viernes, 10 de octubre de 2014

El SALÓN DE LOS SUEÑOS

Esto no os lo vais a creer, yo mismo tuve que pasar por delante varias veces antes de convencerme de que no se trataba de una broma. También pensé en volver a la tasca donde desayuno para reclamar otra dosis del alucinógeno que me debían haber añadido en el café.
Ya acostumbro a transitar entre calles saturadas de locales donde los únicos letreros que están a la vista son los de: “Se Vende”, “Se Alquila”, o el que ya ha decidido quemar sus naves con un: “Se Jodió”. Los de: “Liquidación por Cese de Actividad” son los únicos que le dan un poco de vidilla a esos barrios donde hubo un tiempo en el que la gente sonreía, paseaba con bolsas de establecimientos con nombres en inglés y estaban convencidos de que “España va bien” era una frase sacada de la Biblia.
Pero no, ahí estaba, un comercio recién inaugurado, con su cristalera brillante, la puerta abierta y, sobre ella, el nombre del establecimiento: “El Salón de los Sueños”. Siempre ha habido intrépidos aventureros, descreídos suicidas que, convencidos de que la suya es la buena carta de navegación, han desafiado al mundo.
Un escaparate lleno de cajas de todos los tamaños, materiales, formas y colores, y colgando de una cinta de raso azul, lo que más me llamó la atención: Abierto 24/24 horas y 7/7 días.
         ¿Cómo resistirse a conocer a quien, en estos tiempos, se atreve a navegar contra la corriente de este río empeñado en arrastrarnos a todos? Poder contarles a mis nietos —bueno, a los nietos de mis amigos— que yo conocí a ese individuo, a ese héroe cuyo nombre aparecerá con letras de oro en los chismes que en el futuro nos cuenten la historia de este siglo que ha empezado demostrándonos que, en cuestión de derechos humanos, volver a la edad media es más fácil que ver mierda en la tele.
         Y entré. Borrad esa sonrisa de “ya me lo imaginaba” que tampoco tiene tanto mérito conocerme, y ya sabéis que si algo me pierde es la curiosidad. Vale, hay otras cosas que también me pierden, pero cuando me encuentre con ellas os las contaré.
Al momento, reconocí la voz de Roy Orbison que con su “In Dreams”, pese al bajo volumen, llenaba todo aquel local que no abarcaría más de cincuenta metros cuadrados.
         —Buenos días. Bienvenido a nuestro Salón de los Sueños. ¿Cuál es el suyo?
         Redondita, con la misma medida de alto que ancho, unas gafas de cristales ahumados con montura de carey, el pelo recogido en un moño de los que salen en las fotos que ya se ven en sepia, y una sonrisa en blanco esmalte y rojo carmín. Ese peculiar tono de voz que suena a “te estábamos esperando”, y una pequeña mano que más que agarrar mi brazo derecho lo acariciaba. Todo en ella trasmitía confianza y serenidad, si no tenemos en cuenta el pormenor de que parecía haberse asomado desde la nada. No estaba fuera, no la vi al entrar y, en el establecimiento, todo cuanto existía quedaba a la vista, no había puertas ni cortinas de las que salir. Os parecerá un disparate pero intenté convencerme de que habría podido surgir de la canción, estamos hablando de Roy Orbison.
         —Buenos días —y no pude evitar la pregunta—: ¿Qué venden?
         —Nada, no vendemos nada. —me contestó esta vez con el tono de “¿no has leído el letrero, o es que las canas las llevas de adorno?”—. Aquí ayudamos a la gente a cumplir sus sueños.
         —¡Ah, bueno, si sólo se trata de eso! —Yo también hace tiempo que aprendí a utilizar el sarcasmo.
         Se quitó sus gafas y, al mirarme fijamente, aprecié que tenía los ojos de diferente color. El derecho, azul, aparentaba ser capaz de atravesar esa parte de nuestro organismo que protege nuestras ideas. El izquierdo, negro, de momento parecía conformarse con descansar. Me negué a preguntarme qué sería capaz de hacer con él.
         —¿No tiene usted sueños? —inquirió.
         —Estos últimos tiempos ando más por el barrio de las pesadillas.
         —Me refiero a sus aspiraciones, ilusiones por las que trabajar, incluso fantasías. Todo es posible si nos lo proponemos con firmeza. Pero a veces —continuó—, la propia voluntad y el deseo, no son suficientes. Nosotras nos ocupamos de proporcionar ese pequeño impulso que, en momentos, le falta a la intención.
         —¿Nosotras? —Miré alrededor esperando ver aparecer más ancianitas con ojos multicolores. ¿Quién sabe?, Roy Orbison seguía sonando.
         —Sí, nosotras. —Y extendió su mano señalando una de las estanterías, en concreto la que presentaba en perfecta formación una infantería de cajas de madera—. Verá, es un proceso largo pero sencillo en el que todos tenemos una función asignada. Usted se concentra visualizando la imagen de ese ideal que pretende conseguir, encerramos la ilusión dentro de la caja que haya escogido, de eso me encargo yo, y se la lleva a casa. Por supuesto que para cada deseo fijamos un plazo, sólo necesita mirar la caja todos los días y ella le recordará que nunca debe perder de vista sus objetivos.
         —¿Podría conocer al jefe de su departamento comercial? Más que nada para me diera un cursillo, creo que me estoy quedando desfasado. Yo no hubiera ido más allá del “vendemos todo tipo de cajas”.
         —El escepticismo es el primer peldaño por el que se desciende hasta ese abismo donde vive el fracaso.
Su ojo negro se acababa de poner en funcionamiento y en él vi que no me estaba lanzando una frase de catálogo. Ese ojo no podía venir configurado de serie, había sido diseñado para convencer.
—¿Qué precio tiene esa caja? —Señalé una metálica que me recordó a la que le obligábamos a utilizar a mi abuela para encarcelar el delicioso aroma de su adorado Vieux-Boulogne.
—Ninguno —me contestó—. Ya le he dicho que nosotras no vendemos nada.
—¡Está bien! ¿Qué hay que hacer?
—¿Ya ha decidido su deseo?
—Llevo veintinueve años procurando no separarme de él —respondí con esa sonrisa que guardo para los momentos en los que la prudencia me aconseja esperar a que los acontecimientos me pillen con el as de corazones oculto en mi manga.
—Entonces esta caja será la adecuada, un sueño durante tanto tiempo incubado… —Me miro fijamente, como si su ojo azul ya hubiera penetrado en mis pensamientos y continuó—. Primero firmaremos el contrato y después…
—¿El contrato? —la interrumpí.
—Sí, el contrato. Tenemos que fijar un plazo para que su sueño se cumpla. Una vez vencido, y si el resultado no es positivo, usted nos devuelve la caja y nosotras le restituimos el objeto que nos tiene que dejar en depósito.
—¿No me dijo que era gratis?
—¿Y no se lo parece? Si el deseo no se cumple, no habrá perdido nada. Y alcanzar un sueño no tiene precio, me gusta su reloj.
Acababa de satisfacer la codicia de su ojo negro. El mantero que me lo vendió tenía razón, estas baratas falsificaciones de Rolex están cada vez mejor conseguidas.
Acepté.
No me hizo preguntas, no hubo conjuros mágicos ni invocaciones espectrales. Sólo un profundo y acomodado silencio que se quebró, mientras nos manteníamos agarrados de las manos, con un respetuoso sonido metálico que produjo la tapa de la caja al cerrarse de forma voluntaria. No me sorprendí, mi reloj cuanto menos valía ese truco.
Con parsimonia, rodeó la caja para mantenerla firmemente cerrada con una cuerda. Calentó una barrita de lacre rojo y vertió un poco de pasta sobre el nudo donde estampó un sello metálico con una doble S entrelazada.

         Salí del Salón de los Sueños con mi caja metálica bajo el brazo mientras Roy Orbison seguía repitiendo “In Dreams”. El contrato lo firmé para el resto de mis días y no me molesté en despedirme de mi reloj, ya sabía que nunca habría de volver para recogerlo. Soy un tramposo por naturaleza y hasta con los sueños procuro jugar con ventaja.

         ¡Ah, perdonad! ¿No os lo había contado? Antes de entrar en el local escuché el mensaje que mi mujer me acaba de dejar en el móvil: “Lo siento, cariño. Hoy, con las prisas, no nos hemos podido despedir como todas las mañanas. Te quiero. Un beso”

Oscar da Cunha

10 de octubre de 2014