miércoles, 16 de julio de 2014

LA FERIA

¿Por qué iba a ser diferente este año? Avanza el verano y el pueblo se viste de gala para disfrutar de las fiestas patronales en honor a San Repetido. De él, se cuenta que subió al cerro que hoy ensombrece la villa desde el oeste, lanzó una piedra con su honda de tendones de lobo y, justo allí, donde cayó, brotó un manantial que se trasformó en un cristalino río empeñado en conseguir el mar. En ambas orillas se estableció una próspera comunidad de pescadores de salmón, de cuyo caserío nació la primitiva aldea que, aún hoy, conserva el nombre del santo. Me resulta impropio que el plato popular sea el cochinillo asado pero, ¿no me digáis que la leyenda no es bonita?
Y por esto de que no hay fiestas sin feria, la serenidad de la plazuela junto a la pineda se marcha de vacaciones. La caravana multicolor despliega sus tinglados y, al llegar la noche, el espectáculo de luz y sonido convierte el embrujo de la soledad en hoguera de tentaciones. La noria ambiciona, cada año, acercarse más a la luna. El carrusel de las cadenas gira con mayor velocidad y, ahora, improvisa escoras capaces de hacer naufragar la voluntad con ese vértigo que sólo la turbación comprende. Los autos chocan, y no hay escopeta capaz de partir los tres palillos sobre los que se retuerce esa pulsera, trenzada y  culpable de hacer brillar los ojos de la novia del mejor francotirador del pueblo.
Esta noche me parece mejor apuesta que los bares de la calle Mayor —antigua cuesta del General Mola—, y me dedico a pasear entre las atracciones, evitando las zonas directas en las que el bombardeo de esas cajas acústicas que se entremezclan, crean un irreconocible estruendo ambiental. El aceite quemado de los filetes de lomo se confunde con el azúcar del churrero, y un tipo cojo y desdentado me aborda.
—¡Eh, oiga! Tenga, le gustará.
Me grita mientras me alcanza un papel.
»Esta atracción no es para la juventud, ¿sabe?. No le estoy llamando viejo, ¿eh? No me malinterprete, pero es que hoy en día nadie anda con pantalones largos en verano.
»Estamos al final del parque, justo allí, cuando empiezan los pinos. —Me señala—. Es la zona más tranquila. Donde apenas llega la música y la luz se convierte en misteriosa —termina, guiñándome un ojo.
Recojo el panfleto, apenas una cuartilla y no puedo evitar una sonrisa al leerlo.
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LA CASA DEL TIEMP0
(UNA EXPERIENCIA EXCEPCIONAL)

1- DENTRO DE ESTA ATRACCIÓN USTED SOLO DEBERíA SER UN ESPECTADOR. LAS CONSECUENCIAS DE CUALQUIER INTERACCIóN CON LAS PERSONAS Y OBJETOS CON LOS QUE SE ENCUENTRE SERÁN DE SU EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD

2- ANTES DE ENTRAR NO SE OLVIDE DE INDICAR AL EMPLEADO DE LA TAQUILLA EL AÑO AL QUE DESEA VIAJAR

3- LA DURACIóN DE LA ESTANCIA DENTRO DE LA CASA DEL TIEMPO NO TIENE LÍMITE

4- SI NO QUIERE SALIR, RECUERDE QUE NADIE IRÁ A BUSCARLE

5- PARA ABANDONAR LA ATRACCIóN, DIRíJASE AL BARQUILLERO CON EL PERRO BLANCO, LO ENCONTRARÁ JUNTO AL TIOVIVO.

 LA EMPRESA NO SE HACE RESPONSABLE DE LAS EMOCIONES PRODUCIDAS 
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 Me acerco, más por alejarme del ruido que por la curiosidad. ¡Qué narices, para que voy a mentir! Me devora la curiosidad. Bordeo las atracciones hasta llegar al lugar que me ha señalado el cojo. Allí el suelo ya no retumba por la megafonía, allí no se atreven a acercarse los gritos ni las risas de la gente, allí sólo encuentro una cabaña de madera, rodeada por unos troncos de los que cuelgan unas pequeñas linternas, y en la puerta, el letrero:

LA CASA DEL TIEMP0

—¿Cuanto vale la entrada? —le pregunto al Farias de la taquilla detrás del que supongo que hay alguien.
—Son veinte euros, ida y vuelta. —Hay alguien, el Farias sólo echa humo.
—¡¡Veinte euros!!
—No se me queje, de normal cuesta cuarenta pero hoy es la noche amarilla, ¿no ha visto el color de las linternas?
—¿Y eso de qué depende?
—A mi qué me cuenta, cosas del hijo del empresario. Es del mismo que la noria, hoy la noria está en noche roja. Ya sabe, el típico listillo que ha estudiado y se piensa que todo es marketing.
»¿A qué año vamos? —pregunta.
—¡Espere, espere! ¿Cuánto dura? Porque veinte euros…
—¿No ha leído el folleto? Cómo si se quiere quedar a vivir dentro.
—No me venga con cuentos…
—Mire, pantalones-largos, por cada pueblo por el que pasamos se nos quedan dentro… —Se lo piensa mientras le da una calada a su Farias—…unos cuantos.
—¡Venga enróllese! ¿Qué hay dentro?
—Eso depende de usted, del año que elija, y de… ¡Pero cómo quiere que yo lo sepa! Para eso me tendría que contar su vida y no me pagan por aguantar rollos. ¿Qué, entramos o este es el comienzo de una buena amistad?
—¡Vale, entro! —Y le suelto mi billete de veinte.
—¿Año?
Reconozco que ahí me vengo abajo.
—¿Oiga lo del barquillero?
—No se preocupe, siempre está. ¿Año?
Escojo aquel en el que tuve seis, aquel en el que todo aún estaba en su sitio.
—Tenga, el ticket. Se entra por esa puerta de la izquierda y luego siga recto, está todo indicado. Y recuerde, si no quiere problemas no toque nada ni hable con nadie. La empresa no se hace…
—Ya, ya lo le leído. —Le señalo el folleto.

Me cuesta empujar el portón de entrada, como si un viento furioso se empeñara en mantenerlo pegado al marco. Pero no hay viento al entrar. Un pasillo apenas iluminado, un suelo de madera y una colección de fotografías en sepia colgadas de las paredes a ambos lados del corredor. Escenas de otros tiempos: campos arados con mulos, ciudades con tranvía por las calles, y estaciones con trenes de vapor. Retratos de familia con el recién fallecido en cuerpo presente, y curas con sotana y sombrero de fieltro. Diez metros de recorrido y otra puerta con letrero:

¡EMPUJE! SU VIAJE EMPIEZA AHORA

Seguro que es la salida y te han tomado el pelo Oscarin. ¿Qué esperabas? ¡Ni  barquillero con perro blanco, ni Tiovivo, ni leches!
¡Vaya, por veinte euros se podían haber currado un poco más el decorado! Ahora, seguro que al salir estará medio pueblo partiéndose de risa. Con suerte hasta te devuelven los veinte…

         No obstante, me lo pienso, no quiero renunciar a unos minutos de pasado y decido que todavía no voy a abrir esa puerta. ¿Por qué no? Surgiendo entre el silencio del pasillo va creciendo la voz de Paul Anka, aquella canción que nació el mismo año que yo. ¿Cómo lo han sabido? Recuerdo el pequeño vinilo girando, una y otra vez, en el viejo tocadiscos de madera de mis seis años. “Tonight My Love, Tonight”.

Cierro los ojos, y empieza el viaje a través mis recuerdos. Y la veo, y me veo de su mano. Esa figura espigada y nariz firme, pretendiendo calmar mi ansiedad por subirme al caballito del Tiovivo. Su sonrisa y la mía, cuando me aferro a la barra torneada y el carrusel inicia la cabalgada. El caballo que sube y baja, yo que miro hacia atrás para comprobar que mi ejército me sigue. A los que van por delante seguro que los capturamos antes de la próxima vuelta. ¡Otro viaje más, abuela!
         ¡Como viaja la memoria! Papá y yo nadando contra las olas. Corriendo por la orilla hasta que me pone la zancadilla, y me caigo entre risas. “Para que no te fíes ni de tu padre”, me grita. Y aquella morenita que me enseña las letras mientras me mira desde sus ojos negros, ¿cómo se llamaba… Dicen que el primer amor nunca se olvida, pero los que dicen no conocen mi mala memoria.
         ¡Cómo vuelven los olvidos! La tienda de Pascual y nosotros robándole las aceitunas. Las canicas rodando por la plaza, mientras Tony, aquel fiel callejero del que nunca se de dónde saca la hora, con su dentadura preparada para quien se atreva a robarme la negra, mi preferida. El guardia, con su casco blanco y bigote rubio, cuando corremos, entre pitidos, para que no nos quite el balón con el que a punto hemos estado de romper el cristal de la panadería. Y los atardeceres en el parque, escondidos entre las flores, espiando a las parejas hasta que se roban ese beso prohibido.
         Y mis amigos, y los vecinos que terminan siendo mi familia. Y los domingos de misa, de la que siempre me escapo. Las casas con sus puertas abiertas, y los seiscientos parados sin necesidad de aparcarse. Los charcos helados en invierno, y la cola de verano para refrescarse en la fuente. Mañoli, con su escote hasta que le salga novio. Y el pobre Don Félix, al que le llevamos el periódico porque él ya no puede. La cola en la cabina del teléfono y Agustín, el cartero, que sólo trae buenas noticias. Julián, que vuelve de permiso cuando las rosas empiezan a enrojecer. Y las primeras lluvias, mientras descubrimos los libros del nuevo curso.
         ¡Cómo acaricia el pasado! Mi primera bicicleta, roja y con los cambios de marcha en mis piernas. Y aquella colección de cromos… nunca llego a conseguir el leopardo, pero lo imagino y lo pinto. La vergüenza cuando Don Basilio me manda resolver un problema en el encerado, y mi venganza cuando le escondo la regla que saca, con demasiada facilidad, a pasear por nuestras manos.
         Esas revistas que pasamos a escondidas desde Francia, ¿es así como se hace? Y el exterior del escaparate de la tienda de televisores, abarrotado de público viendo el partido del domingo. El Nodo, y el cine que tiembla con nuestras patadas cuando aparece la caballería. Patxi, que de vez en cuando me deja que le gane al futbolín, y nuestras miradas absortas en Pinito del Oro, que sin red, vuela bajo la carpa del circo Price.
         Esas minifaldas de los sesenta que nos tienen todo el día por el suelo, con la excusa de jugar a chapas. Y la botella de Fundador, que siempre hace falta en casa para darle saborcillo a la cazuela de riñones. Ramón, el del butano, siempre con una al hombro salvo cuando se cruza con Mañoli, entonces coge dos. Y Perico, con su transistor en la oreja, todavía sigue gritando los goles de Zarra aunque hace años que no juega. Manolo Escobar que, por aquellos tiempos, empezaba a buscar su carro y Atahualpa Yupanqui que seguía sin engrasar los ejes de la suya.
         El reloj del ayuntamiento, empeñado en que no avancen las horas, mientras las fichas del dominó suenan desde fuera de la taberna. Y el olor a café de puchero con achicoria que se queda frío junto al sol y sombra, tras el que Don Alfredo, el alcalde, esconde sus intenciones de envidar a grande.
        
Y… por sólo veinte euros. Y tú que pensabas que era una broma.

Todavía con la humedad de la nostalgia en los ojos y una sonrisa, empujo aquella puerta, salgo y enciendo un pitillo. 

—¡Pero qué …
Lo que veo me conmociona. La sangre deja de circular por mis circuitos y me cuesta expulsar el humo del cigarrillo que se niega a atravesar ese mugriento estado en el que se ha convertido una atmósfera paralizada, exánime y derrotada.

Ya no hay noche, sólo una explanada de cemento cuarteado por un despiadado sol que, aunque apenas visible, pretende arrancarme la piel. Ni siquiera el recuerdo de donde antes hubo una pineda. Ya no hay feria, ni luces ni música. Ya no hay risas ni olores. Al girarme, tampoco veo la cabaña de “La Casa del Tiempo” ni la taquilla con el tipo del Farias.
Me acerco a la plazuela que ahora no es más que un cementerio de ladrillos rotos. A mi alrededor, silencio y polvo, soledad y olor a azufre. Me abro camino entre los cascotes de lo que fueron las calles del pueblo. Casas abandonadas, tejados que me miran amenazando con desmoronarse. No encuentro más que ausencias y ratas que se asoman por las ventanas, y este calor que prohíbe respirar.
Tardo en atravesar, entre tumores de lo que existió, la destrucción en que se ha convertido la calle Mayor y, al llegar arriba, donde algunos sillares esparcidos y recubiertos de negra pez, recuerdan que hubo iglesia, contemplo el panorama. Gris, muerte y polvareda que se arremolina por el suelo. Porque ya no hay más que suelo, rajado y estéril. Suelo inútil que ya no sirve ni para pisarlo. Nada parece añorar que por allí vivió la vida, quizás algunos carbones que pertenecieron a lo que llamábamos árboles. Y el río, ahora transfigurado en un séquito de cenizas, rodea la parte baja del pueblo formando una curva que se asemeja, que consigue imitar, la siniestra sonrisa del maligno.
—¿Y el Tiovivo? ¿Y el barquillero?

—Siniestro, ¿verdad?
Escucho una voz a mi espalda y me vuelvo.
—¿Qué ha pasado? ¿Quién es usted? No consigo verle.
—Yo soy el dueño de esta atracción, y lo que ha pasado es mi nombre: Tiempo.
—No entiendo nada. Quiero salir de aquí y volver…
—¡¡Volver!! —suena una carcajada—. Primero mira, siente, y reflexiona. Esto puede ser el futuro y, visto el proceder del género humano, ya ha superado la frontera en que comienza a convertirse en más que una posibilidad. Las señales están claras, vivís con ellas pero no prestáis atención. No me culpes, yo no actúo, sólo soy el tiempo. Son vuestros hechos, vuestra actitud la que pasará por mi nombre, y este será el resultado.
—No es justo. ¡Es cruel!
—¿Acaso no lo sois vosotros? Ambición, guerra, corrupción, envidia, avaricia, lujuria, odio… Es lo único por lo que os esforzáis. Eleváis muros para distanciaros, causáis hambrunas para enriqueceros, invertís fortunas para crear nuevos métodos de destrucción intentando separar lo que nunca el hombre debió aprender a fragmentar. Todo forma parte de vuestras vidas. Como el aire que despreciáis, como el hábitat al que le dais la espalda, y lo peor, como vuestra propia naturaleza humana que seguís permitiendo que se gangrene.
Sigo mirando el horizonte, conmocionado por lo que veo y no consigo encontrar palabras para responder a esa voz.
—Cuenta lo que has visto.
—¿Cómo puedo volver? No hay barquillero ni perro blanco, no hay Tiovivo…
—Cierra los ojos y espera hasta que escuches la música.
Ahogo mi mirada unos instantes, tampoco quiero seguir observando y me niego a admitir lo que interpreto. No lo soporto, es peor que la muerte, es un viaje al más allá del infierno.

Al momento escucho ese “Psalmus Ode” de Vangelis. Abro los ojos y estoy de nuevo junto a la cabaña, rodeado por las linternas amarillas. La noche ha vuelto, el aire entra y oxigena mi aturdida cabeza.
Al fondo, la feria sigue girando. Color y sonido. Todavía.
Yo, me vuelvo a casa y me pongo a escribir.


Oscar da Cunha

16 de julio de 2014