miércoles, 15 de octubre de 2014

¿PARA QUE ESTAMOS LOS DEMÁS, SI NO ES PARA DARNOS POR EL CULO?

—¡Deténgase y baje del auto!
La voz salió del interior de un coche rojo de la Policía Foral. La calle era la principal de un  pequeño pueblo del norte de Navarra. Las tres y media de la tarde y yo buscando aparcamiento para visitar a mi siguiente cliente.
—¡Separe las piernas y apoye las manos sobre el maletero!
Sólo le faltó meterme los dedos en los oídos, del resto no le quedaron dudas.
—Ahora vacíe todo lo que lleve en los bolsillos y deposítelo a la vista en el maletero.
Del paquete de tabaco me costó desprenderme, lo acababa de empezar y después de comer el cuerpo se resiste a renunciar a su dosis.
—¿Qué sucede? —pregunté—. ¿Qué ocurre? No he cometido ninguna infracción.
—Ya se le informará —respondió el agente—. Permítame toda la documentación, carné de conducir, de identidad y permiso de circulación. Y ahora, por favor, aléjese del vehículo, quédese junto a la pared y mantenga las manos a la vista.
Reconozco que, pese a al aspecto autoritario que confieren un uniforme y un arma, sus modos no me parecieron bruscos. Él estaba cumpliendo con un protocolo del que no aparentaba estar muy convencido.
—¿Le importaría decirme qué ocurre y cuánto tiempo me van a tener aquí? Me están esperando.
—El que sea necesario —contestó—. De momentos vamos a registrar su coche y tendrá que esperar a que venga la autoridad desde Pamplona, no serán menos de dos horas.
—¿¡Dos horas!? Oiga, estoy trabajando, vengo a menudo por aquí, me conoce medio pueblo, y el espectáculo que estamos dando…
—¿De dónde viene? ¿Con quién ha estado?
Le relaté lo que llevaba de jornada laboral, los clientes que me habían recibido, la documentación por ellos firmada y sellada que lo corroboraba.
—Puede preguntarles, están todos por aquí alrededor, incluso en el bar donde acabo de comer, el propietario sabe quien soy.
—¿A qué se dedica? ¿Por qué? ¿Desde cuando? —El relicario de preguntas no paraba mientras continuaban (un segundo agente se había incorporado tras verificar mi documentación) con el desmantelamiento de mi coche.
—Esto me parece un atropello sin ningún tipo de explicación —Toda paciencia tiene un límite y el mío no andaba lejos “retente y no cometas una burrada”—. ¿Por qué me detienen?
—De momento no está detenido, sólo es sospechoso de un robo.
—¿¡Robo!?
No recuerdo haber robado nada en mi vida, aunque… ¿quién no ha tenido alguna vez la tentación? Pero yo soy nefasto para ese arte, se me nota en la cara, en el mensaje corporal, casi voy anunciando que me he apropiado de un Sugus pese a que esté a disposición de cualquiera.
»¿Y qué se supone que robado? –pregunté.
—Unas llaves, las de un coche y una vivienda. ¿Ha parado usted en el bar Ekaitza? (lo cito para agradecer la actitud indolente de los propietarios del bar).
—Sí —contesté—. Necesitaba utilizar el servicio, y en la vía pública no acostumbro. Pero de eso hace ya más de dos horas. Después he seguido trabajando y aquí continúo, sin salir del pueblo. No creo que esa sea la actitud de un ladrón…
—Eso tenemos que comprobarlo, ya se le informará. Se le ha visto salir de allí y se ha identificado su coche.
Los agentes empezaban a acumular dudas. Yo no soy policía pero mi profesión me ha enseñado a interpretar los gestos.
»De momento puede recoger todo pero no se marche del pueblo hasta que le avisemos.
Intenté serenarme un rato tomando un café, y después, no pude evitar acudir a esa mierda de bar con el nombre de Ekaitza. Necesitaba aclarar la situación.
—¡Ah, sí! —me soltó una arrogante camarera—. Las ha encontrado enseguida, las había dejado olvidadas en la repisa que hay debajo de la barra.
La Policía Foral de Navarra tardó dos horas más en llamarme para informarme de que el incidente ya se había resuelto. Y debo ser honesto reconociendo que ellos no escatimaron disculpas.
El denunciante hacía horas que había recuperado sus llaves. Por supuesto que de la denuncia ni se acordaba. ¿Para que estamos los demás, si no es para darnos por el culo? 
¿Pero sabes, imbécil de mierda? Ya te he identificado y conozco tus horarios. La próxima vez que vaya por el pueblo te voy a enseñar un agujero, donde termina la espalda, en el que seguro que te van a caber todas tus puñeteras llaves. Ese día los forales sí tendrán razones justificadas para llevarme detenido.

Sucedido ayer en la buena villa de Doneztebe-Santesteban (Navarra)

Oscar da Cunha


15 de octubre de 2014