lunes, 20 de octubre de 2014

PORQUE TAN SÓLO SOY UN HOMBRE

A veces me siento como un pájaro, como un simple gorrión pero libre. Puedo volar sobre las copas de los árboles, cantarle al amanecer y hablarle de tú al cielo. Aunque le temo al gato, a ese gato con el que, en ocasiones, también me identifico, cuya paciencia, astucia y agilidad son suficientes para cazar al gorrión. Ese gato mentiroso que maúlla desde fuera de la ventana los días de lluvia para huir del agua que finge que le incomoda. Pero es mentira, porque el agua también es mi elemento y hay tiempos en los que me gustaría perpetuarme en delfín, teniendo siempre ese gran azul por horizonte, bailando las olas y reír, reír como sólo saben hacerlo los delfines cuando se cuentan chistes sobre tiburones.
Pero las más de las veces, la verdaderas, me asusto, cuando siento la violencia del miedo por asumir la conciencia de lo único que soy, un hombre. Tan sólo uno más de los que como todos algún día se marchará, quizá sin tiempo para despedirse, como he visto marcharse a muchos amigos; o tal vez, como a otros, con demasiado tiempo para hacerlo, olvidando lo que fueron y no reconociéndose ya en lo que se habían convertido.
Acaso en ello radique la particularidad de nuestra condición humana. Incontables, como los Bach, Machado, Chaplin, Goya, Pitágoras, Eisntein o Groucho Marx fueron excelentes por conocedores de que algún día dejarían de estar y por ello nunca quisieron dejar de ser. Admiro a tantos pero no envidio a ninguno porque con todos comparto el mismo desconsuelo que a ellos les hizo crear y a mí temer.
Maldigo a la naturaleza por concedernos esa moralidad que me impide pactar con el Basil de Wilde la factura de ese retrato que envejeciera por mí liberándome de las consecuencias de mis actos. Maldigo el entendimiento del que están dispensados los animales que me confirma cada noche, al observar las estrellas, que terminaré disperso como el polvo invisible que se aleja de una realidad de la que no somos propietarios sino meros inquilinos pasajeros.
Convivo con un cuerpo en el que la parte más importante de cuanto somos, el pensamiento, me hace sentirme prisionero del tiempo llenándome de dudas. ¿Adónde se irán nuestros sentimientos? ¿Qué objetivo tiene amar, reír o llorar, sufrir o gozar si nada perdura? Esa fecha de caducidad con la que se nos marca cuando nos asomamos a esto que llamamos vida, esa implacabilidad de la existencia se ocupa de alterar, de ir trastocando con cada paso nuestras certezas. Lo que ayer fue determinante hoy es eventual y mañana… mañana tal vez no sea más que un recuerdo perdido en una memoria que va encerrando en cajones bajo llave las pasiones que nos hicieron ser. No maduramos, nos vamos sometiendo, y terminamos aceptando como evidencia las renuncias que nos imponen lo que tan sólo fueron circunstancias. Creemos aprender del pasado corrigiendo los errores que torcieron nuestro camino, cuando tal vez encontraríamos la felicidad volviendo a esos errores porque en ellos fuimos nosotros mismos y no lo que se esperaba de  nosotros. ¿Qué importa andar por la ruta equivocada si en ella conseguimos mantener la mirada serena? ¿Qué más da caminar hacia ninguna parte? Igual esa ninguna parte está tan lejos que nunca llegamos a enterarnos de que estamos perdidos.
El tiempo no es oro, es un engaño, una mierda con la que nos traicionamos pretendiendo interpretar el concierto que alguien, con la peor de las intenciones, compone para hacernos bailar esa danza macabra que termina convirtiéndonos en cadáveres andantes, en vasallos del miedo, porque sólo con el miedo se somete la voluntad. ¿Y de qué sirve la voluntad si no es voluntaria? Sacrificamos ideales, desertamos de lo que en realidad somos para convertirnos en cómo queremos que nos vean y, algún  día, terminamos lamentando no haber sido capaces de pegar un puñetazo sobre la mesa porque para eso hacen falta dos cojones, y hasta esos los habremos hipotecado como fianza para poder garantizar nuestra falsa eternidad.
Y yo ya he decidido que lo mejor que puedo hacer con él, con el puto tiempo, es despreciarlo, porque tan sólo soy un hombre y quiero empezar a vivir sin miedo.

Oscar da Cunha

20 de octubre de 2014