domingo, 1 de junio de 2014

YA NO TENGO MIEDO

No sé cómo definir lo que quiero contaros, lo que siento, lo que he sabido por lo que un día no pude ver. Me cuesta admitir que, a veces, las palabras no son suficientes.
Los cuatro amigos que me leéis, estáis al corriente de que me gusta acompañar todos mis textos con cualquier imagen y algún tema musical (cuando no son varios) pero, esto que hoy escribo, tiene demasiadas imágenes reales en mi memoria y multitud de bandas sonoras, sería imposible escoger una, aunque, desde hace horas, en mi cabeza no deje de interpretar, una misteriosa voz magistral, ese lied de Schubert: Ave María.
Hay días en los que todas tus creencias, tus dudas y las pocas certidumbres a las que te aferras para no seguir peregrinando desnudo, caen encima de tus hombros, acariciándote como hojas de otoño, suavemente pigmentadas en rojo sangre, y aún así son insuficientes para secar las lágrimas con las que todavía no sé si seré capaz de vaciarme.
Hoy he ido a visitarle. Hoy me he enterado. En otro tiempo —a veces dudo de que pertenezca a otra realidad—, fuimos inseparables compañeros de juerga. Pero este laberinto al que llamamos vida está lleno de cruces, cambios de sentido y saltos —de oca a oca— en los que, aquellos que te han acompañado durante largo tramo, se desvanecen y, solamente cuando la palanca se coloca en la marcha atrás de tu memoria, aparece su sonrisa.

La quimioterapia hace tiempo que le robó aquellos rizos castaños con los que se me adelantaba a todas las chicas. Y el mal, que nadie ha sido capaz de detener, ya casi se ha tragado aquella golfa mirada con la que siempre me planteaba qué coche afanar: “El de tu padre o el del mío”.
No ha sido capaz de incorporarse cuando he abrazado el bastidor que queda debajo de su arrugada piel, parcialmente oculta por una bata cuyo color mis empañados ojos no han podido reconocer.
Hemos compartido lo único que a él le queda, memorias. Y poco de antes de marcharme me lo ha soltado:
—No tengo miedo, ¿recuerdas aquella noche?

No veo el año de aquél calendario pero sé que han pasado treinta y cinco. No recuerdo de quién era el coche pero sé que conducía yo. Se me han olvidado cuantas noches fueron, pero sucedieron en Pamplona, por San Fermín. La juerga duró hasta que se nos acabó toda la pasta, la nuestra y la de con quienes nos juntamos. Por azar, el coche lo cogimos con el depósito lleno, sino todavía seguiríamos allí y quizás ahora todo sería distinto, ¡qué traidor es el azar!
No hace muchos años que han rectificado el trazado de esa carretera, atractivamente peligrosa en aquella época. Y esa madrugada, en la que el destino devolvía a casa los restos de más de cuarenta y ocho horas de fiesta, recordamos la leyenda. No es diferente a la que se cuenta por muchos otros lugares, sólo cambian algunos detalles y el color del vestido de la mujer que se aparece, justo un poco antes de la más peligrosa de las curvas. Dicen que se sube en el coche y con una suave voz te invita a levantar el pedal porque, según ella: “aquí me maté yo”.
Y desaparece.

Las últimas copas todavía estaban recientes, a menos de sesenta kilómetros atrás y, uno tras otro, fuimos encadenando chistes, absurdas bromas, entre risas, que llevábamos preparadas para cuando “ella” apareciese. Al principio no me di cuenta pero, durante el último tramo, él enmudeció y hasta juraría que lo vi envejecer.
—¿Estás bien? —le pregunté—. Se te ha cortado el pedo.
—¡Déjame en casa! —me soltó con tono brusco—. Mañana hablaremos.

Él me llamó al día siguiente. Quedamos en el bar de siempre, de donde ya sabían que, a menudo, nos marchábamos sin pagar. No recuerdo quién se tenía camelada a la camarera.
Su mirada era extraña cuando me preguntó:
—¿Tú la viste?
—¿A quién? No sé de qué me hablas.
—La chica de la carretera, ayer anoche.
         —No digas bobadas.
         —Estaba en el asiento de atrás, rubia y con un vestido blanco. Me miró, sonrió, levantó la mano para despedirse y desapareció.
         No le creí, no pude creerle.

         Hoy he sabido que fue verdad, cuando al despedirme de él, en el hospital, ha insistido:
         —Ya no tengo miedo. Sé que hay algo más y no duele, porque sonreía. Aquella noche yo la vi.

Oscar da Cunha


1 de junio de 2014