domingo, 27 de agosto de 2017

ENTRE LAS RAYAS DE UNA SOMBRILLA

Charlan. Siempre están en ello. Los tres. Cuando se sientan, ella mantiene una cierta distancia con esa anciana pareja pero la conversación nunca cesa. No parecen veraneantes. Quizá sea porque me he acostumbrado a verlos cada vez que voy, y sin ese trío en torno a las rayas de esa sombrilla, a la playa le faltaría el mar. No recuerdo cuál fue la primera vez que los vi, creo que no la hubo. Bronceados hasta el límite que permite nuestra raza, y sin embargo, ella es la única que, a ratos, se tumba como si necesitase más, y el movimiento su cabeza y manos me convence de que la conversación debe de ser el mejor protector solar.
            No quiero hacerlo, me parece más obsceno mirar el reloj que su desnudez, pero estoy seguro. Hay un ritmo. Como en una función pautada con estudiados actos de idéntico tiempo, apuran cada intermedio para visitar ese ambigú que está en la orilla. Un breve baño. Los tres. Y no sé si vuelven a sus butacas o a escena. Entonces, todo se reinicia: La misma nube que regresa tras esos minutos que tampoco he medido. La señora del perro, que aprovecha la sombra para sacudir su toalla y recoger el sesgado repaso del solitario mirón al que le han encuadernado el periódico con la portada al revés. Lo del niño no cuenta, sólo es un niño y se repite porque le da la gana, y porque ya va intuyendo que por lo suyo sólo se pasa una vez.
            Percibo algo extraño que no me inquieta, y me pregunto por qué me resulta razonable que no lo sea. Fijo la mirada en ellos. La entrometo. No sé si ella la ha descubierto pero se levanta. Sola, en esta ocasión. Camina hasta el borde y se detiene. El agua no le interesa porque desde allí se vuelve para mirarme. Seria. Sorprendida. Como si fuera la primera vez de una sensación que comparte. Es inútil hacerme el discreto. Ya es tarde para eso. Me levanto y voy. Yo tampoco sonrío, sin  esfuerzo. Y alargo la mirada hasta la anciana pareja antes de enfrentarme a la suya que ya tengo a la distancia de un susurro. Ella asiente mientras los señala y me dice que son los suyos, pero no habla de sus nombres. Me cuenta lo mucho que se amaron y no les reprocha que siempre fueron esposos antes que padres. Porque por delante de ella llegó una fascinante historia y este verano han decidido contársela. No quieren que se olvide, como el accidente, que algunos, no tan íntimos aunque pusieron flores en el cementerio, ya están olvidando.
            Hago un gesto estéril con la mano para quitarme unas gafas de sol que no llevo pero protegen mis ojos. La miro fijamente y con intención porque yo también vi esa película. Y la desigual, donde eran los muertos quienes veían vivos sin entenderlo.
            Entonces sonríe cuando niega. Sólo una vez. Y me habla de personas, de lugares y de sentimientos. Me habla de quienes al detenernos encontramos palabras escritas. O tal vez sea al revés.
            Se despide con la promesa de enviarme el manuscrito. Será por otoño. Aún queda verano, aún quedan palabras que poner. Palabras que toman el sol y se bañan. Palabras que son una vida, un amor y una tragedia. Palabras que vemos, cuando sabemos mirar. Sensaciones que vivimos, cuando las palabras enredan con nuestra cabeza. Cuando empujan.

Oscar da Cunha

27 de agosto de 2017