jueves, 19 de noviembre de 2015

¡QUÉ COSAS!

            Que la vida es una hija de puta lo sabemos todos. Bueno, se libran los tontos y esa minoría que ha tenido la suerte de nacer con buena estrella, y por qué no admitirlo, acertaron sacándole brillo. Dejando las excepciones aparte, la mayor cabronada que se le puede hacer a una persona es haberla parido en este mundo, pero como me suele decir mi madre: "Ya lo siento, pero no conocía otro."
            Nada más nacer ya nos soplan un par de ostias con el único pretexto de comprobar si venimos preparados para llorar; a mí me cayeron cuatro, lo reconozco, andaba despistado.
            Después llegan los primeros pasos, esos que damos cogidos de esa mano, y que está esperando la oportunidad de soltarte para que vayas tomando nota de lo que duele cada caída, y que nunca te faltarán piedras a las que echarles la culpa (por si acaso no te las quitan, no sea que la metáfora se quede sin excusas).
            Te retiran los pañales y te vuelven a joder, porque ya hasta mear a gusto es motivo de envidia, y el puñetero mocoso tiene que aprender que la envidia mueve el mundo justo en la dirección contraria a la de las voluntades.
            Pasa el tiempo (otro cabrón), y te mandan a tu primera escuela. Un cuartel de desconocidos frustrados entre los que se supone que tienes que integrarte. Yo lo conseguí con muy pocos, los más raros, pero el tiempo les ha dado la razón. Hoy día están haciendo bolos en los fondos más bajos de países que han conseguido no aparecer en los mapas. A mí me faltó decisión, y a ellos, los muy… no les debí parecer lo suficientemente inteligente, y ya sólo recibo sus emails cuya dirección siempre acaba en @quetedenporculosimebuscas.plof.
            Y así, entre calada y calada de la señora María, que al fin y al cabo la inventaron para que hagas lo que nunca harías pero tragues con sonrisa de gilipollas moderno, te encuentras en la Uni. Justo en esa por la que juraste que ni muerto. Te gastas dos cursos en darte cuenta de que la rubia que te puso ojitos el primer día no es más que una sucursal del demonio y debe estar compinchada con el rector. Y abandonas cuando te convences de que no conseguirás ponerle el fonendo ni en su carné de la biblioteca.
            Portazo y a la calle. A vivir, que no es más que la manera más eficaz de ir muriendo. El mundo es tuyo mientras te van quitando pedacitos y no te dejan de él salvo los gayumbos (por suerte también se llevaron la lavadora). Y a buscarte la vida, que es como el Monopoly pero con impuestos.  
            Te vas dedicando a esto y a lo otro, bueno más a lo otro porque esto es una gilipollez con la que sólo consigues tu pequeño chute diario, y con la edad te das cuenta de que Hacienda son unos cuantos y tampoco perdonan su dosis.
            Pero no me hagáis mucho caso y tal vez no siempre sea así. Hoy he recibido un cañonazo en plena línea de flotación y mientras una vez más reparamos el barco me he encontrado con el papel y lápiz que nunca faltan en el bote salvavidas.

Oscar da Cunha


19 de noviembre de 2015