miércoles, 21 de mayo de 2014

ON THE ROAD AGAIN

 —¿Qué va a ser?
—De preferencia comer, si es posible —contesté mientras me sentaba.
—¿Carta o menú?
La muchacha pateando el suelo, impaciente. Yo, con mi retardo habitual.
—…Menú, estoy trabajando.
—Lo prefiere en papel o se le mando por guasap.
—¿El menú?
—No, el teléfono de Jennifer Aniston. ¿Qué se ha pensao, que esto es El Bulli?
Yo le escuché “ebuyi”, para mí que era por el chicle.
—Y no me puedes decir lo que hay, así… de palabra.
—De palabra ni hostias, que luego me comprometo y a mí sólo me pagan por servir. ¿Papel o guasap?
         —Pásamelo en papel, es lo más…
         —A mano o a máquina —me interrumpió.
         —¿Qué diferencia hay?
         —El de “a mano” no se entiende.
         —¡Pues a máquina!
        —El de “a máquina” es de ayer. Estará frío, luego no me venga con impertinencias que una ya tiene el rimel más rayao que el tortazo de Gilda.
         Adáptate Oscarin que estás en el XXI.
         —Vale, te doy mi número y me envías un guasap.
         —¿Qué menú quiere, el de diez o el de quince?
         —Mándame los dos, ya escogeré.
       —Del de quince no queda, y el de diez lleva pulpo.
         —¿Y qué problema hay con el pulpo?
         Se agachó para susurrarme al oído:
         —Que ya no queda pata, hemos servido las ocho, sólo pechuga.
         —Será cabeza, sabré yo que soy de mar.
         —No me cuente su vida que llamo a seguridá. En la máquina pone pechuga y además viene la foto, ya se la he mandao.
         —¡Esto es pollo! —solté.
         Miró mi pantalla.
         —Eso es del restaurante de al lado. ¡Ya nos han jaqueado el güifi, mecagüen…
         —Bueno, yo con una ensalada…
         —¡Cual de toas!
     —La que viene en la foto, sólo hay una. Mira, aquí…
         —¡Ah! para esa tiene que pinchar el lin, el que viene en pedefe, pero es en blanco y negro.
         —¿La foto?
         —No, la ensalada. Es que no son de la casa, nos las mandan por interné y no tenemos cuatrogé.
     —¿Y de postre? —pregunté. Ya te acojonas y quieres rematar el asunto.
         —¡Aaa, por eso ha venío! Es nuestra especialidá.
Señaló la puerta trasera abierta hacia la era y, con un seductor brillo en la mirada:
»El membrillo es el de la derecha. ¿Se habrá traío la escalera?
—…No, yo no…
—Ya me ha tocao otro puto facha. ¡¡El postre lo hemos puesto de sel-servis!! Y si no está conforme le paso los estatutos del esclavo, que pa eso estamos sindicaos.
—¿Y no tendrías un helado?
—Del tiempo.
—Estamos a veintiocho grados…
—¿Y qué quiere, que se lo envuelva en un tanga? Si lo prefiere se lo sirvo con abanico, pero tiene suplemento. ¿Pa beber?
—¿La gaseosa también es del tiempo? —Ahí, yo concretando, con dos.
—No, Ribera del Duero, y viene con climatizador y un Montecristo de regalo. ¡Joer con el señorito! Si quiere también le envolvemos las sobras pal chofer.
—Sólo pretendía comer, no creo…
—¿Bueno qué, le apunto un café o se me queda a echar la siesta?
—Me quedo con el café.
—¿Colombia o Langreo? Se lo digo porque el de Langreo está en promoción, lo servimos con su taza, platillo y cucharilla.
—¿Y el de Colombia?
—En grano y usted se apaña.
—¿Cogen tarjeta?
—¡Ni de coña! El datáfono tiene demora, todavía estamos cobrando los desayunos y una no está pa caprichos, que luego tengo el turno de noche en la universidá.
—¡Ah! ¿Estudias?
—¡No, que va! Yo soy profesora, mecánica cuántica. Pero ya sabe, la cultura en este país…


* Con todo mi cariño para esos magníficos trabajadores con los que compartimos los pequeños momentos dulces de cada día.


Oscar da Cunha
21 de mayo de 2014

jueves, 8 de mayo de 2014

TAN LEJOS COMO AYER

El parque está distinto y tú también, tenías menos edad. Yo te recuerdo mucho más grande. ¡Qué suerte tenemos de que la memoria nos engañe! ¡Qué suerte tuve de poder ser niño!

¿Recuerdas la caja de frutas?, se la llevó el tiempo. De su madera no brotaban hojas, pero formábamos un buen equipo. Se la tuve que robar a Pascual, el de los ultramarinos. Ya sé que tú no tenías la culpa, nadie la tiene de que, con seis años, no te lleguen las piernas.

Te llamaban árbol, ¡qué sabían ellos! ¿Acaso alguno te escuchó?

No estoy seguro de si fue la primera vez, cuando me dijiste que eras una nave espacial. Me senté en el hueco reservado para el piloto y conseguimos llegar hasta ese planeta donde, a los que son como tú, les piden consejo.

Pero lo que más me gustó fue aquel día en que me enseñaste a ser invisible, escondido tras ese brazo de la izquierda. ¿Por qué sonreían? ¡Ingenuos! No eran capaces de entender que no podían verme.

De nada sirve navegar si no es para gritar ¡tierra! Nos costó toda una mañana de verano sin sal. Pero aprendí que el mejor barco es el que tiene las raíces más profundas y el timón…, entonces me di cuenta de que el timón más certero es la mirada.

Sólo te vi sufrir una vez, y cumplí mi promesa. El gorrión se quedó dormido entre tus brazos y tú no podías enterrarlo a tus pies. Sí, esa tarde la tengo guardada, desde entonces sé que no podemos ser eternos.

¿Y el susurro del viento?, aprendí a leer en tus hojas que él es quién se encarga de otoñarnos. ¿Y qué más da que me llamen raro? Prefiero oír así el calendario, ese murmullo que va matizando mis pelos de blanco.

Esto no te lo había contado nunca, porque yo estaba más acostumbrado a la soledad. Sólo se debe llorar cuando llueve, ¿no tiene color la sangre? A ninguna lágrima le ponen vendas pese a que nos alcance desde las heridas más dolorosas.

Después de tantos años y me has reconocido. Siempre te gustó que acariciara tu espalda, pero no te preocupes, ¿para qué se lo voy a decir a los otros? ¿Qué árbol se creería que hablas conmigo?

Oscar da Cunha
8 de mayo de 2014

jueves, 1 de mayo de 2014

LE BLANC ET NOIR

¿Sabéis cual es el secreto? Yo sí, creo que la fantasía pude convertirse en realidad. Es fácil con un poco de práctica: se trata simplemente de dejar de pensar como un adulto. Vale, quizá yo tenga ventaja porque nunca he conseguido llegar a madurar, y a estas alturas de la partida tampoco estoy convencido de que merezca la pena. 
La calle central, a partir de donde nacía la plazoleta, estaba atravesada por un río, yo vi el Misisipi. Y, al bajarme del coche, creí recordar que el letrero de la entrada al pueblo indicaba “Baton-Rouge”. Por supuesto que no se lo comenté a mi mujer, a veces se cansa de ir por la vida con un niño y a mí me aburre tener que fingir siempre que soy un adulto.

         El único bar está en la esquina, detrás del sauce que derrama sus lágrimas sobre el río. Cuando has visitado muchas veces el mismo pueblo crees que ya no tiene misterios; la clave está en la palabra “crees”, dista mucho del “sabes”, y por medio se cruza el “imaginas”.

         ¿Por qué las mujeres acostumbran a decir café cuando lo que quieren es mear? Abrí la puerta del bar y le cedí el paso, yo todavía podía aguantar un rato. “Le Blanc et Noir” era literal, como su nombre. Una vez que a tu espalda se cerraba la puerta, todo era blanco y negro, no me refiero a la decoración, que también. La orquesta —sí, habéis leído bien, unos muchachos tocando diferentes instrumentos: trombones, saxos, trompetas, un  contrabajo, incluso un pianista— estaba perfectamente trajeada en blanco y negro.
         Creo que entramos en el momento crítico —resultaría arrogante pensar que el momento crítico estaba esperando a que nosotros entrásemos—, los vientos de la orquesta se pusieron en pie y atacaron los primeros compases de “In the Mood”. Todas las mesas estaban ocupadas por parejas que, de inmediato, se levantaron y comenzaron a moverse; parecían conocer con perfección cada paso de baile, cada giro, cada… La coreografía en el local era impecable, ellos, con sus trajes negros y camisa blanca; ellas, dentro de un almacén de tejidos de tapicería con encaje —¿hace falta añadir que en blanco?—. Los únicos que desentonábamos éramos nosotros, el azul de los vaqueros parecía sicalíptico, ¿os imagináis una escena de “Una noche en la Ópera” con Groucho Marx recibiendo un WhatsApp? Nosotros éramos el WhatsApp de aquella fiesta.

         Ella se adapta más rápido ante lo insólito, yo siempre tengo un pequeño retardo con el directo.
—¿El tocador, por favor? —le pregunta a un engominado camarero.

No nos incomodó compartir mesa con una elegante pareja, a ellos tampoco. Entre ambos no sumarían mi edad. El impecable nudo de la corbata de él resaltaba sobre el deslumbrante blanco del cuello de su camisa (eché en falta mis gafas de sol); y en ella, sobresalía la intensidad de sus labios por un carmín que presumí rojo pero que yo veía, dentro de una escala de grises, con un matiz cercano al negro.
—Veníamos a tomar un café pero creo que nos hemos colado en una boda.
—¿Boda? —El joven, con la raya de su pelo bien marcada y una brillante sonrisa, se sorprendió—. No hay ninguna boda, este es el baile de los domingos.
—¡Vaya, entiendo! Y cada domingo lo dedican a una década en especial —¿Y qué pasa con el blanco y negro, Oscarin?, no te olvides del blanco y negro—. ¿Hoy qué toca, los años cuarenta?
         Ambos se miraron, nos miraron a nosotros y la joven, al punto de echarse a reír, nos soltó:
         —Esto es… ¡lo último!
         Mientras, el resto de las parejas, en el centro del local, empezaban a acompasarse al ritmo de “Boogie Woogie”.
         Ya, ya sé lo que estáis pensando, yo también intenté convencerme con el mismo planteamiento, absurdo pero… las alternativas me situaban llamando al timbre del psiquiátrico. Entrar en “Le Blanc et Noir” no sólo era entrar en un local; por alguna alteración física que prefiero no comprender, allí había una puerta del tiempo, un salto hacia atrás.
         Ahora, imaginaros mi cara de póquer cuando le pregunté al muchacho de la brillante sonrisa:
         —¿En qué año estamos?
         —¿Se encuentra bien? —Esa inquietud en su mirada y la respuesta—: Estamos en dos mil catorce.
         No se le debe cerrar la puerta a la fantasía y yo no estaba dispuesto a renunciar a mi viaje a través del tiempo. Saqué mi teléfono móvil del bolsillo y lo puse sobre la mesa.
         —¿Sabe qué es esto? —¿Por qué seguía tratándole de usted?, era casi un chiquillo.
         —Sí —me contestó, educadamente pero con cierto desdén—. En el anticuario del pueblo se consiguen muy baratos. Ya no sirven para nada.
Comprobé que no había ninguna rayita (en el teléfono), ninguna red disponible.
         Ambos se levantaron, al instante reconocí aquellos acordes de trompeta, “Over the Rainbow” y cada pareja acortando la distancia entre sus cuerpos.
         »Disculpen, esta es nuestra canción.

Ella que me mira, después de veintinueve años conozco esos ojos y sé el peligro que les acompaña. Hago un gesto negando con la cabeza; jamás pensé que utilizaría una excusa tan extravagante:
—Vamos a hacer el ridículo, estamos en color.

         Las lentas se van sucediendo y con “Moonlight Serenade” la sensación de verás-como-la-liamos se queda atrás. Ella se decide y yo me conformo con dejarme llevar. Bailamos en color, rodeados por aquel ballet de parejas en blanco y negro, y consigo estrenar mis pisotones en el último giro de la canción con la que nos retiramos de nuevo a nuestra mesa, ahora ocupada por una pareja de ancianos.

Vale, quizá no fueran tan ancianos, las miradas que intercambiaban me confirmaron que la juventud no es una cuestión de edad.
         Él, desde sus ojos claros me sonrió.
         —Todavía están a tiempo de recuperar el blanco y negro, cuando nosotros empezamos tendríamos su edad. Y aquí nos tiene, ya no hay color.
         Desde aquél, nuestro primer domingo, ya nunca faltamos. Cada tarde bailamos las mismas canciones que siempre son nuevas, nuestro aspecto ya no desentona, y el teléfono lo dejamos en casa, no sirve para nada.
Probadlo, ya lo he dicho al principio, no es difícil con un poco de práctica: se trata simplemente de dejar de pensar como un adulto.

Oscar da Cunha
1 de mayo de 2014

martes, 15 de abril de 2014

HISTORIA DE VACACIONES

         —¡Papá, papá, que te pasas el cruce! ¡La autopista es por la derecha!
         —Ya lo sé Dani, pero nosotros vamos por la carretera.
         Dani con una mirada indecisa:
         —Todos van por la autopista…
         —Pero nosotros no, hijo. Cuesta seis euros y… ¿recuerdas la avería de tu bicicleta? A veces hay que elegir. ¡No tenemos prisa!
         —¡Vale, enciende la radio! Quiero oír música.
         —No funciona, Dani.
         —¿No la reparaste?
         —Gasté ese dinero en flores para… ya sabes, hacía mucho tiempo que no le poníamos flores.
         Los ojos de Dani perdidos en ese azul que sólo el cielo consigue ofrecer.
         —Era muy guapa, ¿verdad, papá?
         —Sí, Dani. Como tú.
         Ahora es la mirada de papá la que necesita el brillo del sol para evitar la humedad.
         —Papá, ¿por qué nos hemos traído toda la ropa?
         —Porque es lo único que nos queda, Dani. La ropa, la bicicleta y los recuerdos.
         —Entonces… ¿no son vacaciones?
         —¡Claro que sí! —Papá sonríe—. Pero sólo dos semanas, Dani. Luego empezarás en el colegio del pueblo.
         —¿Y tú que harás? ¿Vas a volver a la fábrica?
         —No, Dani, ya no hay fábrica adonde volver.
         —¿Y quién le regará las flores?
         —Los ángeles, hijo. Cuando llueve es porque los ángeles están regando todas las flores.
         —Yo no creo en los ángeles, papá.
         —No digas eso, mamá es ahora una de ellos.
         —¿Y por qué no hace que dejes de llorar? Te oigo algunas noches.
         Papá detiene el viejo coche, apenas hay tráfico en esa carretera, y abraza a su hijo.
         —Podemos ver a los ángeles, Dani. Lloro cuando la veo, lloro de felicidad.
         —¿Y yo, papá, por qué yo no la veo?
         —Todavía eres un niño y los niños sólo veis a los ángeles cuando soñáis y después, al despertar, ya no os acordáis.
         —¿Y cuándo me haré mayor? Yo también quiero llorar contigo.
         —Nunca hay prisa para hacerse mayor, hijo. Algún día lloraremos juntos, como dos hombres.
         —Papá, estos días no llorarás, los ángeles también se habrán ido de vacaciones.
         Papá le revuelve el pelo a Dani.
         —No se sabe, hijo, con mamá nunca se sabe, ella es muy trabajadora.
         —¿Papá?
         —Dime Dani.
         —Cuando lleguemos al pueblo, no le digas a la abuela que ves ángeles.
         —¿Por qué, hijo?
         —No la obligues a ella también a mentirte.

©Oscar da Cunha
15 de abril de 2014





jueves, 6 de febrero de 2014

6 DE FEBRERO

El carillón sonó dos veces y, a través de los ahumados cristales de la ventana, la tímida luz de aquél soleado día invernal a duras penas consiguió abrirse camino, Fue la única manera de saber la hora: dos de la tarde.
En aquella planta, la numero tres del hospital de fumadores recalcitrantes, hacía años que nadie se molestaba en descifrar la nebulosa posición de las manecillas del reloj. Todo sucedía entre una hora y otra. Entre las cuatro y las cinco, entre las doce y la una, o… más menos a y cuarto de cualquiera de las campanadas anteriores. Algunos pensareis que era por desidia, pero ¡qué va! aquellos eran otros tiempos. El personal sanitario le echaba alma y entusiasmo, las cosas se hacían más por supuesto que por presupuesto y el humo no tenía partida asignada, ¿para qué si hacía tiempo que ya la había ganado?

—¿Ha nacido ya? —preguntó la enfermera morena, la de Valladolid.
—Con este humo… Páseme el abanico, Marcelina.  
Ahí estaba la experiencia del médico, es en esos momentos cuando las horas de navegación cuentan.
—Lo siento, doctor —Marcelina, desesperada, no paraba de darle caladas a su Bisonte sin filtro—, lo tienen en quirófano, ha habido una urgencia.
—¡Vaya! Si por lo menos llorara…
—Pues para mí que he oído una tos doctor, y la madre no ha sido.
—¿Está anestesiada?
—Totalmente, no asoma la cabeza del Hola. El divorcio de la Marilyn Monroe, ya sabe. Un escritor… no tenía nada que hacer con esa.
—No se me distraiga, Marcelina. Pruebe a ver si palpando la camilla…
—¡Ya está, lo tengo!
—¿Y qué es: niño o niña? —El doctor se relajó y aprovechó para liarse uno de Ideales.
—¡Tiene culo!
—¿Con pelo o sin pelo, Marcelina?
—Todavía es muy pequeño, doctor, ahora nacen muy niños. ¡Espere que le dé la vuelta! Si me sujeta el Bisonte…
—Déle una calada para que pueda ver la brasa, si no colabora…
—¡Es niño, doctor! La tiene… ¡No puede ser!
—¿Qué ocurre, enfermera?
—¡Que ya voy por dos palmos, y a esta edad…
—¡Más abajo, leche! Eso será el cordón, Marcelina.
—Ya me parecía a mí… Es que con la ventanas cerradas…
—Estamos en invierno ¿Qué quiere? Ya ventilaremos en verano. Estas primerizas nunca tienen en cuenta esos detalles…
—A ver… ¡Sí…! ¡Qué pequeñita!
—Entonces es niña.
—No, doctor, que la tiene muy pequeñita. ¡Es niño!
—Pues ya sabe, Marcelina, comuníqueselo a la madre. Y de paso que deje libre el cenicero.
—No sé si es buen momento… Ahora está con lo del Kennedy ese, al que le han hecho presidente de América.
—¡Joder cómo viene el Hola!
—Es un especial, doctor. Y las fotos en colores…
—¡Venga, Marcelina! Déle unas palmaditas a ver si llora. Y devuélvame el Ideales que lo tenía a medias.
—Yo no he sido, doctor, lo ha cogido el niño.
—Pues anote en el informe: ha nacido fumador y ladrón.
—¿Y la hora?
—¡Bah! Serán y cuarto.

—Señora, aquí tiene al niño. Se lo cambio por el Hola.
—¡Huy, si es calvo como su padre! ¡Qué contento se va a poner!
—Es por el otro lado, señora, por donde echa el humo.
—¿Es rubio?
Marcelina azorada:
—Pues no sabría decirle, con tan poca visibilidad…
—Para mí que es negro, por el olor… Espere, se lo quito y le doy una calada.
—¡Ah! el pitillo, es del doctor. Ideales.
—¡Pues eso sí que no! Que fume de los míos que para eso soy su madre.

Y así empezó todo hace…
  
                                         En un mes de febrero sin luna llena…


©Oscar da Cunha

6 de febrero de 2014



martes, 14 de enero de 2014

LAS NIEVES DEL SARHANTAL

“Esta es una historia cruel, desangrada y anónima porque no es más que el relato de un naufragio sin supervivientes. Una historia amarga, sombría e indescifrable como un rostro sin mirada, solitaria por mi propia incapacidad de asumir la condición humana que me fue concedida, que nunca merecí. Una historia llena de noches sin días, de recorridos oscuros y soledades perpetuas como las nieves del Sarhantal, de atronadores silencios y distancias sin medida. Una historia que no merece ser leída por nadie, que escribo con la intención de enterrarla, lejos de mí, para que cuando mis pasos no sean capaces de llevarme hasta el abismo que me espera, nadie esté preparado para descubrir en ella al errante que durante décadas pudo cruzarse en su camino. Una historia en la que ninguno se encuentre pero donde todos podrían reconocerse. Desgraciadamente, no es más que la historia de mi vida.”

Caminaba delante de mí, con pisada serena y determinante pero sin dejar huella de su paso sobre el polvoriento sendero. Del desordenado montón de páginas que llevaba bajo su brazo izquierdo cayó la que supuse sería la primera y que contenía, escritas con tinta roja, esas palabras que no pude evitar. Las leí por tercera vez, como tres deberían ser las oportunidades que el destino nos concediese para no romper la piedra. Cuando decidí alcanzarlo ya había desaparecido tras la curva con los restos de la acacia que un día mató un rayo sin tormenta.
Sintió el sonido acelerado de mis pasos, se lo dijo la tierra, lo sé porque él moderó los suyos. Debió sonreír, lo sospeché cuando al aguantar su retirada comprendí que esa hoja no se había caído, como nunca caen lágrimas de un modelo de barro. No conseguí llegar a su altura pero sí junto a él; me vio sin mirarme y le tendí la hoja, esa maldita ráfaga de viento se la llevó hasta el círculo más lejano del ocaso.
—Lo siento.
—¿Por qué? —preguntó.
—Intentaba devolvértela.
—No me hace falta, ya está escrita. Sólo las hojas en blanco son las que importan cuando ya no puedes hacer correcciones; cuando la sangre, convertida en tinta, ha traspasado la venda con la que caminamos y es la única lágrima que nos está permitida derramar.
—Siempre se pueden hacer correcciones —afirmé.
—Corregir es difícil, cambiar lo que está escrito es imposible. ¿Lo has intentado?
—A veces.
—¿Y que has conseguido? —preguntó.
—Encontrar nuevos senderos —contesté.
—¿Y los anteriores? Esos que ya están recorridos, se pueden desandar pero no conviene saludar sombras que ya no tienen figura.
—No se debe olvidar, esa es la forma de corregir —alegué.
—Entonces… si no se olvida… ¿para qué la palabra escrita?
—Otros vendrán…
—Otros ya pasaron —me interrumpió—. ¿Por qué buscaste nuevos senderos?
—Y tú, ¿por qué escribes?
—Para poder olvidar.
—¿Dónde está el Sarhantal? —pregunté—. El de las nieves perpetuas.
—Ahora en tu memoria, tú lo leíste, yo lo escribí para olvidarlo, como la historia de mi vida.

El sendero continuó mientras yo, sin caminar, lo vi quedarse atrás. Esta vez sentado, inmóvil, negándose a afrontar más camino.
Saqué la libreta que alguien me regaló y escribí:

“No vuelvas a hablar con estatuas”

Pero repetiré, lo escribí para olvidarlo.

Oscar da Cunha

14 de enero de 2104 

domingo, 29 de diciembre de 2013

DE PALABRAS Y COLORES

Siempre hay determinados ingredientes que, cuando se combinan en mi camino, convierten mi cabeza en una coctelera de emociones: un parque solitario a principios del invierno; unos pocos rayos de sol, tímidos, como deben ser los rayos de sol en diciembre; una alfombra de  hojas secas, renunciadas por los árboles para permitirnos leer las impresiones que recogieron cuando estuvieron más cerca del cielo… y mi perro. Él, pese a su inexperiencia, está mejor dotado que yo, las observa, las revuelve y termina acertando; con la sonrisa en sus ojos se acerca corriendo para regalarme la que está mejor escrita. Entonces nos sentamos en el suelo y, con esa voz de fantasía que no se le puede negar a ningún travieso, leo para él la poesía que cada hoja lleva grabada en la cara que, por timidez, se escondió del sol. Pepe me escucha mirándome a los ojos y en ellos va descubriendo la belleza de la naturaleza a la que pertenece. Son poemas que hablan de amor, como el de una pareja que se dio su primer beso cuando había primavera, o el de esos ancianos que se ofrecieron una caricia por si no volvía a haber más primaveras. Poemas de esperanza que han guardado miradas, como la de la madre que soñaba un futuro mejor para el niño que correteaba a su alrededor, o la del propio niño que se dejaba mirar por ella mientras intentaba esconderle la tristeza de sus ojos por el padre que perdió en esa batalla contra el enemigo que se ocultaba en su cuerpo. Poemas que son suspiros, como el aliento que salió de aquella carta, que él no se atrevió a abrir en casa, anunciándole que le habían concedido el trabajo y que le garantizaba que podría seguir abriendo sobres bajo techo. Poemas que atesoran vidas que no se lleva el viento, que guardan lágrimas porque éstas, dulces o amargas, son las que alimentan los árboles que siempre bordean nuestro camino.  

Yo tardé más en darme cuenta, aquella hoja contenía una nostálgica melodía que me resultaba conocida: la misma bicicleta roja, el mismo pelo rubio pero otro parque, cosas del viento que trasporta el tiempo. La niña estaba sentada junto a Pepe con su mano derecha acariciándole la espalda y una sonrisa apuntando hacia mi cara.

—Me gusta tu perro y cómo lees las hojas.
Me arrancó un rubor y una pudorosa sensación de timidez que no recordaba desde mis primeros días de colegio, cuando otra niña, aquella fue morena, me enseñaba a distinguir las vocales de las consonantes. 

—¿Dónde has aprendido a leer las hojas? —me preguntó.
“¿Cuándo aprendiste a leerlas?” —me pregunté.

No tendría más de… nunca he sabido adivinar la edad de un niño, ni siquiera cuando yo también lo fui, tal vez porque en ocasiones me tuve que resignar escondiendo la mía. Su sencillo pelo rubio casi ocultaba una mirada rasgada por la sonrisa de unos ojos que se conformaban con el color de la madera.

—Mira mi pelo. —le dije—. ¿Ves las canas? Ahí fui aprendiendo.
—¿Puedo leer una? –me pidió.
—Claro, dile a Pepe que te escoja.
Con un gesto suyo, tras una caricia, yo mismo me sorprendí de la suavidad con la que mi atolondrado entresacó una hoja y delicadamente la posó en el regazo de la niña.
—Esta te va a gustar —me dijo—. Es un poema en blanco y negro, solo tú conoces los colores que le pertenecen.
—Entonces la tendremos que leer juntos. —le sonreí—. Tú pones las palabras y yo el color.

Su voz empezó a sonar con la misma suavidad que utiliza la luz cuando amanece, con la igual transparencia de la brisa que se desliza sobre un océano en calma y, entre estrofa y estrofa, conseguí ver el color de las palabras, el color de los recuerdos que la memoria los transforma en sepia. Aquellos olvidos que ahora recordados consiguen abrillantar la mirada porque para ver atrás hay que mirar adentro.

—Lees muy bien. —le dije.
—Mira tus manos, la hoja la tienes tú.
—Pero… tú empezaste y yo…
—Te engañé. —Me sonrió pícaramente—. La respuesta no está en las canas sino…
—…En saber volver atrás. —la interrumpí asintiendo con mi cabeza.
—No, volver es muy difícil. Lo importante es no marcharse nunca.

Sonó el reloj de alguna iglesia, no recuerdo cuantas veces pero seguro que menos de trece y ella se incorporó.

—¡Espera! —Y le pregunté—: ¿Quién eres?
—Tú.

Oscar da Cunha
29 de diciembre de 2013

viernes, 27 de diciembre de 2013

RECUERDOS DE UN FUTURO…

Como todos, recuerdo muchos finales de año diferentes. Pero… aquél se me ha quedado grabado como… No sé, algunos pasajes nunca terminan de borrarse y le condenan a tu memoria a permanecer encadenada al pasado. Y no es cosa de la edad, que también, más bien se trata de la voluntad, esa necesidad de inaceptar que el tiempo ha saltado y seguimos sin movernos de la casilla en la que la torre le hizo un corte de mangas al rey blanco con un: ¡Que se enroque tu madre! Pero yo tenía treinta años menos y, salvo alguna cosilla que tampoco estoy dispuesto a desnudar, sigo siendo el mismo. No, no penséis que la vida no me ha mandado lecciones, simplemente algunas me he negado a aprenderlas aunque ellas sí se hayan aprehendido a mí.
Los termómetros no conseguían subir de los doce grados bajo cero y, para resultaros sinceros, nos importaba un carajo. Quise entrar por el “Checkpoint Charlie” pero… mi pasaporte no estaba bien visto entre los que, como siempre, se ocupan de escribir la historia. No fue un capricho, ni un error, ni tampoco chorradas del destino que suelen ser las que se encargan de demostrarte que en este mundo no hay ni buenos ni malos sino todo lo contrario, simplemente necesitaba comprobar que nada cambia el uniforme que uno viste, ni los colores de la bandera que, la mayoría de las veces, no resulta más que un abanico que se afana en espantar, por pequeña que sea, la brisa que generan esas utópicas reflexiones de libertad por las que demasiados perdieron la vida.

         Vida que quemábamos durante las últimas tardes de un ochenta y cuatro en aquél apartamento de Andrea, en la Hermannstraße, jugando a soñar el blanco y negro de ese nuevo mundo que nos habíamos empeñado en creer que seríamos capaces de colorear.  
Bailábamos en los salones del palacio de Charlottenburg al silencio de Strauss celebrando un futuro que sólo sonaba en nuestra imaginación; bailábamos las noches de Spandau convencidos de que con el último Rudolf Hess se apagaba la hoguera y sobre nadie volverían a caer las cenizas de la vulnerabilidad del hermano de Caín.
Derribábamos muros imaginarios entretanto, amparados por la oscuridad del U-Bahn, cambiábamos de mundo sin cambiar de ciudad, cargados de clandestinas tabletas de chocolate y al volvernos, con los bolsillos llenos de sonrisas del este, apedreábamos un muro de la vergüenza sin saber que los muros se comportan como la energía de Einstein, nunca desparecen, sólo cambian de condenados.  

Condenados a explotar el minuto último disfrutando de los colorines que iluminaban el cielo del primero que ya imaginábamos como el definitivo que aún hoy seguimos esperando, mientras les lanzábamos a los VoPos las botellas vacías de Henkell-Trocken sin suponer que todavía, al presente, seguiríamos recogiendo los cristales.

Cristales a través de los que, como las lágrimas de aquél tiempo que se congelaban al brotar, hoy seguimos utilizando para cubrirnos los ojos con la ilusión de ver llegar un día en el que soñar ya no sea necesario y podamos mirarnos todos de frente y felicitarnos, no por un nuevo año que empieza sino por una nueva vida que tan sólo continúa como desde el principio tuvo que ser.

Oscar da Cunha
27 de diciembre de 2013

lunes, 18 de noviembre de 2013

COSAS DE CASA

Llueve como si nunca hubiese caído una gota, como si los ríos estuviesen sedientos de esas lágrimas dulces para, con la pleamar, encontrar la excusa que llevan meses buscando con el fin de desbordarse. Como si el mar necesitase algo de ese cielo, casi negro, tal vez buscando la orilla que nunca alcanzó en la temporada de baños y ballenas floreadas. Como si las alcantarillas implorasen una justificación para que los empleados municipales las desnuden. Como si a los que trabajamos por esta latitud que llaman Norte nos importase un carajo ir nadando por las calles.
Los arbolitos llorando lágrimas de agua y hojas —es el otoño—. Las puñeteras losetas de las aceras, siempre desenfoscadas, que se encargan de dar de beber a tus pies embutidos en esos zapatos sobre los que te prometieron: “son impermeables”. La gabardina empapada, ¡sí! esa que te vendieron al precio de una armadura impenetrable al invierno polar. El sombrero, que está buscando nuevas cabezas sobre las que sentirse más estable, sale volando por el agradable viento del noroeste. ¡Vamos, una puta mierda!
La peña que, por darle un uso al volante, se cambia de calle para comprar el pan justo a la salida de su portal. El del taller, ese que no consigue cambiarle ni unas bujías al buga de su primo, el que presume de mantener un coche necesitado de pasar la ITV cada diez minutos y ocupa tres plazas de aparcamiento por esas cosas de la edad. El minusválido que aspira a que los bancos vuelvan a dar créditos para comprarse algo parecido a un vehículo pero que invierte las aburridas horas de su vida mirando por la ventana por si algún desalmado ocupa su plaza, debidamente señalizada, teléfono en mano, para denunciar al delincuente que justo se permite unos minutos, los que necesita para entregar bajo el torrente de agua que no cesa, esos papeles que su asesor lleva semanas reclamándole.
Y así horas, escenas de este clima Cantábrico que ha decidido encabritarse con los encabronados que no acertamos a escaparnos porque nos pensamos que como aquí no se vive en ningún sitio.
Y yo buscando plaza para aparcar mi coche.
Lo veo retroceder, luces y bocina tronando en esa calle donde ni el arca de Noe se sentiría cómoda, reclamando ese espacio que debía estar esperando antes de que al patriarca le pasasen los planos. Me detengo: ¡vale tío, tú la viste antes! Y su moza… apoyando desde la acera:
—¡¡No te estoy diciendo que te pares!!
Me permito un humilde gesto de aquiescencia con mis manos. Seguramente bajo el chaparrón ella no lo aprecia e insiste:
—¡¡No te estoy diciendo que te pares!!
Repito el gesto mientras el coche de su maromo retrocede hasta conseguir la ansiada plaza, pero este jodido clima… y ella insiste:
—¡¡No te estoy diciendo que te pares!!
Ya se me han inflado los guardinoflios y me bajo, valiente, sin impermeable, con dos… bajo el diluvio.
—¿Por qué sigues gritando? —le pregunto— Ya le he dejado suficiente espacio para aparcar un trolebús.
—¡¡Joder, te he dicho que te pares!! —insiste.
—¿Y con qué autoridad me gritas? —Se me habían inflado, pero… ya lo he dicho.
El maromo que se apea del buga. —¿Qué pasa?
—Que va para soprano —le digo —. ¿O no la has oído?
Los dejo discutiendo en la acera, no estoy para seguir mojándome y me subo al coche, ya no soy Gene Kelly.
Este jodido clima…

Oscar da Cunha

18 de Noviembre de 2013, y sigue lloviendo.