domingo, 13 de septiembre de 2015

SIN EL HILO DE ARIADNA

A veces, voluntariamente me pierdo entre calles que creo conocer. Intentando ignorar dónde han empezado y pretendiendo descubrir que, tras doblar su última esquina, conseguiré tomar conciencia de que realmente no quiero ir a ninguna parte. Quizá, porque una vez leí que el único lugar donde merece la pena encontrarse es dentro de uno mismo, y para eso, cada paso con que avanzamos no es más que una renuncia, un intento de salir del sueño de la razón con el que vamos construyendo nuestra realidad y así, desde fuera, entrever lo que no conviene ser descubierto. Porque vivir es caminar dentro del laberinto, y como dijo José Bergamín: “El que sólo busca la salida no entiende el laberinto, y aunque la encuentre, saldrá sin haberlo entendido.”
            Y asumo que la búsqueda sin fin es el verdadero fin que justifica la búsqueda. Porque llegar al objetivo acaso sea patrimonio de los locos, o de los sabios que no son otra cosa que locos a los que otros locos les otorgaron el juicio porque se cansaron de buscar. Y entiendo a David, ese niño que, con su mochila llena de mapas, se ha cruzado ya varias veces en mi camino, y hasta me saluda, y hasta me cuenta. Me cuenta que vive con sus abuelos desde que sus padres desaparecieron en un accidente de coche, y él los busca. Y en ese laberinto del que no quiere salir, sabiendo que nunca los encontrará, porque ellos ya salieron sin entenderlo, soy yo el que entiende que lo que busca son las lágrimas que todavía no ha conseguido. Y es que así son las lágrimas, pequeñas gotas de realidad que huyen de un interior, nuestro, buscando el consuelo que somos incapaces de concederles porque la verdad, nuestra verdad, consiste en continuar perdidos.
            ¿Para qué intentar saber hacia dónde vamos si continuamos sin conocer de dónde venimos? Como el árbol, en su incesante crecer sin conseguir alcanzar ese cielo al que aspira sin pretenderlo porque son sus raíces, las que perdidas en el laberinto de la naturaleza, consiguen sostener la ilusión que justifica su vida. Como esa sinfonía que  nunca estará acabada mientras, vagabundos oyentes, interpreten entre sus compases, cada vez, diferentes recorridos dentro de cada uno de sus laberintos. O el vuelo del cisne, que parte, cada otoño, con la idea de volver hasta esa primavera que nunca es definitiva y lo sabe pero no se pregunta por qué. Porque entiende que el laberinto tiene esa virtud, que no es otra que hacernos girar en torno a nuestra mirada, la única capaz de entender ese paraíso del alma, buscar. Buscar hasta que se nos agote el aliento, continuar la búsqueda de los que nos precedieron y ceder el relevo a los que nos sustituirán por los caminos.
            Y porque antes que la vida, alguien creó el infinito, ese infinito al que todos nos dirigimos pero para eso vivimos dentro del laberinto, para nunca llegar a él, porque aunque exista no tiene sentido y porque si alguno lo alcanzara no encontraría más que la soledad, esa soledad de la que nos habló Octavio Paz y que posee un doble significado: “por una parte consiste en tener conciencia de sí; por la otra, es un deseo de salir de sí.” Y ante ambas consideraciones yo prefiero seguir perdido dentro de mi mismo, a la espera de compartir viaje con cuantos se quieran añadir y sin que nadie, ni siquiera Ariadna, nos preste un hilo para salir de nuestro laberinto.

Oscar da Cunha

13 de septiembre de 2015