miércoles, 16 de julio de 2014

LA FERIA

¿Por qué iba a ser diferente este año? Avanza el verano y el pueblo se viste de gala para disfrutar de las fiestas patronales en honor a San Repetido. De él, se cuenta que subió al cerro que hoy ensombrece la villa desde el oeste, lanzó una piedra con su honda de tendones de lobo y, justo allí, donde cayó, brotó un manantial que se trasformó en un cristalino río empeñado en conseguir el mar. En ambas orillas se estableció una próspera comunidad de pescadores de salmón, de cuyo caserío nació la primitiva aldea que, aún hoy, conserva el nombre del santo. Me resulta impropio que el plato popular sea el cochinillo asado pero, ¿no me digáis que la leyenda no es bonita?
Y por esto de que no hay fiestas sin feria, la serenidad de la plazuela junto a la pineda se marcha de vacaciones. La caravana multicolor despliega sus tinglados y, al llegar la noche, el espectáculo de luz y sonido convierte el embrujo de la soledad en hoguera de tentaciones. La noria ambiciona, cada año, acercarse más a la luna. El carrusel de las cadenas gira con mayor velocidad y, ahora, improvisa escoras capaces de hacer naufragar la voluntad con ese vértigo que sólo la turbación comprende. Los autos chocan, y no hay escopeta capaz de partir los tres palillos sobre los que se retuerce esa pulsera, trenzada y  culpable de hacer brillar los ojos de la novia del mejor francotirador del pueblo.
Esta noche me parece mejor apuesta que los bares de la calle Mayor —antigua cuesta del General Mola—, y me dedico a pasear entre las atracciones, evitando las zonas directas en las que el bombardeo de esas cajas acústicas que se entremezclan, crean un irreconocible estruendo ambiental. El aceite quemado de los filetes de lomo se confunde con el azúcar del churrero, y un tipo cojo y desdentado me aborda.
—¡Eh, oiga! Tenga, le gustará.
Me grita mientras me alcanza un papel.
»Esta atracción no es para la juventud, ¿sabe?. No le estoy llamando viejo, ¿eh? No me malinterprete, pero es que hoy en día nadie anda con pantalones largos en verano.
»Estamos al final del parque, justo allí, cuando empiezan los pinos. —Me señala—. Es la zona más tranquila. Donde apenas llega la música y la luz se convierte en misteriosa —termina, guiñándome un ojo.
Recojo el panfleto, apenas una cuartilla y no puedo evitar una sonrisa al leerlo.
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LA CASA DEL TIEMP0
(UNA EXPERIENCIA EXCEPCIONAL)

1- DENTRO DE ESTA ATRACCIÓN USTED SOLO DEBERíA SER UN ESPECTADOR. LAS CONSECUENCIAS DE CUALQUIER INTERACCIóN CON LAS PERSONAS Y OBJETOS CON LOS QUE SE ENCUENTRE SERÁN DE SU EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD

2- ANTES DE ENTRAR NO SE OLVIDE DE INDICAR AL EMPLEADO DE LA TAQUILLA EL AÑO AL QUE DESEA VIAJAR

3- LA DURACIóN DE LA ESTANCIA DENTRO DE LA CASA DEL TIEMPO NO TIENE LÍMITE

4- SI NO QUIERE SALIR, RECUERDE QUE NADIE IRÁ A BUSCARLE

5- PARA ABANDONAR LA ATRACCIóN, DIRíJASE AL BARQUILLERO CON EL PERRO BLANCO, LO ENCONTRARÁ JUNTO AL TIOVIVO.

 LA EMPRESA NO SE HACE RESPONSABLE DE LAS EMOCIONES PRODUCIDAS 
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 Me acerco, más por alejarme del ruido que por la curiosidad. ¡Qué narices, para que voy a mentir! Me devora la curiosidad. Bordeo las atracciones hasta llegar al lugar que me ha señalado el cojo. Allí el suelo ya no retumba por la megafonía, allí no se atreven a acercarse los gritos ni las risas de la gente, allí sólo encuentro una cabaña de madera, rodeada por unos troncos de los que cuelgan unas pequeñas linternas, y en la puerta, el letrero:

LA CASA DEL TIEMP0

—¿Cuanto vale la entrada? —le pregunto al Farias de la taquilla detrás del que supongo que hay alguien.
—Son veinte euros, ida y vuelta. —Hay alguien, el Farias sólo echa humo.
—¡¡Veinte euros!!
—No se me queje, de normal cuesta cuarenta pero hoy es la noche amarilla, ¿no ha visto el color de las linternas?
—¿Y eso de qué depende?
—A mi qué me cuenta, cosas del hijo del empresario. Es del mismo que la noria, hoy la noria está en noche roja. Ya sabe, el típico listillo que ha estudiado y se piensa que todo es marketing.
»¿A qué año vamos? —pregunta.
—¡Espere, espere! ¿Cuánto dura? Porque veinte euros…
—¿No ha leído el folleto? Cómo si se quiere quedar a vivir dentro.
—No me venga con cuentos…
—Mire, pantalones-largos, por cada pueblo por el que pasamos se nos quedan dentro… —Se lo piensa mientras le da una calada a su Farias—…unos cuantos.
—¡Venga enróllese! ¿Qué hay dentro?
—Eso depende de usted, del año que elija, y de… ¡Pero cómo quiere que yo lo sepa! Para eso me tendría que contar su vida y no me pagan por aguantar rollos. ¿Qué, entramos o este es el comienzo de una buena amistad?
—¡Vale, entro! —Y le suelto mi billete de veinte.
—¿Año?
Reconozco que ahí me vengo abajo.
—¿Oiga lo del barquillero?
—No se preocupe, siempre está. ¿Año?
Escojo aquel en el que tuve seis, aquel en el que todo aún estaba en su sitio.
—Tenga, el ticket. Se entra por esa puerta de la izquierda y luego siga recto, está todo indicado. Y recuerde, si no quiere problemas no toque nada ni hable con nadie. La empresa no se hace…
—Ya, ya lo le leído. —Le señalo el folleto.

Me cuesta empujar el portón de entrada, como si un viento furioso se empeñara en mantenerlo pegado al marco. Pero no hay viento al entrar. Un pasillo apenas iluminado, un suelo de madera y una colección de fotografías en sepia colgadas de las paredes a ambos lados del corredor. Escenas de otros tiempos: campos arados con mulos, ciudades con tranvía por las calles, y estaciones con trenes de vapor. Retratos de familia con el recién fallecido en cuerpo presente, y curas con sotana y sombrero de fieltro. Diez metros de recorrido y otra puerta con letrero:

¡EMPUJE! SU VIAJE EMPIEZA AHORA

Seguro que es la salida y te han tomado el pelo Oscarin. ¿Qué esperabas? ¡Ni  barquillero con perro blanco, ni Tiovivo, ni leches!
¡Vaya, por veinte euros se podían haber currado un poco más el decorado! Ahora, seguro que al salir estará medio pueblo partiéndose de risa. Con suerte hasta te devuelven los veinte…

         No obstante, me lo pienso, no quiero renunciar a unos minutos de pasado y decido que todavía no voy a abrir esa puerta. ¿Por qué no? Surgiendo entre el silencio del pasillo va creciendo la voz de Paul Anka, aquella canción que nació el mismo año que yo. ¿Cómo lo han sabido? Recuerdo el pequeño vinilo girando, una y otra vez, en el viejo tocadiscos de madera de mis seis años. “Tonight My Love, Tonight”.

Cierro los ojos, y empieza el viaje a través mis recuerdos. Y la veo, y me veo de su mano. Esa figura espigada y nariz firme, pretendiendo calmar mi ansiedad por subirme al caballito del Tiovivo. Su sonrisa y la mía, cuando me aferro a la barra torneada y el carrusel inicia la cabalgada. El caballo que sube y baja, yo que miro hacia atrás para comprobar que mi ejército me sigue. A los que van por delante seguro que los capturamos antes de la próxima vuelta. ¡Otro viaje más, abuela!
         ¡Como viaja la memoria! Papá y yo nadando contra las olas. Corriendo por la orilla hasta que me pone la zancadilla, y me caigo entre risas. “Para que no te fíes ni de tu padre”, me grita. Y aquella morenita que me enseña las letras mientras me mira desde sus ojos negros, ¿cómo se llamaba… Dicen que el primer amor nunca se olvida, pero los que dicen no conocen mi mala memoria.
         ¡Cómo vuelven los olvidos! La tienda de Pascual y nosotros robándole las aceitunas. Las canicas rodando por la plaza, mientras Tony, aquel fiel callejero del que nunca se de dónde saca la hora, con su dentadura preparada para quien se atreva a robarme la negra, mi preferida. El guardia, con su casco blanco y bigote rubio, cuando corremos, entre pitidos, para que no nos quite el balón con el que a punto hemos estado de romper el cristal de la panadería. Y los atardeceres en el parque, escondidos entre las flores, espiando a las parejas hasta que se roban ese beso prohibido.
         Y mis amigos, y los vecinos que terminan siendo mi familia. Y los domingos de misa, de la que siempre me escapo. Las casas con sus puertas abiertas, y los seiscientos parados sin necesidad de aparcarse. Los charcos helados en invierno, y la cola de verano para refrescarse en la fuente. Mañoli, con su escote hasta que le salga novio. Y el pobre Don Félix, al que le llevamos el periódico porque él ya no puede. La cola en la cabina del teléfono y Agustín, el cartero, que sólo trae buenas noticias. Julián, que vuelve de permiso cuando las rosas empiezan a enrojecer. Y las primeras lluvias, mientras descubrimos los libros del nuevo curso.
         ¡Cómo acaricia el pasado! Mi primera bicicleta, roja y con los cambios de marcha en mis piernas. Y aquella colección de cromos… nunca llego a conseguir el leopardo, pero lo imagino y lo pinto. La vergüenza cuando Don Basilio me manda resolver un problema en el encerado, y mi venganza cuando le escondo la regla que saca, con demasiada facilidad, a pasear por nuestras manos.
         Esas revistas que pasamos a escondidas desde Francia, ¿es así como se hace? Y el exterior del escaparate de la tienda de televisores, abarrotado de público viendo el partido del domingo. El Nodo, y el cine que tiembla con nuestras patadas cuando aparece la caballería. Patxi, que de vez en cuando me deja que le gane al futbolín, y nuestras miradas absortas en Pinito del Oro, que sin red, vuela bajo la carpa del circo Price.
         Esas minifaldas de los sesenta que nos tienen todo el día por el suelo, con la excusa de jugar a chapas. Y la botella de Fundador, que siempre hace falta en casa para darle saborcillo a la cazuela de riñones. Ramón, el del butano, siempre con una al hombro salvo cuando se cruza con Mañoli, entonces coge dos. Y Perico, con su transistor en la oreja, todavía sigue gritando los goles de Zarra aunque hace años que no juega. Manolo Escobar que, por aquellos tiempos, empezaba a buscar su carro y Atahualpa Yupanqui que seguía sin engrasar los ejes de la suya.
         El reloj del ayuntamiento, empeñado en que no avancen las horas, mientras las fichas del dominó suenan desde fuera de la taberna. Y el olor a café de puchero con achicoria que se queda frío junto al sol y sombra, tras el que Don Alfredo, el alcalde, esconde sus intenciones de envidar a grande.
        
Y… por sólo veinte euros. Y tú que pensabas que era una broma.

Todavía con la humedad de la nostalgia en los ojos y una sonrisa, empujo aquella puerta, salgo y enciendo un pitillo. 

—¡Pero qué …
Lo que veo me conmociona. La sangre deja de circular por mis circuitos y me cuesta expulsar el humo del cigarrillo que se niega a atravesar ese mugriento estado en el que se ha convertido una atmósfera paralizada, exánime y derrotada.

Ya no hay noche, sólo una explanada de cemento cuarteado por un despiadado sol que, aunque apenas visible, pretende arrancarme la piel. Ni siquiera el recuerdo de donde antes hubo una pineda. Ya no hay feria, ni luces ni música. Ya no hay risas ni olores. Al girarme, tampoco veo la cabaña de “La Casa del Tiempo” ni la taquilla con el tipo del Farias.
Me acerco a la plazuela que ahora no es más que un cementerio de ladrillos rotos. A mi alrededor, silencio y polvo, soledad y olor a azufre. Me abro camino entre los cascotes de lo que fueron las calles del pueblo. Casas abandonadas, tejados que me miran amenazando con desmoronarse. No encuentro más que ausencias y ratas que se asoman por las ventanas, y este calor que prohíbe respirar.
Tardo en atravesar, entre tumores de lo que existió, la destrucción en que se ha convertido la calle Mayor y, al llegar arriba, donde algunos sillares esparcidos y recubiertos de negra pez, recuerdan que hubo iglesia, contemplo el panorama. Gris, muerte y polvareda que se arremolina por el suelo. Porque ya no hay más que suelo, rajado y estéril. Suelo inútil que ya no sirve ni para pisarlo. Nada parece añorar que por allí vivió la vida, quizás algunos carbones que pertenecieron a lo que llamábamos árboles. Y el río, ahora transfigurado en un séquito de cenizas, rodea la parte baja del pueblo formando una curva que se asemeja, que consigue imitar, la siniestra sonrisa del maligno.
—¿Y el Tiovivo? ¿Y el barquillero?

—Siniestro, ¿verdad?
Escucho una voz a mi espalda y me vuelvo.
—¿Qué ha pasado? ¿Quién es usted? No consigo verle.
—Yo soy el dueño de esta atracción, y lo que ha pasado es mi nombre: Tiempo.
—No entiendo nada. Quiero salir de aquí y volver…
—¡¡Volver!! —suena una carcajada—. Primero mira, siente, y reflexiona. Esto puede ser el futuro y, visto el proceder del género humano, ya ha superado la frontera en que comienza a convertirse en más que una posibilidad. Las señales están claras, vivís con ellas pero no prestáis atención. No me culpes, yo no actúo, sólo soy el tiempo. Son vuestros hechos, vuestra actitud la que pasará por mi nombre, y este será el resultado.
—No es justo. ¡Es cruel!
—¿Acaso no lo sois vosotros? Ambición, guerra, corrupción, envidia, avaricia, lujuria, odio… Es lo único por lo que os esforzáis. Eleváis muros para distanciaros, causáis hambrunas para enriqueceros, invertís fortunas para crear nuevos métodos de destrucción intentando separar lo que nunca el hombre debió aprender a fragmentar. Todo forma parte de vuestras vidas. Como el aire que despreciáis, como el hábitat al que le dais la espalda, y lo peor, como vuestra propia naturaleza humana que seguís permitiendo que se gangrene.
Sigo mirando el horizonte, conmocionado por lo que veo y no consigo encontrar palabras para responder a esa voz.
—Cuenta lo que has visto.
—¿Cómo puedo volver? No hay barquillero ni perro blanco, no hay Tiovivo…
—Cierra los ojos y espera hasta que escuches la música.
Ahogo mi mirada unos instantes, tampoco quiero seguir observando y me niego a admitir lo que interpreto. No lo soporto, es peor que la muerte, es un viaje al más allá del infierno.

Al momento escucho ese “Psalmus Ode” de Vangelis. Abro los ojos y estoy de nuevo junto a la cabaña, rodeado por las linternas amarillas. La noche ha vuelto, el aire entra y oxigena mi aturdida cabeza.
Al fondo, la feria sigue girando. Color y sonido. Todavía.
Yo, me vuelvo a casa y me pongo a escribir.


Oscar da Cunha

16 de julio de 2014

miércoles, 9 de julio de 2014

EL PINTOR DE DESEOS

Camina siempre solo. Las manos en los bolsillos de su pantalón y los ojos perdidos en el horizonte mientras pisa la arena con sus pies descalzos. De vez en cuando se para, levanta su mirada hacia el cielo, balancea su cabeza de izquierda a derecha y continúa su paseo. Yo diría que le gano en edad pero, a eso ya me estoy acostumbrando, cada vez son más con los que me sucede.
Si yo fuera gato, necesitaría un incalculable suplemento de vidas, aun así, mi curiosidad por el ser humano ya las habría agotado todas. Nos cruzamos a menudo y, aunque nunca nos hemos saludado, he observado que compartimos el mismo hábito.
Cigarrillo en mano, le abordo.
—Perdón. ¿Tienes fuego, por favor?
—Sí, por supuesto. —Me acerca un Bic rojo. —Enciéndelo tú, con esta brisa…
—Gracias.
Se lo devuelvo sin darme cuenta de que mi pitillo sigue apagado.
»Qué extraño está el tiempo ¿verdad? —Yo también levanto la mirada hacia el cielo.
—Siempre lo ha estado —contesta—. Nunca hay dos días iguales. Incluso, dentro del mismo día, tampoco hay dos momentos similares. Cada minuto es diferente del anterior, y vivimos con la duda de saber cómo será el siguiente. ¿No es así más apasionante la vida?
Me tiende su mano y una sonrisa.
»Me llamo Daniel, y soy un enamorado de la pintura. Quizá por eso sigo soltero, no me imagino llamándole a la Gioconda señora de Daniel.
Yo también me presento, pero no soy tan interesante. Me acuerdo de mi Winston aún pendiente y lo enciendo.
—¿No te gusta el azul? Es un bonito color. ¡Pero no! No creo que por eso me hayas pedido fuego.
Me ruborizo. ¡Cuántas veces las intenciones me traicionan!
—Disculpa, hace tiempo que nos cruzamos y…
—Has hecho bien —me interrumpe—, al final uno de los dos iba a tener que esconder su mechero.
—Entonces… ¿Eres pintor?
—Esa es la excusa, sólo trabajo en un cuadro y siempre es el mismo.
—¿La continua búsqueda de la perfección?
—No, la perfección no es hermosa. Ella sí.
—¿Ella? —pregunto.
—Por ella paseo todos los días. Por ella salgo a capturar, cada fecha del calendario, los nuevos colores, las variaciones de luz y las sombras…, esas son las más esquivas. Después, sobre el cuadro en el que ella está pintada, cambio el fondo, las estelas del mar, los diferentes matices del paisaje y hasta el sonido del viento.
—Pero… ella es parte de la pintura.
—Sólo durante el día. De noche sale del cuadro, con la pamela en su mano, su vestido blanco y su pelo dorado. Es entonces cuando improviso, para ella, un nuevo mediodía o la última puesta de sol, la intensidad de un azul radiante de primavera o el melancólico invierno durante un gris atardecer. Y me lo agradece con esa idéntica mirada, brillante como el zafiro, que capté en aquel tiempo, cuando la pinté por primera vez, aquí, en esta misma playa. Es entonces cuando puedo acariciar su cabello, y absorber el aroma de su piel que me llega desde la cara oculta de su vestido. Es cada noche cuando vuelvo a tenerla a mi lado, desde veinte años atrás. Nos sentamos delante del lienzo y le cuento el tiempo, le hablo del sonido de las olas o del calor del sol. Le enseño la lluvia y el olor de la arena mojada. Ella, se estremece entre silentes sonrisas y, poco antes del alba, conforme su presencia tenuemente se desvanece, leo en sus labios ese “hasta mañana” que me mantiene vivo. Y vuelve al cuadro.
—Es una hermosa historia, triste pero hermosa.  
—Amigo… —Daniel me contesta con sus ojos perdidos en la distancia—…ese es el sueño más excitante al que puede aspirar un artista. 
—¿Y qué fue de ella? —me atrevo a preguntar.
—Ella nunca fue. Jamás estuvo. Yo la creé con mi deseo de crear. Con mis pinceles yo le di la vida, hace veinte años, cuando la imaginé posando en esta playa solitaria.

Oscar da Cunha

9 de julio de 2014



jueves, 26 de junio de 2014

LLUVIA DE VERANO

Me gusta la lluvia de verano cuando huele a sonata de Beethoven. Cuando las gotas nadan por mi cara como los cisnes en el lago de Tchaikowsky y la tinta se funde con la nostalgia del barco ebrio de Rimbaud. Me gusta la sonrisa del platanero, llorando verde mientras la tormenta, adolescente porque es atrevida, interpreta esos compases perdidos de la sonata que Schubert inconcluyó.
         Me recuerda al globo de Verne, cuyas cinco semanas se infinitan en el perfume de aquella rosa, la que escogió navegar cuando el Sena aún brillaba en la botella que Picasso decidió convertir en mujer. Y entretanto, la voz de Mimi, a la que nadie le preguntó si quería ser la Bohème, suena. Suena en mi cabeza como los ojos negros de la Cordobesa de Julio Romero.
         Así es la lluvia de verano, como el resplandor de Tehura sobre las últimas arenas de Gauguin, porque el pecado sólo humedece la memoria si sobrevive a la melodía de esa canción que Neruda desesperó. Y moja, con esa locura fingida, extravagante por imprevista, quizá fugada de esa fría noche de Elsinor que hace enloquecer a Ofelia, y no me creo que ninguna lluvia baile con el fantasma de la venganza, aunque Hamlet intentará recuperar, así, el tiempo perdido que no consiguió en la magdalena de tía Leoncia.
         Me gustan esas gotas que, como las cartas a Abelardo, huelen a Séneca y Ovidio; y me acercan el gris de la piedra que me recuerda, cuando sólo la piedra mojada es capaz de recordar, la soledad de la mano derecha de Chopin acariciando a ese perrillo que, durante el minuto de ese vals, tan sólo pequeño, navega en círculos, intentando orientar las velas para encontrar en la punta de su cola el rumbo de las horas del azul donde Sorolla mantiene su viaje desde la naturaleza al lienzo.
         Cómo ignorar esas hebras de Platero que, desvanecidas, desde el cielo de la calle de la Ribera, se dejan caer sobre los poros abiertos de quien, por envidiar seguir siendo niño, se descubre sobre el papel intentando transformar las lágrimas de Leonor en gotas de Duero. Gotas secas, resignadamente rebeldes, gotas de aguja de pino con esos acordes heridos de amor que Joan Manuel le pidió prestados a Federico para terminar sublimándose en esa sinfonía transparente, ahora concedida por la naturaleza bajo la que, salpicado de rociada añoranza, sueño soñar.
         Porque en verano llueve a mariposa con moustache, a Gala persistiendo en esa memoria que moldea el tiempo cuando, entre gotas, reaparece y, tras cada gota, se disfraza el reflejo del espacio perdido de Magritte. Llueve a violín de Kiki de Montparnasse, con coreografía de ballet y zapatillas que perdieron su punta entre latidos con cadencia de corazón. Porque en verano también llueve y desnuda todo lo que me gusta. Y porque todavía sigo disfrutando de eso, de lo que la lluvia de verano me cuenta.

Oscar da Cunha

26 de junio de 2014

martes, 17 de junio de 2014

CARTA A UN DESCONOCIDO

No siempre ocurren estas cosas, o quizá sí, pero no queremos enterarnos.
No siempre las vemos porque, a menudo, sólo tenemos la mirada dispuesta para aquello que sabemos que no nos va a turbar. Pero yo lo vi. Estaba en el suelo, junto a una papelera que tal vez tuviese un letrero de: “Reservado el derecho de admisión”.

         Era un sobre blanco, pequeño, vulgar. Lo cogí, al leer el destinatario indicado en el sobre, me sentí aludido y no pude evitar abrirlo sin saber la conmoción que me esperaba dentro.

“Para un desconocido”


Mi nombre no importa. Tampoco sé si alguna vez tuve uno, ninguno lo utilizó. Nunca he sido alguien interesante, necesario ni irremplazable. Nadie lo es. El mundo seguirá girando en mi ausencia como viene haciéndolo desde el principio de los tiempos, y de mí, como de la mayoría de los que pasamos por esta vida, se olvidarán hasta los que fingieron conocerme. Si alguna vez amé nunca fui capaz de demostrarlo, si alguna vez me amaron tampoco me enseñaron que hasta en las flores marchitas hay belleza.
No oí ninguna voz que me confortara mientras mis pies se agostaban con las brasas del camino que el destino, traidor, me reservó siempre ardientes. Mil horizontes perseguí y en ninguno jamás hubo luz, y todo cuanto fui dejando atrás desapareció en la oscuridad que, sin tregua, no dejó de acosarme.
         Me robaron la infancia durante todas las noches en las que me impidieron soñar entretanto vigilaba que nadie traspasara la puerta de al lado sin olvidar sus monedas. Fui creciendo mientras huía de los otros, quienes pretendían quitarme aquello que, sin ser mío, me era obligado llevar a una mesa que esperaba con un plato eternamente vacío. Y me forzaron a hacerme hombre en las esquinas de invierno, entre sonrisas sin dentadura, cuando las farolas no aproximaban ninguna sombra con sombrero.
         Aprendí contando el dinero que siempre faltó y, por primera vez, escribí unas torpes palabras para comprometerme a renegar del filo de acero que me enseñó que, a veces, hay más libertad tras unas barras de hierro. Me hice amigo del cartón, sin confesarle que fue el alcohol quien me conservó la vida aquella noche de hielo en la que aquél perro sin nombre, el que me acompañó mientras el tiempo continuaba, se durmió congelado a mis pies. En él vi la última sonrisa, esa que permanece eterna cuando la muerte es una caricia.
         No conozco mi edad, no la necesito para decidir que ya no quiero más años, de nada sirven cuando has comprobado que éstos nunca te permitirán conocer más vida. Aún así debo ser agradecido por no haber nacido gato y haber tenido que soportar siete martirios.
         Tú que estás leyendo esta carta, tú que no me conoces porque nadie lo hizo; no busques en las esquinas, no levantes cartones porque no me encontrarás, porque no quiero que nadie me encuentre. Y, aunque alguna vez tuve una mirada que también lloró, ya sólo soy ceniza, ceniza en la que algún día, del mismo modo tú, como todos, te convertirás.
         No lo olvides.


         Y he decidido no olvidarlo.
         No quiero guardar la carta porque él ya es ceniza, y como tal pretendo que permanezca en mi memoria.
         Mientras la he quemado, ha ardido con fuego negro, igual que siempre fue su horizonte.
         He recogido las cenizas y las he guardado, repartidas, entre las hojas de un libro, cuyo título desde ahora, para mí, será su nombre.

Oscar da Cunha
17 de junio de 2014     


domingo, 1 de junio de 2014

YA NO TENGO MIEDO

No sé cómo definir lo que quiero contaros, lo que siento, lo que he sabido por lo que un día no pude ver. Me cuesta admitir que, a veces, las palabras no son suficientes.
Los cuatro amigos que me leéis, estáis al corriente de que me gusta acompañar todos mis textos con cualquier imagen y algún tema musical (cuando no son varios) pero, esto que hoy escribo, tiene demasiadas imágenes reales en mi memoria y multitud de bandas sonoras, sería imposible escoger una, aunque, desde hace horas, en mi cabeza no deje de interpretar, una misteriosa voz magistral, ese lied de Schubert: Ave María.
Hay días en los que todas tus creencias, tus dudas y las pocas certidumbres a las que te aferras para no seguir peregrinando desnudo, caen encima de tus hombros, acariciándote como hojas de otoño, suavemente pigmentadas en rojo sangre, y aún así son insuficientes para secar las lágrimas con las que todavía no sé si seré capaz de vaciarme.
Hoy he ido a visitarle. Hoy me he enterado. En otro tiempo —a veces dudo de que pertenezca a otra realidad—, fuimos inseparables compañeros de juerga. Pero este laberinto al que llamamos vida está lleno de cruces, cambios de sentido y saltos —de oca a oca— en los que, aquellos que te han acompañado durante largo tramo, se desvanecen y, solamente cuando la palanca se coloca en la marcha atrás de tu memoria, aparece su sonrisa.

La quimioterapia hace tiempo que le robó aquellos rizos castaños con los que se me adelantaba a todas las chicas. Y el mal, que nadie ha sido capaz de detener, ya casi se ha tragado aquella golfa mirada con la que siempre me planteaba qué coche afanar: “El de tu padre o el del mío”.
No ha sido capaz de incorporarse cuando he abrazado el bastidor que queda debajo de su arrugada piel, parcialmente oculta por una bata cuyo color mis empañados ojos no han podido reconocer.
Hemos compartido lo único que a él le queda, memorias. Y poco de antes de marcharme me lo ha soltado:
—No tengo miedo, ¿recuerdas aquella noche?

No veo el año de aquél calendario pero sé que han pasado treinta y cinco. No recuerdo de quién era el coche pero sé que conducía yo. Se me han olvidado cuantas noches fueron, pero sucedieron en Pamplona, por San Fermín. La juerga duró hasta que se nos acabó toda la pasta, la nuestra y la de con quienes nos juntamos. Por azar, el coche lo cogimos con el depósito lleno, sino todavía seguiríamos allí y quizás ahora todo sería distinto, ¡qué traidor es el azar!
No hace muchos años que han rectificado el trazado de esa carretera, atractivamente peligrosa en aquella época. Y esa madrugada, en la que el destino devolvía a casa los restos de más de cuarenta y ocho horas de fiesta, recordamos la leyenda. No es diferente a la que se cuenta por muchos otros lugares, sólo cambian algunos detalles y el color del vestido de la mujer que se aparece, justo un poco antes de la más peligrosa de las curvas. Dicen que se sube en el coche y con una suave voz te invita a levantar el pedal porque, según ella: “aquí me maté yo”.
Y desaparece.

Las últimas copas todavía estaban recientes, a menos de sesenta kilómetros atrás y, uno tras otro, fuimos encadenando chistes, absurdas bromas, entre risas, que llevábamos preparadas para cuando “ella” apareciese. Al principio no me di cuenta pero, durante el último tramo, él enmudeció y hasta juraría que lo vi envejecer.
—¿Estás bien? —le pregunté—. Se te ha cortado el pedo.
—¡Déjame en casa! —me soltó con tono brusco—. Mañana hablaremos.

Él me llamó al día siguiente. Quedamos en el bar de siempre, de donde ya sabían que, a menudo, nos marchábamos sin pagar. No recuerdo quién se tenía camelada a la camarera.
Su mirada era extraña cuando me preguntó:
—¿Tú la viste?
—¿A quién? No sé de qué me hablas.
—La chica de la carretera, ayer anoche.
         —No digas bobadas.
         —Estaba en el asiento de atrás, rubia y con un vestido blanco. Me miró, sonrió, levantó la mano para despedirse y desapareció.
         No le creí, no pude creerle.

         Hoy he sabido que fue verdad, cuando al despedirme de él, en el hospital, ha insistido:
         —Ya no tengo miedo. Sé que hay algo más y no duele, porque sonreía. Aquella noche yo la vi.

Oscar da Cunha


1 de junio de 2014

miércoles, 21 de mayo de 2014

ON THE ROAD AGAIN

 —¿Qué va a ser?
—De preferencia comer, si es posible —contesté mientras me sentaba.
—¿Carta o menú?
La muchacha pateando el suelo, impaciente. Yo, con mi retardo habitual.
—…Menú, estoy trabajando.
—Lo prefiere en papel o se le mando por guasap.
—¿El menú?
—No, el teléfono de Jennifer Aniston. ¿Qué se ha pensao, que esto es El Bulli?
Yo le escuché “ebuyi”, para mí que era por el chicle.
—Y no me puedes decir lo que hay, así… de palabra.
—De palabra ni hostias, que luego me comprometo y a mí sólo me pagan por servir. ¿Papel o guasap?
         —Pásamelo en papel, es lo más…
         —A mano o a máquina —me interrumpió.
         —¿Qué diferencia hay?
         —El de “a mano” no se entiende.
         —¡Pues a máquina!
        —El de “a máquina” es de ayer. Estará frío, luego no me venga con impertinencias que una ya tiene el rimel más rayao que el tortazo de Gilda.
         Adáptate Oscarin que estás en el XXI.
         —Vale, te doy mi número y me envías un guasap.
         —¿Qué menú quiere, el de diez o el de quince?
         —Mándame los dos, ya escogeré.
       —Del de quince no queda, y el de diez lleva pulpo.
         —¿Y qué problema hay con el pulpo?
         Se agachó para susurrarme al oído:
         —Que ya no queda pata, hemos servido las ocho, sólo pechuga.
         —Será cabeza, sabré yo que soy de mar.
         —No me cuente su vida que llamo a seguridá. En la máquina pone pechuga y además viene la foto, ya se la he mandao.
         —¡Esto es pollo! —solté.
         Miró mi pantalla.
         —Eso es del restaurante de al lado. ¡Ya nos han jaqueado el güifi, mecagüen…
         —Bueno, yo con una ensalada…
         —¡Cual de toas!
     —La que viene en la foto, sólo hay una. Mira, aquí…
         —¡Ah! para esa tiene que pinchar el lin, el que viene en pedefe, pero es en blanco y negro.
         —¿La foto?
         —No, la ensalada. Es que no son de la casa, nos las mandan por interné y no tenemos cuatrogé.
     —¿Y de postre? —pregunté. Ya te acojonas y quieres rematar el asunto.
         —¡Aaa, por eso ha venío! Es nuestra especialidá.
Señaló la puerta trasera abierta hacia la era y, con un seductor brillo en la mirada:
»El membrillo es el de la derecha. ¿Se habrá traío la escalera?
—…No, yo no…
—Ya me ha tocao otro puto facha. ¡¡El postre lo hemos puesto de sel-servis!! Y si no está conforme le paso los estatutos del esclavo, que pa eso estamos sindicaos.
—¿Y no tendrías un helado?
—Del tiempo.
—Estamos a veintiocho grados…
—¿Y qué quiere, que se lo envuelva en un tanga? Si lo prefiere se lo sirvo con abanico, pero tiene suplemento. ¿Pa beber?
—¿La gaseosa también es del tiempo? —Ahí, yo concretando, con dos.
—No, Ribera del Duero, y viene con climatizador y un Montecristo de regalo. ¡Joer con el señorito! Si quiere también le envolvemos las sobras pal chofer.
—Sólo pretendía comer, no creo…
—¿Bueno qué, le apunto un café o se me queda a echar la siesta?
—Me quedo con el café.
—¿Colombia o Langreo? Se lo digo porque el de Langreo está en promoción, lo servimos con su taza, platillo y cucharilla.
—¿Y el de Colombia?
—En grano y usted se apaña.
—¿Cogen tarjeta?
—¡Ni de coña! El datáfono tiene demora, todavía estamos cobrando los desayunos y una no está pa caprichos, que luego tengo el turno de noche en la universidá.
—¡Ah! ¿Estudias?
—¡No, que va! Yo soy profesora, mecánica cuántica. Pero ya sabe, la cultura en este país…


* Con todo mi cariño para esos magníficos trabajadores con los que compartimos los pequeños momentos dulces de cada día.


Oscar da Cunha
21 de mayo de 2014

jueves, 8 de mayo de 2014

TAN LEJOS COMO AYER

El parque está distinto y tú también, tenías menos edad. Yo te recuerdo mucho más grande. ¡Qué suerte tenemos de que la memoria nos engañe! ¡Qué suerte tuve de poder ser niño!

¿Recuerdas la caja de frutas?, se la llevó el tiempo. De su madera no brotaban hojas, pero formábamos un buen equipo. Se la tuve que robar a Pascual, el de los ultramarinos. Ya sé que tú no tenías la culpa, nadie la tiene de que, con seis años, no te lleguen las piernas.

Te llamaban árbol, ¡qué sabían ellos! ¿Acaso alguno te escuchó?

No estoy seguro de si fue la primera vez, cuando me dijiste que eras una nave espacial. Me senté en el hueco reservado para el piloto y conseguimos llegar hasta ese planeta donde, a los que son como tú, les piden consejo.

Pero lo que más me gustó fue aquel día en que me enseñaste a ser invisible, escondido tras ese brazo de la izquierda. ¿Por qué sonreían? ¡Ingenuos! No eran capaces de entender que no podían verme.

De nada sirve navegar si no es para gritar ¡tierra! Nos costó toda una mañana de verano sin sal. Pero aprendí que el mejor barco es el que tiene las raíces más profundas y el timón…, entonces me di cuenta de que el timón más certero es la mirada.

Sólo te vi sufrir una vez, y cumplí mi promesa. El gorrión se quedó dormido entre tus brazos y tú no podías enterrarlo a tus pies. Sí, esa tarde la tengo guardada, desde entonces sé que no podemos ser eternos.

¿Y el susurro del viento?, aprendí a leer en tus hojas que él es quién se encarga de otoñarnos. ¿Y qué más da que me llamen raro? Prefiero oír así el calendario, ese murmullo que va matizando mis pelos de blanco.

Esto no te lo había contado nunca, porque yo estaba más acostumbrado a la soledad. Sólo se debe llorar cuando llueve, ¿no tiene color la sangre? A ninguna lágrima le ponen vendas pese a que nos alcance desde las heridas más dolorosas.

Después de tantos años y me has reconocido. Siempre te gustó que acariciara tu espalda, pero no te preocupes, ¿para qué se lo voy a decir a los otros? ¿Qué árbol se creería que hablas conmigo?

Oscar da Cunha
8 de mayo de 2014

jueves, 1 de mayo de 2014

LE BLANC ET NOIR

¿Sabéis cual es el secreto? Yo sí, creo que la fantasía pude convertirse en realidad. Es fácil con un poco de práctica: se trata simplemente de dejar de pensar como un adulto. Vale, quizá yo tenga ventaja porque nunca he conseguido llegar a madurar, y a estas alturas de la partida tampoco estoy convencido de que merezca la pena. 
La calle central, a partir de donde nacía la plazoleta, estaba atravesada por un río, yo vi el Misisipi. Y, al bajarme del coche, creí recordar que el letrero de la entrada al pueblo indicaba “Baton-Rouge”. Por supuesto que no se lo comenté a mi mujer, a veces se cansa de ir por la vida con un niño y a mí me aburre tener que fingir siempre que soy un adulto.

         El único bar está en la esquina, detrás del sauce que derrama sus lágrimas sobre el río. Cuando has visitado muchas veces el mismo pueblo crees que ya no tiene misterios; la clave está en la palabra “crees”, dista mucho del “sabes”, y por medio se cruza el “imaginas”.

         ¿Por qué las mujeres acostumbran a decir café cuando lo que quieren es mear? Abrí la puerta del bar y le cedí el paso, yo todavía podía aguantar un rato. “Le Blanc et Noir” era literal, como su nombre. Una vez que a tu espalda se cerraba la puerta, todo era blanco y negro, no me refiero a la decoración, que también. La orquesta —sí, habéis leído bien, unos muchachos tocando diferentes instrumentos: trombones, saxos, trompetas, un  contrabajo, incluso un pianista— estaba perfectamente trajeada en blanco y negro.
         Creo que entramos en el momento crítico —resultaría arrogante pensar que el momento crítico estaba esperando a que nosotros entrásemos—, los vientos de la orquesta se pusieron en pie y atacaron los primeros compases de “In the Mood”. Todas las mesas estaban ocupadas por parejas que, de inmediato, se levantaron y comenzaron a moverse; parecían conocer con perfección cada paso de baile, cada giro, cada… La coreografía en el local era impecable, ellos, con sus trajes negros y camisa blanca; ellas, dentro de un almacén de tejidos de tapicería con encaje —¿hace falta añadir que en blanco?—. Los únicos que desentonábamos éramos nosotros, el azul de los vaqueros parecía sicalíptico, ¿os imagináis una escena de “Una noche en la Ópera” con Groucho Marx recibiendo un WhatsApp? Nosotros éramos el WhatsApp de aquella fiesta.

         Ella se adapta más rápido ante lo insólito, yo siempre tengo un pequeño retardo con el directo.
—¿El tocador, por favor? —le pregunta a un engominado camarero.

No nos incomodó compartir mesa con una elegante pareja, a ellos tampoco. Entre ambos no sumarían mi edad. El impecable nudo de la corbata de él resaltaba sobre el deslumbrante blanco del cuello de su camisa (eché en falta mis gafas de sol); y en ella, sobresalía la intensidad de sus labios por un carmín que presumí rojo pero que yo veía, dentro de una escala de grises, con un matiz cercano al negro.
—Veníamos a tomar un café pero creo que nos hemos colado en una boda.
—¿Boda? —El joven, con la raya de su pelo bien marcada y una brillante sonrisa, se sorprendió—. No hay ninguna boda, este es el baile de los domingos.
—¡Vaya, entiendo! Y cada domingo lo dedican a una década en especial —¿Y qué pasa con el blanco y negro, Oscarin?, no te olvides del blanco y negro—. ¿Hoy qué toca, los años cuarenta?
         Ambos se miraron, nos miraron a nosotros y la joven, al punto de echarse a reír, nos soltó:
         —Esto es… ¡lo último!
         Mientras, el resto de las parejas, en el centro del local, empezaban a acompasarse al ritmo de “Boogie Woogie”.
         Ya, ya sé lo que estáis pensando, yo también intenté convencerme con el mismo planteamiento, absurdo pero… las alternativas me situaban llamando al timbre del psiquiátrico. Entrar en “Le Blanc et Noir” no sólo era entrar en un local; por alguna alteración física que prefiero no comprender, allí había una puerta del tiempo, un salto hacia atrás.
         Ahora, imaginaros mi cara de póquer cuando le pregunté al muchacho de la brillante sonrisa:
         —¿En qué año estamos?
         —¿Se encuentra bien? —Esa inquietud en su mirada y la respuesta—: Estamos en dos mil catorce.
         No se le debe cerrar la puerta a la fantasía y yo no estaba dispuesto a renunciar a mi viaje a través del tiempo. Saqué mi teléfono móvil del bolsillo y lo puse sobre la mesa.
         —¿Sabe qué es esto? —¿Por qué seguía tratándole de usted?, era casi un chiquillo.
         —Sí —me contestó, educadamente pero con cierto desdén—. En el anticuario del pueblo se consiguen muy baratos. Ya no sirven para nada.
Comprobé que no había ninguna rayita (en el teléfono), ninguna red disponible.
         Ambos se levantaron, al instante reconocí aquellos acordes de trompeta, “Over the Rainbow” y cada pareja acortando la distancia entre sus cuerpos.
         »Disculpen, esta es nuestra canción.

Ella que me mira, después de veintinueve años conozco esos ojos y sé el peligro que les acompaña. Hago un gesto negando con la cabeza; jamás pensé que utilizaría una excusa tan extravagante:
—Vamos a hacer el ridículo, estamos en color.

         Las lentas se van sucediendo y con “Moonlight Serenade” la sensación de verás-como-la-liamos se queda atrás. Ella se decide y yo me conformo con dejarme llevar. Bailamos en color, rodeados por aquel ballet de parejas en blanco y negro, y consigo estrenar mis pisotones en el último giro de la canción con la que nos retiramos de nuevo a nuestra mesa, ahora ocupada por una pareja de ancianos.

Vale, quizá no fueran tan ancianos, las miradas que intercambiaban me confirmaron que la juventud no es una cuestión de edad.
         Él, desde sus ojos claros me sonrió.
         —Todavía están a tiempo de recuperar el blanco y negro, cuando nosotros empezamos tendríamos su edad. Y aquí nos tiene, ya no hay color.
         Desde aquél, nuestro primer domingo, ya nunca faltamos. Cada tarde bailamos las mismas canciones que siempre son nuevas, nuestro aspecto ya no desentona, y el teléfono lo dejamos en casa, no sirve para nada.
Probadlo, ya lo he dicho al principio, no es difícil con un poco de práctica: se trata simplemente de dejar de pensar como un adulto.

Oscar da Cunha
1 de mayo de 2014

martes, 15 de abril de 2014

HISTORIA DE VACACIONES

         —¡Papá, papá, que te pasas el cruce! ¡La autopista es por la derecha!
         —Ya lo sé Dani, pero nosotros vamos por la carretera.
         Dani con una mirada indecisa:
         —Todos van por la autopista…
         —Pero nosotros no, hijo. Cuesta seis euros y… ¿recuerdas la avería de tu bicicleta? A veces hay que elegir. ¡No tenemos prisa!
         —¡Vale, enciende la radio! Quiero oír música.
         —No funciona, Dani.
         —¿No la reparaste?
         —Gasté ese dinero en flores para… ya sabes, hacía mucho tiempo que no le poníamos flores.
         Los ojos de Dani perdidos en ese azul que sólo el cielo consigue ofrecer.
         —Era muy guapa, ¿verdad, papá?
         —Sí, Dani. Como tú.
         Ahora es la mirada de papá la que necesita el brillo del sol para evitar la humedad.
         —Papá, ¿por qué nos hemos traído toda la ropa?
         —Porque es lo único que nos queda, Dani. La ropa, la bicicleta y los recuerdos.
         —Entonces… ¿no son vacaciones?
         —¡Claro que sí! —Papá sonríe—. Pero sólo dos semanas, Dani. Luego empezarás en el colegio del pueblo.
         —¿Y tú que harás? ¿Vas a volver a la fábrica?
         —No, Dani, ya no hay fábrica adonde volver.
         —¿Y quién le regará las flores?
         —Los ángeles, hijo. Cuando llueve es porque los ángeles están regando todas las flores.
         —Yo no creo en los ángeles, papá.
         —No digas eso, mamá es ahora una de ellos.
         —¿Y por qué no hace que dejes de llorar? Te oigo algunas noches.
         Papá detiene el viejo coche, apenas hay tráfico en esa carretera, y abraza a su hijo.
         —Podemos ver a los ángeles, Dani. Lloro cuando la veo, lloro de felicidad.
         —¿Y yo, papá, por qué yo no la veo?
         —Todavía eres un niño y los niños sólo veis a los ángeles cuando soñáis y después, al despertar, ya no os acordáis.
         —¿Y cuándo me haré mayor? Yo también quiero llorar contigo.
         —Nunca hay prisa para hacerse mayor, hijo. Algún día lloraremos juntos, como dos hombres.
         —Papá, estos días no llorarás, los ángeles también se habrán ido de vacaciones.
         Papá le revuelve el pelo a Dani.
         —No se sabe, hijo, con mamá nunca se sabe, ella es muy trabajadora.
         —¿Papá?
         —Dime Dani.
         —Cuando lleguemos al pueblo, no le digas a la abuela que ves ángeles.
         —¿Por qué, hijo?
         —No la obligues a ella también a mentirte.

©Oscar da Cunha
15 de abril de 2014