miércoles, 20 de agosto de 2014

“HANG ON TO YOUR LOVE”, UN GATO PARDO Y SIETE LUNAS DE AGOSTO

         Este agosto no es como aquel. Ningún agosto ha vuelto a serlo, aunque se parezcan. Los hubo peores, la mayoría mejores, pero en ninguno se han repetido las siete lunas, porque lo imposible es único y lo sabes. ¿O no recuerdas cómo ocurrió? ¡Claro! Pero las sensaciones… ¡con qué intensidad han rebrotado! La memoria tiene cajones para todo: instantes, circunstancias, detalles… esos suelen estar al alcance de la mano; son fáciles, aunque hayan pasado… ¡qué más da! Pero sentir… sentir como entonces no había vuelto. ¿O quizá sí? El delirio se guarda en un pequeño frasco de cristal de Bohemia con tapón de oro, como una esencia sagrada que únicamente te arriesgas a contemplar desde fuera, porque si pretendes volver a olerla es posible, sólo posible, que se difumine entre el éter de un presente que parece, sólo parece, que haya cambiado.
La lluvia no es más que una excusa, no te engañes; aunque esta terraza, moja. Y en el interior, donde te sientas a tomar un café, esa canción… ¡No!, no es una canción, es “la canción”. ¿Te acuerdas? ¿Cuántos años tenías? ¡Bueno, los suficientes para vivir cada momento como debe vivirse! Pisando el acelerador de la vida hasta el fondo, sin hacer prisioneros. Derrochando noche porque en cada vuelta del cubilete sacabas los cincos ases. Porque incluso los dados se daban cuenta de que el depredador caza hasta que la oscuridad le confirma que ya se ha vuelto pardo, y después, llega esa hora felina en la que sobre el brillo de la luna se dibuja sólo tu silueta. Y Sade, con tanta sensualidad en la voz que parece que hubiera pactado con el diablo para conseguir ese “Hang On To Your Love”. Y ahora, de nuevo esa turbación al oírla, esa embriaguez por lo que nunca se olvidó y que, primero, percibe el cuerpo y, después, termina instalándose en la parte del cerebro que los dioses diseñaron para que fuese compartida.
Quizás algún día escribas sobre ello, pero… ¿quién se va a creer que un agosto tuviera siete lunas? Hoy, confórmate con ese aroma que ha vuelto, tan sólo abre un poco el frasco de cristal y aprisiona el recuerdo. Y cambia ese café por… mejor algo dorado y con burbujas.

No has desaprovechado la oportunidad, porque no se le puede llamar oportunidad a ese tren que pasa por la misma estación cada noche a idéntica hora. A veces la soledad tiene sabor a victoria, incluso durante ese lugar en el que la soledad es voluntaria; y te diriges al paseo de la playa cuando la ves por primera vez, radiante, iluminando cada piedra con la que has decidido no volver a tropezar; porque para mala compañía, a la tuya no la iguala nadie. Y entonces, te sonríe con acuse de recibo, y le devuelves la sonrisa con una promesa, sólo así las acepta la luna. Y esa noche duermes con ella mientras la canción os envuelve en un apretado baile, esa noche no sueñas para no traicionar su acompañamiento. ¿Quién se atreve a serle infiel a su brillo?
Ese amigo que se marcha con la segunda luna. La cena de despedida es una coartada para abrir las botellas que descorchan las autenticas confesiones, las que son sinceras a partir de la medianoche, porque ningún reloj se atreve a sonar trece veces. Lo de su morenita no era ningún tonteo de verano; para ellos se acabó jugar con las cartas marcadas, ambos conocían las contraseñas y antes del final de la partida se han dado cuenta de que se necesitan. Por eso se alejan juntos, por eso a ti no te importa ni adonde, ni cómo, ni para qué. Con las últimas sombras, los abrazos se cubren de sal; con húmeda alegría por su felicidad, de admiración por su valor para lanzarse al camino con el único patrimonio de hacerlo juntos. Y al darte la vuelta, esa noche, la luna parece llorar contigo pero te das cuentas de que lo hace por lo que queda en ti. Ninguna nostalgia se libra del adiós de un amigo porque ningún amigo nos deja definitivamente, y eso, lo que queda, no es su ausencia, sino la distancia de su presencia, una brecha en el alma con latitud y longitud.
         Algunos dicen que nuestro destino está escrito, tú te preguntas dónde y por quién. Tal vez sea un complejo jeroglífico que llevamos escondido en la mirada, y las trampas no valgan, ¿cuántas veces lo intentaste con el espejo? Pero ella te sorprende, lo que empieza como un juego para pasar la noche, se convierte en desconcierto nada más traspasar aquella cortina roja y comprobar cómo descifra el significado de lo que ve cincelado en tus ojos. Ayer, hoy, y esa doble reina que está por llegar. Una reina morena que se esconde tras una rubia, te indica la gitana, y tú sonríes porque te han gustado sus pendientes y ese extraño acento. Y esa noche, la tercera luna te saluda con los mismos zarcillos dorados mientras agita su pañuelo en el que no faltan las tres rosas. Y tu alma, que se viste de vagabunda para seguir abrazando la insinuante voz de Sade, porque te han adivinado que tendrás otro mañana, y en él, quizá, la oportunidad de rellenar esa botella que ya empiezas a no ver medio vacía.
          La cuarta noche comprendes que la luna abre sucursales en nuestro mundo. Nos engañamos pensando que no son más que meros reflejos de su luz, inalcanzables ilusiones de su verdadero influjo, pero tú estás decidido y del agua salada nunca has huido. Y al nadar sobre el cuarto plenilunio de su brillo descubres que es cierto, y entonces, sumido en su presencia, te confiesa al oído que los gatos sólo son pardos por su locura de soledad, y ésta, nunca hallará consuelo sin la suma de dos voluntades. Ese fuego que ilumina el alma no se conforma con una sola llama porque a la unidad le falta su par como el anochecer necesita el alba.
         Una fiesta merece la pena cuando la organiza un amigo que es amigo de otro amigo y tú no sabes cómo has llegado. Una fiesta de agosto es ese territorio de caras desconocidas en el que nadie se atreve a negarte una sonrisa. Ahora ella, desde su mesa en la que una lamparita roja realza su rizada melena rubia, observa tu reflejo en el espejo de la barra, y a su mirada felina no se le escapa la tuya de gato callejero que se ha colado por la puerta de atrás. Sade, comienza su “Hang On To Your Love” y tú te acercas. Sonríe, acepta y la coges de la mano para iniciar una coreografía en la que no os perdéis los ojos mientras la distancia se acorta hasta ese momento donde se asoman las intenciones. Donde cada curva encuentra su lugar en la del otro y los olores se empiezan a confundir. Pero ella es una leona que no está dispuesta a abandonar tan fácil su territorio para seguir la primera noche a un gato, aún pardo. Y te descubres bajo la luz de la quinta luna con un papel en el bolsillo. Su nombre, un número y una promesa: mañana.
         Y mañana te encuentras en una cabina, marcando ese número, pronunciando su nombre mientras reconoces su voz y recuerdas su aroma, su sonrisa y esas curvas que la naturaleza dibujó para que encajaran con las tuyas. Y ella acepta porque la luna, por sexta vez, vuelve a estar radiante. Pero es noche de ronda, de paseo por la orilla, de te cuento y me cuentas, de quién soy y quién eres. De primeros besos, manos juntas y pies descalzos. De miradas que empiezan a perder la timidez y sonrisas que la esconden. De que me suena tu cara porque te soñé. De dónde habías estado hasta ahora y por qué has aparecido tan tarde aunque todavía es pronto. Noche de propósitos y esperanzas, de confesiones y melodías que abrazan. De poesía que rima con me gustas. De melena rubia entremezclada con brotes morenos y de un gato que ha dejado de ser pardo.

         ¿Quién se iba a creer que un agosto tuviera siete lunas? Pero las tuvo y tú lo sabes, y en esa séptima, que todavía dura, empezasteis a rellenar ese frasco de cristal de Bohemia que sigue conservando el delirio, esa esencia sagrada que ya dura veintinueve años. Ahora cierra el tapón y aférrate a su amor, como os canta Sade. Y baila, baila con ella hasta que, quizás esta noche, la luna se repita otras siete veces, porque lo imposible es único y hay que saber conservarlo, y porque hoy ya es veinte de agosto, y es su día.

Oscar da Cunha

20 de agosto de 2014