sábado, 10 de agosto de 2013

UNA NOTA P´AL DE ARRIBA

¿Sabes? Al final me estás empezando a convencer y mira que soy perro viejo y resabiado por las cicatrices bien ganadas en la calle. No lo digo por lo de ayer —me pusiste ante una de las decisiones más difíciles que he tenido que tomar en los últimos tiempos—, ni tampoco por lo de más atrás —estás al cabo de la calle de donde duele y sabes apretar la tuerca que más jode—.
En realidad no lo digo por mí, o al menos no sólo por mí; pero es que uno va haciendo amigos, aparte de los que conserva desde antes de que me preocupara en pensar en ti y siempre me sorprende que a cada uno le regales con el premio gordo de su lotería personal. He visto a unos que han perdido hijos, a otros que les has quitado el presente y a pocos que conserven ya un futuro decente; además, también mantengo vicios, oigo la radio y ojeo —ya sólo los ojeo porque trastorna menos— los periódicos, y compruebo que tienes especial predilección por los más débiles, a esos los puteas en cada esquina del planeta. Nunca das puntada sin hilo, si se mueve la tierra es justo donde malviven los más desgraciados en sus chabolas, si hay un huracán nunca se lleva por delante las mansiones de los acaudalados y cuando un río se desborda ¡qué casualidad!, siempre los barrios bajos son eso, bajos.
         Ya llevo más de cincuenta y dos febreros dando vueltas por el barrio y nunca te he visto dar la cara; te rezan, te cantan, te llaman y algunos hasta se cagan en tu madre —que se presume no la tienes— y tú, pasando de la peña. Supongo —y esto es porque me ha dado por suponer— que, desde la noche de los tiempos, ya comenzaste amargándoles la vida a nuestros primos, esos que, aunque nunca supieron contar hasta más de cien, hicieron bien los cálculos de su hipoteca y terminaron considerando que nos les salía rentable seguir aguantándote, te hicieron una butifarra y nos dejaron sus huesos, pensando en que, de entre los que llegasen por detrás, alguno se entretendría en hacer puzzles intentando descifrar donde coño está esa imagen y semejanza que se nos sospecha contigo. Supongo, como decía, que como todos los de tu pelo —esos que sí deben estar hechos a tu imagen y semejanza—, seguirás por siempre escondido, no sea que un día te pillemos en la calle y, aunque nadie esté libre de pecado, a ninguno nos tiemble el pulso para devolverte las pedradas.
         Al final, como empezaba diciendo, me estás empezando a convencer y uno se da cuenta de que cuando algo noble sucede en esta puta vida, siempre está detrás la mano, o la unión de las manos, de gente decente. De que cuando tú mandas desgracias, somos los humanos quienes tenemos que intentar devolverles la suerte a los supervivientes. Y de que no sé si estás, ni dónde estás, ni porqué estás, pero sobretodo me sigo preguntando: ¿para qué coño estás?

©Oscar da Cunha

10 de agosto de 2013