sábado, 16 de mayo de 2015

UN ALLÍ SIN NOMBRE

Siempre he intentado imaginar las intenciones de ese tipo, aquel desconocido legionario que enunció por primera vez la jodida frase sobre todos los caminos que conducen a Roma. Quizá cometió un error y tal vez no se tratase más que de un disléxico enamorado en busca de su eterno Amor, una Roma por la que siempre luchó mientras que a ella, arrogante, le importaron un pito los fragores de las mil batallas que él tuvo que afrontar. O acaso un vagabundo que, como yo y a pesar de mis habituales roznidos, seguía imaginando, con ilusión, que tras la siguiente curva iba a conseguir encontrar lo que ni siquiera sabía que buscaba. ¿O no se trata de eso el caminar? Ponerse el traje y los zapatos de cuando algún día fuimos niños, esos enanos impertinentes que todavía no habíamos comenzado a dejar en la cuneta un reguero de cadáveres de lo que pretendimos y no conseguimos ser. Todos esos yo personales, rechazados, que nunca llegaron a cuajar en nuestra realidad pero terminaron aportando a construir la realidad de en quien nos fuimos, con cada paso, ¿o fueron traspiés?, convirtiendo.
Me gustan los caminos, sobre todo si no nos han presentado antes, esos que pasando por muchos sitios parecen no llevar a ninguna parte, porque es ninguna parte donde, ¿quién sabe?, consiga encontrar algo en lo que reconocerme.
Conozco vidas que ya no se buscan, satisfechas y esterilizadas, conformes con lo que son y sin necesidad de viajar más allá porque algo les convenció de que ya llegaron más allá, al Finisterre de todas las preguntas que caben en una sola respuesta. No descarto que la naturaleza las haya dotado con más lucidez y sea yo el equivocado pero, lástima sería la palabra adecuada para definir lo que siento cuando las miro, porque lo que yo veo es miedo.
Y sé de otras que después de tanta travesía ya sólo escogen, en los cruces mal iluminados que suelen ser los más sinceros, la dirección señalada por un viejo letrero de madera: desengaño. Las observo en su caminar con la frente alta y la mirada desenvainada, porque la experiencia les ha demostrado que ese letrero es el único que no miente y acostumbra a ser el que más destinos acumula, y a esas las envidio. No por su valor, ¡qué narices!, sino por su tenacidad que mil decepciones no ha conseguido desgastar. Son esas vidas a las que admiro, porque en ellas veo la esperanza que el sufrimiento jamás ocultará.
Y en uno de esos caminos me encontré, justo en la curva que delimita la roca a partir de donde el tiempo empieza a oler a por qué no viniste antes, con allí. Me gustó el letrero vacante sobre la cancela de entrada, ¿para qué ponerle nombre a ese allí si precisamente has llegado a ningún allí? La entrada impedía entrar gracias a un candado que pude romper con una piedra, pero no se me puso. ¿Por qué violar una reja cuando la puedes atravesar con la imaginación? Alguien cerró ese allí para evitar que cualquiera se llevase lo que nada había para llevarse, y porque no contaba con que algunas vidas se conforman con robar en esos allís del camino donde sólo hay silencio y soledad. Me así a los barrotes, contemplando el interior, como un prisionero de su libertad que necesita abandonarla para tomar conciencia de que nunca aprendió a ejercerla aceptablemente; y recordando la frase de Sartre: “El hombre está condenado a ser libre”, comprendí que las rejas que te impiden entrar son más seductoras que las que no te permiten salir. Pero a veces hay humo sin fuego, y entre esa abstracta niebla interesa aprender que cuando la libertad decide encerrarse no nos corresponde a ninguno romper su candado y toca conformarse con la soledad del destierro, por eso me gustan los caminos y porque siempre me ha parecido muy complicado ser humano, y además injusto porque a mí nadie me dio la oportunidad de escoger otra especie.
No, no hacemos caminos al andar, eso sería una soberbia y don Antonio se merece más respeto. Somos parásitos ocupados en convertir en propios los itinerarios que otros, ellos sí, con las manos destrozadas por los callos —seguramente a punta de algún arma, aunque sobre los perdedores la historia no guarde memoria—, se vieron obligados a desbrozar.
Buscad, buscad vuestra curva, hasta encontrar vuestra cancela, vuestro allí sin nombre, porque a todos nos corresponde alguno en el que dejemos descansar esa libertad que no tenemos ni puta idea de utilizar. Seguid caminando en pos de vuestra Roma, y no penséis en el miedo —porque la verdad acojona—, siempre habrá alguien ocupado en llenar de miguitas de pan la ruta que conduzca a sus intereses.

Oscar da Cunha

16 de mayo de 2015