jueves, 21 de mayo de 2015

MEMORIAS DE ÍTACA


         …Y yo tuve la suerte de pacer en un pueblo. Poseía el aforo necesario para llenar tres o cuatro cines, pero de los de verdad, con platea, anfiteatro, barquillero en la entrada y películas de Marisol. No teníamos relojes por las calles y, por lo menos en la mía, sabíamos que eran las cinco cuando desde el tercero sonaba: ¡Butaanooo! Y la ventana de la Celes era más precisa que cualquier termómetro municipal, a partir de los veinte grados, Spanish Eyes en versión de Al Martino, saltaba por ella declarando oficialmente inaugurada la temporada de playa.  
Recuerdo la tienda de electrodomésticos, en el paseo de la Avenida, con más público entregado delante del cristal que en el propio Maracaná, cuando el propietario, los domingos por la tarde a la hora del partido dejaba la Vanguard en blanco y negro encendida. Y todavía puedo ver a mi perro, Dandi, que cada día recorría, con esa puntualidad inglesa que dominaban los callejeros —porque en aquella época los perros no necesitaban tener raza— las cinco esquinas que llegaban hasta la puerta de mi escuela, para recordarme que en la familia no se comía hasta que la mesa estuviera completa.
         No, mi pueblo no tenía misterios. Podías recorrer sus calles sabiendo que, como en el pasillo de casa, ninguna puerta estaría cerrada y detrás de cada una habría una cara conocida. En la explanada del centro sólo crecía la hierba en los días de lluvia, porque en los otros, los de mi edad que por aquél entonces éramos mayoría, pateábamos cada uno de los rincones que los de la quinta anterior también habían heredado. El de las canicas, ese me gustaba por los entresijos de sus agujeros. En el de las peonzas, que era plano y estéril como una pista de hielo para bailarinas de madera, el agujero más cotizado era el de las monedas de dos reales con las que reteníamos la cuerda entre los dedos. Pero el más pretendido era el de las carreras de chapas, cuya meta procurábamos acercar hacia el de la rayuela donde jugaban las chicas, todavía inconscientes, ambos, de que los dos polos de un imán se atraen más por química que por las leyes de la física.
Los sábados eran especiales, llegaban al mercado esos señores que nos parecían tan raros porque sonreían en otro idioma y nos dejaban ver aquellos coches impresionantes, de marcas que solo conocíamos por las colecciones de cromos, y con matrícula de Francia que en aquellos tiempos estaba en la otra parte del mundo, aunque la frontera empezara donde terminaba la calle más al norte del pueblo.
         Recuerdo el tañido de la campana del reloj de la iglesia que no se interrumpía durante las noches porque, por la noche, las conciencias estaban ocupadas en dormir. Y recuerdo que teníamos pocas cosas porque había pocas cosas para tener, y aún menos para necesitar. Pero nos teníamos los unos a los otros y recuerdo que si no lo era, si era lo más parecido a la felicidad. Gracias a esa sensación de que, hicieras lo que hicieses, acertaras o te equivocases, estabas rodeado de vecinos que eran de tu familia y, por muy complejo que resultase adivinar el a veces imposible parentesco, se sentían involucrados con las lágrimas y risas de aquellos enanos impertinentes a los que, ellos sí, estaban comprometidos a concederles un futuro.
         No, no era un pueblo en el que destacase ningún monumento en especial, pero hoy, debería erigirse uno especialmente dedicado a cada uno de aquellos que allí estuvieron y tanto echo de menos. Porque consiguieron una gran hazaña, crear una comunidad en la que todos, a pesar de nuestras diferencias, nos sintiéramos iguales.
        
         Muchas veces intento volver a mi pueblo pero ya no está. Han escondido los cines en la esquina más desdeñada del centro comercial que ha sustituido al mercado; y para cuando me acerco a la taquilla, ya no recuerdo si la película que he escogido se está proyectando en la sala treinta y seis o en la veintinueve. Me saludo con muy pocos porque ya todos somos desconocidos y cada uno vive encerrado tras una puerta con siete llaves. Han puesto relojes por las calles, relojes que nadie necesita porque nuestras vidas se han llenado de aparatos empeñados en recordarnos que ya no tenemos tiempo para los demás, que se han convertido, tristemente, sólo en esos demás que además son diferentes, incluso si pertenecen a nuestra propia familia que ya no espera a nadie para celebrar la mesa a la misma hora. Las campanadas del reloj de la iglesia ya no suenan de noche, lo aconsejan todos los médicos, no se deben mezclar con los antiansiolíticos. Ya no veo perros que vayan sueltos para recoger coleando a sus colegas a la salida de la escuela, porque, a los chavales, alguien se ha encargado de convencerles de que el modelo de maquinita que todavía les falta da más alegrías que una vida; y a los perros, sólo les permiten acompañarles, atados y cabizbajos, hasta la puerta de entrada del psicólogo. Y en esa calle del norte del pueblo quitaron la frontera para que nadie se diera cuenta de que, cada día, todos estamos más alejados a pesar de que ya desgastemos las ruedas de los mismos coches y agotemos las posibilidades de la misma moneda. Mientras que la explanada del centro murió para convertirse en una plaza de diseño que, como todo lo de diseño, luce mucho pero no sirve para nada porque en estos tiempos todo se diseña para prohibir que ahora queda mucho más flamante que tolerar. Lo único que sigue congregando multitud es la tienda de electrodomésticos, que ya no vende televisores sino falsas esperanzas, porque se ha convertido en la oficina del paro. Y por la ventana de la Celes ya no asoma ninguna canción, pero me temo que los auriculares y los teléfonos inteligentes tienen tanta culpa como las ya varias generaciones de atunes que estamos dejando de comunicarnos porque nuestros sentidos se han sometido a darle la espalda a toda realidad que no se asome a través de ellos. Y no me sorprendería que en cuanto terminen las últimas lluvias nos informen de los horarios en los que se enciende el aire acondicionado de la playa, y eso, ni a Al Martino ni a mí, nos anima a iniciar la temporada.
No, ya no puedo volver a mi pueblo más que a través de todas las sensaciones que se quedaron para siempre en mi memoria. Y me veo condenado a conformarme con aquellos recuerdos de esa Ítaca que yo, en lo que me haya correspondido, también habré contribuido a convertir en un lejano sueño que no supimos conservar. Porque los humanos somos esos bichitos convencidos por gracia divina de que cuanto tenemos, cuando tenemos algo, nos ha sido concedido para siempre; y ninguno nos paramos a pensar que el bienestar, la felicidad y otras propinas de la vida siempre vienen con libro de mantenimiento.

Oscar da Cunha

21 de mayo de 2015