martes, 10 de noviembre de 2015

LUZ Y TINIEBLAS

            Tal vez hubiera una razón para que ese mono soltara sus manos del suelo por primera vez y comenzara a caminar con la espalda recta. Quizás ese simio que terminó convirtiéndose en humano ya fue condenado por la naturaleza a ser portador del mayor de los alborotos dentro de su cerebro: la búsqueda de la luz. Me pregunto si alzó su mirada hacia el cielo intentando encontrar respuesta, porque me pregunto si en su cabeza ya empezaba a tomar forma la pregunta. La misma pregunta que después de tanta evolución seguimos planteándonos: la búsqueda de la puñetera luz. Esa luz a la que le atribuimos el origen, la causa y el fin de todo cuanto existe. Esa luz que muchos, más que demasiados, a lo largo de la historia han creído ver nítida. Esa puñetera luz que siempre, cuantos la han defendido porque han considerado que su luz era la única, la verdadera y todos los demás estaban equivocados, ha causado las mayores tinieblas que sólo una especie como la nuestra es capaz.
            Han sido numerosos, incontables, los nombres que se le han concedido a "la verdad", y en el nombre de esa verdad se ha encontrado la justificación para matar, torturar, exterminar y someter sin piedad a quienes han creído ver otra luz. Porque el hombre iluminado, o más bien cegado por su verdad, siempre ha considerado la suya como única, y el fundamento de esa luz nunca ha estado en iluminar el camino personal sino en aplastar y llenar los bordes con los cadáveres de cuantos intentaran seguir otra dirección.
            Se han construido imperios en honor a sus diferentes nombres. Imperios que han que han escondido y falsificado verdades, esquilmando culturas que no eran menos ciertas, sólo menos poderosas. Han ardido conocimientos que ya nunca recuperaremos y buenas personas que jamás deberíamos olvidar, y hasta la evidencia ha tenido que doblar sus rodillas ante un desfigurado resplandor creado para exaltar la engañosa gloria de quienes la fueron construyendo.
            Pero esa búsqueda de la verdad, implica admitir que somos los equivocados hijos de una luz que no supo proteger a los más de cuatrocientos treinta y seis mil inocentes, y cuarenta y dos mil desparecidos en el terremoto de Indonesia de dos mil cuatro. Que le dio la espalda a los más de nueve millones de muertos en la primera guerra mundial, o los alrededor de sesenta millones de la segunda o los... y no me da la calculadora para seguir sumando las víctimas producidas a lo largo de nuestra desgraciada historia. Porque si algo ha regado las tierras más que las lluvias ha sido la sangre en un planeta que no debería llamarse azul sino rojo.
              Por eso estoy convencido de que la verdadera luz no se busca ni se impone, es silenciosa e individual y siempre ha vivido en cada uno de nosotros desde el principio de los tiempos. Y nadie me convencerá de que obligar verdades al prójimo es una muestra de que no nacimos entre tinieblas sino que de la auténtica creación de ellas somos los culpables. Este mundo ya ha tenido demasiados visionarios, y los seguirá teniendo. Que la suerte nos libre de ellos porque de la razón no podemos fiarnos, siempre acostumbra a tomar partido.

Oscar da Cunha

10 de noviembre de 2015