martes, 3 de marzo de 2015

SESENTA SEGUNDOS

Algunos cuerpos vienen programados de fábrica para no dormir, ese es mi caso, todas las noches entro en coma. Y sí, ya sé que a ti también te pasa lo mismo por eso estás sonriendo ahora, pero a ti no te tiraron de la cama y amaneciste en la alfombra abrazada al perro. Todo cuanto acontece de noche, una vez que me he desconectado de este mundo, para mí es un misterio; he llegado a pensar que, ya dormido, el universo se detiene, la tierra deja de girar y espera hasta que me despierte para darle cada mañana la bienvenida a la luz, por eso mi primera mirada siempre es hacia el este, esperando confirmar que el conjunto vuelve a girar como acostumbra. No os penséis, y como nos sucede a muchos, que en cuanto bajo la tapa del sarcófago me duermo inmediatamente, hay noches que por preocupaciones o por alegrías el sueño se retrasa, y ni siquiera el método 4-7-8 me resulta eficaz; ya sabéis: cuatro minutos de inspiración, siete reteniendo el aire y ocho expulsándolo. Los números no me gustan, precisamente por necesitar hacer demasiados y los míos sólo consigo verlos en rojo, que no es un color aconsejable para conciliar el sueño.
He dormido bajo profundas ciclogénesis, en plena tormenta, creo que incluso con algún movimiento sísmico y hasta en esos escasos días del verano Cantábrico en los que al mercurio no le apetece atravesar la frontera de lo razonable para seguir respirando. Pero la otra noche un susurro me despertó, era una voz suave casi un hálito del viento con un hermoso tono pronunciando mi nombre. No sonaba en la habitación, alguien estaba dedicando esa vibración sonora exclusivamente para mí, me llamaba desde abajo. Mi primera reacción fue comprobar la hora en el reloj, las 3:14. Miré a mi perro, es un radar con pelo y ante la caída de una mota de polvo ya levanta un ojo, de no haber notado su respiración, cargando y vaciando su caja torácica, hubiese jurado que estaba muerto, y yo también; pero dicen que cuando mueres el reloj ya no avanza y al volver a mirarlo había sumado un minuto. Esperé, sesenta segundos quizá no fueran suficientes para convencerme de que el transito hasta el otro lado se había completado. Las 3:16 y el murmullo seguía llamándome, remontando sinuosamente las escaleras hasta mi dormitorio. Admito que no se trató de una demostración de valor, pero si me llaman voy, la curiosidad es mi punto, no sé si débil o fuerte, pero es mi punto.
Pese al frío exterior, la habitación me pareció muy cálida, alguien se había olvidado de encender el radiador, fue lo único frío que toqué. Bajé las escaleras sin encender ninguna luz —no tiene mérito ya me las conozco— y la sensación de calor aumentó al llegar a la planta baja. Seguí a oscuras la dirección de la que parecía provenir la voz, pero los sentidos traicionan y escuché mi nombre a mi espalda. Me giré y la vi, ¿no sé si sabéis que también el oído es capaz de ver en la más profunda oscuridad? Llevaba un pijama decorado con mariposas incapaces de cesar su aleteo y, descalza, no alzaría más de un metro. Algo me reveló que sus ojos eran de un ónice negro que rotaban cambiando la posición de sus pequeñas vetas blancas.
Me agaché apoyando mis manos sobre mis rodillas y le pregunté:
—¿Cómo te llamas?
—Alejandra, pero algún día me llamarás Alex, como los demás.
—¿Los demás? No veo a nadie más.
—Dame tu mano y te revelaré el momento en que podrás hacerlo. —Y me tendió la suya.
La curiosidad tiene una frontera, el miedo. Y el miedo no negocia con el valor sino con la imaginación.
—¿Cómo sucedió? —le pregunté escondiendo mis manos.
—¿No lo recuerdas? —Con la tristeza de su duda pretendió hacerme sentir culpable—. Tú fuiste la última persona que vi en mi vida. ¿Fue tan insignificante la amargura que ese momento tuvo para ti? Si ya olvidaste el instante de mi muerte, ¿por qué temes recordar cuando llegará el tuyo?
—Nadie debería saber cuándo va a morir. De otro modo la rendición o la ilusión  no tendrían sentido
—¿Entonces, por qué valoráis tan poco la vida de los demás? Yo no he conseguido olvidarte.
—Yo tampoco, aquella noche ibas en el asiento delantero. Llovía. Detuve mi coche e intenté abrir tu puerta. Me miraste y tus ojos se ahogaron en la oscuridad.
—¿O sea que no me has olvidado?
—Ni a ti, ni al perro de peluche que nadie recogió del asfalto. He preguntado cómo ocurrió porque no vi el accidente, yo llegué pocos minutos después.
—Ahora ya puedo marcharme tranquila, sé que siempre seguiré en tu memoria.
—¿Adónde vas?
—Tenías razón, nadie debería saber cuándo va a morir. Lo verás cuando llegue tu momento, procura que el recuerdo de tu último instante no se borre en la memoria de alguien, ese es nuestro camino.
—Pero hay gente que muere en soledad. ¿Cuál es su camino?
—La soledad sólo tiene un camino, y el tiempo termina borrándolo.
—Eso no me parece justo.
—Pues reclama a quién le puso la venda a la justicia, ella nunca puede vernos morir.
Noté un beso infantil en mi mejilla y me sentí solo.
Subí las escaleras, volví a mi cama y al tumbarme miré el reloj. Las 3:13, comprendí que, en ocasiones, de sesenta segundos depende la eternidad.

Oscar da Cunha

3 de marzo de 2015