sábado, 9 de marzo de 2013

FANTASÍA CROMÁTICA A CUATRO MANOS (2ª)

En fa menor
“INVIERNO”

Aggiacciato tremar tra nevi algentiAl severo spirar d'orrido Vento,Correr battendo i piedi ogni momento;E pel soverchio gel batter i denti;Passar al foco i di quieti e contentiMentre la pioggia fuor bagna ben centoCaminar Sopra 'l ghiaccio, e à passo lentoPer timor di cader girsene intenti;Gir forte sdrucciolar, cader à terraDi nuovo ir sopra 'l ghiaccio e correr forteSin che 'l ghiaccio si rompe, e si disserra;Sentir uscir dalle ferrate porteScirocco, Borea, e tutti i Venti in guerraQuest'è 'l Verno, mà tal, che gioja apporte.                                                     Antonio Vivaldi

Allegro non molto

  Una lluvia impenitente cae sin darse siquiera un atisbo de descanso. Desde hace tres días, las habituales gotas han cedido el paso a chorros enfurecidos que rebotan contra el suelo. La lluvia no es lluvia, las nubes descargan  piscinas celestiales sobre la tierra castigándola con densas cortinas de agua que distorsionan la realidad y hacen inútiles nuestros paraguas como si quisieran borrar todos los pecados cometidos, limpiar con energía toda la suciedad ambiente. El río se hace eco del mensaje y baja crecido desbordando el cauce con su tremendo poderío frente a los vanos esfuerzos de los humanos por domeñar tan temible intento. Son días en los que la madre naturaleza se dispone a mostrar su poderoso músculo para recordarnos que ante ella somos  sólo  minúsculas y pretenciosas hormiguitas; que, si quiere, puede cegar nuestro hormiguero, ganarnos la partida...      

            A mi, la mar, con su poderosa soberbia, me insta a retroceder mis pasos sobre la nieve y buscar refugio en mis interiores. Como todos los años, fiel al calendario, el invierno se encarga de convertirla en pregonera de fríos, nieves y tempestades, en territorio hostil; espectáculo en el que no estoy invitado a participar, consintiendo llevarme tan sólo el aroma de la sal y el recuerdo de los bailes otoñales entre sus olas.
  Blanco por esa espuma marina que añora recuperar territorios que le fueron robados. Ese blanco que comienza a atrapar mi mirada, invadiendo mi hoja de ruta, preparándola para los aconteceres que volverán a escribir una nueva página de mi historia, hoy todavía expectante. Blanco por ese suelo tapizado con las primeras nieves que limpian mi memoria convenciéndome de que cualquier tiempo pasado tan sólo fue anterior. Blanco como el frío húmedo que hoy llega del noroeste, cicatrizando heridas, anunciando que es momento de sacudirse las sombras que dejó el curso anterior.

  Invierno que, como en cada nuevo ciclo, improvisa su llegada, tempestuosa, brutal, y nos empuja a refugiarnos en renovadas esperanzas, a afrontar una nueva fase que como las anteriores será diferente, con alegrías y desengaños, con sueños que verán la amanecida y jarrones que ya no se podrán recomponer.

  Abro los ojos a duras penas. Ya es tarde pero una luz lechosa apenas logra aún hacer visible el interior de la alcoba. Con gran esfuerzo, consigo desasirme del abrazo cálido con el que intenta retenerme el edredón. Entonces me acerco despacio a la ventana reteniendo la respiración para que su vaho no nuble  esa fantasía de nervaduras vegetales dibujadas por un pincel de hielo. Forman un delicado encaje  entretejido con gruesos lagrimones de lluvia congelada.

  Mientras admiro la filigrana laboriosamente grabada por el frío en el cristal, afuera, una inmensa capa de piel de hielo cubre la calle y las ramas muertas de los árboles. Tan sólo un silencio sonoro presta su música muda al bello y triste espectáculo. Tiempo de hibernación para los seres vivos. ¿Qué será de los sin techo?

  La resplandeciente belleza de la nieve virgen es efímera en mi ciudad. Bastarán dos grados de más y un repentino chaparrón para verla derretirse en agua transparente. Bastará también con que un par de coches se atreva a ensuciar su pureza con ese rastro de goma negra y pegajosa convirtiéndola en un repulsivo engrudo gris. ¿Cómo se atreven a engolfar así a la reina del invierno?

  Pero amiga, dejemos la ciudad, acompáñame al bosque donde hay mil paseos en los que el invierno nos muestra su pureza regeneradora, maderas que ya dejaron de serlo y nuevos brotes que empiezan a desperezarse bajo el frío, como yo mismo que fui fruto de esta cosecha. ¡Mira allí!, junto al roble desnudo, la veterana encina que esconde bajo la nieve pura, que cubren sus hojas, secretos que en primavera nos serán revelados. Y la mimosa, en la curva de los sueños, intentando añadir más color al paisaje, aprovechando esta ligera brisa para deshacerse de la fina capa de polvo blanco y animarnos con sus borlas amarillas, llenando con su perfume este rincón donde la fantasía es pura realidad. Por eso la llaman la curva de los sueños.      

 Largo
  Ya entre las viejas coníferas encuentro el sosiego, grabando mis huellas sobre el impoluto camino que ha dejado la primera invernada. La nieve se añila con el reflejo de ese cielo brillante y consigo imaginar el mundo como me gusta, azul. Esos compases de silencio que envuelven el bosque hoy atemperan mi memoria, y recupero la sorpresa en los ojos de aquél niño que atrapó con su mano el primer copo de nieve, que lanzó su primera bola contra el guiño de aquella morenita del tercero, nunca tuve buena puntería, pero ella lo interpretó mejor y conseguí una segunda sonrisa.
  La alfombra blanca entierra las hojas llenas de recuerdos que fueron tallando mi agenda durante el año. Melancólicas, algunas; rasgadas y rotas, otras, por los mil errores de los que tuve que aprender; las dulces y húmedas procuro rescatarlas, sólo esas quiero que formen parte de mi pasado. Ahora, en este nuevo paseo por el viejo bosque cada pisada constituye una nueva huella en el camino, el rastro de una andadura por un suelo que se ha convertido en blanco, puro, y que pronto desparecerá con el cambio de estación, pero debemos acostumbrarnos a que nuestros pasos, así como nuestra propia presencia, no son inmortales.
  De la naturaleza cambiante debemos aprender que la vida se renueva cada ciclo, que uno no debe anclarse en los lastres del pasado, que la sabiduría permanece inmutable bajo los hielos y es sólo ésta la que merece la pena.
  Con el respeto que se merece, sacudo al veterano abeto y recibo la nevada que éste me regala, refrescante, reparadora, bajo un cielo perfecto.  Entre sus agujas, ahora verdes, distingo tantos errores que no deberán repetirse, viejas memorias acumuladas a lo largo del camino anual. ¿Olvidar? No es ese el propósito, todo gira  y se renueva, esa es la lección de las estaciones. ¡Aprender! Ahí está la clave, mantenerse siempre erguido como tú, abeto centenario. Volverán a deslumbrarte primaveras con sus colores, volverán a sofocarte veranos con sus calores, pero siempre habrá otros inviernos que te conviertan en el dueño y señor de los fríos, acompañante blanco de este paseo que nos devuelve la esperanza de que pese a todo, nuestros sueños sobrevivan.   

  El viento se llevó el romanticismo del otoño, con sus recuerdos, dejándonos una naturaleza casi desnuda sin rojizos ni dorados; un paisaje sin añoranzas, pero con la esperanza de una nueva primavera como el aroma que hoy nos trae el jazmín. De un nuevo amanecer multicolor como las prímulas. Y el rojo de esas bolitas de acebo, junto al arroyo, que no llegó a congelarse, anuncio de nuevas pasiones que durante el resto del año deberemos aprovechar.
  No desperdiciemos la escasa luz de los días que acorta la estación para acariciar al nogal desnudo, para consolar al sauce que llora por sus hojas que ventearon tantas memorias. Me abrazo al indigente castaño, que ahora, con su alma aterida necesita mi calor tanto como yo, en verano, agradeceré la sombra bajo la que iré tallando mi piedra.
  ¡Mira allí! entre las nieves que acumula el abedul se esconde la lechuza, esperando la larga noche; sabe que con las muchas horas de oscuridad su trabajo será más fácil, de ella aprendemos que la paciencia es la actitud que nos ayuda a soportar contratiempos y dificultades. Admira el vuelo del águila bajo la nevada, majestuoso; silenciosa nos enseña con su planeo que la elegancia reside en la eficacia y sencillez.   

Allegro
  Mientras recorro el parque, observo los estragos de los vientos de invierno: ramas heridas, ramas muertas, brutalmente desgajadas de los troncos de viejos árboles devastados. Aún me falta cruzar el puente sobre el río helado. Cuando haya logrado atravesarlo luchando denodadamente por mantener el equilibrio, sabré que, una vez más, el gorro de lana, bien calado, no habrá podido evitar que mis orejas se hayan vuelto de cera; que la gruesa bufanda no habrá impedido que un extraño rubor frío haya enrojecido mis mejillas, y que mis labios apretados se habrán cuarteado hasta el dolor. Con nariz de payaso llegaré al fin a mi destino intentando sonreír. "Buenos días", por decir algo.

  Así es la naturaleza del tempus hibernum, nos alecciona renunciando a esas partes de nuestra breve pero intensa historia que ya no suman en nuestro arqueo, ramas muertas, heridas, desgajadas… No temas, amiga, la prueba del puente sobre el helado río, forma parte de ese ritual de iniciación al nuevo ciclo que, de momento y hasta que nuestros inviernos se agoten, seguiremos superando. Es el ensayo sobre el equilibrio por el que nuestra propia vida transcurre y que en cada nueva luna aprendemos a atravesar con más aplomo.

  Pero este tiempo es de agradecimiento: “Allegro”, pese al frío, pese a las mejillas ruborizadas, es el momento de lucir esa nariz de payaso, es la ocasión para sonreír y provocar sonrisas, para agradecer un nuevo amanecer que llega vestido de blanco, como se accede con la ilusión de un nuevo futuro a ese matrimonio con la vida.
  Ya están sonando los compases finales de este tempo de invierno, bajo los últimos fríos nos apresuramos a dedicarles un baile de despedida que no es más que la bienvenida del primer verdor que traerá el equinoccio, cuando nacerán las nuevas hojas en las seguiremos imprimiendo nuestro cuaderno de bitácora. Aprovechemos esta coreografía final para grabar nuestras promesas sobre el blanco suelo, bajo las pisadas de esta danza concluyente florecerán en primavera nuestros sueños. Y abandonemos ya el parque, dejemos que el silencio se incorpore a la belleza del paisaje; retomaremos el camino cuando los colores inunden cualquier otro jardín y nuestras ilusiones empiecen a contagiarse de las nuevas tonalidades.




Milagros del Corral
Oscar da Cunha

Invierno 2013