miércoles, 21 de agosto de 2013

LA LEYENDA DE LISARDO VARGAS

Serían más de las once; sí, seguro, hacía un buen rato que las campanadas de la iglesia habían tañido once veces. Entré en la taberna, necesitaba un café; bueno no, para que nos vamos a engañar, nadie necesita un café después de las once si se ha levantado cuatro horas antes; lo que me hacía falta era un retrete, aunque tampoco me urgía y en los alrededores cualquier árbol hubiera sido suficiente, necesitaba hacer tiempo. Los malditos relojes tienen la caprichosa costumbre de moverse a su voluntad, si vas ajustado de horario, vuelan; por el contrario, cuando toca esperar, las agujas se inmovilizan, ¡qué digo!, se te ríen a la cara, te desafían retrasando su movimiento hasta que tu paciencia llega a su Finisterre.
A lo que iba, entré en la taberna y pedí un café. En la barra, un tipo se sujetaba a la realidad gracias a su vaso de vino.
         —¡Eh, tú!
         Miré a mi alrededor, no había nadie más, luego ese: “eh, tú” era para mí. El tipo era alto y ancho, aunque en su espalda se notaba que lo que había en su cabeza pesaba demasiado; se me acercó arrastrando unas gastadas botas sin soltarme la mirada de los ojos; él los tenía de un negro que podría competir con el azabache, los míos como siempre, corrientes. Su mirada era frontal, directa; la mía oblicua, con ese gesto que tengo tan ensayado y que me hace parecer un tipo duro.
         —¿Conoces la leyenda de Lisardo Vargas? —Su voz era pastosa; ¡no!, más bien era atrasada, con a, como si antes de salir por su boca, franquease un túnel en el que sus años bisiestos duplicaran los míos.
         —¡Sí, sí por supuesto! —Fue la desdeñosa respuesta que utilicé para quitármelo de encima; el café de mi taza estaba recién hervido, si la cosa se ponía fea no me iba a pillar desarmado.
         —¡Y un cojón! ¡Ya quisieras!
         Se retiró hasta su vaso con la sonrisa del que calla otorga y no hay más ignorante que quién se niega a escuchar una confesión de taberna.
            La curiosidad mató al gato y yo, afortunadamente, todavía conservo tres de mis siete vidas; las manecillas del reloj aún me traicionaban y decidí acercarme a él.
         —¿Sabes? —Esta vez mi tono era más humilde aunque el café en mi mano seguía caliente, algo se aprende después de cuatro fracasos.
»Creo que me he confundido, la de Lisardo Vargas no la conozco.
—¡Ya! y como te sobra tiempo has decidido escuchar a un borracho. Te he visto mirar el reloj.
—Sí —confesé, es mejor pecar de sincero que de curioso.
—…tá bien, pero me pagas el vino.
—Faltaría…
—Verás —comenzó con un aspaviento triunfante—. El tal Lisardo era contrabandista, eso por aquí no tiene ningún mérito, por estos montes hay mil senderos cuyos tramos nunca sabes a qué país pertenecen, quien no pasaba tabaco lo hacía con medicinas, licores… Luego llegaron las radios…, hasta con ganado se les ha engañado a los carabineros. Pero Vargas era especial, él traficaba con lo más importante que te puedas imaginar.
Me miró con sus ojos negros, quería la pregunta, les pasa a todos los que cuentan leyendas, es parte de la moneda con la que cobran.
—¿Con qué? —Le seguí la jugada y aguanté la prolongada pausa, no es mi primera taberna.
—Lisardo Vargas traficaba con ideas —Se bebió el vino de un trago y golpeó la barra con el vaso vació.
»¡¡Ideas!! —Se señaló con el índice la sesera.
»No existe nada más caro en esta vida.
—Entiendo —le solté.
—¡Qué coño vas a entender! Eran los tiempos de la posguerra, y los que pensaban se tuvieron que marchar. Él cogía las ideas y las pasaba de contrabando, era la mercancía que mejor se recibía, la que le daba un soplo de esperanza a la gente, la que les hizo aguantar sin resignarse, sin malgastar el carácter que tenían luchando contra una situación que no podían cambiar.
—¿Y cómo acabó? —El café ya se me había enfriado.
—Lo fusilaron.
—¡Vaya! Mala suerte.
—Dos veces, lo fusilaron dos veces —El tipo me miró con orgullo, apoyado sobre la barra con el codo derecho.
—¿Dos veces?
—¡Sorprendente! ¿Verdad? Es lo que tiene traficar con ideas, de todas ellas se guardó la mejor.
Me dio unas palmaditas en el hombro y desapareció de la taberna arrastrando sus viejas botas.
Me quedé un rato pensando, hasta que escuché la campanada de la iglesia dando la media, llamé al tabernero.
—Cóbrame el café y el vino de…
—Lisardo Vargas —me contestó.

Oscar da Cunha
21 de Agosto de 2013