lunes, 9 de julio de 2012

LA CUARTA PUERTA


  Otra jornada agotadora. Sólo a mí se me ocurre estrenar calzado con treinta y dos grados anunciados ya desde primera hora de la mañana.
  ¿Dónde quedaron aquellos tiempos en los que los zapatos y la ropa nueva se reservaban para los domingos? El breve paseo de mediodía, por la ciudad antes de las dos “Mirindas” en la cafetería del centro, y las patadas al balón de Angelito en la plaza del quiosco de la música se encargaban de ir ahormando los “Gorila”, preparándolos para la temporada de lluvias, en la que se convertirían en compañeros inseparables de los cuadernos y los libros. Incluso las primeras apreturas se arrinconaban con la ilusión de la pelotita verde que venía de regalo en la caja.
  Otra jornada agotadora, problemas con clientes, clientes con problemas, e incluso problemas que venían sin compañía. ¿Para que quejarse? No había sido distinto del día anterior y no lo sería del siguiente.
  Me dejé caer en la tumbona de la terraza tras pincharme en vena un vinilo de Oscar Peterson. El sol empezaba a despedirse por el ocaso dorando las aguas del río, y la refrescante humedad que anuncia la noche se abría camino desde el Cantábrico.
  ¡Tampoco había sido tan mal día! A ese empresario de la cita de las cuatro también la gustaba la pintura de Antonio López, y la discusión sobre las ficciones de Borges resultó un bálsamo. Además, seguramente íbamos a poder sacar a esa chica del paro. Habría que invertir tiempo en formarla, pero ella apuntaba buenas maneras; un hijo y un divorcio resultan ser la fascinación necesaria para salir del laberinto.

  La quemazón en los dedos me sacudió del sopor; no os aconsejo relajaros con un cigarro encendido, de hecho no os aconsejo encender un cigarro. Con suerte, si todo el mundo dejará de fumar yo podría comprar el tabaco más barato, esa batalla la perdí hace mucho tiempo.
  Me sorprendió el intenso color rojizo que envolvía el crepúsculo. Conozco bien las diferentes tonalidades de los atardeceres, las luces del amanecer, las de la medianoche, y todo cuanto acontece en esos momentos en los que los gatos comenzamos a ser pardos. Esa coloración, anómala por estos valles, me inquietó. Peterson había terminado su concierto, y el silencio había ahuyentado la refrescante brisa. Algo no iba bien, todo aparentaba estar interrumpido. Observé ese cielo rojo, ya sombrío, durante unos instantes, sólo dos o tres nubes aún más oscuras, inmóviles como brasas extintas en un limbo estático.
  Al ponerme en pie me di cuenta de que mis movimientos eran lentos, como el último parpadeo antes de conciliar el sueño final. La atmósfera era espesa, cálida, más densa que el aceite, y percibí que mi interior, justo bajo la piel, estaba vacío.
  Sentado en el murete de piedra el anciano me miraba con sus ojos blancos cristalinos, escondidos entre la profundidad de sus incontables arrugas. Su pelo, también blanco, llegaba hasta sus hombros cubiertos por una túnica cuyo color me resultó imposible definir.
  —¿Eres tú, verdad? —me costó que el sonido saliese pesadamente de mi garganta, de hecho pese a que sólo nos separaban dos metros mi voz tardó varios segundos en llegar hasta él.
  —¿Quién sino? —su voz sonaba cansada, lejana. Me llegó densa mientras se generaba un eco profundo con sus palabras. —Soy el único que te queda, ¡y ya ves!, yo también me hecho viejo.
  —¿A qué te refieres? —pregunté mientras la sensación de angustia empezaba a dominarme.
  —A lo que estás empezando a percibir. ¡Mira a tu alrededor! ¿Ves a alguien?
  Me giré, la que era mi casa presentaba un estado ruinoso. La pintura desconchada, apenas quedaban un par de contraventanas de madera podrida. Cristales rotos. Pero lo que en verdad me zozobró fue ver los restos de varias macetas rotas, abandonadas entre montones de ramas secas, trozos de cemento informe y tierra negra. Ni una flor, nada vivo. Los geranios, los claveles, las azaleas, las hortensias, las calas… Todo el color, la vida y los olores que con tanto cariño Lou mantenía constantemente envolviendo nuestra pequeña parcela de mundo habían desaparecido.
  —¿Dónde están los míos? —mi pregunta sonó suplicantemente ridícula, pero ya no pude retirarla.
  —¡Ya no están! Hace mucho, mucho tiempo que dejaron de estar.
  —¿Qué has hecho esta vez? ¿Qué me has quitado?
  —¡Nada! —Sus ojos blancos me miraron serenos antes de girar su cabeza trescientos sesenta grados y volver a clavarse en mí, esta vez con violencia. —El tiempo ha hecho su trabajo.
  —¿Murieron?
  —Todos.
  —¿Mi mujer, mi familia, mis amigos, mis animales…?
  —¡Todos! —gritó molesto por mi insistencia.
  —¿Cómo fue? ¿Sufrieron?
  —¡Bah, detalles, detalles! ¡Qué más da! Cada uno fue cruzando la puerta con las circunstancias que le correspondieron…
  —¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has querido dejarme solo? —le interrumpí. Comenzaba a sentir el dolor de la soledad, un pozo profundo bajo la piel, dentro de mí; un viento poderoso que aspiraba mis recuerdos, que anulaba mis sueños. Tan sólo era un pellejo sin vida, nadie con quien reír, con quien sufrir, nadie a quien recordar; era mucho peor que estar muerto.
  —¿De qué me sirve continuar viviendo sin ellos, de qué ha servido todo el camino recorrido si ahora ya no me queda ni el recuerdo de haberlo compartido?
  —Es el desierto de tu alma –me contestó con mirada cansina, vieja.
  —¿Ahora entiendes lo que siempre buscabas? Lo tenías a tu alrededor, dentro de ti;  y tú constantemente intentando encontrar un tesoro escondido más allá de lo trascendente.
  —No he podido llorar a quienes tendrían que haberse marchado antes que yo, ni despedirme de los que me debieron haber sobrevivido; compartir el último adiós, justificar cada paso de nuestras vidas. No sólo quiero morirme, quisiera jamás haber estado. Ni siquiera recuerdo ya sus caras, sus voces, sus olores. Me has convertido en un muñeco de trapo que nunca tuvo vida, el muñeco al que jamás sacaron de su caja y nadie jugó con él.
  El anciano exhaló un suspiro. —Has abierto la cuarta puerta, la de la verdad, ahora ya sabes donde moraba tu alma, y ya sólo yo puedo ayudarte.
  —Necesito dejar de respirar, incluso olvidar que alguna vez tuve vida. Sin ellos, sin su recuerdo… Duele más el olvido que la ausencia, la soledad que la pérdida. ¿Puedes ayudarme a dejar de estar? ¿Puedes lograr que nunca haya existido? —le supliqué.      
  Sin levantarse del murete el anciano extendió su brazo, los blancos ojos cobraron la vida de un millón de muertos.
  —¡Dame la mano! Será muy cálido.
  Me rendí, todos tenemos una voluntad incapaz de superar ciertas pruebas. Se puede renunciar a una batalla, pero hay que saber entregar las armas cuando se ha perdido la guerra.
  Sobre mí, el cielo había sustituido la oscura tonalidad rojiza a cambio de una tenebrosidad invisible.

  Le comencé a tender la mía cuando noté sobre mi hombro una cálida mano, suave, conocida. Me acarició de nuevo la húmeda brisa marina, y me sobresalté al escuchar las risas de las últimas gaviotas que sobrevolaban el río.
  —¡Te has quedado dormido! ¡Entra ya! Se está haciendo tarde para cenar.
  Al reconocer su voz, levanté la mirada envuelto en sudor, el cielo, aún con tintes azules, estaba lleno de estrellas. La terraza volvía a lucir llena de colores y olor, y mis gatos, tumbados, encontraban el calor de la tarde que aún conservaba el asfalto. La abracé, mis ojos se hundieron en su cara.     
  Con la última corriente de aire sonó un golpe de madera sobre metal.
  —¿Qué ha sido eso? —me preguntó.
  —No lo sé, pero se ha cerrado.

Oscar da Cunha

9 de Julio de 2012