domingo, 26 de julio de 2015

ESE GRAN MISTERIO

Dicen que lo que más atrae de una historia es la intriga, el misterio. Estoy de acuerdo, y en toda historia sucede como con la de nuestra especie, todavía estamos por descubrir qué nos hizo bajar de las ramas del árbol para terminar llegando a Plutón, y continuar siendo tan necios como para convertir el planeta más hermoso de nuestro sistema en un gran basurero en vías de desarrollo. Incluso llegará un futuro, que espero no haya olvidado nuestros errores, en el que, quienes desde fuera, y observando el color marrón de lo que una vez fue perfecto, intentarán desentrañar el misterio sobre quién pudo ser el romántico que decidió llamarle planeta azul.
Porque en un mundo en el que estamos llenos de preguntas sin respuesta, de respuestas equivocadas a preguntas que ni siquiera hemos aprendido a formular, de incógnitas que, pese a nuestra condición humana, nadie nos ha atribuido investigar. De este mundo donde hay menos conocido que por conocer, lo que más despierta mi curiosidad es el secreto que encierra ese vínculo capaz de unir a dos personas sin otro interés que el sentimiento.

Observo a esa pareja de acianos, arrastrando sus zapatillas sin perderse el uno el paso del otro, sin desprenderse de la mano a la que se han agarrado durante prácticamente todo lo que consiguen recordar de su vida, paseando entre una sociedad que ni entienden ni se molesta en preguntarse por qué les ha dado la espalda; caminando hacia un horizonte final que no tenga preferencias por ninguno de los dos, soñando con que hubo un mundo mejor pero que no les tocó vivirlo a ellos; y en ellos entiendo que se esconde el genuino misterio del que es portador el ser humano. Quizás hubo un momento inicial en el que la física les fue descubriendo que dos caminos terminan donde comienza un sólo camino, tal vez fue la química la que les envolvió en aquel primer baile cuando, hasta la sombra de los tilos más alejados de la plazoleta del pueblo, todavía llegaban los compases de “La Paloma” de Iradier y Salaverri; y ellos, empezaron a asumir que la distancia entre sus cuerpos ya había decidido acompañar al inevitable acercamiento entre sus almas. Pudo ser…, pero a mí me da igual porque yo a eso prefiero llamarle amor. Esa fórmula singular, invisible, que durante los encarnizados años que duró, ella soportó suplicando por no encontrar su nombre entre las bajas del bando que lo eligió a él. Que les ayudó a compartir el hambre que siempre acompaña a los escombros egoístas que se reparten por igual la victoria y la derrota, porque entre la gente de bien nadie gana una guerra. En la salud que, para quienes eligieron vivir con el corazón, toda una vida duró un sólo momento; y en la enfermedad, esa que con la edad les ha ido acercando sin escrúpulo al desahucio y a cuyo solitario reflejo en el espejo ambos han renunciado. En la riqueza, que nunca la hubo ni tampoco importó; como la pobreza, contra la que lucharon codo con codo, y si alguna vez llamó a la puerta, no faltó una ventana por la que escaparse juntos para comenzar de nuevo, con la misteriosa voluntad de comprender errores y compartir fracasos; porque para convivir con los éxitos, los compromisos necesitan raíces menos profundas.

Y en este mundo donde hasta el agua ha perdido su encanto, porque la química hace tiempo que nos desilusionó, explicándonos que tan sólo se trata de la combinación de dos átomos de hidrógeno por cada uno de oxígeno. Donde a nuestra luna y al sol les hemos perdido el respeto divino que un día tuvieron, y nos tenemos que conformar con una estrella de las medianas y un satélite sin vida; y no me sirve de consuelo que desde Venus, que tomó prestado su nombre de la diosa romana del amor, no se pueda bailar bajo la luz de su luna porque no tiene. En este mundo en el que la ciencia pretende racionalizarlo todo, acusando a las hormonas como la dopamina o la serotonina, no me resigno a aceptar el amor como un superficial concepto biológico, o incluso religioso que desmerece el amor a necesidades relacionadas con la supervivencia, y me entristece comprobar que algunos intelectuales pretendieron encasillarlo como un simple y filosófico comportamiento altruista; por ello me acomodo en el misterio de aquella inolvidable reflexión de Octavio Paz: “El amor es intensidad y por esto es una distensión del tiempo: estira los minutos y los alarga como siglos.”

Todavía conservo la esperanza al percibir en esas jóvenes parejas que, sin importancia de sexos, deciden lanzarse a una aventura siempre misteriosa en la que el amor, como dijo Stendhal, es como la fiebre: brota y aumenta contra nuestra voluntad. Porque cada momento con los que irán construyendo una vida será merecido si se consuelan unas lágrimas o se sonríe la alegría del otro. No les estamos dejando un camino lleno de rosas, pero ¿en qué momento de la historia lo fue? Y así como brotó y aún perdura desde los orígenes de nuestra especie, ese enigma que consigue mantener unidas a dos personas, incluso sobre una hoja de ruta llena de guijarros puntiagudos, les seguirá confirmando que no hace falta leer a Saint-Exupéry para comprobar que: “El amor no consiste en mirarse el uno al otro, sino en mirar juntos en la misma dirección”. Y cuando los veo recibirse, con un beso humilde como un amanecer de primavera, con una caricia sincera tal y como seduce el delicado arte de disfrutar en compañía, y los ojos brillantes sin miedo al misterio, porque a cada día le seguirá el misterio del siguiente y éste será un paso más, y en algunos pasos se gana y con otros se aprende, lo mejor que se me ocurre es dedicarles la frase de Bertrand Russell: “De todas las formas de precaución, tener precaución en el amor es quizás la más fatal para lograr la felicidad verdadera.”

Oscar da Cunha
26 de julio de 2015