jueves, 27 de agosto de 2015

VAGABUNDO

            Estoy convencido de que nuestro mundo se comporta como la ruleta de un casino trucado, no en vano la suma de los determinantes treinta y seis números que la componen nos regala la marca de la bestia: seiscientos sesenta seis. Nos movemos en torno a ese cilindro giratorio, lleno de rojos y negros, con la única excepción en verde del cero que le atribuye una de cada treinta siete posibilidades de triunfo al caótico orden del que es propietario el universo. En cada bolita que, girando intentará decidir la casilla en la que se va a determinar un incógnito porvenir, podríamos encontrar grabado nuestro nombre, y sin más que el leve el aleteo de alguna mariposa lejana conseguiría situarla en el número que aspirara a cambiar nuestro destino.
Pero no penséis que eso sólo sucede entre el glamour de algún casino, durante una noche cualquiera, otra más que nos pilla vestidos de etiqueta y con un Dry Martini en la mano. Volvíamos de una espontánea cena, en un humilde restaurante, en la que el mejor plato fue compartir nuestra intimidad, una de esas improvisadas áreas de descanso que te permite la vida cuando decide que te has ganado la propina de unas horas, un derroche que no detiene el tiempo pero lo rentabiliza con sonrisas y miradas cómplices, por tantos recuerdos que hemos conseguido salvar y por unos sueños que consiguen mantenernos a salvo. Saben a poco, siempre a breves momentos que no reprochan a esa bolita que no se le hubiera ocurrido detenerse en un número mejor porque, con el que nos tocó, hemos aprendido a conformarnos.
            La carretera se debió trazar en aquellos años en los que los topógrafos estaban convencidos de que no había nada más perfecto que las curvas de Marilyn, y yo ya empiezo a creer que la distancia más corta entre dos puntos es una falacia cuya única justificación consiste en volver a ese punto de partida en donde, todos, alguna vez, tomamos el camino equivocado. Enderecé el volante para dejar atrás ese recodo donde una vieja cruz recuerda que tarde es mejor que nunca y entonces me topé con él. Los dos pilotos traseros seguían encendidos y ya no circulan coches capaces de conservar los delanteros tras el impacto contra una pared de roca. Me detuve y corrí hasta abrir la puerta del conductor donde un anciano recostado en el asiento no cesaba de repetir:
            —Perdóname, Marta. Perdóname…
            —¿Cómo se encuentra?
            —No lo sé —contestó—. Dudo que alguien se pueda sentir tan viejo y seguir viviendo.
            —¿Hay alguien más en el coche? Estaba usted hablando de…
            —Estoy solo, hace ya… Oh, no consigo recordar el tiempo que dejé de viajar con ella.
El anciano me agarró del brazo, las pocas fuerzas que faltaban en su mano parecían haberse trasladado a su mirada.
            —Por favor, la caja. ¡Coja la caja!
            Asentí y estiré el brazo para apagar primero el contacto del vehículo. En el asiento del acompañante, quizá no fuera sólo por los años, la caricia de unas manos y el cariño con el que una y mil veces se rellenó aquella lata metálica, habían borrado la olvidada marca de las galletas que una vez contuvo.
Llamé a emergencias. La carretera no tardó en llenarse de sirenas impacientes, luces naranjas y azules, y un potente foco iluminando la escena.
—¿Está muy mal? —pregunté mientras se ocupaban de acomodarlo en una camilla.
            —Yo creo que lo más grave que tiene es la edad.
            —¿Adonde lo llevan?
            —Al hospital comarcal, allí podrá visitarlo. ¿Es usted familiar?
            (No, sólo soy el que guarda su caja).
            —No, yo pasaba por aquí y les he avisado, aunque no he visto el accidente.
             
            Cuando ya queda poca noche no hay mejor opción que sentarse a esperar un precipitado amanecer de verano, y el alba nos contó que aquella caja contenía todos los aromas de una vida que con un elástico mantenía unidos los fragmentos de un pasado; cartas con el dulce perfume que acompaña a las declaraciones de amor, cartas con el amargo olor a despedida, cartas de arrepentimiento que se niegan a olvidar la fragancia del que quedó abandonado… Cartas que, sin necesidad de cometer la profanación de abrirlas, seguían preservando su esencia, atravesando esa barrera que establece el tiempo, para sobrevivir con el propósito de conceder una esperanza a quien está dispuesto a aprender que las mismas piedras con las que otros tropezaron siguen en el camino. Pero no todas las cartas se escriben con sangre sobre piel; y en las de tinta sobre papel, la arrogancia humana no confía porque les robó la voluntad cuando aprendió a utilizarlas para engañar al futuro falsificando el pasado.

            No me costó localizarlo en su habitación de la tercera planta del hospital comarcal. Me extrañó que no estuviese conectado a ninguno de esos aparatos a los que son tan aficionados en los hospitales. La palidez de su cara y sus ojos abiertos sin mirar hacia ninguna parte denotaban que su última apuesta era un final sin dolor.
            —Tiene buen aspecto —le mentí.
            —¿Ya ha empezado a trabajar el embalsamador?
—¿Se acuerda de mí?
—De su cara no y sigo sin verla, perdí mis gafas en el accidente; pero a su voz le confié mi caja. ¿Las ha leído?
—Ya sabe que aunque lo hubiera hecho le iba a contestar que no.
—¿Y a qué espera? ¿Se piensa que las he guardado todos estos años para que me entierren con ellas? Cada una de esas cartas está escrita en los momentos más importantes de mi vida con Marta, ella era mi esposa, por ella conocí la luz y la oscuridad. Son lo más importante que puedo legar a este mundo, las consecuencias de mis aciertos y mis fracasos. Vuelva a su casa y no pierda más el tiempo con este proyecto de cadáver, algo aprenderá, todavía está en edad de cometer muchos errores.
Me giré con la caja bajo el brazo y sin despedirme. Creo que alguna vez ya he comentado que no me gustan las despedidas, tal vez por eso en mi historial sólo haya dimisiones.
—¡Espere! Hay una carta, la última. Esa no quiero que la lea hasta mañana.
—Usted decide —le dije sacando de la caja el paquete con el elástico que aún intentaba conservar unidos todos aquellos olores—. Son suyas.
—Ya no —me contestó mientras, con lo que en otros tiempos fuera una mano, extraía el último sobre del fajo. Me fijé en que el nombre del destinatario estaba en blanco—. Solo ésta y por pocas horas.

Querida Marta…
…Y todavía sigo confundido ¿por qué a la belleza no le pusieron tu nombre?
…Sé que después de meses buscándonos la mirada, serás tú la que tenga más valor para dar ese primer paso.
…A ti no te tembló la voz, era mi alma la que vibraba cuando, y ya agarrados bajo los árboles del parque, bailamos nuestra primera vez y tú me regalaste ese: “creí que no me lo ibas a pedir nunca”.
            …Me sentía tan celoso de la lluvia cuando acariciaba tus labios, me sentía tan celoso hasta que tú me los entregaste con el primer beso.
            …Y volvía, repitiendo todos tus “Te quiero” tras dejarte, cada noche, bajo la luz que esperaba encendida en el salón de tus padres. Y volvía, saboreando por cada calle que todavía conservaba tu perfume de nomeolvides. Y volvía, bailando con la vida que nos estaba prometiendo una eternidad de amaneceres…

            Querida Marta…
            …Y tu vehemencia, o esa discreta elegancia en adivinarme las intenciones cuando, antes de que sacara el anillo de pedida de mi bolsillo, el brillo de tu mirada se anticipó con ese “Sí quiero” que serenó las inquietudes de mi corazón.
            …Las tardes que se llenaban de proyectos y las noches de insomnios por la distancia entre nuestros cuerpos.
            …Las mañanas escogiendo nombres y a esos nombres colores de habitación para la familia que habíamos decido que nos viera envejecer juntos.
            …Me decían que nunca te habían visto tan preciosa con tu vestido blanco. Nunca aprendieron a mirarte como yo.
            …Cómo convertimos cada noche en “No es suficiente. Cada amanecer en “Aún  queda luna”. Y cada mediodía en un velo rosáceo continuante en acariciar nuestros cuerpos.
           
            Querida Marta…
            …Dejaron de importar los años que fueron transcurriendo. Ni nuestra incapacidad por ser más de dos te hizo menos hermosa ante mis ojos.
            …No lo consideré como una alternativa, pero mis éxitos profesionales encubrieron parte de esa soledad en la que en ocasiones nos faltaron palabras.
            …Pero tu sonrisa, a veces de felicidad, me convencía de que nuestros propósitos del pasado sólo fueron un sueño que, como la brisa de cada estación, podía sustituirse por la de la de la siguiente.
            …Y nunca nos faltaron amigos, familias en cuyos problemas creíamos confirmar que nuestro destino había sido mejor.
            …Y empecé a entender que en tus solitarios paseos por el malecón intentabas darle forma a nuestras aspiraciones que justificaban mis cada vez más largas ausencias.

            Querida Marta…
            …Y aunque te aleje de mí, comprendo tu apego a nuestra primera casa donde todo comenzó, y entre los recuerdos de una vida aceptes que por mi arte soy reclamado lejos de ti.
            …En cada regreso me duele advertir esa nueva arruga por la que se ha deslizado la lágrima que mi ausencia no ha podido secar, y esas desconocidas canas que han nacido en los despertares de una cama vacía.
            …No puedes reprocharme que entre mis cartas haya cada vez más distancia, en tus respuestas me entristece reconocerme más extranjero. Si hubieras decidido seguirme…
            …Pero no puedo renunciar a esto, por lo que tanto he trabajado. Ahora ya es mi vida y no sería capaz de entender otra en la que cada paso no conlleve un reconocimiento.
            …Tu ausencia, que ahora considero abandono, me parece un injusto castigo que no estoy dispuesto a permitir que empañe el barniz brillante que me acompaña.

            Querida Marta…
            …Y en tu última carta he creído intuir una llamada de auxilio. El deterioro en tu salud no radica sino en la soledad por tu negativa a compartir la  nueva vida que tanto esfuerzo me ha costado.
            …No debo sentirme culpable, ambos sabíamos y aceptamos que nuestros destinos, pese a la distancia, seguirían unidos, como en aquél primer baile bajo los árboles del parque, como en el “Sí quiero” con el que asumiste que el camino sería largo y difícil.
            …Acepto renunciar a ésta, mi biografía, que tantos éxitos nos ha proporcionado, con la que he procurado que ninguna carencia apagara tu sonrisa, y en breve volveré a ti.
            …Y has de permitirme una última voluntad, aunque retrase mi vuelta. No puedo ni debo abandonar esta ciudad, que me ha encumbrado a la celebridad, por la puerta de arrastre.
            …Atrás quedará la gloria, y serán muchos los que quieran conservar mi firma entre su galería de ilustres. Después, y aunque la renuncia es grande, volveré a ejercer de marido anónimo en nuestra pequeña ciudad de provincias.
            …Has estado ausente en tanta vida de la que tengo que contarte… 

            Víctor Hugo decía que un espectáculo más grande que el mar es el cielo, y que un espectáculo aún más grande que el cielo es el alma humana. Y yo soy un curioso espectador, insaciable, y quizás por intentar encontrar la mía me asomo a esas rendijas que me permiten descubrir en los demás lo que yo también llevo dentro.
            Ahora os tendría que contar que, al día siguiente, cuando llegué a su habitación de la tercera planta del hospital comarcal la encontré vacía; que cuando pregunté por él me dijeron que no había sobrevivido a la clandestinidad de la noche, y que sobre la mesilla había dejado una carta para mí; pero no hace falta porque ya lo habréis adivinado. Os debería contar que me senté sobre la cama, acariciando la almohada que se había llevado el secreto de su último sueño; que mi bolita de la ruleta se acababa de  detener en el cero, concediéndole otro triunfo al caos universal y dejando en mí un vacío y que para rellenar ese vacío echaba de menos al anciano; y que por eso se me humedecieron los ojos frente a la ventana por la que el sol me confirmaba que la vida siempre continúa; pero tampoco hace falta mentir porque ya habréis adivinado que lo único que hice fue abalanzarme sobre la carta. La última carta.
            En el sobre, ahora se leía una solitaria palabra: “Vagabundo”.

            Vagabundo…
            …Porque eso somos cada uno de nosotros, desamparados exploradores sin mapa, porque esta vida no regala mapas. Seguimos una ruta que nos marca el instinto, dejándonos convencer por lo que llamamos intuición que, como todo cuanto habita en nosotros, no es más que la ilusión de un mundo lleno de traidores espejos ante los que nos vamos maquillando para enamorarnos de nuestro falseado reflejo. Y ni eso nos queda al final, ese final en el que, ya sí, irrumpe con un libro de reclamaciones señalando en rojo que la palabra clave nunca ha sido nuestro nombre. Erramos atentos a todos cuantos nos alaban o nos critican, sin apreciar en el silencio de quien ha decidido estar a nuestro lado que, con un gesto o una mirada, es suficiente. Y cuando ese silencio, el único sincero, desaparece, nos empeñamos en rescatar la memoria en un tiempo ya perdido. Porque es el tiempo, amigo vagabundo, es el tiempo quien conoce todas las respuestas. Y yo no quise escucharlo, yo lo desprecié.

            Querida Marta.
            ¿Para qué sirve escribir una carta que ya no puede ser leída?      
Llegué dispuesto a compartir contigo mis éxitos cuando tú ya habías decidido que no merecía ni siquiera estorbar en tu derrota ante la soledad. Por perseguir mi vanidad te sentencié a renunciar a esa vida de ilusiones y ahora entiendo que, aunque los sueños no se cumplan, soñarlos juntos no es el origen sino la razón.
            Encontré una casa vacía tras mi tardío regreso, y una tumba con tu nombre solitario sobre una pequeña placa en la que, desde hace años, fui condenando a no dejar espacio para mí. Tú siempre has tenido un alma pura, pero… ¿podré perdonarme yo?
¿Para qué sirvió cada error si de ninguno quise aprender? 
Me olvidé de ti dedicando mi atención a los que pronto me han empezado a olvidar. Que egoístas somos, cortamos la flor más hermosa, y privándola de la raíz que la mantiene con vida pretendemos hacerla nuestra, para después abandonarla en ese jarrón, el de los olvidos, donde se marchita porque su destino era seguir coloreando un jardín lleno de deseos que dejaron de ser los nuestros.
¿Para qué sirven los recuerdos si ya no hay posibilidad de vivir en ellos?
El arrepentimiento es inútil cuando sólo es un engaño para discretos vadeos del orgullo que una y otra vez nos arrastra sin volver la mirada. Cuando despreciamos los compromisos bajo la serena luz de una luna sincera por seguir el hipócrita esplendor de las traidoras monedas bajo el sol.
            Me enseñaste el amor y lo olvidé. Me enseñaste el más bello de los bailes y me perdí entre pasos desconocidos. Y hasta con tu muerte me enseñaste que más vale la soledad que el desprecio. Y ahora que he aprendido que sólo he sido un vagabundo que se cruzó en tu vida para romperla. Ahora que sólo me queda un tiempo sin tiempo. Y ahora, aunque sé que no me sirve ni de consuelo, perdóname Marta. Porque yo no puedo.

Oscar da Cunha
27 de agosto de 2015

* “Intenta no volverte un hombre de éxito, sino volverte un hombre de valor.” Albert Eisntein

** “En nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos por lo que esperamos ser.” William Shakespeare