que las próximas veinticuatro horas son las últimas que nos quedan; a ciencia cierta que lo convertiríamos en el día más feliz de nuestra existencia. Saltaríamos a la calle, desnudos de nuestros aipozes, aipazes, aifones y demás aichismes que usted inventó, con las manos vacías preparadas para abrazar a esos amigos, los que nos regaló la suerte, con los que hace tiempo no nos vemos cara a cara ni oímos su voz. Más de muchos, nos percataríamos de que esa persona con la que compartimos nuestra vida, y con la que desde hace tiempo no tratamos de otra cosa que las facturas de los ais, es el auténtico amor de nuestra vida, e intercambiaríamos la primera caricia realmente sincera en los últimos años. Hablaríamos con nuestros hijos, primero pidiéndoles perdón por la mierda de sociedad que entre todos hemos permitido que se prostituya y, mientras contemplábamos nuestra última puesta de sol, les convenceríamos de que la dignidad y la libertad son valores que no se pueden poner en las manos de los cuatro charlatanes que a nosotros nos las han robado. A todo lo demás deberían darle por el culo, en ese día final, porque no merece la pena.
  Pero por desgracia, los únicos que de verdad saben cual va ser el último día de su vida no suelen estar en situación, ni siquiera, de decidir en que brazo quieren que les enchufen la morfina con la que evitar los dolores del parto final. A la mayoría, ese último día nos pillará a la vuelta de cualquier esquina, sin saber que desde el primer día debimos cambiarlo todo. O sea Mister Jobs, nosotros ya nunca cambiaremos nada, todos llevamos demasiado tiempo resignados al no por respuesta

  Pero yo, como ya nací gilipollas y llevo cincuenta y un años en prácticas - de ahí que, una vez más, haya vuelto a pringar como intrépido ciudadano cumpliendo mis obligaciones con “la bankia semos todos” -, prefiero pensar que, cada nuevo, es el primer día de mi vida, y fascinarme con mirada infantil de cuanto me rodea, comprobando  lo abundante que hay de hermoso en este mundo. Cada día disfruto mientras descubro que me quedan muchas flores llenas de colores con los que sustituir la oscuridad. Observo la luna, convencido de que desde su cara oculta pueden oírse las estrellas coreando el Casta Diva que Norma interpreta cada madrugada. Y muchas noches vuelvo a casa con la alegría de haber compartido unos instantes con algún desconocido cuya conversación merecía la pena.
  Asumiendo que cada día es el primero de los que me quedan de vida, procuro salir cada mañana con los mismos ojos con los que estrené mi primer triciclo, y recuerdo que mientras yo era feliz porque conseguía que los perros hablasen mi mismo idioma, el mundo también era una mierda. Observo las gaviotas y compruebo que siguen sin plantearse si quieren seguir haciendo lo mismo que llevan siglos practicando, y sin embargo continúo escuchando sus risas. Alguna vez hablo con ellas, de un día para el siguiente no me recuerdan, porque cada amanecer es su primero. Yo también ya he dejado de hacerme preguntas necias, no quiero vivir con los oídos sordos.
 
Oscar da Cunha

1 de Junio de 2012