sábado, 9 de junio de 2012

LA TERCERA PUERTA


  Para quienes tengáis sensibilidad. Para quienes améis la vida. Para quienes cada mañana sea una nueva oportunidad de reencontraros con la alegría, aceptad mi consejo y no leáis este relato. La tinta negra con la que aparece es un engaño, realmente es un episodio en dos colores, el primero rojo por la sangre, y el amargo por mis lágrimas el segundo.
  Creedme cuando os digo que, aún hoy, me resulta asombroso haberla rescatado del rincón más agotado de mi corazón para ser capaz de compartirla con vosotros.

  ¿Quién no se ha sentido dominado por los sentidos en cualquiera de esos magníficos amaneceres que nos regala el principio del otoño? El sol se levanta a una hora más refinada, permitiéndonos disfrutar la alborada con el efecto del primer café ya en la sangre; admiro esa luz que acaba de perder la pasión del verano y nos cede el deleite del verdadero color de la naturaleza. La cálida brisa que se disfruta en esta época, por estas latitudes, desprovista de la humedad habitual; y sobre todo el sosiego de recuperar el ritmo de nuestra vida, pasadas ya las ansias veraniegas de bebernos de un solo trago todos los deseos que vamos acumulando conforme pasamos las hojas del resto del  calendario.

  Su gimoteo llegó despacio aquél trece de octubre, confundido entre la jerga de los adolescentes nacidos la pasada primavera que iniciaban, un día más, sus juegos aleteando entre las ramas del jardín. La encontramos arrastrándose sin rumbo entre las plantas, todavía no sabía andar, y aún tenía los ojos cegados por ese velo protector que caracteriza a los peludos recién nacidos. Nos faltó tiempo para conseguir un biberón y leche. Con la panza llena, la dejamos dormir donde acabábamos de localizarla; en ningún momento perdimos la esperanza de que su madre fuese incapaz de encontrarla. A media tarde la naturaleza dictó sentencia salomónica, nos convertimos en padres; tan pequeña, tan indefensa, acababa de devolvernos la sonrisa.
  La primera noche ya me bautizó como madre. Guiada quizás por la necesidad de contacto animal trepó hasta la cama, y solo encontró consuelo junto a mi cara. Mi respiración calmó la ansiedad de sus ojillos aún borrosos, y compartimos el mismo sueño. Solo fue la primera de todas las noches.
  Su hambre era mi despertador, mi primer café y cigarrillo se conformaron con pasar a segundo plano; solo conseguía sacarles placer cuando ella, saciada de biberón, ronroneaba sobre mis piernas. Enseguida empezamos a compartir las noticias de la radio. Siempre el mismo ritual, tras cada crónica, mi carcajada y su patita en mi barbilla, era su manera de pinchar “me gusta”. Me aficioné a manchar mi café con unas gotas de nata líquida, el platillo que ella vaciaba necesitaba justificante en la lista del supermercado, y aún hoy mantengo esa rutina, aunque siga sin gustarme la nata. Nunca me acostumbraré a volver a desayunar solo.

  A mis viejos peludos les tocó del papel de padres. La enseñaron a trepar a los árboles, a jugar con las pelotas de papel de aluminio, a robarle la comida a Naty, a buscar el sol en invierno y la sombra en verano. Recuerdo cuando, triunfante, vino a enseñarme su primera lagartija. Ignoré la cómplice mirada  que tras ella cruzaron los viejos, y acepté aquella lagartija como el final de su infancia.

  La sorpresa por su primera nevada, su alegría por la primera flor de la primavera, y el sopor en las tardes de agosto tumbados bajo los manzanos mientras le leía a Stendhal. Las noches de invierno, tumbada junto a mi ordenador, mientras yo tecleaba y ella miraba con aprobación la pantalla, fingiendo ignorar esa coma desplazada, o ese acento olvidado. Esperaba pacientemente el “hasta mañana” de la inspiración para acompañarme a terminar el paso al nuevo día. Durante las frías noches de invierno agradecía el calor de su respiración sobre mi vientre, y en las calurosas de verano también.
  Aprendió a bailar muchas canciones, pero su voz preferida siempre fue la del sensual barítono Barry White. Sobre mis rodillas se hipnotizó con la trilogía de “El Señor de los Anillos”, y enseguida se identificó con Arwen, la escogió para sus sueños de pubertad.
  Adquirió la costumbre de despedir la puesta de sol desde su altar secreto, del que no salía hasta acompañarnos en el último paseo con Naty. Como cada noche, nos esperaba bajo el cerezo de la esquina del camino, y enseguida noté que esa vez su maullido no era el habitual. Al cogerla en brazos, pese a la oscuridad, vi el borbotón de sangre en que se había convertido su boca. Ella se aferró a mí piel con un grito de despedida. Han pasado dos años y ni siquiera las cicatrices por la uñas de su desesperado abrazo han dejado de sangrar.

  No consigo recordar con claridad los momentos que siguieron; su cuerpo convulsionándose y el maldito coche, derrochando goma en las curvas, que no terminaba de llegar hasta el veterinario de guardia. Con las manos llenas de su sangre, posé suavemente mi corazón sobre la camilla de la consulta mientras exhalaba el sollozo final. Al mismo tiempo que sus latidos, el mundo se paró.

  Salí con ella en brazos apretándola contra mi pecho y me senté en el suelo. Quise llorar pero no tuve lágrimas, intenté respirar pero no hubo aire, ansié verla ver pero tampoco hubo luz, ni siquiera la oscuridad se atrevió a presentarse. Intenté gritar pero no salió ningún sonido de mi garganta. Solo el vacío, la soledad, el silencio, hasta el tiempo hizo una respetuosa pausa. Y entonces llamé. ¡Supliqué! ¡Se lo ofrecí todo! ¡Todavía tenía que haber posibilidades y le brindé un cheque en blanco! Hasta lo más sagrado me pareció barato a cambio de su vida.

  En aquel instante se presentó. Por primera vez le vi lucir su traje de gala; estaba esperando, anhelando ese momento, lo tenía reservado con antelación. Se plantó ante mí con sus casi tres metros de altura, el descomunal torso rojo y los ojos de fuego; dos grandes colmillos ornamentaban su sonrisa, y tres pares de cuernos se confundían con sus negras alas extendidas.

- ¿La has encontrado? - Tembló el suelo con el trueno de su voz.

- ¡Quizás sí! No lo sé seguro. ¡Ayúdame y algún día mi alma será tuya! ¡Te lo juro! ¡Te lo prometo! ¡Pero, devuélvele la vida a mi pequeña!

- ¿Me-lo-juras? - Con su carcajada, el fuego de sus ojos estalló.

- ¿Quién te has pensado que soy? ¿El que ayuda a las viejecitas a cruzar la calle?

- ¡No, Imbécil! Yo soy el que distrae al conductor para que se salte el semáforo en rojo. Yo soy el último vaso de alcohol que empuja al desgraciado a destrozar la cara de su mujer. Yo soy el que le priva de alimento a la madre para que abandone a su hijo muerto en el borde del camino que nunca terminará de recorrer.

- ¿Me-lo-prometes? - Insistió. - ¿Tengo yo pinta de aceptar promesas? ¿Acaso has pensado que yo concedo perdones?  Si tienes problemas para encontrar algo que merezca la pena dentro de ti, tendrás que llamar al timbre de arriba. Yo soy el vecino del sótano, mi puerta solo se golpea desde dentro, con el dolor.

- ¡Tú la has matado! ¡Tú me la has quitado cabrón! -
  Sólo conseguí una mirada aún más insolente. La baba del triunfo empezaba a deslizarse por las comisuras de su asquerosa boca. 
- El veterinario ha dicho que ha sido un coche, pero desde hace horas no ha pasado ninguno -.

- Siempre tuviste miedo de perderla. Cada día volvías a casa ansioso por encontrarla ilesa, por volverla a abrazar y contar cada una de las rayas de su pelo. Ya no temerás más por ella. ¡Agradécemelo!

  Noté que se mordía una de sus lenguas, la más negra. Advertí su irritación por dejarse llevar por la miel de la victoria. Se descerrajó víctima de su propia vanidad.

- ¡Ahí es donde te escondes, miserable! ¡En el miedo! Nuestra angustia es el carburante de tu poder.

- Hoy es 7 de julio. ¡Tengo mucho trabajo!

  No se dio la vuelta, no se marchó; supongo que dejó de estar porque yo dejé de verle. Y ahora, con el tiempo como maestro, reconozco que tuve suerte. Todo mi dolor, en su presencia, se acababa de transformar en violencia. Hubiese sido capaz de romperme contra él, de vender el dolor  por mi pequeña a cambio de esa mercancía que abre una más de sus puertas, la venganza.

  La segunda oscuridad me reventó los ojos mientras besaba su pelo ahora salado por mis lágrimas. Me abracé a su cuerpo ya eternamente  quieto.

- ¡Perdóname pequeña! ¡Yo te he matado! ¡Mi miedo ha sido la rueda que ha acabado con tu vida! ¡Perdóname!

  Su cuerpo descansa en un lugar secreto. Gracias a su infatigable alegría ya han comenzado a nacer las primeras flores, rayadas como ella, huelen a felicidad y bailan con nuestros recuerdos.

  Yo, nunca más he vuelto a temer por quien amo.

Oscar da Cunha

9 de Junio de 2012