viernes, 17 de julio de 2015

LÁGRIMAS EN PÚRPURA

¡No, otra vez no; otra vez amanece! Supongo. La oscuridad se disuelve como el beso de la muchacha que se llevó el tiempo perdido, porque hubo un tiempo en el que las horas tuvieron precio y hasta perderlas consiguió parecerme importante. Pero ya pasó. Y esta vieja manta que no me protege, que desnuda el alba cuando ésta es enemiga del alma, y la mía…, la mía se niega a abandonar el blanco y negro de su santo y sueña. ¡Maldita vida real! ¿Por qué todo se ve en color? ¿No se da cuenta de que el color daña? El crepúsculo, ese embustero maquillado en carmín que sólo me complace cuando el día —¡por fin — se ahoga dentro de la botella, cuando consigo engañar a la realidad con sueños que ya no me pertenecen porque, para soñar de noche vale cualquiera, y a mí se me olvidó hacerlo despierto, que es donde deben soñar los vivos. Esta aurora mentirosa se convertirá en azul, el silencio en biografías decididas a continuar escribiéndose mientras yo, lo seguiré intentando, pero no terminaré de borrar la que alguna vez viajó conmigo. Reniego del pasado porque no me interesa malgastar un presente entre cartones sobre el que seguir ignorando un futuro que me alcanzará en cualquier esquina sin farola; como la que me robó a mi último cómplice, fiel, como yo, al hambre. Claudicó, convencido de que existe un cielo para los perros al que yo jamás podré acompañarle; porque a los de mi casta, a los que ya vivimos en el fondo del infierno, nos seducen las llamas de las escaleras cuando arden.
Nunca se tienen compañeros de viaje cuando se ha decidido no seguir viajando; cuando no se hace camino porque no pretendes que nadie siga los pasos que te llevarán a ninguna parte y asimismo te niegas a dar; y aquellos de ayer, los que has ido barriendo para evitar volver a esa tentación que desapareció para no regresar por la memoria de un miserable, se han convertido en arrugadas imágenes en sepia donde, a tu rostro, cuando aún sonreía, nadie le habló de las diferentes máscaras con que se disfraza el futuro. Pero no finjáis compadecerme, dejó de interesarme compensar gratitud ese día que me contó que la hipocresía ya la tengo amortizada. Tanto como ese instante en el que comprendí que la amistad que se compra, termina el periodo de garantía coincidiendo con el último plazo de la hipoteca que, equivocadamente, una vez decidiste pagar. Y ya perdí el interés en volver a ser, como los demás, una persona; y me pregunto, si alguna vez lo intenté, ¿por qué se me concedió probarlo? Disfruto de mi rendición asumiendo que pronto llegará —¡por fin!— ese último cielo púrpura, sin necesidad de manta y, tumbado sobre mi cartón, descansaré para llorar con las definitivas lágrimas de un castrado vino amargo, lágrimas de felicidad por desaparecer en la eterna noche. La única que se compromete sin pedir a cambio más que lo me queda, mi oscuridad, la transparente tiniebla que ninguno ve en este mundo que sólo se interesa por el brillo.
Satisfecho por no dejar necesidad en nadie, por no vaciar más espacio que el contenido en la indiferencia, no hay mayor esperanza que haberla perdido. Esa sensación de que todo quedó atrás, y por delante, cuando ya no caben más fracasos, cuando la perspectiva no interesa, el horizonte sólo admite ese púrpura final, el único que llora por ti.    

Oscar da Cunha

17 de julio de 2015