jueves, 13 de agosto de 2015

SMILE

No habría cumplido más de nueve años cuando aprendió que la soledad no era sólo una palabra que Julio Verne utilizaba en sus novelas. Cuando, cada mañana, el engaño no consistía en prepararse el desayuno, sino en tomarlo con la única compañía del tic tac del viejo reloj de una cocina sin vida. Cuando, para hablar con ellos, empezó a asignarles nombres a todos aquellos objetos con los que, hubo un pasado en el que una familia que nunca consiguió serlo, intento construir un hogar. Al espejo del baño le llamaba Mirón, y nunca le dio tiempo a responderle mientras, frente a él, a lo único que aspiraba era a despreciar el agua con más rapidez que un gato. El sofá del salón se convirtió en Nautilus, allí mataba las horas oscuras de las tardes de invierno, evadiéndose, gracias a novelas a las que alguien les dedicó más tiempo que a él los de su sangre, por mares desconocidos y rincones del mundo donde, algunos grupos de amigos de los que siempre pretendió conseguir su aprecio, desentrañaban misterios. Cuántas veces él era el único que conocía todas las respuestas, pero siempre les ocultó que estaban escondidas entre las páginas finales, así entendió que haciendo trampa no se conquistaban amistades. El viejo tocadiscos de madera era Trovador, y dentro de él conoció a Paul Anka, a los Beatles y a una señora con voz muy elegante que se llamaba Maria Dolores Pradera. Sobre la moqueta de aquella habitación se dio cuenta que Tonight My Love Tonight era la traducción de una frase que hacía una eternidad que nadie le repetía. Que ninguno de los pasos de cebra que atravesaría camino del colegio, intentando disimular las lágrimas por una madre que en su huída se olvidó de él, era el de Abbey Road. Y que, Limeña, se había convertido en su amiga imaginaria y era la única que le dejaba que le contara, cuando con ella, intentaba respuestas colocando la aguja, una y otra vez, sobre el surco del gastado vinilo. Y al colchón nunca le quiso poner nombre porque no consiguió perdonarle que cada amanecer le despertara con la misma realidad.
Descubrió a Chaplin quien, entre las lágrimas de Candilejas, le enseñó que reírse de uno mismo era el consuelo a llorar por los demás, y que la soledad no era una desgracia, sino el camino que el destino le había preparado para, después, saber valorar las buenas compañías. Y en alguna esquina de otoño reconoció, en los ojos de un abandonado Tony, que ambos estaban destinados a compartir la tristeza capaz de convertirlos en inseparables; a mirar juntos debajo de la cama para comprobar que los fantasmas de uno no iban a poder con el sueño del compañero, y a dar las buenas noches antes de cerrar los ojos. Y aún hoy, cuando la nostalgia llora con la sonrisa por el recuerdo de un tiempo que no se perdió gracias a un perro, visita ese rincón secreto que esconde la tumba de quien le enseñó que la lealtad sólo necesita un lenguaje con dos palabras, consuelo y respeto.
Nunca le reprendieron al llegar tarde, pero el castigo por no tener a nadie que le esperara siempre fue mayor; y así, compartió las largas horas de unas vacaciones con Machulo, un gitanillo de pura raza; intercambiando chatarra por compañía, olor a multitud hacinada por perfume de frasco vacío. Hasta que, con los libros del nuevo curso bajo el brazo, se dio la vuelta para no tener que sufrir cómo el remolque se llevaba hacia el Sur el abrazo diario de un verano. Sin advertir que el mismo viento que cerraba una puerta abría la que tenía enfrente, y en su marco, una nueva complicidad comenzaba a diluir lo que hasta entonces habían sido carencias, asumiendo que para sellar el más longevo compromiso de la vida iba a ser suficiente una primera mirada.
Dejó de ser un niño introvertido un mediodía de primavera, tras abandonar el comedor del colegio y al salir al patio cuando, sentado sobre un balón que los otros no querían compartir, se dio cuenta de que a su interior sólo le habían permitido los incurables fragmentos de una familia rasgada y las solitarias cicatrices que el tiempo no olvida pero debe aprender a perdonar. Aunque dejó de ser un niño mucho antes, cuando comprendió que al grito le seguía el miedo, y éste se contagiaba; cuando al desprecio le respondía el silencio que precedía al llanto, y éste se contagiaba; cuando ellos dos se dieron cuenta de que se habían equivocado, y él comenzó a ser el irreparable error que no supieron cómo arreglar. Y dejó de ser un niño cuando ya no tuvo dudas de que le iban a robar la infancia.
Pero no se dejó, y a día de hoy todavía podréis verle trepar a un árbol para devolver a su nido el polluelo caído, ponerle calcetines a su perro para reírse con él o contemplar el mar con la misma fascinación en los ojos de la primera vez. Sonríe poco pero es de lágrima fácil, lo pone todo perdido con la ceniza de su inseparable cigarrillo y nos os digo su nombre porque ya sabéis de quién hablo.

            ¡Ah! y no le pongáis esta canción, no os perdonaría un baile. Smile

Oscar da Cunha

Hoy, 13 de agosto de 2014