jueves, 19 de marzo de 2015

QUE TREINTA AÑOS NO ES NADA


Dice el tango de Gardel —con palabras de Alfredo Le Pera— que veinte años no es nada. Si él supiera… ¿Cuánto le podríamos contar nosotros que ya vamos por los treinta? Que aquel diecinueve de marzo de 1985 se nos iba a hacer tan intenso, y pese a que de aquella fecha ya no nos quede más que una anticuada hoja de calendario, agostada y con bastón pero escondida en nuestra memoria, nunca le permitiremos jubilarse.

¿Que es un soplo la vida? ¡De eso nada! Pues no hemos necesitado veces cada uno el aliento del otro para continuarla y, en ocasiones, nunca nos ha fallado saber compartirlo para tirarnos a piscinas sin agua en las que hemos aprendido a nadar sobre superficies llenas de desconcertantes vacíos, pero que no nos restaron la confianza de que juntos conseguiríamos alcanzar la orilla opuesta, la que está en el tendido de sol, porque el sol tiene por costumbre proteger los sentimientos cuando están a flor de piel, y en las nuestras hubo tiempos en los que no nos llegaba más que para esa pasión atrevida y satisfecha desnudando nuestras ambiciones.

Ya sé que yo di los primeros pasos, que yo pronuncié las primeras palabras, pero no me niegues que la culpa fue tuya cuando hiciste ese avión en papel de liar con el que me llegó tu primera mirada, una mirada que nunca aprendió a perder la sonrisa. Y ahí estaba yo, que siempre he sido un buen farsante, que te convencí de que era un tipo duro y que los que somos de esa condición necesitamos por lo menos dos sonrisas, por eso te devolví el papel que me trajo la primera para robarte una segunda mientras me anotabas tu teléfono en él, convencida de que jamás te llamaría; pero ya ves, un papel de fumar, un número y tu nombre en una noche con tres copas, y aquí seguimos.

Hemos cruzado fuegos e inundaciones, pero los hemos cruzado juntos. Nos ha tocado ganar y otras perder, pero nunca nos hemos perdido. Hemos soportado tempestades, huracanes que no han sido capaces de separar nuestras manos y noches sin techo por quererlas sin distancia porque, como escribió Salinas: “Ni en el lugar, ni en el hallazgo tiene el amor su cima: es en la resistencia a separarse en donde se le siente”. Y por muy gran poeta que fuera Don Pedro, no te preocupes, de amor y resistencia nosotros sabemos más, que con treinta años aprendiendo unidos te conceden diploma y máster.

No nos costó convencernos porque, sin darnos cuenta y como eslabones de una cadena soldada por el más puro de los fuegos, ya lo estábamos y empezamos el primer baile que aún hoy continúa. ¡Por cuánto suelo nos hemos deslizado! Suelos brillantes que han reflejado inolvidables sonrisas y besos. Polvorientos, bajo los que hemos escondido muchas lágrimas y compartidos sufrires. Sobre entrometidas brasas que nunca han logrado evitar nuestra dinámica coreografía y sobre ingratas cenizas en las que se nos han ido quedando astillas del alma, porque ellas siguen guardando el cariño de a los que tanto quisimos, y con cada ausencia hemos conseguido ser más tú y yo.

Tuvimos malas compañías que nos quisieron separar, ignorantes; y otras, más pretenciosas, que sin conocer nuestra complicidad aparentaron unirnos, ingenuas. Ambas despreciaron que cuando el agua y el vino se mezclan la aleación ya es eterna y nosotros apuramos esa copa desde el principio.

Confesaba Einstein que el tiempo es relativo y nadie le ha quitado la razón. Pero poco nos han importado las leyes de su ciencia, porque nosotros las hemos percibido por otras variables que no son leyes sino realidades, y no lo son tanto por la velocidad ni la distancia, al menos esa distancia física que alguna vez ha separados nuestros cuerpos; porque hay otras distancias que, en ocasiones, incluso estando juntos se han interpuesto entre nuestras almas, y por su culpa algunos días se nos dilataron hasta la eternidad. Quizás en su teoría, el científico no tuvo en consideración que el orgullo y la estupidez son esas variables que sólo cobran importancia cuando espantamos moscas con el rabo, y precisamente en su insignificancia se acomoda la intolerancia. Pero el tiempo, ese que nunca hemos consentido que entre nosotros sea relativo, nos ha enseñado a convertir nuestros despistes en pequeños matices en los que el perdón, por cotidiano, se adelanta con una sonrisa.

¿Cómo olvidar mil y una noches de pies fríos y manos rápidas? ¿Cómo no recordar tantos amaneceres esperando a que se enfriaran las sábanas? ¿Por qué no perdonar esos cafés de la mañana en los que algo falló? ¿Y cómo pretender que en treinta años alguno no fuese capaz de sofocar la lluvia en los ojos del otro? Porque convivir amando no es sencillo, y amar conviviendo requiere no sólo voluntad sino determinación, y de eso jamás nos ha faltado, que por algo seguimos pensando en otros treinta. Y tal que empezamos continuamos haciendo planes, porque los sueños son eso que se comparte mientras la vida se empeña en despertarnos cada amanecer.

Ahora que contemplo ese retrato que nos hicimos en Berlín, ¿recuerdas nuestro primer invierno? Ahora que veo el muro y las alambradas a nuestra espalda, comprendo que es más fácil dividir que unificar, renunciar que mantener y castigar que perdonar. Deberíamos volver y hacernos la misma foto junto al Reichstag para demostrarle al mundo que pese a que la mayoría de las cosas no hayan cambiado nosotros tampoco. Quizá yo tenga más canas y tú esas arrugas que nacen junto a tus ojos, pero nada ha sido injustificado, ya que lo importante no es lo que miramos sino cómo lo vemos. Y sufriendo y usufructuando la felicidad nunca nos hemos resignado. A ninguno nos ha sometido el camino más cómodo, y ese es el único criterio que nos ha enseñado a construir una vida. Porque hasta los girasoles cuando llueve siguen soñando con el sol.

Te observo y mis ojos no distinguen estos treinta años que dicen que han pasado, y sé que cuando tú me miras no ves la realidad de cada día sino esos momentos que nos devuelven a aquellos tiempos que nadie nos podrá robar, a esa juventud que, digan lo que quieran, conseguiremos seguir manteniendo. Ha sido difícil pero a la vez tan espontáneo, porque tú has sabido perdonar más que yo admitir mis errores, y a pesar de que me has pisado muchas veces bailando yo he continuado sin perder el ritmo con tus pies sobre los míos; porque, aunque se hubiera hundido hasta  la orquesta, entre nosotros siempre se ha mantenido la melodía.

He renunciado a oportunidades porque me alejaban de ti, y tú podrías haber tenido una vida más serena pero siempre preferiste las marejadas conmigo por embravecida que estuviese la mar.
Y ahora, que han pasado treinta marzos y seguimos contemplando el mismo cielo, ambos firmaríamos por otros tantos en esa estrella que no centellea y que siempre te he contado que ha preferido llamarse Venus, o en ese roble del parque del que nunca he dejado de esperar del que brotaran nueces mientras sonreías, porque jamás te has burlado de mi ignorancia.

Tal vez tengamos más pasado que futuro, eso lo decidirá el tiempo que por estas tierras del Norte no se lleva bien con las intenciones, que no es ni bueno ni malo simplemente es así. Y algún mediodía, nuestros cuerpos, como dijo Quevedo: “Polvo serán, mas polvo enamorado”. Entretanto, con nuestros encuentros y discordancias, con mis sueños y tus realidades, con tu fuerza y mis incertidumbres. Llueva o nos asedie la sequía, en la oscuridad de la noche o bajo la luz del sol; como cuando estuvimos arriba o nos enviaron abajo, como cuando las campanas tocaron a risa o no dejaron de sonar a despedida; nosotros seguiremos viendo la vida del mismo color, que para eso tuvimos la suerte de encontrarnos. Y pese a las espinas pasadas y pendientes, incluido el susto que me acabas de dar hoy, con ese enorme corazón que no te cabe en el pecho y que, mientras nos lo permitan, porque ciertas enfermeras entiendan de amor y lo tengamos que celebrar en la unidad de cuidados intensivos, todavía nos queda mucha biografía por escribir, una vida que hemos acertado a pintarla en rosa.

Oscar da Cunha

19 de marzo de 2015



Des yeux qui font baisser les miens,
Un rire qui se perd sur sa bouche,
Voila le portrait sans retouche
De l'homme auquel j'appartiens

Quand il me prend dans ses bras
Il me parle tout bas,
Je vois la vie en rose.

Il me dit des mots d'amour,
Des mots de tous les jours,
Et ca me fait quelque chose.

Il est entre dans mon coeur
Une part de bonheur
Dont je connais la cause.

C'est lui pour moi. Moi pour lui
Dans la vie,
Il me l'a dit, l'a jure pour la vie.

Et des que je l'apercois
Alors je sens en moi
Mon coeur qui bat

Des nuits d'amour a ne plus en finir
Un grand bonheur qui prend sa place
Des enuis des chagrins, des phases
Heureux, heureux a en mourir.

Quand il me prend dans ses bras
Il me parle tout bas,
Je vois la vie en rose.


Il me dit des mots d'amour,
Des mots de tous les jours,
Et ca me fait quelque chose.

Il est entre dans mon coeur
Une part de bonheur
Dont je connais la cause.

C'est toi pour moi. Moi pour toi
Dans la vie,
Il me l'a dit, l'a jure pour la vie.

Et des que je l'apercois
Alors je sens en moi
Mon coeur qui bat