miércoles, 16 de agosto de 2017

VERANO DEL 76

Si en aquella época me hubieran advertido de que alguien como yo podría llegar a tener recuerdos que traspasaran la absurda barrera de los cuarenta años, tal vez habría invertido algunas lluviosas mañanas dominicales de invierno en ir a misa. Con lo que me estaba costando alcanzar los dieciocho, llegar más allá podía considerarlo una tortura de la que sólo conseguiría librarme teniendo éxito en esa subasta de acciones del paraíso
            En el instituto me iba bien, ya me estaba empezando a familiarizar con las más elementales nociones de Eisntein. Yo lo imaginaba como un señor que había vivido en un país donde siempre era verano, porque sólo desde el verano te das cuenta de que el tiempo es relativo. Lo importante sucede de julio a septiembre, durante ese periodo vives a la velocidad de la luz, y el resto del año se ralentiza mientras te pesan los pies acarreando con el cuadrado de la masa. Y claro, te da por pensar. Esa estrafalaria actividad con la que rellenas tu vida cuando no tienes cosas urgentes que hacer.
            Tenía que librarme de aquellas malditas clases.
            Supuse que debía de haber cometido el octavo pecado capital para estar condenado a esos satánicos cursos de acordeón. ¿Qué podía haber dentro de aquel siniestro instrumento para sonar tan horrible cuando mis orejas se situaban detrás de él? Cuando delicadamente lo colocaba como a un niño sobre mis piernas y empezaba a berrear. Sí, fui rotundo. Decidí que después de él no volvería a apretar contra mi pecho nada que sonase a quiero caca. Y aquí estoy, sin hijos.
            Dada mi lozana candidez, el pacto —en casa se empeñaban en enseñarme que a esta vida no hemos venido para abonar los campos sino facturas— me pareció razonable cuando encontré el trabajo que se adaptaba a mis profundos dogmas: Pasta y Playa. Estaba dispuesto a pasarme aquel verano cobrando el alquiler de toldos y sombrillas a cambio de que mi acordeón viajase, como donativo irretornable y merced a la devoción familiar por Fray Tomás de Berlanga, para formar parte de la coral polifónica de las islas Galápagos. Hoy entiendo que alguien me estaba vendiendo los agujeros del queso cuando mi padre, con los ojos empañados y sin dejar de acariciar ese perverso instrumento que él mismo compró con entusiasmo y la ignorancia de que me estaba empujando al desengaño —la única música que ya para siempre interpretarían mis manos saldría de una aguja y un vinilo—, insistió en que necesitaba soledad para despedirse y acomodarlo en la caja que poco después vendría a recoger el transporte. El acordeón siguió en casa y a mi padre no volví a verlo.
            Si exceptuamos la mili y por otros motivos, creo que mi piel nunca ha llegado a estar tan oscura como durante aquel verano del que recuerdo muchas cosas.
            Había que solucionar el problema de los perros y los niños. Atraían las miradas y se llevaban un montón de sonrisas. Por fin, los perros —criaturas de la naturaleza, ellas— terminaron por ser expulsados de un espacio natural. Y los que eran niños por aquel año, incapaces de mantener el nivel, se fueron especializando en fabricar orcos en miniatura para evitar la competencia.
            El ruido sí era un poco molesto. Y aquellos vendedores de patatas fritas y botellines de cristal, aunque simpáticos, resultaban algo agresivos. Ahora todo es más civilizado, el tipo se acerca en silencio, discreto. Si te guiña el ojo derecho es para costo, lo del izquierdo todavía no lo he probado.
            Bueno, este otro detalle no tiene mucha importancia, pero como hoy me ha dado por hacer memoria… Las cosas se pedían por favor y después se daban las gracias. Lo juro. Y yo, que soy un nostálgico —por eso no dejo de fumar—, vuelvo sentirme como un chiquillo cada vez que meto las moneditas, pulso el botón de lo que queda, y la máquina, con esa voz tan de máquina de los setenta me suelta eso de: «Su tabaco. Gracias». Entonces, salgo del chiringuito con la sonrisa de como si por fin le acabara de convencer de que ella sí es esa a la propia Mari Trini. También es verdad que antes aquella palabrería era más necesaria, sobraba tiempo y se hablaba. Han pasado cuatro décadas y se nota el nivel. El que no es ejecutivo de algo, dirige lo otro. Absortos en el móvil, consagrados a seguir abrillantando un poco este nuevo mundo —«tofu no queda, se lo cambié al gato por una lata de lo suyo»—, les sobra la otra mano para señalar lo que quieren, y largarse.
            Entre toldo y sombrilla, me daba un baño. Aunque luego tuviera que pasar por la ducha para quitarme el apestoso olor a agua de mar. Ahora lo han solucionado y me han dicho que van a mejorarlo poniendo letreros. Yo soy de la opinión de que no hacen falta, ya se distinguen sobre la superficie esos cercos untuosos de —sírvase-usted-mismo— los bronceadores, y el perfume de a lo que toque, que es verano y mola la aventura: banana, coco, floral o queso Idiazábal.
            Recuerdo mucho más de aquel verano del 76, pero sobre todo la recuerdo a ella.
            Ella se convirtió en mi tercer amor definitivo de aquel verano. No, espera, fue el cuarto. El tercero me rompió el corazón por la parte del embrague cuando la Vespa amarilla me dejó por aquel pretencioso. Por suerte a él sólo lo veo cada cuatro años, en esos carteles de la calle, durante esos días en los que ellos nos llaman compañeros a quienes sí vamos a la cárcel cuando nos pillan robando. Pero la vida te las devuelve todas, actualmente él ya tiene asumido que su peine le resulta tan prescindible como a mí votar, y la Vespa la fundieron para hacer chapas reivindicativas contra los motores de combustión.
            Al momento supe que era ella, esa chica de la que hasta el más furtivo de sus detalles iba a quedar grabado en mi memoria, de por vida. ¡Cómo la añoro! Aunque ahora no recuerdo bien si era rubia o morena. Ni sus ojos. El único color que me viene a la cabeza es el rojo intenso de su bikini, como una señal de prohibido pegada a las partes más interesantes de su cuerpo y sin una maldita raya que distrajese mi atención. Alta, muy alta, con un basamento de sillares y mampostería… (¡Vaya, perdón! Me tengo que quitar esta manía de escribir mientras ojeo folletos turísticos). Bueno, era de su tamaño, y yo estaba convencido de que la naturaleza había hecho horas extras para proporcionar el resto. Nunca me dijo su nombre, y desde luego que enseguida capte esos «¡Lárgate!» que continuamente me dedicaba como una inequívoca señal de que yo había superado todas las verificaciones preliminares y ya estaba ante la prueba final.
            Me fui.
            Aquello era ligar. Te pasabas el verano cruzando miradas, y cuando ya te ibas a lanzar, llegaban las lluvias, los libros del nuevo curso y esa imaginación con la que sobrevivías durante el invierno. Hasta el repetir el mismo verano, el del 76, en el que ella reaparecía, también ahora uno de esos maromos que le aplicaba el bronceador como si fuera su dueño.
            Pero fue un verano mágico y el bikini rojo cambiaba de cuerpo.

            El otro día, y después de toda una vida de inviernos, sus fantasías y veranos que hicieron mejor en quedarse donde estaban, me tropecé con ella. Me reconoció y yo no conseguí convencerla de que se equivocaba.
            —¡Cuánto tiempo! ¿Ya no recoges toldos?
            —Lo dejé.
            —¡Sigues igual!
            —No creo —Esforzándome en abarcarla con la mirada—. No podíamos estar tan mal hace poco más de cuarenta años.
            —Ha sido un placer volver a verte —Y pude ver una enorme espalda que se marchaba.
            —Yo lo siento como no te imaginas.
            Ella se giró con una extraña sonrisa.
            Yo dispuesto a escupir el sabor amargo entre los dientes.
            —Acabas de arruinarme aquel verano del 76.

Oscar da Cunha
16 de Agosto del 76