viernes, 1 de agosto de 2014

DIÁLOGOS

Estamos sentados sobre la piedra del tiempo. Es un cómodo saliente rocoso, plano, lo bastante ancho como para apoyar la espalda en la pared de la montaña sin perder los pies en el vacío. Nosotros la llamamos así porque allí no importa ni el cómo ni el porqué. Será que sólo cuenta el tiempo, y además, desde ella, pese a la distancia se escuchan las campanadas del reloj de la iglesia. Aunque, para nosotros, la medida de las horas la marca el declinar del sol de verano, nos gusta despedirlo mientras hablamos. Pero a veces, creo que nos ignora, que él se occidenta ajeno a nuestra conversación, asumiendo su rutina entretanto, nosotros, aspiramos a entender la fragilidad que nos concierne. Es nuestro momento diario en el que el juego de preguntas y respuestas no tiene instrucciones, una partida en la que la verdad no es el objetivo sino el principio. Acaso sea en ese espacio cuando la metáfora intenta conquistar esos sonidos del pensamiento que, por reales, se confunden con nuestro ruido de fondo. Y fluye, fluye libre, desnuda de prejuicios, confirmando que el sueño, ese que se refugia en la cara oculta del desorden, puede ser un buen lugar para vivir. Allí, no importa si es ella la que pregunta y yo respondo, si soy yo el que duda porque ella constata. Allí, nos leemos la mirada en la que el reflejo del alma llega sin maquillaje.
—¿Sabes? —Siempre empieza ella—. Lo peor del camino no son las caídas ni los desvíos erróneos, ni el mal tiempo, esa lluvia que hace que cada vez te pesen más las botas. Lo peor del camino son los seres queridos que se van quedando atrás. ¿No los añoras?        
—La nostalgia es el único territorio que merece la pena conquistar —respondo con la mirada perdida—. ¿Acaso se olvidan los besos, las caricias o los abrazos? ¿Y las miradas, y la voz de quien te quiso, su consuelo o las alegrías compartidas?, eso nunca se queda atrás. Ni el olor a esencia de madreselva en su sonrisa, porque así huele el cariño, aunque a veces duela. Esa es la alegoría del camino, aprender a conservar el único valor eterno, la compañía de quienes estuvieron y que, aun en los tramos más solitarios, nunca te abandonarán.
—¿Y las decepciones? —Ahora el perfil de su rostro se horizonta con el mío—. Son espinas que siempre dejan marca.
—Sólo las propias, compañera. Las que nosotros infligimos, porque fueron las que pudimos evitar y no quisimos. Porque traicionamos la esperanza que nos fue confiada. ¿O no es a nosotros a quienes corresponde asumir que cada decepción ha supuesto un fracaso? De las ajenas no somos responsables, y esas, poco más de un instante duelen.
—Pero a veces, de ese instante, por pequeño, nace el rencor y permanece.
—¡Ah, el rencor! —Y me incomodo sobre la piedra del tiempo—. Está escondido en la interminable escalera por la que transita el alma humana. Subir es lo que más cuesta, y es arriba, en los peldaños más altos, donde se encuentran el perdón y la tolerancia. Donde el olvido se vuelve generoso y sólo quedan al alcance de la mano los momentos que enriquecieron la amistad. Pero bajar…, bajar es lo más fácil. Descender, peldaño a peldaño, hasta esos niveles donde vive el odio, y la venganza se convierte en el único desahogo. Tras cada escalón, desperdiciamos perspectiva y, por perder de vista las ajenas, nuestras heridas nunca cicatrizan. Y entonces nos despreocupa la sangre que derramamos mientras que en el otro podamos acertar a ver mayor caudal. ¿Y no es la envidia el más eficaz estiércol del rencor? La envidia mueve el mundo, pero el mundo del indolente, ese mundo que sólo él es capaz de ver girar en vertical, ofreciéndole tinieblas aunque el sol brille para todos. La envidia sólo ve la piel bronceada en el mendigo, y no consigue sentir dolor por el fallecido si en su entierro hay más presencias que las que ella jamás aprendió a contar.
—¿Y la felicidad? —me pregunta—. ¿Dónde vive?
—¿Ves ese árbol? —Señalo con mi mano—. ¿El roble de la derecha?
—No puedes saber si un árbol es feliz.
—Tú no me has preguntado eso. Pero a mí me hace feliz ver sus primeros brotes que anuncian la llegada de la primavera, me hace feliz disfrutar de su sombra en las calurosas tardes de verano. Incluso cuando se otoña, y en cada hoja, al caer, leo que la vida sigue cumpliendo sus ciclos. En ese árbol vive la felicidad. Y en esta piedra, donde puedo verte. Y en aquella pareja de golondrinas que ahora se necesitan para sacar adelante a sus polluelos. ¿No vive la felicidad en todo cuanto nos rodea? En la compañía de con quien el aprecio es reciproco, y hasta en la soledad que, como ahora, nos permite sincerarnos. Sólo depende de los ojos con los que miramos, y para eso, querida compañera, hay que entrenarlos cada día.
—¿Y cómo los entrenamos para lo demás? El dolor de los inocentes, la injusticia de los poderosos, el fracaso de la naturaleza, ¿o tampoco fracasa? No todo son golondrinitas revoloteando, yo veo huracanes, terremotos y sequías que producen hambruna. Hablas de la soledad, pero no tiene la misma cara cuando tú la buscas que en el momento en que ella viene decidida a apoderarse de ti. ¿Y las compañías? Muchas sólo sonríen, de frente para obtener beneficio, y a tu espalda por haberlo obtenido sin merecerlo.
Sentado sobre la piedra del tiempo se me han escapado las horas, y el reloj de la iglesia me confirma que con el crepúsculo la presencia de mi compañera se desvanece. Mi sombra se marcha dejándome grabadas sobre la roca el eco de sus últimas palabras.
“Querido compañero, todo hombre necesita forjarse una leyenda de sí mismo. Una leyenda que cuente de él más allá de lo nunca fue capaz, que le preceda antes de que traspase cualquier puerta tras la que ni siquiera le estén esperando. Una leyenda que circule durante las más oscuras noches de taberna y bajo el brillo de la estrella del mediodía. Sólo así, gracias a nuestra leyenda, disfrutaremos de la luz y soportaremos las tinieblas de este mundo”.

Oscar da Cunha
1 de agosto de 2014