martes, 17 de junio de 2014

CARTA A UN DESCONOCIDO

No siempre ocurren estas cosas, o quizá sí, pero no queremos enterarnos.
No siempre las vemos porque, a menudo, sólo tenemos la mirada dispuesta para aquello que sabemos que no nos va a turbar. Pero yo lo vi. Estaba en el suelo, junto a una papelera que tal vez tuviese un letrero de: “Reservado el derecho de admisión”.

         Era un sobre blanco, pequeño, vulgar. Lo cogí, al leer el destinatario indicado en el sobre, me sentí aludido y no pude evitar abrirlo sin saber la conmoción que me esperaba dentro.

“Para un desconocido”


Mi nombre no importa. Tampoco sé si alguna vez tuve uno, ninguno lo utilizó. Nunca he sido alguien interesante, necesario ni irremplazable. Nadie lo es. El mundo seguirá girando en mi ausencia como viene haciéndolo desde el principio de los tiempos, y de mí, como de la mayoría de los que pasamos por esta vida, se olvidarán hasta los que fingieron conocerme. Si alguna vez amé nunca fui capaz de demostrarlo, si alguna vez me amaron tampoco me enseñaron que hasta en las flores marchitas hay belleza.
No oí ninguna voz que me confortara mientras mis pies se agostaban con las brasas del camino que el destino, traidor, me reservó siempre ardientes. Mil horizontes perseguí y en ninguno jamás hubo luz, y todo cuanto fui dejando atrás desapareció en la oscuridad que, sin tregua, no dejó de acosarme.
         Me robaron la infancia durante todas las noches en las que me impidieron soñar entretanto vigilaba que nadie traspasara la puerta de al lado sin olvidar sus monedas. Fui creciendo mientras huía de los otros, quienes pretendían quitarme aquello que, sin ser mío, me era obligado llevar a una mesa que esperaba con un plato eternamente vacío. Y me forzaron a hacerme hombre en las esquinas de invierno, entre sonrisas sin dentadura, cuando las farolas no aproximaban ninguna sombra con sombrero.
         Aprendí contando el dinero que siempre faltó y, por primera vez, escribí unas torpes palabras para comprometerme a renegar del filo de acero que me enseñó que, a veces, hay más libertad tras unas barras de hierro. Me hice amigo del cartón, sin confesarle que fue el alcohol quien me conservó la vida aquella noche de hielo en la que aquél perro sin nombre, el que me acompañó mientras el tiempo continuaba, se durmió congelado a mis pies. En él vi la última sonrisa, esa que permanece eterna cuando la muerte es una caricia.
         No conozco mi edad, no la necesito para decidir que ya no quiero más años, de nada sirven cuando has comprobado que éstos nunca te permitirán conocer más vida. Aún así debo ser agradecido por no haber nacido gato y haber tenido que soportar siete martirios.
         Tú que estás leyendo esta carta, tú que no me conoces porque nadie lo hizo; no busques en las esquinas, no levantes cartones porque no me encontrarás, porque no quiero que nadie me encuentre. Y, aunque alguna vez tuve una mirada que también lloró, ya sólo soy ceniza, ceniza en la que algún día, del mismo modo tú, como todos, te convertirás.
         No lo olvides.


         Y he decidido no olvidarlo.
         No quiero guardar la carta porque él ya es ceniza, y como tal pretendo que permanezca en mi memoria.
         Mientras la he quemado, ha ardido con fuego negro, igual que siempre fue su horizonte.
         He recogido las cenizas y las he guardado, repartidas, entre las hojas de un libro, cuyo título desde ahora, para mí, será su nombre.

Oscar da Cunha
17 de junio de 2014