viernes, 1 de mayo de 2015

ATASCADO EN EL OJO DE LA AGUJA

Dicen que después de la tempestad siempre llega la calma. Y es entre borrascas cuando el alma se serena, cuando los pensamientos dejan el alboroto y, con un suave balanceo parecido al de esos pétalos que nos regala el magnolio, se depositan en la parte más alcanzable de nuestra imaginación, cumpliendo la función que tienen destinada, llenar de su perfume —porque no hay idea carente de su propio aroma—, esos vacíos de olor que el temporal —porque las tempestades se alimentan de nuestros olores cuando a éstos les ha vencido la fecha de caducidad— ha producido. Y entre la serenidad que proporciona esa algarabía de esencias es cuando hablo con él.
         No sé quién es; jamás me ha dicho su nombre, aunque conozco a mucha gente que se lo ha puesto; incluso en ocasiones dudo que exista y tenga que conformarme, una vez más, con un juguete al que mi fantasía le da cuerda para evitar admitir que incluso conmigo termino discutiendo. Sólo me sorprende esa parte de misterioso acomodo que me hace oírlo cuando nada suena. Nunca está cuando lo llamo, no se molesta por enfriar el clavo al que a veces me agarro, y en absoluto me consuela en esos momentos en los que a los hombres también nos da por llorar. Él es mi él de los momentos despejados, de cuando no lo necesito y en vez de espantar moscas dejo mi rabo tranquilo. Cuando, como en la foto, me siento en la orilla intentando adivinar dónde termina el mar y comienza el cielo. Porque ese cielo que yo veo no es infinito, y no me importa porque tampoco lo necesito tan grande. Sólo los ambiciosos sueñan con un cielo mayor que el que abarca su mirada y un mar que les lleve hasta el fin del mundo para también conquistarlo. Yo soy más de andar por casa, me bastan las estrellas con las que ya me tuteo y sólo una luna, esa luna presumida que, por partes, se va haciendo una limpieza de cutis para mostrarse, cada veintiocho días, radiante, y que no entiendo para qué, porque no tiene competencia. Con el mar…, con ese soy más exigente, porque sé que algún día, cuando ya no necesite brújula, me orientaré en su otra orilla. Y por eso también le hago la pelota bailándole sus olas, por eso lo quiero grande, que no inmenso, para que mi último viaje dure pero no sea eterno, porque hay una parte de ese instinto con el que nacemos todos los animales que me lleva a pensar que la eternidad tiene que ser muy aburrida.

         —Hola, ¿otra vez solo?
         —Eso buscaba —respondo—, pero siempre me rompes la tranquilidad. Eres la mosca cojonera de mis momentos más íntimos.
         —Es lo que tiene ser yo. También me aburro, no creas.
         —Permíteme una pregunta, ¿el coñazo, me lo das sólo a mí o juegas a esto con todo el mundo?
         —Con todos lo intento, pero muchos no me escuchan. Quizá tampoco me oigan.
       —Será porque de habitual el sordo eres tú. Yo veo a mucha gente que te llama. ¡Joder, si hasta algunos piensan que les vas a salvar la vida! Pero ellos no reciben respuesta.
         —De eso yo no tengo la culpa. El problema es que se habla demasiado de mí, y al final terminan dándome más importancia de la que tengo. A ver si aprendéis de una puñetera vez a ocuparos vosotros mismos de vuestros asuntos. Si lo hubiese sabido…
         —Oye, ¿eres tú el responsable de todo esto? —pregunto. No hago ningún gesto porque a diferencia de mí, que no lo veo, pienso que él no se molesta en mirarme.
         —¿A qué te refieres?
        —A todo, a esto que llamamos vida, mundo…, ya sabes, lo que hay por aquí, guerras, odio, religiones, hambrunas, terremotos, violencia… ¿sigo?
         —¿Y tú que crees?
        —No lo sé, tengo mis dudas, pero lo que veo es una autentica chapuza.
       —Fue mi primer intento, reconozco que me quedaron unos cuantos flecos sueltos.
         —O sea que aún estabas en prácticas y se te ocurrió la idea. Pues nos has jodido bien.
         —También hay cosas buenas, no exageres.
         —Sí, el ajoarriero, pero eso es cosa nuestra. Yo, a ti te sitúo en la cultura del pelotazo.
         —¿Lo dices por lo del Big Bang? —me pregunta.
         —No, más bien me inclino a pensar que tú si tiraste la primera piedra, y ahora escondes la mano.
         —Podría destruirlo todo con un solo movimiento de esa mano.
         —Para eso no nos haces falta, ya lo estamos haciendo nosotros por fascículos, cualquier día completaremos la enciclopedia y seguro que algún idota le pone uno de tus nombres.
         —Lo que no entendéis es que a veces escribo con renglones torcidos.
         —¡Bah, eres uno más!, hoy en día escribe todo dios.
         —Pero lo cierto es que yo puse la primera palabra.
         —Déjame adivinar, ¿Jodeos, tal vez? Luego, para arreglarlo, añadiste lo de multiplicaos.
         —La verdad es que las cosas no han salido como yo pensaba, lo del libre albedrío quizá fue un error.
         —El error está en que se lo has concedido sólo a unos pocos. Los demás nos tenemos que conformar con elegir el sabor del condón, eso nos da vidilla con tal de no aportar más carne a este paraíso envenenado.
—Lo siento, hago lo que puedo, yo no soy un servicio público.

No, el cielo que yo veo no es infinito, porque de serlo no sería capaz de comprenderlo y en la ignorancia dejaría de ser mío. Y de él, de mi él, ya os dicho que no sé quién es y prefiero que siga sin rompérseme el juguete, porque en la duda todo es posible y sólo conozco a una especie capaz de lograr lo imposible, como componer la más extraordinaria de las sinfonías con una profunda sordera o, como Hellen Keller prescindir de los sentidos más importantes —la vista y el oído—, para escribir “La historia de mi vida”. Por eso, y por otras cosas que viven en la parte más retorcida de mi irrealidad, continúo atascado en el ojo de la aguja.

Oscar da Cunha
1 de mayo de 2015