sábado, 2 de marzo de 2013

LA LEYENDA DEL NIÑO Y EL MAR




  No estoy completamente seguro de que la historia que voy a contaros sea del todo cierta, aunque así me la trasmitieron a mí y así se sigue contando; pero en parte, y sólo en parte, pude ser testigo de alguno de los sucesos que sobrevinieron.

  En aquel año, el niño no tendría más de doce o trece años y yo ya empezaba a peinar mis primeras canas, sólo las primeras, esas que más te sorprenden porque te confirman que la madurez te está pillando desprevenido.
  Él, lucía un largo pelo rubio natural, oxigenado por las largas sesiones de sol y salitre sobre su tabla de surf. Coincidimos muchas tardes en el aparcamiento, frente a la playa, mientras cada uno se embutía en su traje de neopreno, él siempre bajo la inquieta mirada de su padre al que consiguió convertirlo en su chofer. Aunque compartimos más de una ola nunca llegamos a saludarnos, él por la lógica timidez de la edad, y yo por esa estúpida sensación de prepotencia que nos atribuimos los que ya llevamos incontables mareas con victorias y derrotas. Jamás le vi dudar ante unas condiciones adversas: frió, lluvia, viento, o maretón -como llamamos a esos días en los que el océano nos lanza sus embestidas más potentes-. A lo largo del tiempo pude apreciar como su nivel progresaba a la misma velocidad que su pasión por el mar, y en más de una ocasión le vi esbozar una sonrisa de satisfacción al robarme alguna ola. Al cabo, su complicidad con el medio marino lo fue transformando en un elemento más de las especies costeras. Y puedo aseguraros que, en ocasiones, un delfín que decidió acompañarnos en nuestros bailes siempre prefirió su ola; de entre todos, él fue el elegido para ese juego nupcial, conseguí disfrutar escenas que ambos compartieron como un cortejo entre cónyuges con el mismo frenesí.
  Sus sesiones en el agua pronto empezaron a convertirse en más largas que las mías, y yo, al salir, contemplaba el desasosegado deambular de su padre por el paseo de la playa.

  Aquella tarde, ya casi noche, la marea depositó suavemente su tabla, intacta, sobre la arena. No podré olvidar jamás el lamento desagarrado de su padre al verla. Los que allí quedábamos nos lanzamos frenéticamente al agua, todos conocíamos al chaval y compartíamos la misma simpatía y admiración por su coraje. Las unidades de salvamento marino fueron alertadas. Ninguno pudimos dormir esa noche. Las labores de búsqueda continuaron durante varios días sin resultado, extrañamente su cuerpo nunca fue encontrado y el mar tiene por costumbre devolver a tierra a sus víctimas, en aquél momento nació la leyenda. Cuentan que su pasión lo convirtió en delfín y desde entonces son muchos los que aseguran que los han visto bailar juntos entre las olas, dos compañeros que aparecen cada atardecer disfrutando las montañas de agua entre risas. Yo nunca lo he hecho, sólo saludo tristemente a su padre, que cada tarde recorre el paseo marítimo, sin abandonar la esperanza de volverlo a abrazar y, con la mirada perdida en el horizonte, busca a su delfín.

Oscar da Cunha

2 de Marzo de 2013