domingo, 7 de abril de 2013

MIENTRAS DUERMES, Y YO PENSANDO

  —No sé si alguna vez te ha ocurrido, me miro y no me reconozco. Han pasado más de veintisiete años. ¡No! quizá veintiocho pero fue ayer. Sí, ahora lo recuerdo, fue ayer.
  »Tú tenías…, poco menos que ahora. Acaso un par de arrugas menos. ¡Espera! ¡No! Sólo una menos, es la misma, la que nace dos veces, una en cada extremo de tu mirada. Sí, ahora la veo, es la misma y tiene nombre. Siempre aparece cuando sonríes.
  »¿Yo también la llevo?
  »Pero la mía tiene más compañeras. Una de ellas fue por…, ya sabes. ¡Cuanta felicidad nos regaló!
  »¡Claro que hay más! Pero de las otras sólo importa una. Sí, la de abajo es la más reciente y todavía no se ha consolidado.
  »¿Cuánto tarda en cicatrizar una arruga? Ya me quedé sin lágrimas para recorrerla. Tú en cambio la lloraste por dentro, duele sin sal. Es curioso la sangre es dulce. ¡Qué lágrimas tan diferentes!

  —Fue ayer, incluso recuerdo la hora. Tú también. Esa hora mágica que nunca marcan los relojes. Agujas que parten del centro del corazón y siempre sonríen.
  »No es la misma sensación, será por eso que no me reconozco. ¿A ti también te pasa, verdad?
  »¿Cuántos caminos se pueden recorrer en veintiocho años? Aún recuerdo el primer cruce, tú tuviste más decisión y yo con mi manía de darle cien vueltas a cada paso. De lo que no llevo la cuenta es de los errores desandados. ¡Para qué! Nadie va a contar las pisadas que dejamos marcadas y el polvo que levantamos se lo llevó el viento de cada amanecida.
  »Siempre viendo salir el sol juntos. ¡No! Aquella noche la tormenta te despertó antes del alba y te asustaste. Bajaste a la habitación de abajo, allí retumban menos los truenos y yo estaba soñando contigo. ¿Para qué despertarme?

  —No, no es la misma sensación que ayer. Nos enfrentábamos a dos mundos desconocidos, ahora ya tenemos pasado. Miro hacia atrás y no me reconozco, queda sólo un futuro por descubrir, ni el tuyo ni el mío. Ya no somos dos, en física le llaman fusión, pero lo nuestro siempre fueron las letras y en ese capítulo se llama amor.
  »La de espinas que se nos han clavado en estos años, pero tú me enseñaste desde el principio a no quejarme. ¿Cuántos jarrones hemos llenado de rosas? Su olor aún se mantiene. ¿El dolor? Juntos es más apasionado también lo aprendí de ti. 
  »¿Y el viento? Me empujabas a buscar carreteras perdidas, te sigue gustando despeinarte sin el casco.
  —¿Cuánto vive una Vespa? —me solías preguntar.
  —Lo mismo que un romance, y ahí la tienes. ¡Vale hice trampa y una vez la pinté! ¿Y lo nuestro? ¿De cuantos colores le hemos dado una mano?

  —No sé si alguna vez te ha ocurrido, me miro y no me reconozco. Han pasado más de… pero no son las arrugas, porque fue ayer. En mi sólo veo la mitad de lo que hemos recorrido y ahora tengo cuatro manos y un sueño compartido.

 »¡Enséñame esa arruga! La que tiene nombre, la que nace dos veces y aparece cuando sonríes.

Oscar da Cunha
7 de abril de 2013