martes, 5 de agosto de 2014

CLAUDIA

El 19 de marzo de 1911 un millón de mujeres se manifiestan en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza reivindicando un sueño de igualdad, celebrando por primera vez el día internacional de la mujer trabajadora. Una igualdad que aún hoy, 103 años después, todavía sigue siendo un sueño para una gran mayoría de mujeres en el mundo. Pero ella, que siempre optó por librar sus batallas con la humildad de su silencio, tenía mejores planes que asistir a esa manifestación, había decidido nacer al día siguiente. ¡Ya se ve que no la conocisteis! No estaba dispuesta a perderse la llegada de esa primavera con la que pretendía inaugurar su vida. Un inicio de primavera que iba a marcar por siempre su carácter, que le confirió esa sabiduría natural capaz de asumir que, tras cada desgracia, tras cada invierno del alma, la vida se renueva y la esperanza hay que conseguir apreciarla en los nuevos brotes que terminarán floreciendo si somos capaces de entregarnos a quienes sabemos querer.
Nunca le gustaron las tareas que, por su sexo, preinstalado de serie, se le suponían propias en el caserío familiar y, como a todos los que alguna vez fuimos chiquillos, aquellos dieciséis años que tuvo que esperar fueron su primera eternidad. Con la determinación que nunca faltó en su mirada y la duda oprimiéndole las entrañas, enseñó su espalda a las burlas de la parentela y supo vender las horas invertidas aprendiendo de su madre. Lo suyo nunca fue la poesía aunque la del 27 fue su generación, ese año comenzó a hilvanar sus primeros hilos en el taller de Cristóbal Balenciaga. Ese año comenzó a practicar sobre los primeros patrones del traje a medida con el que se había propuesto vestir su futuro. Y no desperdició ni el más corto de los minutos en aquél laboratorio donde la alquimia convertía el tejido en arte.
Se enamoró, como sólo las mujeres con fuego en la sangre son capaces hacerlo, como sólo hasta donde se ha propuesto amar por una sola vez se consigue llegar, con esa temeridad que únicamente quienes se deciden retar al destino tienen por horizonte, pero no fue el destino. Fue ese maldito ruido de sables del 36 el que rompió su sueño, desgarrando todas las costuras del ajuar que con la esperanza que empuja al esfuerzo había ido entretejiendo. Una despiadada metralla se cruzó en el camino de a quien ella decidió entregarse. Una absurda guerra que, como a tantos castigados por  inocentes, le condenó a una soltería ante la que jamás agachó la cabeza. Frente a nadie de aquellos que, por ocultar su deshonra se empecinaran en ofender el coraje del honesto, desvió su mirada. Ninguno, por mucho azul que llevara en su camisa, consiguió convertir en vergüenza su orgullo al pasear a esa niña morenita a la que el estéril fratricidio de un pueblo dejó sin padre.
De entre las ruinas supo recomponer una vida. Pese a las cartillas  de racionamiento nunca hubo espacios sin sello en su mesa, y no se recuerda quien la escuchara pronunciar un “no puedo”. Consiguió crear un hogar, llenándolo de risas infantiles donde todos sus sobrinos encontraron en la de ella su casa, en ella a una madre, y en su hija a una hermana.
Con su gran corazón conquistó el alma de cuantos tuvieron el privilegio de conocerla, contagiando, con su amor a la vida, el placer por las cosas sencillas y los sentimientos sinceros. Un balcón rebosante de alegría por esos geranios con los que demostraba que también de dulces palabras se alimentan las flores cuyos colores fueron su única bandera. Una bolsa de la compra en la que nunca faltó un hueco para secar las lágrimas de quien, con el hambre en la mirada, se cruzó en sus escaleras. Y una vida dedicada al trabajo que, con su perseverancia, enseñó a muchos el valor de la palabra respeto. Fue maestra en su oficio de enseñar a vestir y compañera de los que quisieron aprender. Fue amiga en quien confiar y decana a la hora de asumir como suyas todas las responsabilidades.
Nada le regaló la vida, salvo la resolución para afrontarla y la dignidad para asumir que el tiempo no olvida pero enseña a perdonar. Nunca sembró vientos porque tuvo que aprender sobreviviendo a muchas tempestades. La soledad intentó perseguirla pero nunca la alcanzó, hay mujeres que se convierten en imprescindibles para la vida de los demás y ella siempre nos seguirá faltando. Y si vais por el barrio preguntad por ella, aunque hace veinte años que nos dejó nadie ha olvidado la sonrisa que acompaña a su nombre.
No sale en los libros de historia, nunca fue una heroína, pero pocos héroes han conseguido estar a su altura. Yo tuve el honor de conocerla y el placer de disfrutarla.
Se llamaba Claudia y era mi abuela.

Oscar da Cunha

5 de agosto de 2014