miércoles, 9 de julio de 2014

EL PINTOR DE DESEOS

Camina siempre solo. Las manos en los bolsillos de su pantalón y los ojos perdidos en el horizonte mientras pisa la arena con sus pies descalzos. De vez en cuando se para, levanta su mirada hacia el cielo, balancea su cabeza de izquierda a derecha y continúa su paseo. Yo diría que le gano en edad pero, a eso ya me estoy acostumbrando, cada vez son más con los que me sucede.
Si yo fuera gato, necesitaría un incalculable suplemento de vidas, aun así, mi curiosidad por el ser humano ya las habría agotado todas. Nos cruzamos a menudo y, aunque nunca nos hemos saludado, he observado que compartimos el mismo hábito.
Cigarrillo en mano, le abordo.
—Perdón. ¿Tienes fuego, por favor?
—Sí, por supuesto. —Me acerca un Bic rojo. —Enciéndelo tú, con esta brisa…
—Gracias.
Se lo devuelvo sin darme cuenta de que mi pitillo sigue apagado.
»Qué extraño está el tiempo ¿verdad? —Yo también levanto la mirada hacia el cielo.
—Siempre lo ha estado —contesta—. Nunca hay dos días iguales. Incluso, dentro del mismo día, tampoco hay dos momentos similares. Cada minuto es diferente del anterior, y vivimos con la duda de saber cómo será el siguiente. ¿No es así más apasionante la vida?
Me tiende su mano y una sonrisa.
»Me llamo Daniel, y soy un enamorado de la pintura. Quizá por eso sigo soltero, no me imagino llamándole a la Gioconda señora de Daniel.
Yo también me presento, pero no soy tan interesante. Me acuerdo de mi Winston aún pendiente y lo enciendo.
—¿No te gusta el azul? Es un bonito color. ¡Pero no! No creo que por eso me hayas pedido fuego.
Me ruborizo. ¡Cuántas veces las intenciones me traicionan!
—Disculpa, hace tiempo que nos cruzamos y…
—Has hecho bien —me interrumpe—, al final uno de los dos iba a tener que esconder su mechero.
—Entonces… ¿Eres pintor?
—Esa es la excusa, sólo trabajo en un cuadro y siempre es el mismo.
—¿La continua búsqueda de la perfección?
—No, la perfección no es hermosa. Ella sí.
—¿Ella? —pregunto.
—Por ella paseo todos los días. Por ella salgo a capturar, cada fecha del calendario, los nuevos colores, las variaciones de luz y las sombras…, esas son las más esquivas. Después, sobre el cuadro en el que ella está pintada, cambio el fondo, las estelas del mar, los diferentes matices del paisaje y hasta el sonido del viento.
—Pero… ella es parte de la pintura.
—Sólo durante el día. De noche sale del cuadro, con la pamela en su mano, su vestido blanco y su pelo dorado. Es entonces cuando improviso, para ella, un nuevo mediodía o la última puesta de sol, la intensidad de un azul radiante de primavera o el melancólico invierno durante un gris atardecer. Y me lo agradece con esa idéntica mirada, brillante como el zafiro, que capté en aquel tiempo, cuando la pinté por primera vez, aquí, en esta misma playa. Es entonces cuando puedo acariciar su cabello, y absorber el aroma de su piel que me llega desde la cara oculta de su vestido. Es cada noche cuando vuelvo a tenerla a mi lado, desde veinte años atrás. Nos sentamos delante del lienzo y le cuento el tiempo, le hablo del sonido de las olas o del calor del sol. Le enseño la lluvia y el olor de la arena mojada. Ella, se estremece entre silentes sonrisas y, poco antes del alba, conforme su presencia tenuemente se desvanece, leo en sus labios ese “hasta mañana” que me mantiene vivo. Y vuelve al cuadro.
—Es una hermosa historia, triste pero hermosa.  
—Amigo… —Daniel me contesta con sus ojos perdidos en la distancia—…ese es el sueño más excitante al que puede aspirar un artista. 
—¿Y qué fue de ella? —me atrevo a preguntar.
Ella nunca fue. Jamás estuvo. Yo la creé con mi deseo de crear. Con mis pinceles yo le di la vida, hace veinte años, cuando la imaginé posando en esta playa solitaria.

Oscar da Cunha

9 de julio de 2014