domingo, 8 de febrero de 2015

UNA BICICLETA ROJA

A veces hablo solo y no me avergüenza confesarlo, porque tengo la fortuna de conservar en mi interior ese misterio que me impide desprenderme del amigo imaginario de la infancia. Y hoy, que acabo de ver a un niño, como yo lo fui, sonriendo con su primera bicicleta roja, como lo fue la mía, empiezo a entenderlo. Si algo caracterizó los primeros e interminables años de mi vida fue la soledad. Solo hay una evidencia más triste para un crío que ver como su familia se descompone y es la de adivinar que ya estaba cuarteada antes de nacer. Que la semilla del desentendimiento había florecido en nuestra  casa antes que la mía en el vientre de mi madre y, como los edificios que han sido equivocadamente cimentados, terminan desmoronándose, y te encuentras obligado a sostenerte entre unos escombros que sabes imposibles de reconstruir. La infancia tiene la virtud de convencerte de que lo tuyo es lo normal, y esos primeros amigos que te hablan de las reuniones familiares y en los que percibes esa armonía diaria que no terminan de valorar se convierten en los raros, en anomalías afectivas que ni siquiera te permites envidiar, porque a ciertas edades hay envidias que no encajan en la lógica del pequeño fragmento de mundo que la exigua ventana de la vida a la que te estás asomando no te permite ver. Pero no me arrepiento, porque uno no puede arrepentirse de aquello en lo que no ha intervenido; tampoco lo lamento, porque hace mucho tiempo comprendí que lamentarse del pasado es tan inútil como intentar predecir el futuro. Pero a ciertas edades, la soledad tiene la virtud de convertirse en fantasía, movilizando una imaginación capaz de metamorfosear cualquier realidad. Nadie podrá quitarme aquellas tardes en las que, con mi espada de plástico al cinto y, montado sobre mi bicicleta roja transformada en el caballo del Capitán Trueno, descubría territorios todavía inexplorados de mi pueblo. O cuando con mi máscara negra de El llanero solitario cabalgaba entre calles, orgulloso de que ante mi presencia, los malos se refugiaran en las oscuras cantinas para eludir el castigo de ese implacable justiciero que conseguía ser el más rápido con su pistola de agua. Ya, ya sé lo que estáis pensando, que todos hemos soñado con situaciones parecidas, que todos hemos atravesado esa edad en la que, como en ese cuento de Cervantes, veíamos gigantes donde tan sólo había molinos, y escapábamos en una balsa por el Misisipi junto a Huckleberry Finn. Pero lo siento por vosotros, porque hay una gran diferencia entre jugar a soñar o sobrevivir soñando; entre matar el tiempo disfrazándose de héroe o asumir que tienes que ser un héroe para que el temporal no destruya lo que de niño queda en ti. Aun así no cambiaría mi infancia ni por la del príncipe feliz, porque no es la mejor que pude tener pero sí la mejor que tuve; y porque a diferencia de la que retrata Wilde, de mí nunca harán una estatua y no pretendo que por mis lágrimas ninguna golondrina muera al llegar el invierno. Pero esa bicicleta roja me ha ayudado a entender que el niño aún sigue vivo en mí, y lo siento por él, por ese viejo amigo imaginario que es quien está encaneciendo. Yo, seguiré adelante sin perder mi disposición para ensoñar pese a que él, en las noches más oscuras, se empeñe en intentar convencerme de que la bicicleta no era más que eso, una simple bicicleta. Porque por anómala que haya sido, ninguna historia real perdura eternamente como la tristeza que se queda atrapada entre las páginas de un cuento.

Oscar da Cunha
8 de febrero de 2015