sábado, 22 de septiembre de 2012

CUANDO LOS VENCEJOS TE PITAN EN LA OREJA


  —¿Turista?
  —¡No! —contesté—. Avería
  —¡Nada grave! —me soltó el anciano—, siéntate y tómate un cafelico. En diez minutos estará reparado.
  Le miré sorprendido. Anciano de pueblo, el típico, cabeza y boina todo uno; debajo, la nariz, enorme, con buena mata de pelillos asomando. Su mirada aún seguía siendo joven, pero dura, brillante; unos claros ojos grises, y mentón poderoso; la mano bien agarrada al bastón preparada para arrancarte la cabeza de un mandoble.
  —En este pueblo no se puede arreglar nada importante, si fuese grave no te habrían traído aquí.
  —El de la grúa me ha dicho que seguramente será la batería.
  —¿El Jacinto? ¡Ese qué sabrá!
  »¿Tienes gasolina?
  —Sí.
  —Pues entonces la batería, te lo digo yo.
  Guardó silencio mientras el barero me sacaba el café que yo no había pedido. De nuevo solos, se me acercó mientras miraba a ambos lados de la callejuela susurrándome al oído:
  —Este también es un jodído comemisas.
  —¡Vaya! —solté. No se me ocurrió nada mejor.
  —¿Tú también estás harto?
  —¿De quién? —pregunté.
  —¡De Él! —hizo un gesto con la cabeza amenazando con su potente nariz hacia arriba.
  Eché un vistazo al balcón situado sobre la terraza del bar.
  —¡No, no, más arriba! —No contento con estirar el cuello levantó el bastón con tal energía que tuve protegerme la cara con los brazos, y señaló al cielo que esa mañana se presentaba con un azul agotado.
  —¡El de arriba, cojona!
  —¡Ah! Se refiere usted a …
  —¿Tu ves la tele? —me interrumpió.
  —Poco, para lo que…
  —¡Pues haces mal! —me volvió interrumpir. El anciano, con su tono autoritario, no me dejaba hilar más de tres palabras seguidas.
  »La tele te hace pensar —Me miró fijamente con sus ojos grises mientras se golpeaba la boina con su dedo medio.
  »Yo veo muchos reportajes. A veces me sorprendo, embrujado, viendo un paisaje, tanta belleza me abruma, me parece… magia, y si hay magia me digo: ¡tiene que haber un mago!
  »También me gustan mucho los que nos enseñan las estrellas, ese infinito en el que, de momento, dicen que solo hemos conseguido descifrar una minúscula parte. Es una obra grandiosa, una maravilla de la ingeniería en continuo movimiento, y me digo: ¡tiene que haber un ingeniero!
  »¿Me sigues? —preguntó mientras agarraba con fuerza el mango redondeado de su bastón.
  —Sí, por supuesto —respondí escuetamente antes de que me interrumpiera y atento a cualquier movimiento de la estaca. Sentí como me incrustaba la fuerza de su poderosa mirada.
  —Los que no comprendo son los de África y el hambre, el cadáver de un niño, de lo que nunca pudo llegar a ser un niño, abandonado al borde de un camino diez metros antes del cuerpo sin vida de la que nunca logró ser una madre.
  »¡¿El puto mago es ciego?! —gritó.

  »Y qué me dices de las catástrofes naturales, cadáveres apilados, familias rotas, esperanzas, sueños… todo destruido porque algo ha fallado.
  »¡¿No había un ingeniero?!

  Durante unos instantes me miró estableciendo un silencio que solo el pitido de los vencejos se atrevió a interrumpir.

  »¿Sabes? Todo empezó con mi padre, lo mataron en la guerra civil, justo un año después de que yo naciera, no tengo ningún recuerdo de él.
  —¡Lo siento! —me apresuré a soltar.
  —¡Na, na, ya pasó! Pero el que lo fusiló, quien después fue alcalde de este pueblo, también fue creado a imagen y semejanza de Él, con sus mismos instintos.

  »¿Has conocido a algún loco?
  —No…, no en persona —contesté.
  —¡Yo sí! y no están locos, ¡solo están hartos!

  A media mañana salí del pueblo, los dos tenían razón había sido la batería. Pero no podía borrar de mi cabeza las últimas palabras de Jacinto.
  —Le he visto a usted entretenido con Don Andrés, es el párroco del pueblo.

Oscar da Cunha
22 de septiembre de 2012
(Equinoccio de otoño)
  

martes, 28 de agosto de 2012

DIARIOS DEL TRÁNSITO


  El mes de agosto siempre se me aparece sugerente, íntimo, abstraído. Procuro alejarme de la eclosión veraniega que sacude nuestros pueblos y ciudades, no soy amigo de las fiestas populares. Me gusta el tacto de las playas a primera hora de la mañana, casi madrugada; y el mar… al mar siempre le arranco más secretos en soledad.

  Agosto de siestas con viejos libros que no encuentran su espacio durante el resto del año, y noches de estrellas en las que soñar despierto es una necesidad que a veces prolongo hasta que el alba me roba su luz.

  Es durante esos momentos, que mi fantasía decide navegar solitaria hasta reencontrarse conmigo a media tarde para interpretar juntos nuestras inquietudes.

  Agosto perezoso, poco amigo de los largos trabajos, que me ha llevado a especular más que a escribir. De esos momentos han surgido diez reflexiones que he plasmado en otros tantos microrelatos. Breves, apoyados en el poder de la imagen, y ajustados al menor número de palabras, pero que han suscitado algunos debates interesantes.
  Podéis leerlos, uno a uno, junto con sus comentarios en: http://www.falsaria.com/author/oscardacunha/ 

  Para los más agostizos os dejo el montaje audiovisual:



  El debate sigue abierto.

Oscar da Cunha

28 de agosto de 2012 

UN POCO DE SAL (Montaje audiovisual)


Montaje audiovisual del relato UN POCO DE SAL (09 de abril de 2012) realizado por Nela Gomez Arenas para “Loca Aprendiz de Poeta”.


En Youtube:
En Facebook:

sábado, 4 de agosto de 2012

UN OTOÑO EN AGOSTO


  Fue el azar. Al salir del despacho de mi abogado me  lo encontré, hacía por lo menos diez años que no nos veíamos. Él me reconoció al instante, a mí me costó más, siempre me ocurre. Nos sentamos en una mesa de “Les Colonnes” y se nos fue la tarde agrandando el tamaño de las olas que tantas veces habíamos compartido, nos despedimos con la firme promesa de no volvernos a ver en tierra firme hasta la próxima década.
  Camino del coche recordé que una de las cosas por las que merece la pena venir a este mundo es contemplar una puesta de sol desde Biarritz. La hora era la adecuada para disfrutar cómo el Atlántico se tiñe de rojo al recibir a Helios entre sus aguas. Mi banco, en la explanada junto al faro rodeado por los viejos tamarindos, estaba ocupado por una pareja de amantes. Ambos, con las manos entrelazadas, esperaban también el mágico acontecimiento; lo supe por el brillo de sus ojos, que me capturó. Me acomodé apoyado en un punto de la barandilla de piedra desde donde poder disfrutar de todo el espectáculo, lo reconozco, soy un voyeur.
  Ella mantuvo su mirada azul fija en el horizonte justo cuando el astro empezaba a besar el océano. Él, en ese mismo instante, sólo la miraba a ella. Y yo, decidí perderme el ocaso.
  Cuando cielo y agua empezaron a sonrojarse la besó en la mejilla izquierda, quizás la que más acusaba las cicatrices del camino recorrido juntos; ella le correspondió con una suave caricia en la pierna derecha, posiblemente la que trajo herida de la última gran guerra y ya nunca volvió a recuperar.
  Adiviné que el espectáculo de luz y sal terminaba cuando ellos empezaron a recordar juntando suavemente sus cabezas. Una lágrima de nostalgia nació de su ojo derecho intentando adivinar cual era la arruga adecuada, esta vez, para descender hasta el poro donde más sueños perdidos se habían acumulado. Él la consoló apretándole el mismo brazo que aquel día, cuando su segundo nieto decidió meter su vida en una botella de ron y estrellarla contra las rocas del acantilado.
  Con la brisa que llega entre luces se miraron una vez más, ella estaba igual de preciosa que en el 39, cuando alcanzó la mayoría de edad. Él aún seguía siendo aquel campeón de chistera con el que soñaban todas las solteras de Biarritz. Intercambiaron unas breves palabras, seguro que justo las necesarias para confesarse que, pese a todo lo sufrido, lo suyo había merecido la pena. Y por fin llegó el beso que confirmaba que, durante toda una vida en común, el placer de compartir rosas justifica las llagas que las espinas nos dejan en la piel.
  Se ayudaron mutuamente a incorporarse del banco. Él le tendió el brazo derecho, el mismo con el que un día le colocó el anillo que aún brilla entre los pliegues de la izquierda con la que ella continúa asiéndose a su compañero. Lentamente, con el orgullo de toda una vida compartida en la espalda, abandonaron altivos la explanada. Los perdí de vista entre las ramas de los tamarindos.
  Mañana volverá a amanecer, y con las primeras luces volverán a renovar las mismas ilusiones con las que partieron en su primer “Je t´aime”. Yo me marché con la envidia de haber sido espectador de una de las mejores puestas de sol que la vida te puede regalar. Fue el azar.

Oscar da Cunha


4 de agosto de 2012

domingo, 29 de julio de 2012

LA QUINTA PUERTA


  La puerta ya estaba abierta. Permanecí inmóvil en el exterior del templo, incapaz de rescatar mi imaginación de una de las inacabadas frases talladas sobre la piedra; “Terribilis est locus iste”: Este lugar es terrible.
  Viernes de abril, diez de la mañana y frío. La pequeña aldea que vigila desde su otero la comarca del Razès me recibía sin cielo, las nubes se descolgaban hasta acariciar las tejas de la pequeña iglesia que ya acumulaba diez siglos esperándome. Me lo pensé tres veces, ignoré la cruz del silencio que desde mi izquierda pretendía advertirme, y entré. Se me había amontonado el tiempo deseando visitar la ermita dedicada a la Magdalena, donde al abad Saunnière se le reveló el misterioso descubrimiento que cambió su vida, y la de muchos otros. No llegué con el propósito de descifrar el secreto que alguna vez estuvo allí escrito, ya ha corrido mucha tinta sobre eso; sólo pretendía entrar, tocar, ver, oír el silencio de sus piedras…, y salir inmune.
  Con tres pasos traspasé el umbral de entrada y me giré hacia mi izquierda, manteniendo la vista clavada en los cuatro ángeles bajo los que se encuentra la pila de agua bendita, pero uno no se engaña durante mucho tiempo y no tardé en bajar la mirada para encontrarme frente a él. Sus ojos enfocados hacia los cuadrados blancos y negros, la luz y la oscuridad; su boca abierta, quizás aún por la sorpresa del arcano arrebatado a su mano derecha que todavía conserva el hueco del secreto; y su izquierda, desplegando las uñas de la ira con las que está dispuesto a rasgar la voluntad del pusilánime.
  —¡No eres más que un trozo de barro! —se lo lancé sin miedo; su silencio me decepcionó pese a que sólo un estúpido espera respuesta de  una figura. Los dos que habían entrado en la iglesia poco antes que yo intercambiaron una sonrisa mordaz mientras buscaban la tumba de Sigoberto IV tras la figura de san Antonio de Padua.
  Recorrí, lento, el suelo ajedrezado del templo vaporosamente iluminado; con cinco pasos primero y siete después fui siguiendo el insólito vía crucis invertido, y al pasar frente a la vidriera de la resurrección de Lázaro el sonido de la puerta no me sorprendió, madera sobre piedra. Me giré, no fui capaz de notar la ausencia de luz cuyo paso frenaba la tranquera, los dos visitantes ya no estaban, y a la derecha de la puerta, bajo el hagiasma, un hueco vacío. De nuevo me giré, esta vez hacia el altar, y entonces volví a verlo, sentado en el primer banco con su traje de Asmodeo. Dentro del templo me pareció tan natural como la piedra, la madera, o la propia cruz.
  —¿Aún sigues buscando? —me preguntó mientras tableteaba con sus uñas sobre la traviesa del respaldo. —Todos somos un trozo de barro, la diferencia es que yo fui el primero, su mejor obra. ¡Bienvenido a la casa del alfarero! Aquí empezó todo.
  —¿Aquí? —pregunté.
  —Aquí, allá, en el mar, en el desierto… Todo está lleno de estigmas, este no es un lugar peor que otro para entender la verdad. Ese aldeano, Bérenguer, un tipo listo; intuyó una parte, inventó el resto y creó una leyenda. Después, ya sabes, blablabla… Rennes le Château, para muchos, no es más que la fábrica de moneda. No busques en las paredes, ni en las figuras, ni en las cruces, yo soy la verdad, de mí emana la sabiduría, yo heredé el poder directamente del demiurgo y por tanto sólo yo puedo librarte de la confusión humana.
  —No he venido a hablar contigo, quería conocer este lugar —contesté con desdén.
  —¡No sigas engañándote! Has venido hasta aquí buscando el principio, tú has abierto la quinta puerta.
  Sobre el silencio del templo comenzó a elevarse un murmullo de voces.
  —¿También me vas a ofrecer a mí una manzana?
  —No seas ingenuo —contestó—. El árbol de la ciencia del Bien y del Mal no existe, la dualidad es una concepción del hombre, pero la verdad proviene de un solo principio, el Mal, el origen y la razón de todo cuanto existe.
  —¿Y el Bien? — pregunté.
  —Está contenido en el Mal, no es nada por sí mismo, sólo sería si lo separáramos de su principio original, la Perfección. Habéis pretendido sustituir la Unidad por la Multiplicidad, vosotros habéis creado la confusión. La verdad es más simple.
  El murmullo de voces fue creciendo en intensidad, su voz, a cada momento, sonaba con más fuerza para destacar entre el caos de sonidos que ya llenaba el templo.
  —¡Escúchame! Al principio todo era perfecto, no había voluntad; algunos de vosotros, egoístas, quisisteis crear el deseo de la existencia individual, provocasteis la dicotomía del Verbo, buscando una dualidad cuyo fundamento original os era ajeno, hostil, iniciasteis un camino fabricado por falsas ilusiones alejándoos del Mundo Superior. Dividisteis la auténtica Creación en un caos imperfecto, Materia y Espíritu.
  —¿Y tú, representas el conocimiento integral? —Los gritos de la multitud me hacían casi imposible comunicarme con él. El templo era un alarido de voces pidiendo una manifestación de la verdad.
  —Él, es el conocimiento integral, el alfarero del orbe, quien me dio forma para disipar las tinieblas de vuestra ignorancia.
  »Has venido en busca de la verdad y voy a mostrártela, librarte de esa apariencia ilusoria del Espíritu y encaminarte hacia el esplendor de la Materia, lo creado en origen. Redimirte de ese estado intermedio que es el mundo psíquico, y concluir tu peregrinaje hacia la única liberación, tu segundo nacimiento hacia la conciencia de la unidad inmutable.
  La desesperación de los que gritaban tras los muros empezaba a resultarme insoportable.

  —¡No le escuches!¡Te está atrapando! —Nunca supe como había conseguido entrar, la puerta no se había abierto. Gabriel, mi “Dragón de las estrellas” estaba plantado justo en el centro del estrecho pasillo que mediaba entre las dos hileras de bancos, sus pies apoyados firmemente en dos cuadrados blancos, él sabía que los negros no eran más que pozos de oscuridad donde se hundía la voluntad de los que habían sucumbido. Con una de sus enormes manos agarró mi brazo y tiró de mí hasta la puerta de salida, mientras con la otra giraba la oxidad llave de hierro. Asmodeo, que ocupaba de nuevo su sitio, se acercó por mi derecha, y con una sonrisa que nunca olvidaré me susurro los nombres de mis dos últimas puertas.

  Con dificultad conseguí acercar la taza de café a mis labios. Estábamos, de nuevo, en la pequeña taberna de pueblo pequeño, sillas y mesas de madera de verdad, de las que todavía pueden brotar ramas y flores. Poca luz, y menos clientes.
  —Gracias —le dije.
  Él, mirándome a los ojos, con su casi metro noventa, pelo ya cano y bigote amarilleado por el tabaco, esbozó una sonrisa.

  Aquí termina el relato de mis siete puertas del infierno. Ahora ya conozco el nombre de las dos oscuridades a las que algún día me tendré que enfrentar. No os revelo su nombre porque su sola mención me devuelve los gritos de cuantos se han quedado atrapados tras ellas, y os aseguro que algunos de vosotros estáis dentro.


Oscar da Cunha

29 de julio de 2012

sábado, 21 de julio de 2012

¡BUENA SUERTE CAMARADA!


  Desde la loma en que se encuentra mi casa levanté mi brazo en señal de despedida. Las dos últimas horas en su compañía, lo confieso, lo pasé mal aunque hice todo lo posible por disimularlo. Siempre he mantenido mi imagen de tipo duro, y a ciertas edades ya no se está por cambiar de armadura. A pesar del sol de julio se me humedecieron los ojos, hemos pasado una semana juntos, y al final me ha terminado cayendo bien el chaval.
  Él llegó con el propósito de aprender un poco de las viejas tretas que utilizo diariamente para sobrevivir en mis cacerías en la tierra media. Le he hablado, largo, de mis batallas con los uruk-hai, juntos hemos vuelto al refugio con la cabeza de más de un orco colgada de nuestro cinturón, y le he desvelado el secreto del espejo, donde se encuentra nuestro peor enemigo.
  Todavía va a necesitar acumular muchas cicatrices hasta convertirse en cazador, algunas le dejarán huella para toda la vida, pero ha demostrado no tener miedo.
  Llegó lleno de inquietudes, y ahora le veo marchar con la mochila cargada de ilusión, la va a necesitar, y mucha; en este horizonte que nos están preparando no se ven más que nubes, y solo la utopía de vivir con dignidad nos puede ayudar a que nuestro mundo no sucumba en la tiniebla.
  Ya se va, y en una semana creo que he conseguido el objetivo de esta primera instrucción: prepararle para soñar. Pero también necesito agradecerle las horas compartidas, en él he vuelto a encontrar mis propios pasos de aprendiz, mis primeras anotaciones en esa hoja de ruta que una y mil veces tendrá que cambiar. Y quizás ahora, gracias a él, soy consciente de que mi camino recorrido hasta la fecha ha merecido la pena; he comprendido que ya soy capaz de enseñar, puedo conseguir transformar un espejismo en la ruta hacia el oasis. Por fin me he convertido en la serpiente que siempre ambicioné ser, competente para inocular el veneno que endurece la sangre de todo navegante.
  Se lleva la carpeta cargada de proyectos, y mi esperanza de vérselos cumplir. Él se siente capaz de afrontar la travesía, y yo sé que una vez que su barco zarpe no podrá dejar de navegar, espero encontrármelo en muchos puertos y compartir las típicas hazañas de taberna que, como buenos marineros, siempre serán exageradas.
  ¡Buena suerte camarada! Recuerda la historias que te he contado y hazlas tuyas algún día, como suyas las hicieron los que a mi me las contaron. Y nunca olvides que ninguno nacimos aprendido, a todos nos tuvieron que dar el primer empujón, y por tu actitud sé que tú no romperás la cadena.

Oscar da Cunha

21 de julio de 2012 

viernes, 13 de julio de 2012

EL 600


  Le acompañé hasta el fondo profundo del pabellón, allá donde todo está más oscuro por lejano del portón de entrada, y porque es el trozo de tramo donde no se encienden las fluorescentes, donde se almacenan las cosas que menos merecen ser vistas.
  —Ahora te bajo los documentos, igual tardo… Con el lío que tengo sobre la mesa…
  —¡Tranquilo! No hay prisa —le contesté mientras él subía las escaleras hacia la oficina—. ¡Total sólo me has jodido media hora esperándote en la puerta!  —esto último no se lo dije, no hubiera sido oportuno.
  En pleno mes de julio, sin una sombra en las trescientas hectáreas inmediatas, aproveché el descanso tomando el sol plácidamente en el sofá de cuero de mi Ferrari descapotable, el que me acabo de comprar con el reembolso de mi última declaración de renta.
  Enseguida adapté a la escasa luz ambiental mis felinos ojos de topo, y lo vi. Acurrucado en una esquina, asustadizo, avergonzado por la opulencia de sus congéneres actuales. Un Seiscientos rojo. Me acerqué despacio para no espantarlo y se dejó acariciar. Por la capa de polvo que lo cubría deduje que hacía mucho tiempo que nadie le había dedicado la menor atención.
 Lo Miré de frente y esos ojillos redondos y  pequeñitos, bordeados por sus pestañas cromadas, me  arrancaron la sonrisa que siempre viene de la mano de los buenos recuerdos. No pude resistirme a abrir la puerta derecha, la mía, la que siempre traspasaba cuando aún creía que los Seiscientos para llegar a la luna serían como el nuestro, pero más alargados y de otro color.
   Miré a mi izquierda y allí estaba mi padre, agarrando el volante con aquellos guantes de piloto, con los dedos recortados, imprescindibles para dominar aquella máquina devoradora de kilómetros, ese dragón de distancias, ese bólido capaz de trasladarnos rápidamente a otros mundos, desconocidos para nosotros.
  Y me veo, en julio del 68, descubriendo, desde mi asiento, por primera vez, el Mediterráneo. Ese, para mí, misterioso por sereno mar, en  el que no se producían los continuos cambios de paisaje a los que el Cantábrico, con sus pleamares y  bajamares, me tenía acostumbrado.
  Aquella pequeña aldea de pescadores que era l´Estartit, con las jarcias de los pocos barcos de recreo que empezaban a aparecer en su puerto sonando con la brisa de levante. Las inexploradas islas Medas, donde seguramente podríamos encontrar los restos del Polifemo de Ulises. Mi padre me había advertido que sería una aventura peligrosa: “Son multitud los tiburones que las protegen pero yo conozco una ruta secreta, y no tendremos dificultad en llegar”. Como siempre quise creerle, echando, una vez más, una ojeada a la balsa hinchable que llevábamos en el asiento trasero. 
  Recuerdo atravesar los Monegros con cuarenta grados de temperatura, el pecho descubierto, sin miedo a ese simún que entraba por las ventanillas mientras la aguja de nuestro bólido lanzado a la carrera intentaba alcanzar los cien kilómetros de velocidad. Las múltiples paradas para repostar el agua que aquella magnífica máquina digería con más avidez que la gasolina.
  Y juraría que los Seiscientos del 68 eran enormemente más grandes que como los veo hoy en día. Domingos de río, cuatro adultos y tres críos. Mesas, sillas, paellera… y aún sobraba espacio para la alegría que nos empujaba a realizar el camino cantando las típicas viejas canciones que solo se deben cantar cuando uno es feliz.
  Todoterreno sin igual, conseguíamos atravesar la nevada del port d´Envalira, en la madrugada de invierno, meando bajo las ruedas para fundir la placa de hielo. Y compañero de pocos problemas, alicate y destornillador bastaban para afrontar hasta la más grave de las averías.
  —¿Qué tiempos, eh? —El cliente había bajado ya las escaleras y me despertó del sueño.
  —¿Está en venta? —Lo que yo pretendía era comprar recuerdos.
  —No, es un capricho. Lo quiero restaurar.
  —¡Cuídalo! Es una joya. ¡A saber lo que habrá vivido!
  Cruzamos nuestra mirada, en ese momento, ambos, estábamos de vacaciones escolares, era julio…

Oscar da Cunha

13 de Julio de 2012

lunes, 9 de julio de 2012

LA CUARTA PUERTA


  Otra jornada agotadora. Sólo a mí se me ocurre estrenar calzado con treinta y dos grados anunciados ya desde primera hora de la mañana.
  ¿Dónde quedaron aquellos tiempos en los que los zapatos y la ropa nueva se reservaban para los domingos? El breve paseo de mediodía, por la ciudad antes de las dos “Mirindas” en la cafetería del centro, y las patadas al balón de Angelito en la plaza del quiosco de la música se encargaban de ir ahormando los “Gorila”, preparándolos para la temporada de lluvias, en la que se convertirían en compañeros inseparables de los cuadernos y los libros. Incluso las primeras apreturas se arrinconaban con la ilusión de la pelotita verde que venía de regalo en la caja.
  Otra jornada agotadora, problemas con clientes, clientes con problemas, e incluso problemas que venían sin compañía. ¿Para que quejarse? No había sido distinto del día anterior y no lo sería del siguiente.
  Me dejé caer en la tumbona de la terraza tras pincharme en vena un vinilo de Oscar Peterson. El sol empezaba a despedirse por el ocaso dorando las aguas del río, y la refrescante humedad que anuncia la noche se abría camino desde el Cantábrico.
  ¡Tampoco había sido tan mal día! A ese empresario de la cita de las cuatro también la gustaba la pintura de Antonio López, y la discusión sobre las ficciones de Borges resultó un bálsamo. Además, seguramente íbamos a poder sacar a esa chica del paro. Habría que invertir tiempo en formarla, pero ella apuntaba buenas maneras; un hijo y un divorcio resultan ser la fascinación necesaria para salir del laberinto.

  La quemazón en los dedos me sacudió del sopor; no os aconsejo relajaros con un cigarro encendido, de hecho no os aconsejo encender un cigarro. Con suerte, si todo el mundo dejará de fumar yo podría comprar el tabaco más barato, esa batalla la perdí hace mucho tiempo.
  Me sorprendió el intenso color rojizo que envolvía el crepúsculo. Conozco bien las diferentes tonalidades de los atardeceres, las luces del amanecer, las de la medianoche, y todo cuanto acontece en esos momentos en los que los gatos comenzamos a ser pardos. Esa coloración, anómala por estos valles, me inquietó. Peterson había terminado su concierto, y el silencio había ahuyentado la refrescante brisa. Algo no iba bien, todo aparentaba estar interrumpido. Observé ese cielo rojo, ya sombrío, durante unos instantes, sólo dos o tres nubes aún más oscuras, inmóviles como brasas extintas en un limbo estático.
  Al ponerme en pie me di cuenta de que mis movimientos eran lentos, como el último parpadeo antes de conciliar el sueño final. La atmósfera era espesa, cálida, más densa que el aceite, y percibí que mi interior, justo bajo la piel, estaba vacío.
  Sentado en el murete de piedra el anciano me miraba con sus ojos blancos cristalinos, escondidos entre la profundidad de sus incontables arrugas. Su pelo, también blanco, llegaba hasta sus hombros cubiertos por una túnica cuyo color me resultó imposible definir.
  —¿Eres tú, verdad? —me costó que el sonido saliese pesadamente de mi garganta, de hecho pese a que sólo nos separaban dos metros mi voz tardó varios segundos en llegar hasta él.
  —¿Quién sino? —su voz sonaba cansada, lejana. Me llegó densa mientras se generaba un eco profundo con sus palabras. —Soy el único que te queda, ¡y ya ves!, yo también me hecho viejo.
  —¿A qué te refieres? —pregunté mientras la sensación de angustia empezaba a dominarme.
  —A lo que estás empezando a percibir. ¡Mira a tu alrededor! ¿Ves a alguien?
  Me giré, la que era mi casa presentaba un estado ruinoso. La pintura desconchada, apenas quedaban un par de contraventanas de madera podrida. Cristales rotos. Pero lo que en verdad me zozobró fue ver los restos de varias macetas rotas, abandonadas entre montones de ramas secas, trozos de cemento informe y tierra negra. Ni una flor, nada vivo. Los geranios, los claveles, las azaleas, las hortensias, las calas… Todo el color, la vida y los olores que con tanto cariño Lou mantenía constantemente envolviendo nuestra pequeña parcela de mundo habían desaparecido.
  —¿Dónde están los míos? —mi pregunta sonó suplicantemente ridícula, pero ya no pude retirarla.
  —¡Ya no están! Hace mucho, mucho tiempo que dejaron de estar.
  —¿Qué has hecho esta vez? ¿Qué me has quitado?
  —¡Nada! —Sus ojos blancos me miraron serenos antes de girar su cabeza trescientos sesenta grados y volver a clavarse en mí, esta vez con violencia. —El tiempo ha hecho su trabajo.
  —¿Murieron?
  —Todos.
  —¿Mi mujer, mi familia, mis amigos, mis animales…?
  —¡Todos! —gritó molesto por mi insistencia.
  —¿Cómo fue? ¿Sufrieron?
  —¡Bah, detalles, detalles! ¡Qué más da! Cada uno fue cruzando la puerta con las circunstancias que le correspondieron…
  —¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has querido dejarme solo? —le interrumpí. Comenzaba a sentir el dolor de la soledad, un pozo profundo bajo la piel, dentro de mí; un viento poderoso que aspiraba mis recuerdos, que anulaba mis sueños. Tan sólo era un pellejo sin vida, nadie con quien reír, con quien sufrir, nadie a quien recordar; era mucho peor que estar muerto.
  —¿De qué me sirve continuar viviendo sin ellos, de qué ha servido todo el camino recorrido si ahora ya no me queda ni el recuerdo de haberlo compartido?
  —Es el desierto de tu alma –me contestó con mirada cansina, vieja.
  —¿Ahora entiendes lo que siempre buscabas? Lo tenías a tu alrededor, dentro de ti;  y tú constantemente intentando encontrar un tesoro escondido más allá de lo trascendente.
  —No he podido llorar a quienes tendrían que haberse marchado antes que yo, ni despedirme de los que me debieron haber sobrevivido; compartir el último adiós, justificar cada paso de nuestras vidas. No sólo quiero morirme, quisiera jamás haber estado. Ni siquiera recuerdo ya sus caras, sus voces, sus olores. Me has convertido en un muñeco de trapo que nunca tuvo vida, el muñeco al que jamás sacaron de su caja y nadie jugó con él.
  El anciano exhaló un suspiro. —Has abierto la cuarta puerta, la de la verdad, ahora ya sabes donde moraba tu alma, y ya sólo yo puedo ayudarte.
  —Necesito dejar de respirar, incluso olvidar que alguna vez tuve vida. Sin ellos, sin su recuerdo… Duele más el olvido que la ausencia, la soledad que la pérdida. ¿Puedes ayudarme a dejar de estar? ¿Puedes lograr que nunca haya existido? —le supliqué.      
  Sin levantarse del murete el anciano extendió su brazo, los blancos ojos cobraron la vida de un millón de muertos.
  —¡Dame la mano! Será muy cálido.
  Me rendí, todos tenemos una voluntad incapaz de superar ciertas pruebas. Se puede renunciar a una batalla, pero hay que saber entregar las armas cuando se ha perdido la guerra.
  Sobre mí, el cielo había sustituido la oscura tonalidad rojiza a cambio de una tenebrosidad invisible.

  Le comencé a tender la mía cuando noté sobre mi hombro una cálida mano, suave, conocida. Me acarició de nuevo la húmeda brisa marina, y me sobresalté al escuchar las risas de las últimas gaviotas que sobrevolaban el río.
  —¡Te has quedado dormido! ¡Entra ya! Se está haciendo tarde para cenar.
  Al reconocer su voz, levanté la mirada envuelto en sudor, el cielo, aún con tintes azules, estaba lleno de estrellas. La terraza volvía a lucir llena de colores y olor, y mis gatos, tumbados, encontraban el calor de la tarde que aún conservaba el asfalto. La abracé, mis ojos se hundieron en su cara.     
  Con la última corriente de aire sonó un golpe de madera sobre metal.
  —¿Qué ha sido eso? —me preguntó.
  —No lo sé, pero se ha cerrado.

Oscar da Cunha

9 de Julio de 2012

miércoles, 20 de junio de 2012

EL RÍO, EL BANCO, Y LOS PATOS


  Me lo encontré en uno de mis paseos por el camino que acompaña a las aguas en su tramo final. Él, estaba sentado en un banco, con la mirada fija en la familia de patos que nadaban sobre la corriente que la bajamar reclamaba desde la desembocadura del río. Yo, divertido con los apuros que estaba pasando el sol esquivando las nubes para poder saludarme, tropecé contra el banco.
  —¿Te has hecho daño?
  Su interés me sorprendió. Antes de que pudiera contestarle me volvió a sorprender.
  —¡Siéntate un momento! Por lo menos hasta que se te pase la mala cara por el golpe.  
  Acepté su invitación con una mezcla de curiosidad e indignación. El crío no aparentaba tener más de diez años; pero, me trató y me miró con la condescendencia propia del joven guerrero hacia el viejo peregrino.
  —¡No ha sido nada! —confieso que impuse mi voz más áspera, no estaba dispuesto a vender mi orgullo por una roncha.
  —¡Ya! —mantuvo su vista en los patos mientras desairaba mi respuesta.
  El grupo de patos oscilaba de una a otra orilla buscando el efecto del sol sobre el agua. Los machos, siempre más engreídos, alzaban el cuello para presumir de sus colores reflejados en el espejo. Las hembras, aburridas de tanta vanidad, no perdían de vista a sus polluelos que, todavía inconscientes del juego de la vida, se distraían siguiendo la estela de algún palo.

  —¿Cómo te llamas? —le pregunté intentando iniciar una conversación.  
     Admito que tengo muy poca experiencia con los niños pero su actitud me sorprendió hasta el punto de estimular mi curiosidad. 
  —Me llamo David, tengo doce años, y no estoy perdido; te has tenido que cruzar con mis padres en el banco anterior, un calvo con una rubia teñida. Están arreglando su última discusión, que tampoco ha sido por nada importante, y yo estoy disfrutando viendo nadar a los patos. No tengo hermanos; ando en bicicleta y nado muy bien. Sí, me gustan los animales aunque no tenemos ninguno en casa. Estoy a punto de terminar el curso, y voy a sacar buenas notas.
  —Yo tampoco —contesté intentando esconder una sonrisa mordaz.
  —En mi generación es más habitual —me devolvió el gesto—, no están las cosas para familia numerosa.
  —Me refería a que yo tampoco estoy perdido.
  —Tienes suerte entonces —esta vez me miró fijamente; sus ojos azules reflejaban los matices de las aguas del río, el primero era más claro que el izquierdo—. La mayoría de los hombres, a tu edad, lo están. Tienen una mujer y van siempre detrás de las de los demás. Tienen coche y se pasan la vida deseando el que les acaba de adelantar. Sueñan con un premio de la lotería mientras se preguntan como llenarían su tiempo sin trabajar. Y casi todos están amargados porque su vida no es como la soñaron de niños, pero ya no persiguen esos sueños porque los han olvidado.
  —¿Y tú, con que sueñas? —le pregunté mientras asimilaba su disertación.
  —Yo sólo quiero seguir siendo siempre un niño. ¿Te has fijado en los patos?
  —Si.
  —¿Y qué ves?
  —Un grupo de patos —contesté.
  —¡Mira mejor! ¡Míralos como cuando tenías mi edad!
  Durante un rato ambos permanecimos en silencio, yo con la mirada fija en el río, él sin apartarla de mí.
  —Me gustaría nadar con ellos —El tono de mi voz recuperó la adolescencia—, dejarme llevar por la corriente y volver a remontarla buscando el sol.
  —Has mirado con nostalgia, así no mira un niño de doce años.
  Observé sus ojos y me sumergí en la profundidad de sus diferentes azules.
  —¿Y tú que ves? ¿Cómo miras tú?
  —Veo a un hombre que se conforma sólo con seguir soñando. Añoras tus sueños, pero ya los das por perdidos. Yo imagino a  esos patos saliendo del agua, sentándose a mi alrededor mientras les cuento historias de cielos con dos soles y ríos con aguas del dolor del oro. Y a partir de ese instante, ellos y las generaciones que les precedan, nadarán siempre buscándome en la orilla. Yo ya soy parte de la naturaleza y estoy enamorado de ella, sólo pretendo que me corresponda.
  —Es una bonita fantasía —le contesté— pero, a lo largo de la vida, la realidad va tocando el tambor y tienes que ir remando a su ritmo, se llama sobrevivir.
  —¿Sobrevivir? —Me miró fijamente—. Ellos sobreviven —terminó señalando al río—, pero no renuncian a lo que son; no pretenden ser cisnes, ni delfines; se conforman con ser patos, se conforman con vivir felices siendo consecuentes con ello. A cada uno la naturaleza nos asigna un papel, los adultos os empeñáis en disfrazaros para intentar un destino que no os ha sido concedido…
  —¿Si? —le interrumpí—. No olvides que la inquietud humana  ha hecho evolucionar al mundo.
  —Pero… ¿Y las personas? ¿Hemos evolucionado? ¿Somos más felices que nuestros antepasados de hace cien o mil años?
  »A mí no me concierne si el mundo evoluciona o retrocede, yo sólo quiero seguir viviendo con mirada de doce años. ¡Ya lo sabes! Los niños somos egoístas.

  Supo la hora al observar el reflejo del sol sobre las aguas del río, y dando la conversación por terminada, se levantó.
  No quise concederle el tiempo necesario para alejarse un segundo paso y le grité:
  —¡Me has engañado! ¡Tú no tienes doce años!
  —¡Si, te he mentido! —me contestó con otra sonrisa. Sus ojos brillaban como la ilusión de la flor de iris al brotar por primera vez.
—¡Todavía tengo once! Siempre estoy a punto de cumplir los doce mañana. Además, compruébalo al volver, este el único banco del paseo.

  Le observé mientras se marchaba con paso tranquilo pero decidido. Se agachó para oler una flor blanca, no la cortó, sólo se llevó su perfume. Por la orilla, la familia de patos siguió tras él.

Oscar da Cunha

20 de Junio de 2012   

sábado, 9 de junio de 2012

LA TERCERA PUERTA


  Para quienes tengáis sensibilidad. Para quienes améis la vida. Para quienes cada mañana sea una nueva oportunidad de reencontraros con la alegría, aceptad mi consejo y no leáis este relato. La tinta negra con la que aparece es un engaño, realmente es un episodio en dos colores, el primero rojo por la sangre, y el amargo por mis lágrimas el segundo.
  Creedme cuando os digo que, aún hoy, me resulta asombroso haberla rescatado del rincón más agotado de mi corazón para ser capaz de compartirla con vosotros.

  ¿Quién no se ha sentido dominado por los sentidos en cualquiera de esos magníficos amaneceres que nos regala el principio del otoño? El sol se levanta a una hora más refinada, permitiéndonos disfrutar la alborada con el efecto del primer café ya en la sangre; admiro esa luz que acaba de perder la pasión del verano y nos cede el deleite del verdadero color de la naturaleza. La cálida brisa que se disfruta en esta época, por estas latitudes, desprovista de la humedad habitual; y sobre todo el sosiego de recuperar el ritmo de nuestra vida, pasadas ya las ansias veraniegas de bebernos de un solo trago todos los deseos que vamos acumulando conforme pasamos las hojas del resto del  calendario.

  Su gimoteo llegó despacio aquél trece de octubre, confundido entre la jerga de los adolescentes nacidos la pasada primavera que iniciaban, un día más, sus juegos aleteando entre las ramas del jardín. La encontramos arrastrándose sin rumbo entre las plantas, todavía no sabía andar, y aún tenía los ojos cegados por ese velo protector que caracteriza a los peludos recién nacidos. Nos faltó tiempo para conseguir un biberón y leche. Con la panza llena, la dejamos dormir donde acabábamos de localizarla; en ningún momento perdimos la esperanza de que su madre fuese incapaz de encontrarla. A media tarde la naturaleza dictó sentencia salomónica, nos convertimos en padres; tan pequeña, tan indefensa, acababa de devolvernos la sonrisa.
  La primera noche ya me bautizó como madre. Guiada quizás por la necesidad de contacto animal trepó hasta la cama, y solo encontró consuelo junto a mi cara. Mi respiración calmó la ansiedad de sus ojillos aún borrosos, y compartimos el mismo sueño. Solo fue la primera de todas las noches.
  Su hambre era mi despertador, mi primer café y cigarrillo se conformaron con pasar a segundo plano; solo conseguía sacarles placer cuando ella, saciada de biberón, ronroneaba sobre mis piernas. Enseguida empezamos a compartir las noticias de la radio. Siempre el mismo ritual, tras cada crónica, mi carcajada y su patita en mi barbilla, era su manera de pinchar “me gusta”. Me aficioné a manchar mi café con unas gotas de nata líquida, el platillo que ella vaciaba necesitaba justificante en la lista del supermercado, y aún hoy mantengo esa rutina, aunque siga sin gustarme la nata. Nunca me acostumbraré a volver a desayunar solo.

  A mis viejos peludos les tocó del papel de padres. La enseñaron a trepar a los árboles, a jugar con las pelotas de papel de aluminio, a robarle la comida a Naty, a buscar el sol en invierno y la sombra en verano. Recuerdo cuando, triunfante, vino a enseñarme su primera lagartija. Ignoré la cómplice mirada  que tras ella cruzaron los viejos, y acepté aquella lagartija como el final de su infancia.

  La sorpresa por su primera nevada, su alegría por la primera flor de la primavera, y el sopor en las tardes de agosto tumbados bajo los manzanos mientras le leía a Stendhal. Las noches de invierno, tumbada junto a mi ordenador, mientras yo tecleaba y ella miraba con aprobación la pantalla, fingiendo ignorar esa coma desplazada, o ese acento olvidado. Esperaba pacientemente el “hasta mañana” de la inspiración para acompañarme a terminar el paso al nuevo día. Durante las frías noches de invierno agradecía el calor de su respiración sobre mi vientre, y en las calurosas de verano también.
  Aprendió a bailar muchas canciones, pero su voz preferida siempre fue la del sensual barítono Barry White. Sobre mis rodillas se hipnotizó con la trilogía de “El Señor de los Anillos”, y enseguida se identificó con Arwen, la escogió para sus sueños de pubertad.
  Adquirió la costumbre de despedir la puesta de sol desde su altar secreto, del que no salía hasta acompañarnos en el último paseo con Naty. Como cada noche, nos esperaba bajo el cerezo de la esquina del camino, y enseguida noté que esa vez su maullido no era el habitual. Al cogerla en brazos, pese a la oscuridad, vi el borbotón de sangre en que se había convertido su boca. Ella se aferró a mí piel con un grito de despedida. Han pasado dos años y ni siquiera las cicatrices por la uñas de su desesperado abrazo han dejado de sangrar.

  No consigo recordar con claridad los momentos que siguieron; su cuerpo convulsionándose y el maldito coche, derrochando goma en las curvas, que no terminaba de llegar hasta el veterinario de guardia. Con las manos llenas de su sangre, posé suavemente mi corazón sobre la camilla de la consulta mientras exhalaba el sollozo final. Al mismo tiempo que sus latidos, el mundo se paró.

  Salí con ella en brazos apretándola contra mi pecho y me senté en el suelo. Quise llorar pero no tuve lágrimas, intenté respirar pero no hubo aire, ansié verla ver pero tampoco hubo luz, ni siquiera la oscuridad se atrevió a presentarse. Intenté gritar pero no salió ningún sonido de mi garganta. Solo el vacío, la soledad, el silencio, hasta el tiempo hizo una respetuosa pausa. Y entonces llamé. ¡Supliqué! ¡Se lo ofrecí todo! ¡Todavía tenía que haber posibilidades y le brindé un cheque en blanco! Hasta lo más sagrado me pareció barato a cambio de su vida.

  En aquel instante se presentó. Por primera vez le vi lucir su traje de gala; estaba esperando, anhelando ese momento, lo tenía reservado con antelación. Se plantó ante mí con sus casi tres metros de altura, el descomunal torso rojo y los ojos de fuego; dos grandes colmillos ornamentaban su sonrisa, y tres pares de cuernos se confundían con sus negras alas extendidas.

- ¿La has encontrado? - Tembló el suelo con el trueno de su voz.

- ¡Quizás sí! No lo sé seguro. ¡Ayúdame y algún día mi alma será tuya! ¡Te lo juro! ¡Te lo prometo! ¡Pero, devuélvele la vida a mi pequeña!

- ¿Me-lo-juras? - Con su carcajada, el fuego de sus ojos estalló.

- ¿Quién te has pensado que soy? ¿El que ayuda a las viejecitas a cruzar la calle?

- ¡No, Imbécil! Yo soy el que distrae al conductor para que se salte el semáforo en rojo. Yo soy el último vaso de alcohol que empuja al desgraciado a destrozar la cara de su mujer. Yo soy el que le priva de alimento a la madre para que abandone a su hijo muerto en el borde del camino que nunca terminará de recorrer.

- ¿Me-lo-prometes? - Insistió. - ¿Tengo yo pinta de aceptar promesas? ¿Acaso has pensado que yo concedo perdones?  Si tienes problemas para encontrar algo que merezca la pena dentro de ti, tendrás que llamar al timbre de arriba. Yo soy el vecino del sótano, mi puerta solo se golpea desde dentro, con el dolor.

- ¡Tú la has matado! ¡Tú me la has quitado cabrón! -
  Sólo conseguí una mirada aún más insolente. La baba del triunfo empezaba a deslizarse por las comisuras de su asquerosa boca. 
- El veterinario ha dicho que ha sido un coche, pero desde hace horas no ha pasado ninguno -.

- Siempre tuviste miedo de perderla. Cada día volvías a casa ansioso por encontrarla ilesa, por volverla a abrazar y contar cada una de las rayas de su pelo. Ya no temerás más por ella. ¡Agradécemelo!

  Noté que se mordía una de sus lenguas, la más negra. Advertí su irritación por dejarse llevar por la miel de la victoria. Se descerrajó víctima de su propia vanidad.

- ¡Ahí es donde te escondes, miserable! ¡En el miedo! Nuestra angustia es el carburante de tu poder.

- Hoy es 7 de julio. ¡Tengo mucho trabajo!

  No se dio la vuelta, no se marchó; supongo que dejó de estar porque yo dejé de verle. Y ahora, con el tiempo como maestro, reconozco que tuve suerte. Todo mi dolor, en su presencia, se acababa de transformar en violencia. Hubiese sido capaz de romperme contra él, de vender el dolor  por mi pequeña a cambio de esa mercancía que abre una más de sus puertas, la venganza.

  La segunda oscuridad me reventó los ojos mientras besaba su pelo ahora salado por mis lágrimas. Me abracé a su cuerpo ya eternamente  quieto.

- ¡Perdóname pequeña! ¡Yo te he matado! ¡Mi miedo ha sido la rueda que ha acabado con tu vida! ¡Perdóname!

  Su cuerpo descansa en un lugar secreto. Gracias a su infatigable alegría ya han comenzado a nacer las primeras flores, rayadas como ella, huelen a felicidad y bailan con nuestros recuerdos.

  Yo, nunca más he vuelto a temer por quien amo.

Oscar da Cunha

9 de Junio de 2012 

viernes, 1 de junio de 2012

AMANECIENDO, QUE ES GERUNDIO


  Lo siento por Steve Jobs, es un tipo que siempre me entró bien, una lástima que nos dejara; se me sobrevienen, al instante y sin necesidad de recurrir a un informativo, más de cien candidatos que deberían haberle sustituido y de cuyos nombres ni se me ocurriría acordarme al día siguiente. Pero este Monopoly al que llamamos vida es así. El caso es que últimamente no hago más que toparme por todas partes con la jodida y famosa frase: “Si hoy fuese el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer hoy? …”, y ya empieza a cansarme.

  De aperitivo porque cuando me caigo de la cama cada mañana sé que están suspirando por mí el primer café y el primer cigarrillo del día, y tengo claro que voy a seguir disfrutando de ese orgasmo aunque me lo prohíba la mismísima Vara de Asclepio. Ese momento sagrado, esa comunión con el vicio, consiguen que me importe un chiflo saber si ese es el último día de mi vida, o si me está esperando en la ducha la propia Jennifer Aniston en pelotas para enjabonarme las mías.  Por otra, si a la mayoría de desgraciados y despreciados supervivientes de este naufragio nos diera por pensar - mala práctica que afortunadamente ya está tan en desuso como el papel pa la nalga del elefante - que las próximas veinticuatro horas son las últimas que nos quedan; a ciencia cierta que lo convertiríamos en el día más feliz de nuestra existencia. Saltaríamos a la calle, desnudos de nuestros aipozes, aipazes, aifones y demás aichismes que usted inventó, con las manos vacías preparadas para abrazar a esos amigos, los que nos regaló la suerte, con los que hace tiempo no nos vemos cara a cara ni oímos su voz. Más de muchos, nos percataríamos de que esa persona con la que compartimos nuestra vida, y con la que desde hace tiempo no tratamos de otra cosa que las facturas de los ais, es el auténtico amor de nuestra vida, e intercambiaríamos la primera caricia realmente sincera en los últimos años. Hablaríamos con nuestros hijos, primero pidiéndoles perdón por la mierda de sociedad que entre todos hemos permitido que se prostituya y, mientras contemplábamos nuestra última puesta de sol, les convenceríamos de que la dignidad y la libertad son valores que no se pueden poner en las manos de los cuatro charlatanes que a nosotros nos las han robado. A todo lo demás deberían darle por el culo, en ese día final, porque no merece la pena.
  Pero por desgracia, los únicos que de verdad saben cual va ser el último día de su vida no suelen estar en situación, ni siquiera, de decidir en que brazo quieren que les enchufen la morfina con la que evitar los dolores del parto final. A la mayoría, ese último día nos pillará a la vuelta de cualquier esquina, sin saber que desde el primer día debimos cambiarlo todo. O sea Mister Jobs, nosotros ya nunca cambiaremos nada, todos llevamos demasiado tiempo resignados al no por respuesta

  Pero yo, como ya nací gilipollas y llevo cincuenta y un años en prácticas - de ahí que, una vez más, haya vuelto a pringar como intrépido ciudadano cumpliendo mis obligaciones con “la bankia semos todos” -, prefiero pensar que, cada nuevo, es el primer día de mi vida, y fascinarme con mirada infantil de cuanto me rodea, comprobando  lo abundante que hay de hermoso en este mundo. Cada día disfruto mientras descubro que me quedan muchas flores llenas de colores con los que sustituir la oscuridad. Observo la luna, convencido de que desde su cara oculta pueden oírse las estrellas coreando el Casta Diva que Norma interpreta cada madrugada. Y muchas noches vuelvo a casa con la alegría de haber compartido unos instantes con algún desconocido cuya conversación merecía la pena.
  Asumiendo que cada día es el primero de los que me quedan de vida, procuro salir cada mañana con los mismos ojos con los que estrené mi primer triciclo, y recuerdo que mientras yo era feliz porque conseguía que los perros hablasen mi mismo idioma, el mundo también era una mierda. Observo las gaviotas y compruebo que siguen sin plantearse si quieren seguir haciendo lo mismo que llevan siglos practicando, y sin embargo continúo escuchando sus risas. Alguna vez hablo con ellas, de un día para el siguiente no me recuerdan, porque cada amanecer es su primero. Yo también ya he dejado de hacerme preguntas necias, no quiero vivir con los oídos sordos.
 
Oscar da Cunha

1 de Junio de 2012

jueves, 24 de mayo de 2012

LA SEGUNDA PUERTA


  Hay amaneceres que no se merecen el nombre, y el de ese día llegó con la traición encubierta. Detrás de la ventana el viento empujaba con fuerza las gotas de lluvia, pero yo no las vi. Con el primer café del día salí a la terraza para saludar a la mañana; era primavera en el calendario, invierno en el ambiente, y verano en mi percepción de la realidad. El sol aún no se había levantado y yo quise aspirar la aurora rojiza que lo precede, el resfriado lo disfrute después, momentos en los que la serenidad interior te complica la vida. Nosotros bien, los peludos cazando las primeras lagartijas de la jornada, y las lagartijas… bueno, ellas debían de ser las únicas conscientes de la realidad. En la radio sonaba Manolo García, no recuerdo la canción pero da igual porque todas las suyas me gustan. Una de esas mañanas en las que te felicitas por haber mantenido el tipo durante los naufragios, pero llovía. Cometí el error de ignorar el temporal que se estaba formando en mi conciencia.
  Pocos minutos transcurrieron desde que salí de casa, la carretera de todos los días se estrechó hasta formar una angosta senda por la  que apenas era capaz de mantener mi coche sin reventar la carrocería contra el tronco de los árboles que la cercaban. Finas ramas atestadas de grandes hojas cerraban más, a cada segundo, el ahogado túnel en cuyo ojo solo pude ver una nube negra escupiendo agua, no había espacio más que para la oscuridad. Empecé a sentir la falta de aire que me obligó a abrir las ventanillas, y las gruesas hojas que hasta ese momento golpeaban los cristales empezaron a abofetearme la cara. Su  contacto grasiento me envolvió junto con el caudal de agua que entraba, consiguiendo que mis esfuerzos por seguir respirando me obligaran a detenerme e intentar salir del coche; no fui capaz de abrir la puerta, no tuve fuerzas para vencer la tiniebla que me envolvía. Desesperadamente intenté aflojarme el nudo de la corbata que me estaba estrangulando, ese gesto no hizo más que aumentar mi angustia, el poco aire que me quedaba me ayudó a recordar que no uso corbata, desde que hace años decidí sustituirla por la sinceridad. Mi ritmo cardiaco se disparó, y noté como mis pies golpeteaban sin fuerza el suelo lleno ya de esas marrones hojas grasientas. El hedor del miedo bloqueó mi adrenalina y empecé a sentir el mareo que precede a la pérdida de la razón.
  Reparé en que no estaba sufriendo un ataque de ansiedad cuando las voces empezaron a sonar; al principio solo fue un murmullo, como el que precede al ejército enemigo antes de decidirse a lanzar el ataque final. Después vi sus caras, desfiguradas, sus bocas babeaban sangre al hablar, sus pupilas giraban a la misma velocidad con la que sus gritos empezaban a gobernar mis ideas, mis recuerdos, mis sueños, todo lo que compone mi auténtica identidad. Más tarde,  ya con la noción del tiempo totalmente perdida, me hicieron creer que sus voces formaban un orfeón perversamente uniforme; coreaban la fecha de mi muerte, la de mis seres más queridos; cantaban mi futuro, iban a robarme mi albedrío, mi cordura, la razón por la que todo ser humano se mantiene vivo. En ese momento, intentando aspirar un poco de aire en donde no quedaba hueco ni para el vacío, comprendí que peor que robarte la vida es vaciar el costal de lo que te queda por vivir.
  Tenía que defenderme, salir de ese dédalo letal. La falta de resuello dejó de preocuparme, incluso acepté morir antes que afrontar el resto de mi vida atrapado por la locura. Comencé a gritar para no oírles, lanzando puñetazos que no conseguían alcanzar esos rostros que maquiavélicamente se movían a la misma velocidad que las grasientas hojas. Todo giraba a mi alrededor con la velocidad de un tornado que además aspiraba el último oxigeno de mis pulmones.
  No sé cuanto tiempo pasó hasta que conseguí poner en marcha el motor del coche. Pateé el acelerador alternando la marcha atrás con la delantera según golpeaba los árboles que me tenían totalmente rodeado. El infernal coro seguía sonando mientras oía reventarse trozos de carrocería y cristales. Un estruendo final, similar al que produce una explosión dentro de un almacén vació, se llevó mi voluntad y perdí el conocimiento.
  Abrí los ojos, estaba completamente empapado pero, por el sabor salado que noté en la boca, supe que solo eran sudor y lágrimas. Las ventanas del coche estaban cerradas, ni una sola gota de lluvia en el interior. Estaba aparcado en una explanada de cemento perteneciente a una obra abandonada hacía ya unos años, distante tan solo cien metros de la carretera de todos los días. Me costó reunir las fuerzas necesarias para salir del coche, en ese momento mi cuerpo se comportaba como si acabara de superar los cien años; respiré sin dificultad, pero la buena noticia fue comprobar que había conseguido salvar mi juicio.
  Rodeé el coche apoyándome en cada centímetro para conseguir  mantenerme en pie, no había ningún golpe, ningún rasguño, incluso juraría que estaba mas limpio que al salir de casa. Miré mi reloj, era mediodía en punto. 
  Me senté en el suelo sin importarme la lluvia que continuaba cayendo, y me sobró aire hasta para encender un cigarro.
  A estas alturas no hace falta que os diga que había conseguido atravesar la segunda puerta del infierno, la que nos pierde en la locura, pero no podía considerarlo una victoria, sería una irresponsabilidad. Él, el oscuro, esta vez ni siquiera se había exhibido; comprendí que no me consideraba un enemigo lo suficientemente importante como para justificar su presencia, tan solo había enviado a su primera columna de peones, y estos me acababan de macerar en el peor momento de mi vida, hasta la fecha.
  Sentado bajo la lluvia fui consciente de su poder, ya no habría más pícaras rubias, ingeniosos diálogos, ni partidas con las cartas marcadas. Su verdadero juego no había hecho más que comenzar, y ese solo lo disfruta él.
  Ese día aprendí a temerle, empecé a convencerme de que, pese al dicho, más sabe el diablo por demonio que por viejo. Y por primera vez noté el desagradable sabor del miedo en mi boca. Afortunadamente no sabía aún lo que me esperaba, hubiese elegido dejar de respirar.

Oscar da Cunha

24 de Mayo de 2012   
           

viernes, 4 de mayo de 2012

PORTADA 2.0



 Escribir una novela es una aventura fascinante; hay muchos tipos de novelas, en mi caso ha resultado un viaje  a través de la imaginación, de los sueños, y de los recuerdos. Yo soy un simple novato, quienes han leído mi primera obra “La Sonrisa de la Magdalena” han podido comprobar que me queda mucho camino por recorrer; pero en mi diminuta experiencia estoy teniendo la satisfacción de identificarme con los “grandes”: saberme leído, comentado, incluso las críticas generan el placer que produce esa sensación de que al otro lado de la red alguien, con parecidas inquietudes, ha dedicado unas horas de su tiempo acompañándome en alguna etapa de esta singladura a la que no seré yo quién ponga fin.

  El recorrido de una novela pasa por muchas etapas, supongo que cada autor tendrá sus propios mecanismos, yo solo puedo contaros mi experiencia. Primero surgió la idea, una noche, en concreto la de fin de año del 99, sentado con Lou en la playa de Isla Cristina, compartiendo una bandeja del exquisito jamón de la región, una docena de pasteles, y una botella de cava - fue nuestra manera de escapar de la euforia que venía acompañando al fin del milenio, y disfrutar del momento en nuestra cómplice soledad -. La percepción del tiempo la puso el sonido de las lejanas doce campanadas que la brisa nos trajo desde la iglesia del pueblo. La belleza la iluminaron las dos lunas que describo en un pasaje de la obra, la que desde el cielo encendía el inmenso salón de baile en el que nos habíamos refugiado, y la que reflejada en el mar nos invitaba a soñar con que algún día, siempre juntos, disfrutaremos, ya despojados de la cápsula con la que transitamos por esta vida, admirando en la distancia nuestro planeta azul.

  En aquél viaje nació el proyecto y los primeros apuntes en papeles sueltos y servilletas de papel. Necesité siete años para decidirme a empezar a construir el relato que nunca había abandonado mi cabeza. Fotos antiguas, facturas, folletos de restaurantes y hoteles, y sobre todo recuerdos de lugares y personajes que han compartido momentos de mi vida fueron ocupando sus puestos en el barco que ya empezaba lentamente a navegar. Sucedió lo que siempre ocurre: puertos que no estaban anotados en la carta de navegación, tripulantes que no figuraban en la nómina, y hasta polizontes se colaron entre las líneas de mi cuaderno de bitácora. Fue necesario re-visitar algunos lugares, y mantener largas charlas con desconocidos, hoy amigos, de quienes tuve que abusar para obtener esa información que solo quien ya ha apreciado el desgaste que produce el tiempo sobre la piedra es capaz de ofrecerte.

  Durante cinco años “La Sonrisa de la Magdalena” se convirtió en mi refugio privado. Sobre todo los tres últimos fueron los más convulsos de mi vida, y en ellos perdí a dos de los seres que mayor huella han dejado en mi corazón. Quizá algunos opinéis que debí optar por el alcohol, pero a día de hoy no cambiaría los guantazos que me cayeron encima gracias a las horas de ilusión que obtuve inmerso con esos personajes imaginarios, y que fueron tornándose reales y fieles compañeros en mi cabeza. Confió también en que la experiencia me haya servido de aprendizaje y seguramente nunca escribiré nada peor, pero os garantizo que ningún proyecto futuro me dejará el dulce sabor de aquellos momentos.

  En enero de 2011 tecleé la última letra, ignorante de mí, creyendo que el barco ya había lanzado el cabo de amarre al puerto de destino. La aventura no había hecho más que comenzar. Desde que decidí colgar la novela en la red ha sido, y sigue siendo, vuestra compañía la que me ha permitido seguir navegando en estos mares de ilusión. He tenido que releer muchos de los pasajes que escribí para contestar a vuestros correos, preguntar su opinión a los personajes de la novela, y volver a revivir escenas desde puntos de vista diferentes. Vuestras aportaciones, vuestras opiniones, han motivado que hoy vea “La Sonrisa” con los mismos ojos pero con otra mirada; por eso he decidido cambiar el diseño de la portada original.

  Indudablemente el motivo principal sigue siendo un camino; pero “el nuevo” ya no está asfaltado, sino labrado en la propia tierra por todos los que lo habéis pisado conmigo hasta ahora, y una nueva luz se asoma en el horizonte dando color a un paisaje de recuerdos en sepia. Buscaros entre los árboles, estáis todos sin excepción.

  Espero que os guste, la aventura continúa…