lunes, 25 de marzo de 2013

LA CABAÑA

La Cabaña

  Seguro que todos habéis experimentado los mismos síntomas: después de un madrugón y una mañana con la agenda más apretada que las páginas amarillas, el estómago empieza, con sus característicos murmullos, a reclamar su dosis diaria. Con trabajos como el mío siempre te sorprende en el peor momento; la última visita estaba en la cumbre del más alto de los montes de la zona. Al subir, entre las cien mil curvas del camino, no me percaté de ningún restaurante; cierto es que, durante todo el ascenso, mi cabeza, centrada en el cliente que me esperaba, no me permitió disfrutar del espectáculo de esa mañana con el sol encendiendo los colores del paisaje, tampoco me pareció ver casa alguna ni indicios de civilización. Ya bajando, después de la curva de la guarida del águila y en la recta anterior al bosque de cipreses, apareció la cabaña de madera con el letrero:

COMIDAS CASERAS, NO HAY CARTA”.

Pottok

   Paré. No había ningún otro coche aparcado junto a la cabaña, pero el pottok1 que apaciblemente pastaba en la explanada lateral me persuadió. La puerta abierta del establecimiento, flanqueada por el tronco de un viejo roble, dejaba escapar ese olor a brasas que terminó de convencer a mi estómago. Ya dentro, me intranquilizó el bullicio que producían las animadas conversaciones de los numerosos comensales que ocupaban todas las mesas. Sin población en más de diez kilómetros a la redonda y sólo mi auto aparcado…Esto es tan insólito como un concierto de Bob Dylan lleno de adolescentes, pensé. Me acerqué a la barra, el tipo, con una servilleta de cuadros blancos y rojos sobre el hombro, se anticipó. 
  —Están todas las mesas ocupadas, puede sentarse en la del negro, se llama Sam, allá, junto al piano, siempre come solo y agradecerá un poco de conversación —Su tono de voz y sus vehementes ademanes no me dejaron opción a réplica. Llegas tarde, el timbre ha sonado hace cinco minutos, ¡siéntate en la última fila!, el profesor Basilio con su eterna regla de madera en la mano era implacable. Recordé que con diez años y una timidez arraigada  recorrer toda el aula bajo la burlona mirada de mis compañeros de clase…, hubiese preferido la regla, siempre despertaba más solidaridad, pero al parecer, aquella mañana, Basilio no le había cargado las baterías. 

  Recorrí el comedor y fueron pocos los que se percataron de mi presencia, todos seguían enfrascados en, aparentemente, apasionados coloquios.
  —¡Buen provecho Sam! —le solté al negro que se estaba despachando un plato de garbanzos con chorizo. Al mover la silla para sentarme comprobé, por su peso, que la madera de la que estaba hecha debió pertenecer a un árbol milenario. Sobre la mesa, que presentaba un aspecto irregular, ni cuadrado ni redondo, era justo el corte de un tronco, con la corteza aún adherida a sus bordes y casi un palmo de grosor, no había mantel y los mismos cuadros en las servilletas que la que portaba el tipo de la barra.  
  —Gracias —me contestó levantando la cuchara a modo de saludo.

  En un lateral del comedor, sobre una parrilla con brasas de carbón; las  costillas que se estaban dorando, desprendían un aroma que provocaron alaridos de ansiedad en mi estómago.    
  Al momento, el tipo de la barra apareció con un plato de barro y un juego de cubiertos.
  —Esa carne huele deliciosa —le dije apuntando con mi dedo hacia la parrilla.
  —¡Primero los garbanzos! ¡Tenga! Sírvase lo que quiera —me indicó señalando el puchero que estaba en el centro de la mesa —Por cierto, ¿es usted quien ha venido en ese coche de la entrada?
  —Sí —contesté—. ¿Molesta? ¿Debería dejarlo en otro sitio?
  —No, no es eso. Es que…, bueno por esta vez no importa —Dio media vuelta y, con una notable cojera en su pierna derecha, regresó a la barra. Volví a pensar en el grupo de adolescentes gritando como locas al ritmo de “Chimes of Freedom” de Dylan. Extraño.

  Devoré mi plato de garbanzos y unas cuantas costillas sin cruzar una sola palabra con el negro. En cualquier película de Charles Chaplin hubiese encontrado más diálogo, reflexioné mientras esperaba a que me sirvieran el café. Fue entonces, cuando Sam se levantó de la mesa y se sentó al piano, el bullicio del comedor cesó al instante. Su interpretación de “As time goes by” resultó magistral, una voz cascada y profunda inundó el local mientras sus dedos acariciaban las teclas del piano. Al mismo tiempo que su cabeza se movía al ritmo de la canción, la mayoría de comensales empezaron a escoger su pareja y comenzaron un baile sorteando las mesas del comedor. 
You must remember this
A kiss is just a kiss, a sigh is just a sigh.
The fundamental things apply
As time goes by

Debes recordar esto
un beso es sólo un beso, un suspiro es sólo un suspiro.
Las cosas fundamentales suceden
conforme pasa el tiempo 



  La luz del establecimiento bajó de intensidad, con las brasas aún refulgentes y, aquel grupo de hombres y mujeres vestidos con trajes de épocas tan distantes como dispares, la magia del ambiente me resultó irresistiblemente embriagadora. Elegantemente, las parejas se deslizaban bailando, llenando de glamour la vieja cabaña.  El camarero se sentó a mi mesa, y esta vez con voz amable me indicó.  
  —Tiene usted que marcharse, el baile ha comenzado y no puede quedarse aquí, de hecho no tendría que haber venido.
  —Perdone, pero no entiendo nada, ¿de dónde ha salido esta gente, y por qué tengo que marcharme?
  —Verá —aprecié en el camarero esa sensación de incomodidad para intentar explicar lo incomprensible—. Ese joven apuesto que está bailando con la rubia del vestido negro es Dorian Gray.
  —¿Y ella es…? —pregunté con cara de asombro.
  —Ana Karenina —contestó—. Y los dos individuos que siguen sentados, enfrascados en una discusión, son Sherlock Holmes y el Doctor Watson. La pareja que ahora pasa junto a nuestra mesa la forman Edmundo Dantés y Emma Bovary.
  —¿Me está diciendo que toda esta gente son personajes de novelas? ¿Protagonistas de la imaginación de famosos escritores?
  —Sí, y ese que está apoyado en la barra, observando con cara de pocos amigos es Eugenio de Aviraneta, siempre se ha comentado que Baroja era su sobrino-nieto —el camarero me miró durante unos instantes con expresión condescendiente—. No puede, ni tiene porqué entenderlo, tan sólo márchese y no me obligue a perder las formas delante de ellos. ¡Fuera de clase, estás expulsado! Saltó el Basilio, vete al despacho del jefe de estudios, él te hará una nota para entregar a tus padres, recordé la misma sensación.
  —¡Está bien! ¿Qué le debo por la comida? Las costillas estaban deliciosas.
  —Sigue sin entenderlo, aquí no cobramos nada. Váyase tranquilo —por primera vez le vi esbozar una sonrisa—. Y olvide cuanto ha visto, nadie le creerá.

  Al pasar junto al viejo roble que escoltaba la puerta, pude escuchar los primeros compases de “Unforgettable” de Nat King Cole. Sam estaba disfrutando, no me resultó difícil imaginar su cabeza ladeándose a izquierda y derecha y sus dientes blancos brillando bajo la tenue luz del local. Cogí mi coche y continué la bajada, derecha, izquierda, derecha, izquierda, aún quedaban muchas curvas hasta el pueblo más cercano.    
  Al llegar, paré frente al primer bar que encontré, me quedé un rato sentado en silencio. Por un momento pensé que me había quedado dormido dentro del auto y todo había sido un sueño, pero mi estómago me confirmó que los garbanzos y las costillas eran reales.
  Entré en el bar decidido a encontrar a alguien que me pudiera dar una explicación. La camarera y varios clientes que había en la barra, además de escrutarme como si acabara de bajar de una nave espacial,  me confirmaron que en toda aquella carretera comarcal nunca había existido ningún restaurante ni posada, nada semejante, ni siquiera había ningún caserío habitado. Con estupor pedí un café y me acodé en la barra. Por el rabillo del ojo vi un anciano sentado en una mesa con una copa de anís, no apartaba su mirada de mi. Al cabo, noté que me hacía un disimulado gesto para que me acercase, no dudé. Con un leve movimiento de su mano me invitó a sentarme.
  —No he podido evitar oír tus preguntas —Una sonrisa se asomaba por sus ojillos vivaces pese a su avanzada edad, tenía una nariz poderosa y unas orejas descomunales—. ¿Sabes? Estas tierras, estos montes, siempre han estado llenos de historias fantásticas: sorginak2, akelarres, lamiak3, por aquí todo lo inverosímil es posible, no es la primera vez que oigo hablar de esa cabaña. ¡Dime! ¿Había un pianista negro, y un camarero cojo?
  No os costará imaginar que una sensación de alivio mezclada con curiosidad me empujó a contarle, con todo detalle, lo que había presenciado ese mediodía.
  —Es la misma la historia —afirmó—. Los mismos personajes, la misma música, todo es igual —El anciano permaneció unos instantes con la mirada perdida en su copa de anís.
  —¡Por favor! ¡Explíquese! —Le supliqué.
  —Hace tanto tiempo…, pero lo recuerdo perfectamente. Yo tendría apenas once o doce años, poco antes de la guerra, y él ya era una celebridad. Les arreglaba el jardín para que cuando llegaran en verano todo estuviese bien cuidado, también hacía algunas chapucillas de mantenimiento, desde muy joven yo era muy vivo, siempre sabía sacarme unas perras para…, bueno eso no importa. ¿Conoces Itzea?
Itzea
  —Sí —contesté—. Es la casa de los Baroja, la que utilizaban para pasar los veranos.
  —Así es, y ahí sigue, a trescientos metros de aquí. Allí conocí a Don Pío, era un hombre extraordinario, muy viajado, muy culto. Yo no era más que un morroi4, pero él me cogió cariño y me contaba historias mientras paseábamos por el campo; me hablaba de Madrid, Pamplona, San Sebastián, yo no podía imaginar que hubiera pueblos tan grandes, nunca había salido de aquí, de Bera. Pero una noche, ya de madrugada, lo encontré especialmente excitado, nervioso. Él, que siempre conservaba una serenidad solemne. ¡Verás! Todo empezó en una mañana de agosto, le gustaba dar largos paseos para inspirarse y parase a escribir en la soledad del monte. Ese día  enfiló la subida a la montaña, en aquellos tiempos no era más que un camino de burros, te puedes imaginar. Más o menos a la hora de la comida se topó con la misma cabaña que tú me has descrito y vivió la misma experiencia. Desde aquella vez nadie ha vuelto a verla, por lo menos yo no sé de nadie que lo haya contado.
  —¿Y cómo lo interpretó Don Pío? ¿Qué hizo? —pregunté.
  —Era todo un carácter, él no dejaba las cosas así como así. Pasó todo el resto del día haciendo una copia del manuscrito en el que estaba trabajando y, al caer el sol, volvió a subir a la montaña. Según me contó, la cabaña ya no estaba en su lugar, junto al viejo roble, no había nada.
  —¿Y? —No era capaz de soportar los largos silencios del anciano.
  —Te resultará difícil de creer, Don Pío era un poco extravagante y, a veces, sus reacciones eran del todo inesperadas. Cavó un agujero junto al viejo roble y enterró allí la copia del manuscrito. Tiempo después, aquel manuscrito se convirtió en una de sus novelas más conocidas. No me preguntes el título, yo no soy muy leído, pero él mismo me lo confirmó pasados dos veranos, y me hizo jurar que nunca contara a nadie esta historia. Yo ya soy muy viejo y supongo que, como todo, ahora los juramentos también tendrán caducidad, y el mío, quizá quedó pasado de fecha con su fallecimiento. 
  Miré fijamente al anciano y malintencionadamente le pregunté:
  —¿Otra copita de anís?
  —¡Oh, no! Te lo agradezco, es el único placer que me permito, una sola copa para calentar el estómago, me quitaron el tabaco hace años, y ni siquiera tolero un vaso de vino en la comida. A mi edad siempre te preguntas lo mismo: ¿Qué es mejor, darle años a la vida o darles vida a los años? Yo elegí la primera opción, y tomes la que tomes siempre añoras la otra. Está más sobrio que un bebé en la incubadora, pensé. La idea ya me explotaba en la cabeza, pero aún quería asegurarme.
  —¡Bueno! —le solté—. Muchas gracias por la conversación pero tengo que seguir trabajando.
  —¡Ay que envidia me das! —contestó con gesto abatido— Llegar a viejo resulta aburrido, si te juntas con los de tu quinta, sólo se habla de los achaques de cada uno; únicamente me queda dar algún corto paseo por los alrededores y escuchar la radio. La tele ni la enciendo no soporto las porquerías que ponen. ¡Vaya!, me dije, tampoco le patina el embrague, es un viejo modelo pero sigue funcionando.
  Nos despedimos con un apretón de manos y, a al pasar por la barra, le dejé pagada dos copas de anís; él, mañana volvería a sentarse en la misma mesa.

  Cogí el coche y volví a retomar la carretera de las cien mil curvas. Siempre llevo en el maletero algunos ejemplares de mi novela. Esta vez no me esperaba ningún cliente pero hice sudar a los caballos del motor. Aunque aún quedaban horas de luz, la tarde iba avanzando. Tardé más de lo que hubiera deseado en atravesar el bosque de los cipreses, allí estaba la explanada, justo antes de la curva de la guarida del águila. El pottok seguía triscando hierba unos metros más abajo y, como era de esperar, junto al viejo roble no había absolutamente nada.
  No tardé en encontrar una piedra que se ajustara a mis necesidades, ni muy grande ni pequeña, con algún borde afilado. No me molesté ni en remangarme la camisa y empecé a cavar un hoyo lo más cercano al viejo roble. ¿Te acuerdas de aquel equipo plegable de explorador que te vendían por cuatro euros? Recordé ¿Qué son cuatro euros? Por suerte, la semana anterior había llovido mucho en la zona, y el terreno estaba blando. Cuando ya había conseguido profundizar unos cuarenta centímetros, mis manos ya no resistieron más golpes y por mis dedos de la mano derecha empezaron a sangrar varias heridas, decidí que ya era suficiente. Como pude me limpié las manos con un trapo que llevaba en la guantera y como si de un ceremonial sagrado se tratara, cogí un ejemplar de “La sonrisa de La Magdalena” y lo deposité en el fondo. Tapé el agujero y lo disimulé con piedrillas y algún trozo de ramas partidas.

  Empezaba a oscurecer cuando me despedí del viejo roble y enfilé por última vez la bajada de aquella montaña, esta vez lentamente. Soñar y conducir al mismo tiempo no es recomendable. Tampoco me olvidé de escribir una dedicatoria antes de enterrar el libro, pero esa no os la cuento, seguro que la dentadura de Sam brillará al leerla.   

1.  Nombre, que en euskera, se le da a una raza de caballos de pequeña envergadura que habitan desde la antigüedad las zonas montañosas de la Cordillera Cantábrica.  

2.  Bruja en euskera

3.  En euskera, seres mitológicos, habitualmente femeninos que habitan en ríos, se les relaciona con la diosa Mari.

4.  En euskera, criado, ayudante

Oscar da Cunha

25 de Marzo de 2013