martes, 7 de julio de 2015

UNA DE DIOSES

Yo no debo ser de dioses porque nunca he escuchado la llamada de Dios, de ninguno. No desdeño que sea porque de normal ando ocupado, colgado del teléfono, y su convocatoria me pilla comunicando, pero tengo buzón de voz y siempre devuelvo todos los toques. He de admitir que yo tampoco soy propenso a molestarles con mis cuitas y tal cual están los tiempos, con tantas desgracias en cada domicilio, no me apetece meter horas enfrentándome a una línea saturada para después ser desatendido por la monótona voz de una grabación de centralita indicándome que: “si su llamada es por enfermedad de un familiar pulse uno”; “si está pensando en suicidarse marque dos”. ¿Quién pulsaría el dos una situación así? En todo caso mi teléfono no tiene tecla de infinito, o sea que la asistencia por suicidio queda descartada. Que nadie me malinterprete, no tengo ninguna intención de subir prematuramente al paraíso, entre otras cosas porque dudo de que sea más divertido que este jardín de infancia en el que se está convirtiendo nuestra sociedad. Y al infierno tampoco puedo optar porque, por lo visto, lo han cerrado por quiebra y el primo Lucifer anda loco intentando pillar hueco en algún despacho que no haya sido ya ocupado por cualquiera de los muchos angelitos que, sacando tajada de nuestra candidez, nos han ido cayendo del cielo y superan con creces su C. V.
Y por esto que va y me entra complejo de gilipoyas, con y griega, que con los aires que corren ha demostrado más cojones que la doble l, de llorar de pobre. Porque de dioses precisamente no andamos flojos. Los tenemos de todos los palos: religiosos —estos siempre han sido los más chungos—, desde los que te mandan el impreso de excomunión por ponerle ojitos al vecino del mismo sexo, mientras le colocan la mitra obispal al pulpo que tiene a los chiquillos de su diócesis más sobados que el fondo del monedero de un ama de casa; hasta los que no se cansan de soplarles la oreja a esos iluminados que, no conformándose con robarles la vida a cuantos se atreven a humanizar con humor a quién, precisamente, parece tomarse a chiste que las mayores fuentes de riqueza y el hambre se descalcen bajo el mismo templo, tampoco son capaces de entender que la historia que destruyen también fue la suya. Desde los que en su nombre levantan muros para proteger una identidad cuyos únicos fundamentos son el poder de las armas y un arca que sigue buscando Indiana Jones, y que guarda el certificado notarial de que ellos son el pueblo elegido; hasta los que, no creyendo mas que en la soberanía omnipotente de su propia reserva federal, llenan sus billetes con ese “En Dios confiamos”, dando por hecho que el monopolio divino de la verdad está de su lado y no en el de las libertades y los derechos que, aun a día de hoy, sólo son conceptos que se les atragantan cuando cualquiera de sus vecinos en esta pelotita que habitamos pretende ejercer sin pasar por caja.
Pero conforme nuestra sociedad abanza —con b de borregos—, a este olimpo de ilustres vanidosos no dejan de abordar babilónicas pateras atestadas de nuevos dioses con camisetas de colorines y peinados de diseño. Estos son más tangibles; cuando no están pegándole patadas al balón, hasta se les puede llegar a entender —derrochando esfuerzo aunque hablen nuestra misma lengua—, porque llenan más horas de tele que los añorados discursos de Fidel. Componen la versión de la deidad más moderna y cercana al individuo. Se compran, se venden, se alquilan y se traspasan; siempre por módicas cantidades que podrían quitar el hambre a la mayoría de países del tercer mundo, o del cuarto que, aunque se empeñen en negarlo, ya abunda por muchas de nuestras ciudades. Son los dioses con los que sueñan todos los niños del planeta en convertirse algún día, pero desgraciadamente esa llamada tampoco ha sido nunca para mí; todavía le estoy pagando los plazos al cristalero que se encargó de reparar el resultado de mi último balonazo. Llenan estadios con capacidad para convertir el Circo Máximo de Lucio Tarquinio Prisco en un teatro de guiñol. Y desatan más pasiones que la confirmación de la segunda venida de Cristo a la tierra. Se les concede poder para cambiar más pronto de camisa que de camiseta; y bajo su influencia, el mismo pueblo que un día se siente uno, grande y libre, al siguiente, se afana en demostrar que ha dejado de ser grande para ser más libre porque la unidad subyuga.
Y si ya teníamos circo, nos faltaba el pan, que en chino no tengo ni puñetera idea de cómo se llama pero se come con palillos. Porque ahora todo es muy fino por gracia de esos otros nuevos dioses que con el brillo de sus estrellas están convirtiendo la cocina de la abuela en una exploración científica envidiada por el CERN. Resulta difícil estar a su altura, y ya no bastan los tradicionales cubiertos para desentrañar los misterios que ocultan sus platos. ¿Dónde quedó aquel cocido de garbanzos, tan humilde como honesto que te permitía ver cómo iba disminuyendo la ración a medida que, a golpe de cuchara, se llenaba tu estómago? Los experimentos de estos nuevos dioses del delantal ya no se comen, se sufren con complicadas herramientas de última tecnología; y aquel plato clásico, redondo y con fondo, ha sido sustituido por un inmenso prototipo de vanguardia con suspensión y climatizador, ocupado por un afligido y solitario garbanzo cuyo interior está relleno con materiales venidos de otro mundo. Ya no saboreamos con el paladar sino con el microscopio, en unos templos conformados como el backstage de la morgue de París, y en cuyas paredes abundan sofisticados photoshop en blanco y negro del chef de la casa, acompañado por famosos con la visa plutonio entre los dientes. Pero esa es la llamada divina que menos me preocupa, y tengo suerte de no recibirla porque yo me niego a ir más allá del menú del día en bar de carretera.
Hay muchos otros dioses sobre los que escribir, pero acabo de quedarme sin tinta en el lápiz. Y como nunca han faltado, ni faltarán, nuevos dioses en esta desorientada especie a la que pertenezco, y de la que cada vez estoy más convencido que nos hicieron la putada convirtiéndonos en descendientes del mayor estúpido de los monos; me acuerdo de ese simio al que expulsaron del paraíso por escuchar una voz a la que jamás debió prestar atención.

Oscar da Cunha

7 de julio de 2015